[R-P] [E. Lacolla] De terroristas y piratas

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Mie Dic 3 09:30:08 MST 2008


De terroristas y piratas

Por Enrique Lacolla

La violencia contemporánea tiende a expresarse de dos maneras, tras
las cuales se oculta el nudo del problema, que no es otro que la
crisis sistémica.

De un tiempo a esta parte ha comenzado a circular una pregunta en los
medios que se dedican a la polemología (es decir, al estudio de los
conflictos bélicos): ¿qué tienen de nuevo las nuevas guerras? La
respuesta es que en ellas se manifiesta una gran asimetría entre los
contendientes y una privatización de la violencia. De alguna manera,
esta es la perspectiva que subyace al concepto de las "guerras de
cuarta generación", que seguirían a la etapa de los conflictos
calificados por la maniobra y un exiguo poder de fuego; a las batallas
de material en la guerra industrial, después, y más tarde a las
significadas por la movilidad de la guerra relámpago. Las guerras
napoleónicas, la guerra 1914-1918 y la segunda guerra mundial
suministraron ejemplos de estas variantes del oficio de las armas.

 Ahora, en cambio, el conflicto se plantearía entre los estados
estructurados y las fuerzas de disolución que son extrañas a estos,
que se oponen a cualquier concepción moderna de la organización social
y que están dispuestas a actuar en orden disperso, sin comunicación
entre sí y movidas por fundamentalismos ayunos de todo otro propósito
que no fuere el de destruir las expresiones de una cultura odiada y/o
de dar salida a conflictos étnicos y confesionales que se conjugan con
la desesperación generada por la miseria en los rincones más apartados
del planeta.

Esta visión se corresponde curiosamente con la justificación moral que
Occidente se brindaba a sí mismo en los albores del imperialismo
capitalista, pero –y esto es lo más importante- encaja también con las
tesis de guerra infinita y del choque de las culturas, los dos los
caballitos de batalla que el capitalismo anglosajón ha fraguado para
mantener una formidable panoplia militar y para justificar su
presencia en los lugares de mayor significación geoestratégica del
globo, o en aquellos donde se acumula la mayor cantidad de reservas de
energía no renovable. Claro que esta clase de autojustificación, que
vuelve a manejar, de manera ostensible o disimulada, la clásica
contraposición entre la civilización y la barbarie, es hoy en día
mucho más difícil de sostener que en los buenos tiempos del saqueo
colonial. En especial después de episodios como la revolución rusa y
las revoluciones coloniales, que otorgaron una nueva dimensión a la
condición de los oprimidos.

Por estos días, sin embargo, hubo algunos episodios que refuerzan el
difuso retorno a la concepción imperialista clásica y a la presunta
amenaza que la barbarie plantea para un sistema internacional
respetable. De un lado tenemos el resurgimiento de un tipo de delito
marítimo que se creía extinguido desde fines del siglo XVII, la
piratería, y del otro una espectacular y mortífera incursión
terrorista en Mumbai (ex Bombay) en la India, que dejó centenares de
víctimas y que tuvo por objetivo diversos centros de esa ciudad
comercial, expresiva del dominio británico en los tiempos del Raj. Los
puntos que estuvieron en la mira fueron los lugares más concurridos,
los hoteles más lujosos y un centro religioso judío. La impronta
antioccidental de la movida, la posibilidad que agitan los medios en
el sentido de que en ella estén involucrados los servicios secretos
pakistaníes, el tema de la reivindicación de Cachemira y el probable
agravamiento de las tensiones entre India y Pakistán, dos potencias
asiáticas provistas de armamento nuclear, dibujan un panorama
inquietante.

Por otra parte, la piratería marítima, que desde hace décadas azota
las aguas del Océano Índico, ha experimentado un crecimiento
espectacular a partir de los ataques de los piratas somalíes en el
Golfo de Adén y de la resonancia que la prensa occidental otorgó a
este tipo de episodios. Es un poco dudoso que actividad delictiva no
pueda ser controlada, por mucho que Somalia esté reducida a un puzzle
de agrupaciones tribales y clanes de señores de la guerra, que hace
que proliferen en ella los grupos entregados a llenar sus necesidades
y a saciar sus apetitos por cualquier medio. El Golfo de Adén y el Mar
Rojo, así como el Golfo Pérsico, están surcados por la armada más
importante del mundo, la de Estados Unidos, y hay fuerzas de sobra en
el área como para suprimir la amenaza. La India envió una fragata que
suprimió una cueva de piratas en la costa de Somalía, con bastante
pérdida de vidas, y este fue uno de los motivos que se adujeron, en un
primer momento, para dar una explicación presuntiva del asalto a
Mumbai. Es obvio, sin embargo, que los piratas somalíes no pueden
originar semejante despliegue a miles de kilómetros de sus reductos.
Es también evidente que el nivel de preparación militar, armamento y
conocimiento del terreno que ostentaron los comandos que tomaron por
asalto algunos puntos clave de la ciudad india, implican un
entrenamiento y una motivación muy superiores a los que podrían
aspirar los ladrones de barcos.

