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Juan María Escobar
escobar45 en infovia.com.ar
Lun Dic 8 08:43:42 MST 2008
PERSPECTIVAS
Política Latinoamericana
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Frente a la crisis
Por Enrique Lacolla
La recesión económica mundial puede dar a los países de América latina la
oportunidad de valerse por sí mismos. Pero para eso hay que dotarse de los
elementos ideológicos, sociales y mediáticos que son necesarios para imponer
ese criterio.
El paquete de medidas anunciado por la presidenta Cristina Fernández para
paliar la crisis económica que se desploma desde afuera, no es objetable en
sí mismo. Pero sí tal vez quepa estimarlo como insuficiente frente a la
magnitud del problema, y a la necesidad preexistente, pero que la ocasión
actual hace clamorosa- en el sentido de avanzar hacia políticas que
impliquen una mayor, mejor dirigida y más resuelta intervención del Estado
tanto en las áreas que hacen a la economía como a la política social y al
ámbito de los medios de comunicación. A la vez que cabe reclamar del
gobierno un trabajo más concreto dirigido a fortalecer las relaciones con
aquellos países de América latina que son conscientes de la necesidad de la
integración regional.
El plan anticrisis del gobierno Kirchner tiene costados objetables, no tanto
por el carácter inmoral que hipócritamente se aduce tendría el blanqueo de
capitales para hacer que estos retornen del exterior, sino porque no está en
absoluto claro que esos capitales vayan a retornar, mientras se da una señal
negativa en el sentido de que ulteriores medidas permisivas de este tipo
pueden esperarse, continuando con el círculo vicioso de la inacabable
corrupción fiscal que nos aflige.
Los arreglos que se intentan con los sectores empresarios para acotar o
impedir los despidos de trabajadores no toman en cuenta, por otra parte, que
la crisis recién está desembarcando y que, tal como viene, quizá quepa
pensar su duración en términos de años más que de meses. Una emergencia
económica aprobada por el Congreso o eventualmente dictada por un decreto de
necesidad y urgencia, que prohíba los despidos, tanto del personal de planta
como de los contratados; un bloqueo de capitales que impida su fuga al
exterior; una ley de entidades financieras que grave de una vez por todas a
la especulación desaforada; una intervención en la banca para direccionar el
crédito en sentido constructivo, son expedientes posibles, algunos de los
cuales ya fueron tomados por los gobiernos conservadores de la década del 30
para hacer frente a la Depresión, y otros fueron adoptados por el primer
peronismo. A esto se le debería sumar una reforma fiscal de carácter
progresivo, que grave de manera más justa y proporcional a los ingresos. Un
muy importante primer paso para recuperar liquidez y ponerse en condiciones
de orientar el crédito se ha dado con la estatización de las AFJP; pero a
ese paso deberían seguir muchos más.
Hoy un programa de estas carácterísticas suena a estrafalario o imposible,
lo que es indicio de lo mucho que ha retrocedido la conciencia social en
nuestro país. Por otra parte hay que contar que toda la parafernalia
mediática saldría a la palestra, escandalizada e histérica, si este tipo de
medidas se adoptasen. Lo cual nos remite a otra materia pendiente, la famosa
reforma de la ley de radiodifusión, con la que el gobierno amenazó en los
días del conflicto con el ?campo?, cuando la colectividad mediática (o mejor
dicho los monopolios que la manejan) estaba desatada. Desde entonces este
asunto, de capital importancia para la formación de una conciencia crítica
en la población y como expediente para frenar la "jibarización" intelectual
de la sociedad, ingresó a un cono de sombra.
Incentivar la obra pública, como propone el programa oficial, está muy bien.
Emplea mucha mano de obra y puede atender a la resolución de problemas
estructurales de larga data. Como por ejemplo satisfacer asuntos que hacen a
la salud y el bienestar de la población. Viviendas, tratamiento de efluentes
cloacales y otros rubros vinculados a la infraestructura de la vida
cotidiana, son cosas muy importantes. La cuestión, sin embargo, es que a
este plan de coyuntura se le agreguen criterios vinculados al crecimiento
orgánico de la nación. Como son la construcción de autopistas, el rescate de
los servicios ferroviarios y el direccionamiento de la inversión hacia
industrias de punta.
Parece que el gobierno finalmente va tomando conciencia, con lentitud, de
las urgencias de la hora y de la misión que el destino, la coyuntura, la
historia o lo que sea ha puesto a sus pies y que reclama ser recogida y
puesta en práctica. Sus vacilaciones y sus errores, a veces corregidos -za
quién se le puedo ocurrir querer pagar la deuda al club de París y sobre
todo a los fondos buitres cuando la tempestad financiera ya era evidente?-
son fruto de un extravío que viene del aplastante imperio que ejercieron las
doctrinas neoliberales durante las décadas recientes. Esto ha trabado la
proyección ideológica que cabría asumir ante las circunstancias. Aun los
intentos más tímidos de reforma social son elaborados por la dirigencia casi
pidiendo disculpas por lo que hace, y son acogidos por el público con
desconfianza. Por lo tanto, aunque las condiciones objetivas para un cambio
en gran escala estén dadas y, aun más, hagan de este cambio una condición
imperiosa para la supervivencia, las condiciones subjetivas se encuentran
varios pasos más acá de la conciencia que sería necesaria para asumir las
tareas de fondo. Nos vemos condenados, entonces, a seguir el paso cansino de
sectores dirigentes que sólo con lentitud y entre muchas vacilaciones se
animan a ensayar una modificación del estado de cosas.
Ahora bien, el rol que le cabe al pensamiento nacional y popular en esta
encrucijada es el de ayudar a construir esa nueva conciencia y no equivocar
el bando al cual pueden prestar su apoyo. Pues si las actuales autoridades
adolecen de muchas fallas, quienes las enfrentan son los responsables
directos de los desastres que el país ha venido soportando por varias
décadas. Ayudar a las primeras a profundizar su discurso e incitarlas a
tomar las medidas que son necesarias para romper el estancamiento, es el
objetivo que debemos fijarnos.
A esto se añade la necesidad de buscar estrategias que apunten a la
consolidación de los lazos con la región. Aquí la situación es más
complicada y escapa al control de nuestras autoridades, pues si bien hay
gobiernos latinoamericanos que tienen una conciencia aguda de tal situación,
hay otros que no la tienen tanto o están más próximos a los sectores
conservadores que lo último que desean es una confrontación con el
imperialismo. Del que son clientes o bien al que prefieren referirse antes
que arriesgar cualquier cambio.
Hay cosas inconcebibles que son el resultado de esta mezquindad de
criterios. Que después de varios años el Senado brasileño siga bloqueando el
ingreso de Venezuela al Mercosur, mientras el gobierno de Lula mantiene ante
el problema una actitud despreocupada, lo que puede significar consintiente,
da la medida de las dificultades que se plantean en este terreno. Cualquiera
sea la opinión que nos merezca el estilo ditirámbico del presidente de
Venezuela, los proyectos geopolíticos de Hugo Chávez son de primera
importancia para Suramérica. Es inaceptable que proyectos como el Banco del
Sur, del gasoducto del Sur, de Petrosur y de Telesur estén estancados,
aunque se avance en acuerdos parciales muy importantes en materia de
intercambio.
Es todo parte de un mismo problema: el de una conciencia nacional en su
hacerse. La crisis mundial nos vuelve a poner, como ocurriera en ocasión de
la Depresión y la segunda guerra mundial, ante la necesidad de valernos por
nosotros mismos. Quizá en esta ocasión podamos profundizar esa experiencia y
hacerla invulnerable.
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