[R-P] [TercerTiempo] Y se abrazaron como dos náufragos en la tempestad [final]

Boletín Bambú bambuprensa en yahoo.com.mx
Mie Feb 6 03:40:31 MST 2008


[Tercera y última entrega]

Y SE ABRAZARON COMO DOS NÁUFRAGOS EN LA TEMPESTAD, 
COMO SUPERVIVIENTES DE UN HOLOCAUSTO SE ABRAZARON 


– ¡Asesinos! –chilla la china, cuchillo de cocina en mano–
¡Lo van a matar!

Y avanza amenazante hacia El Policía, El Pistolero y El
Periodista. Más que amenazante, avanza decidida a
castrarlos, seccionarlos y decapitarlos.

Ninguna de estas situaciones están previstas en el Manual
del Buen Policía Sandinista. Sábado a la noche, ron y
pleito.

Entonces, ante la peligrosa proximidad de la mujer del
cochino chino que patalea en el suelo, El Policía, El
Pistolero y El Periodista se ponen rápidamente de pie. Sin
el más mínimo pudor revolucionario –o, siquiera, viril–
dicen “permiso, permiso”, y los tres pasan a los codazos y
empujones tambaleándose entre la gente que se ha reunido en
el hotelito Siete Mares. Atraviesan velozmente la puerta
que da a la calle y comienzan a correr como si fueran niños
traviesos que tocaron timbre en cualquier casa y huyen,
perseguidos por la diminuta mujer armada con el enorme
cuchillo.

Los tres corren una cuadra, borrachos y jadeantes como
hipopótamos en el desierto. Cuando llegan al restaurante
mexicano al aire libre Los Antojitos, que fue donde comenzó
esta historia, tratan de recuperar la compostura. Es
imposible. Están borrachos, acalorados, agitados por la
carrera y con potentes descargas de adrenalina que les
recorren el cuerpo como rayos que se descargan sobre un
solitario árbol flaco, alto y seco.

El Periodista voltea y mira hacia atrás. Quiere cerciorarse
que no va morir a puñaladas un caluroso sábado a la noche,
que no va a desangrarse en plena calle y en una Nicaragua
en la que los héroes mueren jóvenes pero por otros motivos
que no tienen nada qué ver con riñas conyugales. Y lo que
El Periodista ve lo embriaga aún más.

A la mitad de la cuadra, la china ya no corre. Está con el
chino. Están unidos por el más recíproco, generoso y
rotundo de los abrazos. Se dan el más vital, húmedo y
eterno de los besos. Como dos amantes que han naufragado en
una isla del Pacífico después de la tempestad, como los dos
únicos supervivientes de un holocausto planetario. “Una
escena digna del final de Cinema Paradiso”, piensa El
Periodista, mareado y a punto de caerse.

Y es mejor terminar este relato aquí, porque lo que sigue
tiene aún mucha menos gracia.

Tan poca gracia como lo que sigue:

– ¿Qué te pasa que estás tan nervioso? –le pregunta El
Policía al Pistolero. 

Están en una mesa de Los Antojitos, resoplan por el calor y
el esfuerzo, beben ron.

– De esa mesa me están mirando –responde El Pistolero–. Me
están haciendo muecas. Ya no se puede ir a ningún lado. 

El Policía mira y dice:

– Son trotskistas. 

Exactamente así. Igual que el diálogo entre El Lobo Vandor
y uno de sus compinches aquella noche de mayo de 1966 en la
pizzería La Real, de Avellaneda. La noche que mataron a
Rosendo García, al Griego Blajakis y a Salazar, y tres o
cuatro terminaron heridos de bala.

El Periodista que ha leído “¿Quién mato a Rosendo?” una
docena de veces y se conoce los diálogos casi de memoria,
intenta levantarse e irse porque imagina lo que sigue:
insultos de mesa a mesa, trompadas, sillazos, disparos,
muertos y heridos. Sábado a la noche, ron y pleito. Pero no
puede incorporarse. Apoya la cabeza en la mesa y se queda
dormido.

* * * * *

Han transcurrido 28 años y dos meses desde aquella noche. Y
hay distintos finales de historia.

Epílogo uno. El Policía cambió de bando y ahora le dicen El
Botón, que en su caso quiere decir El Traidor. Vive en
Miami –o en un destino aún peor– y ha escrito un libro en
el que relata una década de actividades encubiertas al
servicio de cubanos, nicaragüenses, salvadoreños y
portorriqueños en las décadas del 70 y el 80. Registra
nombres, lugares y fechas con la minuciosidad de un
contador público habituado a elaborar inventarios para
patrones exigentes. Narra el asalto a la Wells Fargo, pero
no cuenta La Batalla del Hotel Siete Mares. No menciona ni
al Pistolero ni al Periodista. Tampoco menciona a media
docena de amigos que lo quisieron; posiblemente lo hizo
como un último y débil gesto de pudor que no volverá a
tener en lo que le queda de vida.

Epílogo dos. El Pistolero regresó a Buenos Aires. Yira de
casa en casa de antiguos compañeros, y en cada casa hace
inventarios al revés: acaba con todas las botellas de
alcohol. Cuando ya no queda más que alcohol medicinal,
perfume o agua de los floreros, se va a otra casa. Es
abuelo. Le gusta contar historias que no se deben contar a
los pibes. Sobre todo aquellas historias de bancos,
camiones transportadores de caudales, cajas fuertes y cajas
registradoras.

Epílogo tres. Dicen que no hay que meterse en pleitos
amigos, de hermanos, de padres e hijos, de novios, de
amantes, de borrachos, de marido y esposa. Es decir,
prácticamente no hay que meterse en casi ningún pleito.
Creo que depende. Algunas veces uno se mete y las broncas
con chakos y cuchillos de cocina terminan con un formidable
abrazo y voluptuoso beso.

Epílogo cuatro. El Periodista nunca se convirtió en el John
Reed de América Central, ni el Ernest Hemingway de los
trópicos, ni el Ernie Pike del Caribe. Pero no pierde las
esperanzas de transformarse en un Cronista de Indias e
Indios de la Izquierda Nacional, el Nacionalismo de
Izquierda y el Fascismo de Ultraizquierda. Tenaz, escribe
una pelotudez tras otra. Son aspiraciones inútiles de un
beodo viejo, próximo a la senectud, estupidizado por el
insomnio y los tigres de la memoria, acosado por la
inmadurez y, a diferencia de lo que seguramente le depara
la vida, entusiasta cultor de los finales felices.

Chán chán.


   
  Roberto Bardini 
  http://bambupress.wordpress.com/




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