[R-P] El "supermartes" Lacolla

José María ingcavalleri en yahoo.com.ar
Dom Feb 3 06:40:33 MST 2008


Perpectivas
El "supermartes"
El escenario está montado. ¿Habrá algo de nuevo en la
pieza que periódicamente se pone en Estados Unidos? 
Enrique Lacolla 
Periodista Enrique Lacolla 


Aunque el sistema entronizado en la cúpula del poder
en Estados Unidos no admite muchas esperanzas de
cambio a menos que acaezca una catástrofe, la
inminencia del “supermartes”, en el que se definen las
candidaturas presidenciales de demócratas y
republicanos, atrae la atención hacia ese colorido
espectáculo y hacia las eventuales modificaciones que
podrían aportar, los candidatos gananciosos, a la
futura política de la que todavía es la primera
potencia mundial. 

Todo induce a suponer que más que de candidatos
gananciosos habría que hablar del candidato
ganancioso, pues se estima que, tras ocho años de un
gobierno republicano calificado no precisamente por
sus éxitos en materia económica y desgastado por una
política internacional que le ha acarreado un gran
desprestigio, la opción con mayores probabilidades en
la elección presidencial de noviembre próximo será la
demócrata. Lo que ha inducido a seguir la puja entre
Hillary Clinton y Barack Obama como una especie de
contienda anticipada por la primera magistratura. 

En este sentido, la decisión del clan Kennedy de
aportar su apoyo al candidato Obama puede ser muy
significativa. Más allá de la mitología progresista en
que se envolvió a la “corte de Camelot” y del apego de
ésta, en lo sustancial, a las políticas del
establishment respecto del mundo exterior, parecen
haber existido en ella los indicios de una inflexión
hacia otro rumbo que no fuera el de la mera
confrontación con la URSS, lo cual podía tocar en sus
fundamentos el creciente poderío del complejo
militar-industrial denunciado por el presidente Dwight
Eisenhower en su discurso de despedida. 

Los asesinatos de John y de Robert Kennedy no pueden
haber acaecido de forma casual, como resultado del
impulso vesánico de un par de chiflados. Por mucho que
uno se resista a la doctrina de la conspiración para
explicar la historia, no se mata a un presidente en
ejercicio y a otro que ya lo era virtualmente, por
mero azar. Y mucho menos allí. 

La fascinación norteamericana por el filme de
gángsters y por la épica mafiosa es una traslación de
algo que se agita en las profundidades de su sistema
de poder. Hay límites en los cuales opera el “no
trespassing” (no pasar) con eficacia mortífera. 

Ahora bien, si Barack Obama vence a Hillary Clinton,
podrían abrirse incógnitas inquietantes para el
sistema. 

Por supuesto, podrían quedar neutralizadas por el
sometimiento de Obama a las reglas del juego; pero su
sola condición de negro o mulato significaría un
cierto grado de amenaza para el régimen, en la medida
que al nuevo presidente no le sería fácil descuidar la
presión de su masa electoral más segura, la población
de color; la más marginada, junto a la hispana, de los
rangos del poder. 

La palabra mágica. La palabra “cambio” es la asumida
por los dos exponentes de la corriente demócrata. En
apariencia, ambos pueden adjudicarse crédito
suficiente para revestirse con ella: Obama es negro y
Hillary es mujer; ambos serían los primeros exponentes
de la raza o del género en izarse hasta la
presidencia. 

Pero de los dos, Obama es el único del que cabría (el
condicional tiene aquí todo su peso) esperar alguna
modificación del rumbo general de la política
estadounidense, sea interior como exterior. 

Mientras tanto, el presidente en ejercicio pronunció
su discurso del Estado de la Unión ante el Congreso,
que fue también su discurso de despedida. La
ceremonia, transmitida con unción por la CNN, tocó los
picos más altos de la retórica y el convencionalismo
político. Representantes y senadores se agruparon para
brindar al presidente su “last Hurrah!”, la aclamación
de despedida que se reserva a los campeones cuando se
retiran. 

Esta puesta en escena, coreografiada para refrendar
solidez del sistema político norteamericano, no pudo
sin embargo superar la prueba que significó el
discurso presidencial. De hecho, éste la puso en su
justa perspectiva: la de una hipocresía descomunal.
Escucharlo a George W. Bush, si se puede tolerar el
esfuerzo más allá de algunos minutos, es sumergirse en
un planeta gaseoso, donde se afirman como verdades,
mentiras de las que todo el mundo está consciente. La
alienación contemporánea está simbolizada en esa
cháchara autocomplaciente y vacía, en la cual las
palabras significan exactamente lo contrario de lo que
expresan. Bush se felicitó por sus éxitos y proclamó
su maravilla por estar llevando la democracia al Medio
Oriente. 

Las palabras del habitante de la Casa Blanca deberían
ir siempre precedidas por la leyenda que suele
aparecer en las películas: cualquier semejanza entre
lo dicho y lo real, es fruto de la mera casualidad. 

© La Voz del Interior 




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