[R-P] Trotska, colombiana y medio peronista

Boletín Bambú bambuprensa en yahoo.com.mx
Mar Feb 12 17:14:25 MST 2008


--- Julio Fernández Baraibar <fernandezbaraibar en gmail.com>
escribió:

Historia de un entusiasmo  
Reportaje a Laura Restrepo 
por Andrea Stefanoni y Damián Lapunzina - 

Alguna vez cuando le preguntaron sobre su país Laura
Restrepo respondió: "Mírennos como un espejo de lo que
puede llegar a pasar; mírennos como un espejo de lo que
todavía están a tiempo de cambiar."

Es una de las escritoras más reconocidas en Latinoamérica.
Autora de Historia de una traición, La isla de la pasión,
El leopardo al sol, Dulce compañía, La novia oscura, La
multitud errante y Delirio, novela galardonada con el
Premio Alfaguara 2004. Vivió en Buenos Aires en plena
dictadura militar. Pasó sus años de exilio en México. Fue
negociadora de paz entre el gobierno y la guerrilla M-19 en
Colombia.

"A veces me preguntan: ¿usted todavía es marxista? y yo
respondo que sí, hasta que me ganen para el Budismo Zen...
¿Uno puede dejar de ser y volverse otra cosa? Todavía no
conozco nada mejor."

Tuve una infancia muy feliz, en un núcleo familiar: mi
padre, mi madre y mi hermana. Llena de viajes, muy nómada,
siempre estábamos viajando por todas partes. Mi padre no
creía en la educación convencional, entonces mi madre nos
metía en colegios y mi padre nos sacaba. Él estaba siempre
preocupado por que leyéramos, por que conociéramos los
museos, los conciertos... fue una infancia muy libre y muy
feliz.

Estudié filosofía y letras, hice un pos grado en ciencias
políticas y simultáneamente entré a dar clases de
literatura como maestra de escuela. Empecé chiquita, a los
17 años, la mayoría de mis alumnos eran más grandes que yo,
y también de otra clase social y a través de mis alumnos
entré en contacto con la izquierda. Más tarde empecé a dar
clases en la Universidad Nacional de Colombia, un sitio muy
politizado, era la época de la revolución cubana, Mayo del
68', el movimiento campesino en Colombia, era casi
ineludible entrar en esa euforia... el boom
latinoamericano, muy ligado a todos estos procesos de
renovación social. Ahí entré al trotskysmo. Al principio no
tenía mucha idea, me metí porque uno de los dirigentes
estaba leyendo En busca del tiempo perdido (Marcel Proust)
y me pareció que ése era mi sitio. No fue un mal criterio
para elegir... (Risas)

Era un ala muy ligada a la Argentina desde entonces porque
mi sector de trotskos eran los trotskos argentinos. La
consigna, lo que llamábamos la proletarización era ir a
vivir a lugares populares, trabajar en fábricas, y era algo
muy apasionante porque con lo partimentadas que son
nuestras ciudades, era como entrar a conocer un sector de
la realidad ajeno a ti. Nos apasionaba. Todos nuestros
novios eran de otras clases sociales y recorríamos una
ciudad que ni siquiera habíamos visto físicamente.

Los partidos políticos de izquierda empezaron a crear un
vínculo entre mundos que hasta entonces quizá nunca se
habían encontrado. Entonces, como éramos trotskos teníamos
que hacer la revolución en todas partes, y no contentos con
no poder hacerla en Colombia pasamos a no hacerla en otros
lados...

El primer sitio al que me mandaron fue España. Era un
momento extraordinario, estaba recién caído Franco, era la
época de la apertura, ahí entré al Psoe (Partido Socialista
Obrero Español), éramos como una fracción de izquierda,
éramos la oposición, y eso nos dio cierta audiencia allá.
Llegué a ser Secretaria General de una de las Casas del
Pueblo que era donde se agrupaban las bases del Psoe, en un
barrio obrero llamado Ciudad Lineal y participé de toda la
euforia de la apertura, de las manifestaciones de millones
de personas, todo el proceso de reconstrucción de la
democracia. Estando allá empezó el proceso en Nicaragua y
nos metimos de cabeza en eso y formamos una agrupación que
se llamó la Brigada Simón Bolívar, con militantes de todas
partes, un poco siguiendo la tradición de las brigadas
internacionalistas de la Guerra Civil Española que se
fueron para Nicaragua.