Los datos sobre bajas entre los atacantes, así como su número, son aun
imprecisos y se tiene la sensación de que muchos de ellos pueden haber
huido. Las autoridades indias dicen haber hecho un solo prisionero, y
otros nueve terroristas habrían sido abatidos por las fuerzas de
seguridad. La lista de bajas civiles, en cambio, se aproxima a los dos
centenares, más 300 heridos. Todos los informes hablan de decenas de
incursionistas provenientes del mar , y no solo provistos de armamento
moderno sino dotados también de un exacto conocimiento de terreno y de
unas habilidades tácticas que igualaban a las de las fuerzas
especiales indias encargadas de reducirlos.

Pero, ¿quiénes pueden haber estado detrás de este episodio, que ya es
descrito por la prensa como el 11/S indio?

El plano inclinado

Ingresamos aquí al terreno de las conjeturas, resbaladizo si los hay,
pero inevitable en conflictos como los de hoy, que se combaten por
encima de todas las fronteras, evaden a los protagonistas directos y
generalizan las prácticas de la guerra a la totalidad de los
integrantes de un presunto sistema adversario. Es curioso y paradójico
que, en la época de las "armas inteligentes" la precisión, que se pone
en práctica cuando se trata de alcanzar un objetivo militar, no se
utiliza en los experimentos de extorsión masiva, en que tan pródigos
se manifiestan estos tiempos. Como los bloqueos, embargos e
intervenciones indirectas, que golpean a poblaciones enteras y
extienden la pobreza y hasta las hambrunas. Los mass-media prefieren
no prestar mucha atención a este tipo de desarrollo, mientras
enfatizan, como es natural, a los episodios provistos de
espectacularidad y que garantizan una audiencia fascinada por la
exteriorización de la violencia.

Esta situación es ya una situación propia de las guerras de cuarta
generación. La televisión selecciona los elementos noticiosos que
responden a una determinada visión del mundo y los pone en pantalla
con una aplastante capacidad persuasiva. Mientras se insiste en
ciertos problemas y se los atribuye por lo general a la bestialidad o
al carácter violento o regresivo de determinados personajes o
regímenes, se pasan por alto los sufrimientos generados por el sistema
económico vigente en el mundo, por la globalización asimétrica y por
un totalitarismo blando que sofoca más que aprieta. Las delicias de la
sociedad de consumo son exhibidas con sadismo ante los ojos de
multitudes empobrecidas cuando no pauperizadas; modos de vida que
exteriorizan una sensualidad arrogante son mostrados con total
desenvoltura ante ojos que quizá no están preparados o no están
interesados en verlos y mientras tanto se reduce toda la arquitectura
económica a la maximización de la ganancia y a un darwinismo social
que no dice su nombre pero no por esto deja de estar presente en
sistemas de explotación implacables, a los que se pretende velar con
las ONG, la caridad hipócrita y la retórica humanitaria.

Un engranaje inexorable

No es extraño entonces que, ante esta reducción a la anomia de enormes
porciones de la población de globo, haya quienes reaccionan de cuando
en cuando para manifestar su presencia y su protesta contra ese estado
de cosas. Sus actitudes salvajes para llamar la atención se
caracterizan por operaciones dirigidas justamente contra los símbolos
de ese poder oculto pero implacable. Por una mecánica fatal, al no
poder llegar al núcleo del sistema al que odian, se descargan contra
sus símbolos más ostensibles –las Torres Gemelas, el Pentágono, los
civiles inocentes que deambulan por las calles de la ciudad india más
expresiva de la sociedad comercial. Ahora bien, por una mecánica
asimismo  fatal, al proceder así de alguna manera remachan su
impotencia y suministran al imperialismo la excusa que necesita para
justificar su presencia y multiplicar sus opciones militares para
conseguir los objetivos que se ha propuesto.

Es así que con frecuencia las organizaciones del terrorismo
fundamentalista pueden ser instrumentadas por los poderes a los que
ellos mismos creen combatir, los cuales, en numerosas ocasiones, son
los que en algún momento se valen de las cesuras confesionales o
étnicas de partes de un determinado conglomerado nacional para arrojar
 a sus partes las unas contra las otras, de acuerdo al sabio principio
imperial que dictamina "divide y reinarás".

El economista y politólogo egipcio Samir Amin ha demostrado que el
fundamentalismo islámico, al menos en algunas de sus exteriorizaciones
más radicales, está –consciente o inconscientemente- al servicio de
los dominadores.  El caso que nos ocupa puede insertarse,
probablemente, es esta ecuación. Detrás de los ataques de la pasada
semana dice estar una organización que se autotitula como los
Mujaidines de Dacca. La meseta de Dacca es una región central de la
India del Sur, en el estado de Anghar Pradesh. Tres de los nueve
prisioneros tomados por las fuerzas indias habrían confesado
pertenecer a una organización separatista de Cachemira, Lashkar al
Taiba, presuntamente sostenida por el ISI (Inter-Services
Intelligence), el servicio de inteligencia paquistaní.

