[R-P] [G. Fernández] No está nada mal, Scalabrini

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Lun Ago 25 09:06:00 MDT 2008


Materialismo y filosofía en un autor nacional y popular

No está nada mal, Scalabrini


Gabriel Fernández*

Raúl Scalabrini Ortiz ofrece una vida y una obra dignas de ser tomadas
en cuenta por los militantes jóvenes que se lanzan a la política en
medio de un cúmulo de dudas e interrogantes. Especialmente por
quienes, debido a su voluntad de aprendizaje, se zambullen en textos
intentando hallar pespuntes de pensamientos aplicables a la difícil
cotidianeidad política: el lector sabe que aunque las palabras
"cierren", una vez clausurado el lapso de lectura -ya en las calles-
el mundo y el país parecen contradecir, o al menos difuminar lo
aprendido. ¿Cómo relacionar, convertir en lucidez práctica, las ideas
manadas de obras que, aparentemente, ofrecen esquemas correctos pero
sutilmente distanciados del diálogo corriente, del accionar diario, de
la convocatoria masiva?

Jamás un autor o un luchador darán la respuesta, pero labores como la
de Scalabrini, entre otros, ayudarán a pefilar saberes que se
complementarán más adecuadamente con las vivencias del compañero.
Estas líneas, apenas introducen a un vasto y complejo modo de
conocimiento que contrasta con la gnoseología manyada habitualmente,
tan presta a considerar todos los factores, menos los importantes.
Digamos que Scalabrini invierte aquellos términos: se autodefine como
un "místico de la realidad", generando un trabajo asentado en el
planteo despojado, la investigación a fondo y las conclusiones
sinceras. Es decir, sin forzamientos que hagan encajar los procesos en
las teorías sobre las interpretaciones de los procesos.

Semejantes concepciones fueron formuladas por Scalabrini y su amigo
Arturo Jauretche como una exhortación a dejar de lado "las ideologías"
que buscan ver la vida nacional con prismas externos. Tal observación
enfadó grandemente a los marxistas locales quienes lo equipararon con
la visión ignorante de quien niega las cosmovisiones –algo así como un
pre-Fukuyama local– (Silvio Frondizi, enorme intelectual marxista, se
negó despectivamente a debatir con Jauretche por considerarlo, apenas,
un "populachero"). Si se indagan los comportamientos políticos de los
autores citados, los de las vertientes cuestionadas por ellos, así
como los resultados prácticos de sus tareas periodísticas e
investigativas, tendrá que admitirse que el llamado se parece mucho
más a la actitud de un Carlos Marx ahondando con su propio cerebro en
la estructura económica capitalista que a los negadores de sistemas de
pensamiento.

Es de interés resaltar que ante la absurda contracara de los
"teóricos", el falso practicismo antiintelectual, este realista por
antonomasia reivindicó absolutamente el valor de la palabra, del
escrito, del libro y de la prensa. Firmemente convencido del poder
esclarecedor y activo de un texto bien realizado, no cejó en su
búsqueda de la difusión masiva. "Yo he visto a Scalabrini más débil
que el Quijote –memoraba Jauretche–, teclear en largas vigilias sobre
la máquina un pensamiento que no tenía destino porque las bobinas de
papel entraban por el puerto de Buenos Aires con el pretexto de la
cultura, pero no había una mísera cuartilla de periódicos con que
llevar al pueblo las verdades que surgían de aquellas vigilias; tan
poderosa era –y sigue siendo– la armazón publicitaria del interés
antinacional que administraba la noticia y la doctrina...pero Raúl
Scalabrini Ortiz no desesperaba. La verdad a cuyo servicio se puso fue
saliendo en pequeñas hojitas, en efímeros periódicos, en folletos y en
libros y fue portada por pequeños hombres -pequeños, en la multitud-
que se fueron haciendo grandes hasta ser la multitud misma".

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La cuestión que desvelaba a Sacalabrini era, justamente, el
distanciamiento y la superficialidad que brindan las miradas lejanas
sobre nuestra realidad; la reducción de procesos complejos pero
palpables a dualidades simples que no dan cuenta del trasfondo. A
través de una fuerte independencia de criterio (que lo lleva, entre
otras cosas, a leer autores muy variados y a no afiliarse al
radicalismo ni al justicialismo) el porteño-correntino va percibiendo
(y criticando en consecuencia) que las distintas "corrientes de
pensamiento" locales –socialistas, liberales, nacionalistas– se
aferran a preceptos que no ameritan el cotejo con los procesos vivos,
evitan tomar en cuenta datos cognoscibles y por lo tanto deforman la
visión, buscando insertar lo que ven en la idea previa.