Me alisté y empecé el entrenamiento, pero se necesitaban
también personas que ayudaran a reclutar, entre ellos
médicos, había mucha urgencia en Nicaragua de médicos y
enfermeras. Algunos se fueron para allá, y entre los otros
se repartieron las tareas, se necesitaba a alguien que
viniera a la Argentina a reclutar médicos y enfermeras para
Nicaragua, entonces me alisté y vine Aquí me encontré con
la gente del Partido que estaba en la clandestinidad, lo de
aquí era un trabajo antidictatorial, con un periódico
clandestino, con reuniones donde se informaba sobre los
desaparecidos, sobre los presos políticos, sobre las
campañas que se estaban haciendo en el exterior sobre la
dictadura. Estuve en la Argentina cuatro años, tres en
Buenos Aires y uno en Córdoba. Años muy intensos y muy
felices, porque, primero, pese al sobresalto de la
situación, nunca me pasó nada, supongo que no hubiera sido
tan feliz si me hubiera pasado algo. Y segundo, porque fue
una época de contacto muy estrecho con la gente, se creaban
unos lazos solidarios de una calidad que posiblemente en
otras épocas no se podrán volver a vivir.

En Córdoba nació mi hijo, Pedro, de padre argentino. En
Buenos Aires ya se vivía una situación más fácil en la
medida en que la criminalidad de la dictadura no era tan
evidente, pero en Córdoba seguía siendo muy duro, una
situación brava. Y sin embargo esos años cordobeses fueron
muy lindos también pese a la etiqueta de sectarios que
hemos tenido siempre los trotskystas Lo que hacíamos era
juntarnos a comer asaditos los domingos con peronistas, a
los que jamás convencíamos ni intentábamos convencer, pero
lo que nos unía a todos era el discurso democrático y
antidictatorial, apoyábamos a las Madres de Plaza de Mayo. 

También aquí trabajé con estibadores de los muelles, por
eso ahora me hace gracia ir a cenar a Puerto Madero, porque
cuando yo iba eso era un botadero de cables, de fierros, de
grúas... y en ese entonces con los pocos estibadores que
quedaban en el puerto hacíamos reuniones. También trabajé
con obreros de las galletitas, fue un bonito contacto entre
el pueblo y la ciudad. Ahora, en estos días les pedí que me
lleven a Bagley, que está cerrada, y a esas zonas de
Barracas y de Pompeya que eran mis territorios. Hoy, parte
del placer de estar en Buenos Aires es que yo venía con mi
padre cuando era adolescente, él era muy aficionado al
teatro y al tango, y veníamos a esta zona de la ciudad, al
Hotel Alvear, que a él le encantaba, pero creo que en mis
épocas de militancia ni pisé por acá. Era otra la ciudad
que habitábamos, y otro el panorama humano, geográfico,
todo... Entonces es interesante para mi volver y tratar de
recorrer la ciudad completa porque en aquella época mi
visión era muy fragmentada.

Me fui de aquí cuando el niño tenía dos años y medio. En
muy buena medida porque aquel miedo que nunca sentíamos
antes del niño, empezamos a sentirlo. Era una pesadilla. A
los dos meses ya estaba en guardería porque yo militaba,
pero la idea de que llegaran las cinco de la tarde y que ni
el padre ni yo pudiéramos recogerlo se empezó a transformar
en una preocupación muy grande. Así que nos fuimos para
Colombia, ya en ese tiempo el Partido se estaba
desmoronando, coincidiendo con una época en que todos los
partidos de izquierda se vinieron muy abajo, con la crisis
también desde todo ese mundoque aspiraba al socialismo.
Entonces me metí en el periodismo, oficio que siempre había
practicado en la izquierda, porque donde yo llegaba me
metían a trabajar en los boletines, en los pasquines, en
los periódicos clandestinos, en los legales...

