[R-P] El judaísmo oficial y la dictadura

Julio Fernández Baraibar fernandezbaraibar en gmail.com
Mie Feb 6 00:25:45 MST 2008


Cómo decíamos ayer.

Julio Fernández Baraibar
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no la publicó.
                                                        En cambio la incluyó
en su último
                                                         número la revista
"NOTICIAS".

  El judaísmo oficial y la dictadura
   Por Herman Schiller


A principios del gobierno de Alfonsín, en una durísima discusión que tuvo
lugar en un local del ala progre del sionismo ubicado en Junín al 200, la
inolvidable Renée Epelbaum, una de las fundadoras de las Madres de Plaza de
Mayo que tenía a sus tres hijos desaparecidos, acuñó aquella frase que
durante mucho tiempo se hizo carne entre los familiares de
detenidos-desaparecidos de origen judío: “No quisiera enterarme que a mis
hijos judíos los mataron con armas israelíes”.
  En abril del ’99, después que testimonié ante el juez Baltasar  Garzón en
Madrid, el Partido Socialista de Israel (“Meretz”) me invitó a participar en
su país de una serie de actos. En ese contexto tuve oportunidad de hablar en
la Universidad Hebrea de Jerusalem y, por supuesto, me referi al papel
nefasto que los distintos gobiernos israelíes y la estructura institucional
judeoargentina jugaron en la época de la dictadura.
  Sobre el tema de los pertrechos bélicos me respondió Alex Ben Tzví, ex
consejero de la embajada de Israel en Buenos Aires, con quien en 1996 había
mantenido un altercado radial: “Nuestros enemigos exageran el tema, porque
el Estado de Israel solamente
(sic) le vendió a los militares argentinos el 13% de sus necesidades
armamentistas”.
  Aquellas palabras de Ben Tzví, que causaron sonrisas entre los presentes,
deben haber sido seguramente la más clara confesión  oficial israelí sobre
ese sucio negocio.
  Hace unos cinco años, en un programa televisivo de la comunidad judía
local conducido por Daniel Schnitman, participaron Eduardo Luis Duhalde
(entonces juez federal, hoy secretario de Derechos Humanos de la Nación),
Oscar Kuperman (uno de los líderes piqueteros), María Gutman (integrante de
la Asociación Madres de Plaza de Mayo) y yo.
  Duhalde, en su intervención, narró de qué modo, sobre los finales de la
dictadura y junto al poeta Vicente Zito Lema, entrevistaron en Europa a
Peregrino Fernández, un policía que se quebró y confesó buena parte de las
atrocidades cometidas por él y sus compinches durante la égida del
terrorismo de Estado. Duhalde, en su intervención, transmitió que Peregrino,
durante la extensa confesión, dio pormenores de cómo Herzl Inbar, ministro
consejero de la embajada de Israel en la Argentina, les daba “instrucciones
antisubversivas”.
   ´Las declaraciones del policía se registraron en 1983 y, al tomar estado
público, familiares de desaparecidos judíos se dirigieron a la embajada de
Israel   --entre ellos Fanny Bendersky, que luego trabajara durante muchos
años en el Cels--  para que ratifiquen o rectifiquen la afirmación de
Peregrino. Nunca hubo una respuesta.
  Pasó casi un cuarto de siglo. De un tiempo a esta parte estamos asistiendo
a una feroz ofensiva del judaísmo oficial  --israelí y local--  para
autoblanquerase en este tema. No resulta fácil generar anticuerpos para
contrarrestar esta orgía de mentiras, porque no son pocos los cómplices
fuera del judaísmo que, por cálculos pragmáticos u oportunistas, se unieron
a la farsa. Probablemente influya en ésto la reducción de la otrora poderosa
izquierda judía a la minima expresión. De todos modos hay algunos elementos
puntuales que merecen señalarse. Por ejemplo, el libro de Marcel Zohar
“Shlaj et amí lazalzel” (Manda a mi pueblo al diablo) que en 1991 apareció
en Israel con denuncias muy parecidas a las mias y que fuera comentado en su
momento por el matutino Pagina 12. Y, también, el incisivo articulo de un
escritor y docente universitario israelí como Itzjak Laor publicado en el
matutino Haaretz de Tel Aviv muy pocos días después de la masacre de la
Amia.