Ahora bien, ¿qué está pasando en estos momentos en la enorme región
que va desde los países del Asia central a la punta del subcontinente
indio? Estados Unidos está reforzando su presencia en Afganistán. El
presidente electo Barack Obama parece inclinarse a desplazar el peso
del esfuerzo estadounidense desde Irak hacia Afganistán, para
insertarse en fuerza en el techo del mundo. Desde allí se podrían
controlar las rutas del petróleo y las drogas, y allí se podría
obtener una decisiva ventaja estratégica respecto de los enemigos
potenciales del proyecto hegemónico estadounidense, China y Rusia.

Ese proyecto se está viendo cada vez más obstaculizado por la
resistencia de los Talibanes, por la existencia de grupos insurgentes
tal vez afiliados a esa otra institución proteica, Al Qaeda (enigma
informe que todavía no se sabe si se ha independizado por completo de
su inventora, la CIA); por complicidades y enemistades en el seno de
los servicios y del ejército paquistaní, y por la inestabilidad en
constante aumento en ese país, donde el referente popular más
importante, la ex primera ministra Benazir Bhutto, fue eliminada en un
atentado meses atrás. Justo cuando un arreglo entre el dictador Pervez
Musharraf y el gobierno norteamericano le allanaba el camino para su
retorno al gobierno. Se rumoreó en ese momento que el ISI pudo estar
implicado en el asesinato.

La trama de los servicios es impenetrable para la opinión pública.
Ellos pueden espiar todo, pero están blindados a ojos extraños y,
eventualmente, sólo pueden infiltrarse entre sí. Lo que sí parece
evidente es que el ataque a Mumbai ha servido para disparar otra vez
una atmósfera de miedo e intimidación en Estados Unidos, y a exasperar
las relaciones entre India y Pakistán. Esto puede ser útil como
justificativo para explicar una nueva "oleada" de tropas
norteamericanas rumbo a Afganistán, así como para enturbiar las aguas
en el subcontinente indio.

Hace poco los gobiernos de Islamabad y Nueva Delhi habían efectuado
una aproximación inédita. El presidente paquistaní había expresado que
su gobierno estaba dispuesto a colaborar con las autoridades indias
para ir resolviendo el grave contencioso que existe entre ambos países
en torno del territorio de Cachemira. El 28 de noviembre, dos días
después del ataque a Mumbai, se informó que el jefe de la inteligencia
paquistaní iba a ser enviado a Delhi para entrevistarse con su
contraparte india. Pero al día siguiente la visita fue cancelada a
iniciativa paquistaní, aduciendo el tono muy agresivo utilizado por un
alto personero del gobierno indio después de los ataques, durante una
conversación telefónica con autoridades paquistaníes.

El ISI, cualesquiera sean sus divisiones interiores, fue una criatura
de Estados Unidos y ha fungido siempre en estrecha colaboración con la
CIA. Ambos servicios montaron la guerra que expulsó a los soviéticos
de Afganistán e inventaron a Al Qaeda como herramienta para combatir a
los rusos. La trama de complicidades y traiciones que puede
entrecruzarse entre ambas agencias de inteligencia es imposible de
determinar para un observador externo. Pero es difícil que el ISI se
mueva sin la anuencia de la CIA. ¿Por qué no especular entonces acerca
de si la incipiente aproximación indo-paquistaní no resulta molesta
para Estados Unidos, que no desea ver constituirse en esa parte del
mundo un poder capaz de estorbar sus manejos? En este caso detrás del
sangriento ataque contra Mumbai cabría entrever la mano de los
servicios norteamericanos…

Así están las cosas en el mundo. Nos movemos en una neblina
informativa que impide localizar los móviles que hay detrás de los
diversos actos de violencia que siembran el panorama. La desconfianza
en los móviles que se aducen para explicar los actos de terror que se
suceden es casi el único recurso con que se cuenta para no ser
hipnotizados por el "montaje de atracciones" que se organiza en la
pantalla chica. Esto puede inducir a esa peligrosa deriva que es la
teoría conspirativa de la historia, pero también nos puede ayudar para
realizar el esfuerzo crítico que se requiere para no caer víctima de
los espejismos que nos brinda el sistema. Ahondar, bajo la superficie
de los hechos, los motivos que subyacen a estos, nos puede acercar
también al núcleo de un sistema social injusto, que hace de la
explotación del miedo uno de los resortes de su accionar. Desmontar
los engranajes del engaño es esencial para comprender la naturaleza de
nuestro tiempo y para establecer la conexión que existe entre este y
las grandes corrientes ideológicas del pasado, que se afirmaban en una
voluntad positiva, siempre dispuesta a rasgar los velos que encubrían
la verdad.

Las formas en que se explaya la dominación imperialista son, como
dijimos al principio, dos: la de los del discurso desintegrador que es
propio de la sociedad de consumo, y el de la reacción irracional y por
tanto manipulable de muchos de los que se oponen a ella. Percibir este
mecanismo es una forma de empezar a dominarlo.


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Néstor Gorojovsky
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