Así que allá entré por primera vez en una publicación que
se llama Semana, una revista nueva, el director, Felipe
López, hijo de presidente, nieto de presidente, tenía la
teoría que quería hacer una revista de derecha con gente de
izquierda. Ahí nos divertíamos mucho, las discusiones eran
a muerte, para mi fue muy enriquecedor, es como que uno
maneja preconceptos y era el momento de ponerlos a prueba,
no es que yo cambiara mi manera de pensar, siempre la
defendí y la defiendo todavía, pero sí como periodista tu
tenías que rendir cuentas por lo que decías entonces sí
hubo un enriquecimiento grande de las perspectivas. 

Luego la revista se puso muy de moda y los que trabajábamos
ahí nos volvimos un poco figuritas y empecé a hacer carrera
como periodista estrella dentro de un mundo en el que, por
ejemplo, almorzábamos con el presidente, cenábamos con los
ministros, y a mi me empezó como a gustar todo eso, hoy lo
miro desde otro lado. Yo era la encargada de la sección de
política nacional en esta revista y entonces la guerrilla
empezó a pedir (en ese momento era M -19) una guerrilla muy
popular, muy simpática, mucho más de propaganda armada que
de hechos atroces, a diferencia de la de hoy que es una
guerrilla muy fiera, muy antipática.

En ese tiempo la guerrilla empieza a exigir negociación y
el presidente Belisario Betancur acepta la propuesta y se
abre un proceso de negociación. Se necesitaban mediadores,
entonces nombran una Comisión de Paz conformada por gente
que tuviera el visto bueno tanto del gobierno como de la
guerrilla. Yo nunca había tenido que ver con la guerrilla,
porque inclusive como trotskos teníamos todo un credo muy
contrario a la lucha armada. Si bien yo nunca había tenido
que ver con ellos, la comisión tenía que ir a los
campamentos de la guerrilla, mediar, llevábamos y traíamos
razones buscando los términos posibles de un acuerdo, y ahí
me apasioné mucho con eso. Cada encuentro con la guerrilla
era un bombardeo, era un tiroteo, era una cosa tremenda
porque había muchos militares en contra del proceso de paz,
que era el primero que se intentaba en América Latina,
entonces nos seguían a los comisionados para caerle a la
guerrilla y todo terminaba siempre en unas situaciones muy
explosivas, y eso lo fue volviendo crítico, pero al mismo
tiempo el país empezó a acompañar a la guerrilla en su
discurso de paz. Resultaba como muy deslumbrante que fueran
unos muchachos armados los que ofrecieran deponer las armas
y hacer que el país comenzara a vivir una situación de paz
que no había conocido nunca.

Los del M -19 en ese momento dijeron una cosa que se
cumplió, una cosa tremenda pero que ellos tenían clara,
dijeron: "Los muertos de la paz los ponemos nosotros". Y
así fue, cada vez que alguien entregaba las armas y que se
acogía a la amnistía que daba el presidente lo asesinaban,
y eso para los comisionados de paz comenzó a ser muy
complicado, se empezó a restringir el espacio, porque desde
luego la primera medida que tomaron fue romper el puente,
hacer que las cosas volvieran a la situación de siempre, en
una guerrilla aislada, en la selva, y una población acéfala
políticamente. Además también empecé a estar en listas de
gente que iban asesinando y a verme en situaciones muy
delicadas. Finalmente la tregua se rompió porque esta que
llamaban la Comisión de dialogo, que era un grupo de
guerrilleros que estaban ya actuando en la legalidad, sin
armas, con intermediarios, estaban desayunando en una
cafetería en la ciudad de Cali y les hacen estallar una
granada y ahí estaba el que era en ese momento el principal
dirigente del M -19, Antonio Navarro, y le vuelan una
pierna, todos quedan muy malheridos.

A partir de ahí la represión contra todos los que habíamos
tenido algo que ver con el proceso de paz se volvió
insoportable y en determinado momento a mi me convocó la
dirección del M -19, con quienes ya venía trabajando
estrechamente y me dijeron: "te tienes que ir, no puedes
volver a tu casa. Tú decides, o sales de aquí y te vas para
el monte o sales de aquí y te vas para el extranjero". ¿Yo
en el monte qué iba a hacer?, si nunca en mi vida había
pegado un tiro... Así que logré hablar con mi madre, hacer
que me llevara a mi niño, mi "argentinito" al aeropuerto y
me alcanzó a llevar una maleta con todos los documentos,
los testimonios, las grabaciones que yo había hecho como
comisionada de paz. 

