[R-P] [Enrique Lacolla] Argentina indefensa
juan maría escobar
escobar45 en infovia.com.ar
Mie Ago 20 20:17:29 MDT 2008
Argentina indefensa
Enrique Lacolla
www.enriquelacolla.com
Se ciernen amenazas sobre el mar austral, que no encuentran hasta ahora una
respuesta de parte de la Argentina oficial. Pero todo es parte de una
batalla continental que debe librarse a la escala de Latinoamérica.
Entre las muchas falencias del público argentino ante la realidad -la mayor
parte inducidas, otras hijas de cierta incapacidad para salir del horizonte
estrecho del propio interés individual- se encuentra la curiosa
predisposición a mirarse desde afuera y, a modo de refracción, una cierta
incapacidad para verse a sí mismo en el mundo.
Y la verdad es que los tiempos que corren requieren de una urgente necesidad
para mirar en rededor desde nuestro propio eje y juzgarnos no como objetos
de la admiración o, lo que es mucho más frecuente, de la conmiseración de
los otros, sino como seres capaces de forjarnos nuestro propio destino,
tarea para la cual el principal requisito es entender las cosas desde aquí y
ahora. Comprenderemos así que los tiempos no están para bromas. La crisis
mundial se agiganta, el apetito por los recursos naturales, renovables o no,
(de los cuales nuestra tierra está bien provista) crece día a día y las
políticas agresivas de un expansionismo estratégico que protagonizan las
grandes potencias mundiales dejan poco tiempo para dilapidarlo en disputas
en torno de asuntos de mayor o menor interés, pero que en cualquier caso no
hacen al fondo de la cuestión. El cual no es otro que el de saber si seremos
capaces de determinarnos a nosotros mismos, de consuno con otros países de
América latina, o si naufragaremos en la bobería mediática y en las riñas de
gallinero que caracterizan a la casi totalidad de nuestra clase política,
experta en maledicencias, valiente apenas para enfrentar a un león muerto
cuando se trata de los derechos humanos y activa sólo cuando tiene que
alborotar en torno de lo accesorio, mientras teje un espeso manto de
silencio a propósito de los temas fundamentales.
Es la percepción de estos defectos caracterológicos lo que nos hace
estremecer cuando leemos la denuncia del ex diputado Mario Cafiero a
propósito de la avanzada inglesa en la Antártida. Si bien no estamos
calificados técnicamente para evaluar el asunto en detalle, el informe es
abrumador. El tema de la soberanía sobre la plataforma continental
argentina, el Mar Argentino, las Malvinas y el sector antártico está en
entredicho y no se han tomado los recaudos jurídicos para preservar, al
menos legalmente, nuestros derechos sobre una reserva de recursos minerales,
pesqueros y biogenéticos en una "inmensa Pampa sumergida" de 400 millones de
hectáreas correspondiente a la ampliación a 350 millas de la plataforma
continental. Aunque la ministra de Defensa y el Canciller de la República
proclamaran que se han delimitado los límites exteriores del Mar Argentino,
de hecho, a estar por el informe Cafiero, no ha habido ni presentación ante
el Congreso ni aprobación de parte de este de dato alguno. Sólo existiría
una recopilación de datos parciales y aun pendientes de procesamiento.
Las tareas de delimitación continental sólo terminarán cuando la
presentación argentina sea aprobada por las Naciones Unidas. La cuestión
surge en 1982 -el año de Malvinas-, cuando las Naciones Unidas adoptan la
Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, conocida como
CONVEMAR. En su articulo 76 la CONVEMAR fija un límite mínimo de 200 millas
a partir de la costa y permite su extensión hasta 350 millas o más en casos
excepcionales para los Estados cuyo lecho y subsuelo marinos presenten
ciertas características geológicas y orográficas definidas en ese mismo
artículo. Por las características de nuestras costas la Argentina podría
incorporar a su territorio una superficie adicional de alrededor de
4.000.000 de kilómetros cuadrados.
Pero -y aquí salta la madre del borrego- el plazo para presentar los límites
ante el organismo mundial vence en menos de un año, en mayo de 2009, y
nuestro país no parece estar en condiciones (o en disposición) de concurrir
ante aquel, munido de la información correspondiente. Los buques necesarios
para realizar las tareas de relevamiento que son indispensables se han
hundido, se han incendiado o están obsoletos. El caso del rompehielos
"Almirante Irízar" es ejemplar al respecto. ¿Qué se sabe de él tras el
incendio que lo inutilizó y lo puso a dos dedos de su pérdida en Abril de
2007? Pero lo más grave parecería ser la falta de interés con que los
escalones administrativos a los que les corresponde ocuparse de la cuestión
se plantan frente al asunto.
Los recursos de la inmensa cuenca marítima a que aludimos son enormes. El
único país sudamericano provisto de una conducta coherente en materia de sus
derechos continentales es Brasil. Cabría mencionar también a Chile, pero
este país arrastra una larga historia de voluntaria insularidad política que
lo pone lamentablemente un poco al margen de la necesaria alianza que es
preciso establecer en la región para asegurar sus derechos en su plataforma
continental. Cabe preguntarse si la actual coyuntura no le suministra una
oportunidad de oro para apartarse de esa tesitura y abrazar el interés
común.
