[R-P] Rodolfo Brizuela, un juez que de niño vivió en un instituto de menores

Patricia desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Dom Dic 7 09:51:09 MST 2008


Rodolfo Brizuela, un juez que de niño vivió en un instituto de menores
Pasó parte de su infancia internado en una institución de General Rodríguez, sabe lo que significa no tener un hogar y carecer de contención familiar. Por sus manos, antes en el Juzgado de Menores N° 3 de La Matanza y ahora en el nuevo Fuero Penal Juvenil bonaerense, pasan causas que involucran a niños y adolescentes con historias similares a la suya

7 de diciembre de 2008 
 
Yo digo que llevo una bandera, que me pasaron mis maestros y algunos jueces con los que trabajé, por la que sigo luchando después de 34 años en la Justicia", señala Rodolfo Brizuela, las manos gruesas sobre el escritorio de su nuevo despacho en San Justo y un hablar pausado en el que todavía resuena un inconfundible eco riojano. 

Es sin duda una frase que ha dicho antes y que ahora subraya fijando largamente la mirada por encima de los anteojos. Pero el énfasis no impide las conjeturas. Se adivina, aunque él luego lo relativice sin negarlo, que su decisión de llevar la bandera que dice llevar -y que no es otra que velar por los menores cuyas causas caen en sus manos- también fue guiada por su historia personal, por la experiencia de chico desamparado que fue en su infancia, prácticamente abandonado a su suerte en un instituto de menores de Gerenal Rodríguez cuando tenía siete años. 

Es que la vida de este juez a cargo hasta la semana pasada del Juzgado de Menores N° 3 de La Matanza -ahora juez de garantías del joven, luego de inaugurarse el nuevo Fuero Penal Juvenil tras la reciente reforma judicial en la provincia de Buenos Aires- recorrió un curioso círculo que lo colocó, con los años, en la posición de tener que ocuparse de niños y adolescentes en zona de riesgo: menores con historias casi siempre sórdidas, en las que se cruzan el abandono, la violencia familiar, los abusos y violaciones, la droga, la criminalidad y la muerte. Tanta simetría no puede ser sólo casual. 

Quizá por eso y porque está convencido de que casi siempre se puede encontrar lo que llama una "opción humana" -y no únicamente una disposición legal- es que, frente a la ola de violencia que recorre la provincia, donde muchos delitos -52.000 en 2007, según la Fundación de Estudios para la Justicia (Fundejus)- son protagonizados por chicos que no cumplieron los 18 años, ve con reparos algunas alternativas exigidas ahora por amplios sectores, como la de bajar la edad de imputabilidad de los menores. 

"El pibe que comete un delito antes fue víctima de un delito. Fue abusado, golpeado, abandonado o es el hijo no deseado de una violación. Si analizo todo esto puedo entender mucho mejor por qué el chico hizo lo que hizo: no deja de ser responsable por el delito que cometió, pero también hay allí una sociedad que debe velar por sus hijos y no lo está haciendo", sostiene el "Chango" Brizuela, como lo llaman todos los que lo conocen. 

Fija así su posición frente al debate, pese a que, admite, por su oficina han pasado también familiares de víctimas de crímenes cometidos por menores y en esos casos, opina, no hay razón que valga. 

¿Qué solución imagina? "Como sociedad queremos ya una solución, pero para resolver las problemáticas sociales no existen las políticas de shock", responde Brizuela. "Si hoy tenemos inseguridad es porque no hemos trabajado en la prevención, algo en lo que debemos trabajar a partir de los 4 o 5 años de edad para ver los resultados de acá a 10 o 15 años. En medio son muchos los chicos que vamos a perder, y ese es un gran pecado social". 

La "opción humana" de la que habla Brizuela tiene que ver, otra vez, con su propia historia. Lo que le tocó vivir de chico lo convenció de que la contención familiar es el mejor antídoto contra fenómenos como la delincuencia juvenil y la violencia. Por eso, ante las facultades que le otorga la ley siempre consideró el encierro de los jóvenes como el último recurso. "He llegado a enviar a chicos a Salta y Santiago del Estero, busqué familiares por todo el país", asegura. "Un día -cuenta- me vino a ver un muchacho que de chico caía preso cada dos por tres y al que yo había mandado con familiares suyos en Chaco, donde empezó a trabajar como hachero y vendedor de madera, y me dijo: «Usted me salvó». Eso fue como ganarme la lotería". 