Tenía el registro de todo lo que había sucedido, y la
denuncia también de cómo la paz había sido sistemáticamente
violada por un sector de los militares, con la anuencia del
gobierno que había ido cediendo porque se estaba quedando
muy solo en el propósito. 

Me fui para México. Allí viví años de exilio, siempre
trabajando para el M -19, haciendo viajes a España, a
Centroamérica, a Francia para intentar que se volviera a
abrir un proceso de negociación y ahí fue cuando escribí
este libro, La isla de la pasión (reeditado en julio /2005
por Editorial Alfaguara) Me daba mucha angustia andar con
la espalda volteada a un país tan fantástico. Entonces
después de dos años de vivir allá sin enterarme de dónde
estaba me dediqué a investigar y a recorrer México y a
conseguir esta historia. Salió publicado al mismo tiempo mi
primer libro que fue un reportaje llamado, al principio,
Historia de una traición y luego Historia de un entusiasmo,
sin que yo pudiera ir a Colombia a su lanzamiento, porque
no podía entrar al país. Al principio ni siquiera sabía si
lo publicarían, ya desde el título yo quería que se supiera
que era una denuncia. 

La guerra colombiana tiene tantas caras y cambia tanto que
los que estaban ya habían pasado de moda y a la gente que
te quería matar ya los habían matado o eran otros los
perseguidos, la cosa es que pude regresar a Colombia y ya
era como que la vida de los libros había quedado clara. La
historia de una traición nunca tomé la decisión de que
fuera un libro, lo que sucedió es que a medida de que se
rompía la tregua y eso dejaba de ser una cosa de moda, se
empezó a volver peligroso e incómodo y los medios empezaron
a no publicarme, inclusive la propia revista en la que yo
trabajaba, razón por la cual renuncié. Y por eso salió este
libro, porque no me publicaban en los medios.

¿Por qué cambiaste traición por entusiasmo?

El título lo cambié doce años después. Ese libro se vendió
como pan caliente en Colombia, ninguno de mis libros
posteriores han vendido tanto en Colombia. Era un libro que
circulaba de mano en mano como una especie de
contrainformación de lo que nunca se había dicho, de cómo
habían sido todos esos crímenes, quien los había
propiciado, cómo se habían roto realmente las
negociaciones. Doce años más tarde cuando planteó Editorial
Norma una reedición, lo volví a leer y caí en cuenta de que
pese a que se había terminado con un baño de sangre y con
la muerte de casi todos mis amigos y de la gente que había
sido tan entrañable para mi, que yo también había pasado mi
pequeña cuota con seis años de exilio, y que pese a todo,
lo que quedaba era la memoria de esos días gloriosos que se
habían vivido y por fin el pueblo colombiano parecía tener
un encuentro con la paz y abrir un camino hacia una
posibilidad de futuro. En esos doce años se habían abierto
procesos de negociación y de paz en casi toda América
Latina, en El Salvador, en Guatemala, en México, en la
propia Colombia ese proceso había dado lugar a que se
abrieran otros que si bien tarde o temprano también
fracasaron, de alguna manera fue imponiendo una especie de
noción generalizada de que la vía única posible era la paz,
hasta ahora, porque este presidente tremendo que tenemos
que está otra vez empecinado en ganar la guerra, con un
costo de valor altísimo para la población civil y con una
carta a los paramilitares que nos tomará décadas revertir. 

Bueno, me pareció que valía la pena cambiar el título, lo
que quedaba en la memoria y lo que quedaba en el alma era
el registro de esos momentos de entusiasmo colectivo, que
ya ustedes sabrán que no los vive uno tan a menudo, no te
lo regala la historia tan fácilmente.Ya entonces empezó mi
trabajo en la escritura siempre ligado a la política. Cada
vez que hay una propuesta interesante no puedo dejar de oír
los cantos de sirena y me meto. Cuando salió Delirio yo
estaba trabajando en la Secretaría de Cultura de la
Alcaldía, porque había ganado la Alcaldía un viejo
compañero mío de izquierda, dirigente petrolero, que me
pidió que lo acompañara y lo hice. De alguna manera todos
los oficios, el de maestra, el de periodista, el de la
política y el de los libros para mi siguen siendo la misma
cosa, son distintos lenguajes para llegar a la gente.