Así, Scalabrini devuelve al razonar político argentino la noción de
objetividad, o si se quiere de materialismo para abordar lo que pasa.
Señala que admite debatir largamente sobre filosofías –tema que le
interesa en tanto lector y escritor apasionado– pero precisa que para
analizar lo que ocurre día a día en el país es pertinente aceptar, en
el sentido de conocer para transformar, esa multiplicidad de hechos y
sucesos concatenados y con causas reales muy profundas. La dependencia
existe y lo demuestra numérica, estructural y políticamente: esto es
verdad, enfatiza, y quien no lo crea así que lo pruebe acabadamente.
Piensa que no es bueno para nuestro pueblo que las ideas surgidas de
un nacionalismo francés comanden la acción política local, que las
teorías de un liberalismo inglés orienten nuestra economía, ni que las
concepciones dispuestas por un comunismo ruso guíen la marcha de los
trabajadores argentinos. No sólo no es bueno, piensa junto a
Jauretche; es un disparate, una cosa de zonzos.

Lejísimo de la ridícula consigna "ni yanquis ni marxistas", Scalabrini
tensa su propia honestidad intelectual y deriva lógicamente en la
admisión de sus propias conclusiones: toma del hombro a Juan José
Hernández Arregui y le propone -!en 1952!- la formación de un "Partido
Comunista nacional" que se posicione geoeconómicamente, como ellos
hasta ese entonces, pero enfatice la cuestión social, a su entender
demasiado diluida en el justicialismo. Scalabrini muere en 1959, en
medio de batallas contra golpes e imperios redivivos, y al poco
tiempo, en 1960, Hernández Arregui lanza la idea de formar, sin
contrastar con el peronismo, "Centros de Izquierda Nacional", suerte
de unidades básicas destinadas a abordar a fondo los desafíos que se
le presentan al gigante miope e invertebrado. Años más tarde, al calor
de la lucha, surgirían numerosas organizaciones unidas por una
concepción revolucionaria del peronismo.

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Volvamos a Scalabrini: su forma de decir aparece correlacionada con su
forma de ver. Privilegia la combinación de la investigación con la
labor periodística, condicionando su rumbo personal –originalmente
despegado de tantas complicaciones– a las respuestas que va obteniendo
en el mismo vivir y observar. Muy argentino, eleva su búsqueda
filosófica hacia lo que muchos consideran un descenso conceptual. Los
ferrocarriles, el Banco Central, el petróleo, el neutralismo, las
escuelas técnicas, la democracia práctica, son sus temas porque,
comprende, son "los" temas. Los inicios especulativos y metafísicos
quedan atrás, y se aboca a la filosofía en serio, ya que el hombre es,
también, el lugar y la sociedad que le toca vivir.

Hay concordia entre ese camino y su vida personal. Hincha de la vida,
callejea y aprecia las mujeres hermosas, pelea en el ring y en las
esquinas, parece un tipo dispuesto a beber los placeres de la vida;
pero los "descubrimientos" lo fuerzan a deshacerse de, tal vez, su
máximo deseo, el de ser un gran escritor, para lo que cuenta con el
potencial necesario. No cree que el artista deba ser fiel solamente a
su obra, pues "hay causas mayores" y rompe su dinero e invierte su
tiempo en periódicos y folletos que lo dejan en la ruina, pero
satisfecho; la denuncia del vasallaje y la injusticia se le aparece
como el mayor de sus problemas y todo lo demás bien puede subordinarse
a semejante preocupación. Ama a su mujer y a sus cuatro hijos, pero
con el diario "Reconquista" se funde en el peor momento. Por entonces,
a los 44 años, debe salir a ofrecerse profesionalmente a través de
clasificados en los diarios, ante el azoramiento de sus amigos; mas si
muchos esperan la reflexión rencorosa, aclara que pese a todo "cuando
más conozco a los hombres de mi tierra, más los aprecio y mejor
comprendo que cualquier sacrificio en bien de su liberación y su
enaltecimiento, justifica ampliamente mi vida". Bastan estos trazos
incompletos para adherir a aquella definición de "intelectual
profético" con que lo caracterizara limpiamente Horacio González.

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A pesar de los padeceres, que nadie deje este artículo suponiendo que
la suya fue una existencia heroica pero desgraciada: hay que leer sus
impresiones del 17 de Octubre para aprehender el torbellino desatado
en su corazón; o imaginar el revuelo de emociones causado por el
anuncio de la nacionalización de los ferrocarriles. Por momentos así,
que para algunos nada significan, vale la pena vivir. Scalabrini
entendió que la Argentina no es una bendición pero mucho menos una
condena. Es, simplemente, este país, nuestro país. Y se congratuló de
haber nacido aquí, lo cual, pensaba, no está nada mal. Nada mal.

(*) Director Periodístico Revista Question Latinoamérica / Director La
Señal Medios

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Néstor Gorojovsky
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