[R-P] Rodolfo Brizuela, un juez que de niño vivió en un instituto de menores

Víctor Morón vicmoron en prodigy.net.mx
Dom Dic 7 17:56:31 MST 2008


El tema es bien interesante. Hace poco, por consejo de algún amigo, encontré

esto en Internet. Es la intervención en algún foro de Emilio Calatayud
Pérez,
juez de menores de Granada, a quien no le tiembla la mano (según sus propias
palabras) cuando tiene que mandar a un menor por 10 o 12 años a un centro
correccional, pero también es conocido por otras sentencias, como condenar
al niño acusado a aprender a leer y escribir, y obtener su grado de
secundaria.

Primera parte: http://es.youtube.com/watch?v=K2GTauJT5Vg
Segunda parte: http://es.youtube.com/watch?v=91gDdSSX_jk&feature=related

Una versión más extensa empieza en
http://es.youtube.com/watch?v=Dhm6kyuyIfU.
Son siete partes en total, y los vínculos los encuentran "videos
relacionados",
al costado del video.

Me parece una visión muy equilibrada. Ni autoritaria ni permisiva. Me gusta 
particularmente una frase del juez: "yo no soy colega de mis hijos, soy su
padre. Entre otras cosas, porque si soy colega de mis hijos, los dejo
huérfanos".

A ver qué les parece.


Víctor Morón
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edu] En nombre de Patricia
Enviado el: domingo, 07 de diciembre de 2008 10:51
Para: Víctor Morón
CC: Lucha de masas para recuperar la Argentina
Asunto: [R-P] Rodolfo Brizuela, un juez que de niño vivió en un instituto de
menores

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CITANDO LA FUENTE,EL MATERIAL DE ESTA LISTA ES DE LIBRE REPRODUCCIÓN


Rodolfo Brizuela, un juez que de niño vivió en un instituto de menores
Pasó parte de su infancia internado en una institución de General Rodríguez,
sabe lo que significa no tener un hogar y carecer de contención familiar.
Por sus manos, antes en el Juzgado de Menores N° 3 de La Matanza y ahora en
el nuevo Fuero Penal Juvenil bonaerense, pasan causas que involucran a niños
y adolescentes con historias similares a la suya

7 de diciembre de 2008 
 
Yo digo que llevo una bandera, que me pasaron mis maestros y algunos jueces
con los que trabajé, por la que sigo luchando después de 34 años en la
Justicia", señala Rodolfo Brizuela, las manos gruesas sobre el escritorio de
su nuevo despacho en San Justo y un hablar pausado en el que todavía resuena
un inconfundible eco riojano. 

Es sin duda una frase que ha dicho antes y que ahora subraya fijando
largamente la mirada por encima de los anteojos. Pero el énfasis no impide
las conjeturas. Se adivina, aunque él luego lo relativice sin negarlo, que
su decisión de llevar la bandera que dice llevar -y que no es otra que velar
por los menores cuyas causas caen en sus manos- también fue guiada por su
historia personal, por la experiencia de chico desamparado que fue en su
infancia, prácticamente abandonado a su suerte en un instituto de menores de
Gerenal Rodríguez cuando tenía siete años. 

Es que la vida de este juez a cargo hasta la semana pasada del Juzgado de
Menores N° 3 de La Matanza -ahora juez de garantías del joven, luego de
inaugurarse el nuevo Fuero Penal Juvenil tras la reciente reforma judicial
en la provincia de Buenos Aires- recorrió un curioso círculo que lo colocó,
con los años, en la posición de tener que ocuparse de niños y adolescentes
en zona de riesgo: menores con historias casi siempre sórdidas, en las que
se cruzan el abandono, la violencia familiar, los abusos y violaciones, la
droga, la criminalidad y la muerte. Tanta simetría no puede ser sólo casual.


Quizá por eso y porque está convencido de que casi siempre se puede
encontrar lo que llama una "opción humana" -y no únicamente una disposición
legal- es que, frente a la ola de violencia que recorre la provincia, donde
muchos delitos -52.000 en 2007, según la Fundación de Estudios para la
Justicia (Fundejus)- son protagonizados por chicos que no cumplieron los 18
años, ve con reparos algunas alternativas exigidas ahora por amplios
sectores, como la de bajar la edad de imputabilidad de los menores. 

"El pibe que comete un delito antes fue víctima de un delito. Fue abusado,
golpeado, abandonado o es el hijo no deseado de una violación. Si analizo
todo esto puedo entender mucho mejor por qué el chico hizo lo que hizo: no
deja de ser responsable por el delito que cometió, pero también hay allí una
sociedad que debe velar por sus hijos y no lo está haciendo", sostiene el
"Chango" Brizuela, como lo llaman todos los que lo conocen. 

Fija así su posición frente al debate, pese a que, admite, por su oficina
han pasado también familiares de víctimas de crímenes cometidos por menores
y en esos casos, opina, no hay razón que valga. 

¿Qué solución imagina? "Como sociedad queremos ya una solución, pero para
resolver las problemáticas sociales no existen las políticas de shock",
responde Brizuela. "Si hoy tenemos inseguridad es porque no hemos trabajado
en la prevención, algo en lo que debemos trabajar a partir de los 4 o 5 años
de edad para ver los resultados de acá a 10 o 15 años. En medio son muchos
los chicos que vamos a perder, y ese es un gran pecado social". 