¿Cómo fueron tus once años de investigación para escribir
El Leopardo al sol?

Leopardo al sol es la historia de una vendeta entre mafias
del Norte de Colombia, un sitio desierto que se llama La
Guajira. Es muy interesante porque en ese lugar siguen
habitando dos tribus que vienen de tiempos precolombinos, y
de alguna manera allá los indios se vuelven
contrabandistas, y sobre la red de contrabando de Marlboro,
de electrodomésticos que montan las tribus empieza la mafia
de la marihuana y posteriormente la mafia de la coca, son
los mismos caminos.

Dos de estas familias tenían una vendeta atroz; cada vez
que un miembro varón de la familia contraria cumplía
catorce años lo mataban. La meta era eliminar a todos los
miembros varones del clan contrario, y esto había dado
lugar a una historia que los medios iban siguiendo, y
además se habían vuelto dos poderosas familias de
narcotraficantes, y con ese dinero desde luego la magnitud
de su guerra iba creciendo. Yo había hecho varios
reportajes sobre este tema y cuando regresé a Colombia una
productora de televisión me propuso que hiciéramos una
miniserie. Así que volví y recorrí y seguí atando cabos,
pero con mucha dificultad por una razón; la mafia
colombiana tiene mucho en común con la mafia siciliana y
una de las leyes sicilianas que rigen también allá es la
del silencio, no se cuenta. Entonces cuáles eran los
códigos de honor de esta extrañísima mafia colombiana
arraigada en este pasado precolombino, cuál era su sentido
de la felicidad, a qué aspiraban, qué significaba para
ellos el dinero, cómo era esa mezcla tan extraña de un
mundo precapitalista y postcapitalista que se daba en estas
figuras de los primeros narcotraficantes colombianos.
Tardabas años en entender las pequeñas piezas del
rompecabezas que nadie te quería contar. 

La miniserie se hizo, que fue la base de la novela que
apareció posteriormente. La historia fue algo divertida
cuando las familias se enteraron. Una de las familias se
quedó en la marihuana y otra se pasó a la cocaína y desde
luego la que empezó a ganar la guerra fue la de la cocaína
que se enriqueció muchísimo más y empezó a derrotar a la
otra y a acorralarla. La de la marihuana fue la que mantuvo
los códigos de honor más indígenas y la que se fue quedando
atrás. Mientras que los otros, los de la cocaína se
metieron con el sicariato, con armamento y tecnología
moderna y empezaron a ganar la guerra. Entonces llamaron a
la productora y le hicieron saber que donde llegaran a
sacar cualquier cosa sobre su vida volarían la productora
con una bomba. Ellos ya habían volado periódicos, y era
cierto, fue una época en la que nos despertábamos todas las
noches con los estallidos de las bombas que ponían los
narcos, así que la productora inmediatamente deshizo el
negocio. Afortunadamente me quedé con los derechos de autor
y me puse en contacto con el abogado de esta familia y le
dije: "sé de la bomba que iban a poner en la productora,
por eso les quiero decir que voy a escribir una novela y
necesito que les avise a los señores, y también quiero que
me digan qué me va a pasar." 

Yo estaba muy obsesionada con esta investigación, y me
enteré que si bien la cara más vistosa de la vendeta eran
estas familias, en general todas las familias de la Guajira
tenían pleitos de este tipo. Y ya había recogido muchas
historias que enriquecían enormemente el panorama, entonces
lo volví ficción, un poco para eludir cambios de parecer de
parte de estos señores, pero también, básicamente para
poder enriquecer cada personaje de la vida real
convirtiéndolo en una amalgama y volviéndolo así ficción.
Así salió El Leopardo al sol. Como a los ocho días volvió
el hombre y me dijo: "mire, le mandan decir los señores que
ellos por ningún motivo van a querer que sus hijos y sus
mujeres se enteren de su propia historia según la versión
que la televisión quiera mostrar, cosa que ellos no van a
permitir, pero que si usted quiere escribir un libro, puede
escribir lo que le de la gana, porque total, los libros no
los lee nadie."