  El artículo se titulaba “Zejer haneedarim bearguentina” (En memoria de los
desaparecidos en Argentina) y fustigaba con mucha energía la doble moral
desarrollada por Israel, que envió urgentemente una delegación  de socorro
en oportunidad del atentado de la calle Pasteur, pero nada hizo, ni siquiera
levantó el teléfono para protestar, “cuando los militares asesinos se
llevaban a los judíos por centenares durante la dictadura militar”.
   Durante toda la etapa aciaga del ’76 al ’83, el judaísmo oficial, allí y
aquí  --eso incluye a los distintos gobiernos israelíes y a la casi
totalidad de las organizaciones judeoargentinas establecidas--,  solían
caracterizar a los desaparecidos como “antiisraelíes al servicio del
terrorismo”. Inclusive los dirigentes del sector izquierdoso del sionismo,
cuando eran entrevistados en Israel en los primeros años del horror por
algún familiar o amigo de desaparecido que reclamaban desesperadamente
“hagan algo” (hay varios testigos), respondían que “esto les había pasado
por no recibir educación sionista”(sic).
  Y como la vida institucional judía (religiosa, cultural, sociodepor-
tiva) se desarrollaba en la Argentina  con absoluta normalidad
--y los famosos countrys judíos como los de Hebraica y Hacoaj se inauguraron
precisamente en esa etapa nefasta del país--  resultó normal, casi obvio, el
alineamiento explícito del judaísmo oficial con los militares, “quienes no
sólo apoyan a Israel en los distintos foros internacionales, sino que
también facilitan nuestra actividad comunitaria”.
   El genocidio pareció  importarles muy poco y priorizaban que el “ishuv”
pudiera expresar su identidad judía sin inconvenientes. Y este cuadro de
situación se ahondó aún más cuando el gran rabino de la comunidad Shlomo
Benhamú, luego de participar a principios de 1977 de una reunión de
religiosos de distintos credos con Videla, elogió la personalidad del
dictador y enfatizó especialmente que, en plena Casa Rosada, le habían
servido comida “casher”.
   En declaraciones que, en su momento, merecieron el repudio de Marshall
Meyer y mío y la publicación de comunicados muy críticos por parte de
algunos familiares como Gregorio Lerner; el presidente de la DAIA, doctor
Mario H. Gorenstein, llegó a decir por lo menos dos veces (una en la
 “kehilá” de Bahía Blanca y otra en el Centro de Estudios Judaicos que
funcionaba en la calle Ayacucho donde hoy está el Instituto Científico Judío
IWO) que a la comunidad judía le convienen más los gobiernos de facto que
los constitucionales “porque los militares tienen mayor capacidad operativa
para controlar el antisemitismo y el antisionismo”.
   La izquierda y los terroristas están junto a quienes anhelan destruir al
Estado judío, solían expresar los dirigentes judíos una y otra vez. Y, a
través de sus declaraciones, discursos, comunicados, notas en la prensa
adicta y demás, surgía claramente que sus posiciones a favor del régimen
autoritario no era un tema táctico, sino de íntima convicción: “Los
militares se encuentran de nuestro lado; en cambio, los subversivos alientan
a nuestros enemigos”.
   Eso se potenció hasta el hartazgo cuando Firmenich y Vaca Narvaja se
fotografiaron junto a Arafat en el Líbano (y los dirigentes judeoargentinos
corrieron a decirle a los militares “ven, ven, los enemigos de ustedes
también son nuestros enemigos”) y algo parecido ocurrió en 1978, cuando el
teniente general israelí Jaim Laskov se entrevistó con Videla y luego tuvo
palabras de encomio hacia el gobierno militar en el Luna Park, en
oportunidad de celebrarse el trigésimo aniversario del Estado de Israel.
Acto, dicho sea de paso, que fue la única expresión permitida en esos días
de persecución y muerte, con la presencia estelar y ovacionada del
integrante de un gobierno de facto anterior: el almirante Isaac Francisco
Rojas.
   En esa misma línea también debe inscribirse al general Ariel Sharón que,
en 1980, cuando era ministro de Defensa de Israel, dijo sin ruborizarse en
oportunidad de visitar al general Policarpo Paz, jefe de la dictadura
hondureña, que en esos días era denunciada en todo el mundo por su política
criminal en materia de derechos humanos: “Israel no sólo le vende armas a
Honduras por negocios, sino porque está con nosotros en la lucha común
contra el comunismo internacional”.
   En ese momento llegó a Buenos Aires Menajem Hacohen, un rabino ortodoxo
que integraba en la Knéset el bloque opositor laborista. Al preguntarle en
una entrevista acerca de esas declaraciones de Sharón, Hacohen me respondió:
“Hemos creado el Estado judío para que sea distinto, justo y socialista, y
no para convertirlo en proveduría de armamentos para las dictaduras
militares de América latina”.
   Durante mi mencionada visita a Israel de abril del ’99, estaba
pronunciando una conferencia en “Tzavta” de Tel Aviv sobre la caracterología
fascista y antisemita de la represión dictatorial en Argentina,cuando
sorpresivamente se presentaron dos ex ministros del gobierno de Itzjak
Rabín: Iosi Sarid y Amnón Rubinstein. Ambos señalaron que no sólo habían
concurrido para “rendirle homenaje a un luchador por los derechos humanos
que dignifica al pueblo judío”   --lo que para mí resultó una abrumadora
gratificación en contraste con los palos que habitualmente recibo por parte
de la reaccionaria dirección comunitaria judía local--,  sino también para
denunciar “el papel nefasto de Israel como cómplice de las peores dictaduras
latinoamericanas y del apartheid sudafricano”.
   Y Iosi Sarid, que en aquellos días todavía era considerado como el líder
del ala izquierda de su partido, agregó: “Israel debería pedir perdón a
todos los familiares de las víctimas de esos regímenes sangrientos”.
   Quiero puntualizar dos cosas antes de concluir: no estoy tratando de
levantar mi persona y de disminuir todo lo que esté enfrente. No es que en
esa época yo era bueno y ellos eran malos
--a lo mejor, y seguramente, debe haber sido al revés, porque no puedo ni
debo omitir que cometí muchos errores--,  sino que se trataba de los
criterios filosóficos e ideológicos, absolutamente antagónicos, con que se
tomó el asunto desde el principio: para mí los desaparecidos eran mis
compañeros de lucha, muchos de ellos combatientes de las organizaciones
armadas populares, mientras que para el judaísmo oficial eran terroristas
que estaban en la vereda de enfrente.
   Todos los desaparecidos judíos (hasta ahora se llevan contabilizados
alrededor de 2000), que entregaron su vida generosamente, y aunque no lo
supieran o dijeran lo contrario, estaban para mí infinitamente más cerca de
las utopías de justicia social de los antiguos profetas de Israel que de los
corruptos burgueses que desde añares vienen conduciendo las instituciones
judías locales.





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