La "opción humana" de la que habla Brizuela tiene que ver, otra vez, con su
propia historia. Lo que le tocó vivir de chico lo convenció de que la
contención familiar es el mejor antídoto contra fenómenos como la
delincuencia juvenil y la violencia. Por eso, ante las facultades que le
otorga la ley siempre consideró el encierro de los jóvenes como el último
recurso. "He llegado a enviar a chicos a Salta y Santiago del Estero, busqué
familiares por todo el país", asegura. "Un día -cuenta- me vino a ver un
muchacho que de chico caía preso cada dos por tres y al que yo había mandado
con familiares suyos en Chaco, donde empezó a trabajar como hachero y
vendedor de madera, y me dijo: «Usted me salvó». Eso fue como ganarme la
lotería". 

"Vino un señor y me llevó" 

El mismo, dice, se "salvó" más o menos de esa manera. Rodolfo Brizuela nació
en Morón y creció en Castelar. Hasta los siete años se crió en la casa donde
trabajaba su madre, empleada doméstica y madre soltera. "Ella trabajaba cama
adentro y yo vivía ahí mismo, vivía con ella, jugaba con los hijos de los
dueños de casa. Pero después mi vida dio un vuelco, corrí la misma suerte
que mi madre." 

Ese vuelco fue, en el caso de su madre, una larga enfermedad por la que
debió ser internada en un hospital de General Rodríguez, y en el suyo, un
estado de soledad para el que no se vio otra alternativa que un instituto de
menores de la zona. No hubo tiempo para despedidas. Nadie se detuvo a
explicarle qué iba a ser de su vida. 

"Vino un señor y me llevó a un lugar desconocido, donde había otros chicos y
donde tuve mi primer choque con la ley: al ratito de llegar, por una
travesura menor, una cosa de chicos, una preceptora se acercó y me cruzó la
cara con una varilla. Me pegó fuerte, pero yo no lloré: había comprendido en
ese momento, a los siete, que en ese lugar tenía que aprender a sobrevivir",
cuenta. 

Pasaron más de dos años que recuerda como un paréntesis de soledad y
abandono, y cuando por fin su madre estuvo un poco mejor lo envió a vivir
con una prima suya en Chilecito, en La Rioja. Allí pasó los mejores años de
su infancia: "De pronto tenía primos, una familia grande, íbamos a jugar a
la plaza. Un día conocí a mi abuelo, que vivía en un ranchito de adobe y
paja... encontré la contención de la familia y de la comunidad, porque, como
suele ocurrir en los pueblos del interior, siempre había alguien cerca que
lo ayudaba a uno a lo que fuera: a estudiar, a salir adelante, a juntar unas
ropas decentes para los cumpleaños. Y como mis tíos fabricaban alfajores y
pan casero, yo empecé a vender pan y alfajores de casa en casa, para dar una
mano. Así pude terminar la escuela y graduarme de maestro con uno de los
mejores promedios". 

Ganó después una beca para estudiar en Rosario, pero al tiempo se fue a
Buenos Aires. Tenía 19 y después de 12 años volvía a vivir con su madre.
Cerraba un primer círculo. Fue lavacopas, ayudante de cocinero. Hizo un poco
de todo. Finalmente consiguió un trabajo fijo y el día en que cobró su
primer sueldo volvía feliz a su casa con la idea de festejar en grande
cuando, al bajar del tren en Morón para tomar el colectivo, se topó con un
edificio que hasta entonces no había notado: la Universidad de Morón. "Era
muy cara para mí y tenía dudas -recuerda-, pero me jugué y me anoté. Siempre
había querido ser abogado, como el dueño de la casa donde trabajaba mi madre
cuando yo era chico. El 2 de abril de 1982, el mismo día del desembarco en
Malvinas, me gradué de abogado. No lo podía creer." 

Vino después la carrera judicial, la dedicación absoluta a temas de
minoridad y un juzgado en Gregorio de Laferrère de puertas siempre abiertas
a la comunidad local. A gente que, dice, podía llegar caminando hasta su
oficina. La reforma judicial y el traslado a San Justo le dejan ahora una
extraña sensación de fin de etapa. Pero no es otro círculo que se cierra en
su vida. "Me entristece el cambio, porque ahora la ley dice que la Justicia
no puede actuar cuando un chico es víctima. Sólo puedo intervenir cuando se
trata de menores imputables, chicos de 16 a 18 años que quedarán sujetos a
un proceso en el que entran a jugar fiscales y defensores y a los que se
puede privar de su libertad sin que haya un sistema preparado para
recibirlos, darles contención y ayudarlos a salir adelante", señala. 

Pero aunque va a estar más limitado en sus capacidades, Brizuela afirma que
no va a dejar de trabajar con los chicos y de buscar para ellos las mejores
alternativas de reeducación y de reinserción social. Lo mueve, añade, una
motivación que tiene que ver con su propia historia. "Intento devolver la
mano que me dieron cuando era niño." 

© LA NACION 

Quién es 
Nombre y apellido: 
Rodolfo Brizuela 

Edad: 
59 años 

Solo a los siete: 
Hijo de una empleada doméstica y madre soltera, Brizuela vivió hasta los
siete años en la casa de familia en la que trabajaba su madre. Pero ella
sufrió una larga enfermedad y él fue derivado a un instituto de menores. 

De Chilecito a la universidad: 
A los 9 años fue enviado a La Rioja, donde vivió con sus parientes y logró
terminar la escuela. En 1982 se graduó de abogado por la Universidad de
Morón. Hace 34 años que trabaja en la Justicia, ahora en el Fuero Penal
Juvenil bonaerense. Tiene tres hijos 



"Cada vez que me amas tu saliva siembra la luz en la noche de mis ojos."


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