¿Cuáles son tus referentes literarios, ésos libros que
quedaron en tu memoria?

Creo que va por etapas. De todas maneras pienso que lo que
siempre queda más marcado son los libros de la infancia. En
mi caso fueron La Ilíada y La Odisea, primero en versiones
elementales y después ya, como estudiante de filosofía y
letras, en los textos originales griegos que los
traducíamos en clase con mucha pasión. Las Leyendas de
Arturo, libros que después volví a retomar con mi hijo y
fueron la vía por la cual él entró a la literatura. También
los libros de mi padre, él no terminó el colegio y sin
embargo era un tipo muy culto, autodidacta, muy empecinado
y muy formado con el auge de toda la cultura norteamericana
de los años cincuenta, Truman Capote... mi padre era uno de
esos lectores que involucraban a los demás en sus lecturas.
Y cuando él murió yo retomé sus libros de cabecera y volví
a leerlos con mucha pasión. En realidad quien siempre quiso
que yo escribiera novelas era él, era un empecinado en eso,
y llevaba como frustración que yo me dedicara a la
política, que era algo que a él no le interesaba. 

Y en esos libros descubrí una especie de constante que era,
lo mismo que habíamos vivido de niñas bajo su amparo mi
hermana y yo, que era la solidaridad del clan, un clan
solidario que atraviesa la adversidad y que siempre se
cierra sobre si mismo, en el respaldo y en el cariño de los
unos y los otros, frente a cualquier adversidad, llámese
autoridad, o violencia... o cualquier otra cosa.Durante el
trotskysmo fue la lectura sistemática del marxismo,
leninismo, que fueron como el pilar de todo lo que después
he hecho. Esa formación en el partido siempre fue como la
estantería donde fui poniendo todo lo demás.A veces me
preguntan: ¿usted todavía es marxista? y yo respondo que
sí, hasta que me ganen para el Budismo Zen... ¿Uno puede
dejar de ser y volverse otra cosa? Todavía no conozco nada
mejor.

Yo pertenezco a la primera generación de latinoamericanos
que creció fundamentalmente leyendo a latinoamericanos.
Ustedes imagínense la situación nuestra cuando éramos
jóvenes y alguien llegaba y te decía: tengo esto! y te
ponía sobre la mesa La ciudad y los perros, de Mario Vargas
Llosa, y al otro día aparecía alguien con Pedro páramo, de
Juan Rulfo, y de verdad vivíamos alucinados. Recuerdo
cuando leía a Vargas Llosa con una tenacidad, desmontándolo
pieza por pieza para ver cómo diablos era que ese hombre
escribía esas novelas, ese sistema de cajas chinas, la
pluralidad de voces... Y los desmenuzábamos con toda
premeditación y alevosía para aprender, para ver cómo era
que lo hacían.

¿Cuál es tu versión del puñetazo de Mario Vargas Llosa a
Gabriel García Márquez?

No lo puedo decir porque creo que tengo la versión real.
(Risas)

Bueno, danos la alternativa entonces...

La que sería deseable es... transitorias desavenencias
entre hermanos... (Risas).

Esa es falsa... 

Bueno, me dijiste que te de la ideal, es muy falsa! pero es
la ideal.

¿Cual es el libro que tenés en mente y todavía no
escribiste?

Uy! muchos, yo soy una máquina para inventarme libros, si
fuera tan buena para escribirlos... Haría como Coelho!
(Risas).

El otro día me acompañó Fernando Estévez, de la editorial,
que es un tipo muy encantador a comprar unos cubiertos en
San Telmo. Yo quería unos cubiertos de esos de antes, que
eran herramientas de combate, esos pesados de cobre o no sé
qué metal. Los compramos en un anticuario especializado en
cubiertos, y el vendedor comenzó a mostrarnos las cajas de
plata de 454 piezas, armarios completos, y empezó a
contarnos las historias de las cajas de cubiertos, y salí
de ahí alucinada con que iba a escribir un libro. ¿Tu te
imaginas la familia en decadencia, comiéndose su polenta
con estos célebres cubiertos de plata?


   
  Roberto Bardini 
  http://bambupress.wordpress.com/




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