[R-P] [TercerTiempo] Los chakos, el cuchillo de cocina y los ojos que brillan (2)

Boletín Bambú bambuprensa en yahoo.com.mx
Mie Feb 6 00:24:21 MST 2008


[Segunda entrega]

LOS CHAKOS, EL CUCHILLO DE COCINA Y 
LOS OJOS QUE BRILLAN CON FULGOR ASESINO


A la carrera, El Policía, El Pistolero y El Periodista
llegan al hotelito Siete Mares con los pulmones a punto de
estallar. Los tres son fumadores empedernidos y, además,
están repletos de ron Flor de Caña Plate, más conocido como
“ron pleito”. Es sábado en la noche. Y en Nicaragua ya se
sabe que los sábados a la noche son “ron y pleito”.

En la puerta del hotel hay varios curiosos. Se oyen gritos
de una mujer y un hombre en otro idioma, posiblemente
insultos en un dialecto chino de los bajos fondos de
Shangai o Cantón. También se escuchan sonidos de objetos
que se rompen, seguramente de loza, porcelana y vidrio.

El Policía, El Pistolero y El Periodista entran al único y
amplio ambiente de la planta baja del hotelito. Al centro
está la recepción; detrás del mostrador, una anciana china
se agarra la cabeza y llora. A la derecha, hay una sala de
estar con sillones, una mesita baja con diarios y revistas,
ceniceros de pie. Dos huéspedes están parados en el sillón
más grande, aterrorizados. A la izquierda, está el modesto
restaurante de comida china. Todos los comensales están de
pie, apoyados de espaldas contra las paredes, con expresión
de pánico.

Y zigzagueando entre las mesas del comedor y los sillones
de la sala, saltando por encima de la mesita baja, desde un
extremo del comedor hasta el final de la sala de estar, una
pequeña y delgada china con un enorme cuchillo de cocina en
la mano huye de un pequeño y delgado chino que la persigue
revoleando chakos. También llamados numchakos, son dos
garrotes de madera de unos 50 centímetros cada uno, unidos
por una cadena de acero de cinco centímetros. Es un Arma
Mortal Uno, Dos y Tres, sobre todo en la mano de un chino
borracho.

- ¡Asesino! –grita la china- ¡Me quiere matar!

El chino la persigue con sus chakos de un extremo a otro de
la planta baja y a su paso dejaba una estela de olor a ron
“pleito” mezclado con sudor agrio de chop suey del
mediodía, instintos asesinos y fiera enjaulada que ha
escapado de su jaula. A su paso también descarga con furia
su arma mortal sobre mesas y sillas, rompe platos y vasos,
golpea las paredes y destroza cuadros.

Pero esto no parece ser problema para El Policía y El
Pistolero, revolucionarios profesionales al servicio de la
Policía Sandinista. Son hombres de acción curtidos en el
peligro y las zozobras, un par de veteranos equilibristas
en la cuerda floja, un dúo dinámico habituado a sobrevivir
al margen de las leyes demoliberales capitalistas
burguesas, transformados desde el 20 o 21 de julio de 1979
en guardianes de la ley y el orden de la Revolución.

En una pasada del chino, el robusto Policía le hace un
tackle y lo derriba. Cuando está en el suelo, El pistolero
de un metro ochenta de estatura toma una silla y le planta
el respaldo en el tórax. Y entonces El Policía le coloca
salvajemente una rodilla en la cara y le aferra con las dos
manos la muñeca para que no pueda defenderse con los
chakos. Han controlado la situación en dos minutos.

Todo está bien ahora. La china deja de correr y corre a los
brazos de la anciana que lloraba detrás del mostrador en la
recepción. Los huéspedes bajan de los sillones. Los
comensales regresan lentamente a sus mesas. 

Pero el chino no está dispuesto a rendirse. No suelta los
chakos, le muerde la rodilla al Policía, intenta patear con
los dos pies al Pistolero que trata de inmovilizarlo con la
silla, se retuerce en el suelo como un reptil herido y los
escupe. Visto con calma y tras el paso de los años, el
pequeño y delgado chino ofrece un maravilloso espectáculo
de resistencia a la ley, una indoblegable voluntad de no
entregarse. Diminuto en comparación con los otros dos, pero
irreductible, está dispuesto a que lo maten a golpes antes
que ceder.

Eso si uno lo ve con calma. Pero esa noche de noviembre de
1979 nadie ve las cosas con calma. Y mucho menos, porque
todos están borrachos. Sábado a la noche, ron y pleito.

El Periodista siente que debe ir en apoyo a sus dos
compañeros y colaborar en el restablecimiento del orden: se
arrodilla sobre las piernas del hombrecito para que deje de
patalear y comienza a darle puñetazos en los testículos
para que deje de escupir, chino cochino.

Grave error. Ese procedimiento no figura en los manuales
policiales revolucionarios. Implacables en el combate,
generosos en la victoria. Disuadir antes que reprimir,
reprimir sin causar daños, dejar fuera de combate sin
generar heridas... etcétera.

Entonces se escucha un alarido de espanto, un chillido
agudo que paraliza al chino, al Policía, al Pistolero y al
Periodista. La escena se congela. Los cuatro quedan
inmóviles y con la boca abierta. Sólo se escucha el sonido
de cuatro bocas abiertas que toman y exhalan aire. En la
calurosa atmósfera, las respiraciones apestan a “ron
pleito”.

- ¡Asesinos! –grita la china- ¡Lo van a matar!

Y la escena recomienza cuando la pequeña mujer avanza hacia
los guardianes del orden empuñando un enorme y afilado
cuchillo de cocina. Fulguran de odio los ojos de la china,
restallan con llamaradas asesinas. El odio y las llamaradas
se reflejan en la gélida, gris y temible hoja ancha del
cuchillo, que se intuye infalible para decapitar los
pollos, pescados, ranas y gatos que constituyen la base de
los sabrosos platillos orientales del Hotel Siete Mares,
atendido por sus propios dueños.

Continuará...

[Nota del editor: este relato debía concluir aquí. Sin
embargo, hemos decidido añadir un próximo epílogo con final
más o menos feliz] 


   
  Roberto Bardini 
  http://bambupress.wordpress.com/




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