"Vino un señor y me llevó" 

El mismo, dice, se "salvó" más o menos de esa manera. Rodolfo Brizuela nació en Morón y creció en Castelar. Hasta los siete años se crió en la casa donde trabajaba su madre, empleada doméstica y madre soltera. "Ella trabajaba cama adentro y yo vivía ahí mismo, vivía con ella, jugaba con los hijos de los dueños de casa. Pero después mi vida dio un vuelco, corrí la misma suerte que mi madre." 

Ese vuelco fue, en el caso de su madre, una larga enfermedad por la que debió ser internada en un hospital de General Rodríguez, y en el suyo, un estado de soledad para el que no se vio otra alternativa que un instituto de menores de la zona. No hubo tiempo para despedidas. Nadie se detuvo a explicarle qué iba a ser de su vida. 

"Vino un señor y me llevó a un lugar desconocido, donde había otros chicos y donde tuve mi primer choque con la ley: al ratito de llegar, por una travesura menor, una cosa de chicos, una preceptora se acercó y me cruzó la cara con una varilla. Me pegó fuerte, pero yo no lloré: había comprendido en ese momento, a los siete, que en ese lugar tenía que aprender a sobrevivir", cuenta. 

Pasaron más de dos años que recuerda como un paréntesis de soledad y abandono, y cuando por fin su madre estuvo un poco mejor lo envió a vivir con una prima suya en Chilecito, en La Rioja. Allí pasó los mejores años de su infancia: "De pronto tenía primos, una familia grande, íbamos a jugar a la plaza. Un día conocí a mi abuelo, que vivía en un ranchito de adobe y paja... encontré la contención de la familia y de la comunidad, porque, como suele ocurrir en los pueblos del interior, siempre había alguien cerca que lo ayudaba a uno a lo que fuera: a estudiar, a salir adelante, a juntar unas ropas decentes para los cumpleaños. Y como mis tíos fabricaban alfajores y pan casero, yo empecé a vender pan y alfajores de casa en casa, para dar una mano. Así pude terminar la escuela y graduarme de maestro con uno de los mejores promedios". 

Ganó después una beca para estudiar en Rosario, pero al tiempo se fue a Buenos Aires. Tenía 19 y después de 12 años volvía a vivir con su madre. Cerraba un primer círculo. Fue lavacopas, ayudante de cocinero. Hizo un poco de todo. Finalmente consiguió un trabajo fijo y el día en que cobró su primer sueldo volvía feliz a su casa con la idea de festejar en grande cuando, al bajar del tren en Morón para tomar el colectivo, se topó con un edificio que hasta entonces no había notado: la Universidad de Morón. "Era muy cara para mí y tenía dudas -recuerda-, pero me jugué y me anoté. Siempre había querido ser abogado, como el dueño de la casa donde trabajaba mi madre cuando yo era chico. El 2 de abril de 1982, el mismo día del desembarco en Malvinas, me gradué de abogado. No lo podía creer." 

Vino después la carrera judicial, la dedicación absoluta a temas de minoridad y un juzgado en Gregorio de Laferrère de puertas siempre abiertas a la comunidad local. A gente que, dice, podía llegar caminando hasta su oficina. La reforma judicial y el traslado a San Justo le dejan ahora una extraña sensación de fin de etapa. Pero no es otro círculo que se cierra en su vida. "Me entristece el cambio, porque ahora la ley dice que la Justicia no puede actuar cuando un chico es víctima. Sólo puedo intervenir cuando se trata de menores imputables, chicos de 16 a 18 años que quedarán sujetos a un proceso en el que entran a jugar fiscales y defensores y a los que se puede privar de su libertad sin que haya un sistema preparado para recibirlos, darles contención y ayudarlos a salir adelante", señala. 

Pero aunque va a estar más limitado en sus capacidades, Brizuela afirma que no va a dejar de trabajar con los chicos y de buscar para ellos las mejores alternativas de reeducación y de reinserción social. Lo mueve, añade, una motivación que tiene que ver con su propia historia. "Intento devolver la mano que me dieron cuando era niño." 

© LA NACION 

Quién es 
Nombre y apellido: 
Rodolfo Brizuela 

Edad: 
59 años 

Solo a los siete: 
Hijo de una empleada doméstica y madre soltera, Brizuela vivió hasta los siete años en la casa de familia en la que trabajaba su madre. Pero ella sufrió una larga enfermedad y él fue derivado a un instituto de menores. 

De Chilecito a la universidad: 
A los 9 años fue enviado a La Rioja, donde vivió con sus parientes y logró terminar la escuela. En 1982 se graduó de abogado por la Universidad de Morón. Hace 34 años que trabaja en la Justicia, ahora en el Fuero Penal Juvenil bonaerense. Tiene tres hijos 



"Cada vez que me amas tu saliva siembra la luz en la noche de mis ojos."


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