Ahora bien, Brasil acaba de informar el descubrimiento de una riquísima
plataforma petrolera frente a sus costas. Y se afirma que el gobierno
brasileño ha comunicado a su par argentino, en las más altas y decisivas
instancias, que sus estudios sísmicos permiten determinar que la magnitud
del potencial petrolero submarino argentino es similar y podría incluso ser
mayor que el de la plataforma continental brasileña.
Según expertos británicos el volumen del petróleo existente bajo el agua
sólo en la región de Malvinas ronda en los sesenta mil millones de barriles
de crudo. Este dato debería bastar para confundir a quienes siguen creyendo
que la guerra austral de 1982 fue lanzada por la dictadura militar por una
cuestión de prestigio. Fue más bien un atrevido intento para reafirmar
nuestros derechos en la zona. Ese intento encerraba con toda probabilidad,
sin embargo, una emboscada fraguada por Londres y Washington, emboscada que
permitiría consolidar el poder de la alianza atlántica en el área. Nuestros
gobernantes de entonces se metieron así en la boca del lobo sin tener en
claro las relaciones de fuerza mundiales. Cosa que viene a comprobar el
aserto antes formulado en el sentido de que los argentinos tendemos a jugar
los papeles que nos asignan, en lugar de elegirlos nosotros mismos.
El caso es que hoy Gran Bretaña se plantea poco menos que anexarse el
Atlántico sur colindante con la Antártida. Sus reivindicaciones se
superponen con las que podría plantear nuestro país. Y como los acuerdos
negociados entre las cancillerías de ambos países a lo largo de la última
década no se conocen, o no se conocen plenamente, ello podría inducir a
suponer que Argentina podría estar renunciando a buena parte de sus
derechos.
La división del mundo
Procesos como el que señalamos indican la necesidad de replantear el tema de
las opciones que la Argentina tiene ante la actual coyuntura mundial,
caracterizada por una carrera desenfrenada hacia el control de los recursos
naturales y por unos planteos geoestratégicos que ostentan ya
características muy definidas.
De un lado, tenemos al bloque capitaneado por Estados Unidos y Gran Bretaña,
que arrastra tras de sí a la Unión Europea y al Japón, bloque fundado en los
criterios del neoliberalismo más desenfrenadamente capitalista y que son
propios de la sociedad de mercado. Es la globalización entendida a la medida
de los intereses del mundo híperdesarrollado y armado hasta los dientes,
cuyo activismo militar se percibe ya a través de fenómenos como los
conflictos que han proliferado o proliferan en los Balcanes, el Medio
Oriente, el Cáucaso y el Asia central, y que se despliega también en la
Europa del Este, donde se está empujando la influencia de la Otan más allá
del límite de lo tolerable para Rusia.
Del otro lado se encuentran esta y China, exponentes de un capitalismo de
Estado que recoge muchos elementos del dirigismo y del centralismo económico
que distinguieron a los procesos revolucionarios de corte socialista de los
que esos países fueron protagonistas durante el siglo pasado. Son hoy
procesos capitalistas, en efecto, pero que, en lo esencial, se apoyan sobre
criterios que optimizan el reconocimiento de la dignidad de la propia
nación -cualquiera sea la fórmula doctrinaria y el proyecto económico sobre
la que esta se apoye.
Ahora bien, emancipación nacional y liberación social son las dos
plataformas sobre las cuales los países atrasados o relativamente atrasados
deben apoyarse para resistir los embates del imperialismo de lo que el
polítologo y economista egipcio Samir Amin llama la Tríada, conformada por
Estados Unidos, la UE y Japón. En este sentido el rol positivo que implica
la existencia de un contrapeso al poder del bloque occidental debe ser
tomado muy en cuenta por los países como el nuestro. Pero siempre y cuando
exista una clara conciencia de cuáles son los límites dentro de los cuales
se puede jugar esa carta.
Sujetos y no objetos de la historia
Por estos días, por ejemplo, empezaron a proliferar rumores en el sentido de
que Rusia se propondría contrabalancear la instalación del sistema
antimisiles norteamericano en suelo polaco replicándolo con otro similar a
implantar en Venezuela o en Cuba. Lo más probable es que este tipo de
hipótesis sea el fruto de las usinas de desinformación que proliferan por el
mundo y a las que no escaparían ni siquiera algunos órganos de prensa rusos,
que están fogoneando esta noticia.
Una opción de esta naturaleza, por supuesto, es inadmisible no sólo para
Estados Unidos -que ya estuvo a un dedo de barrer a Cuba del mapa y
desencadenar una guerra nuclear global en 1962, cuando Nikita Khruschev
intentó asentar cohetes de alcance medio en la isla del Caribe-, sino
también y muy en especial para los países de América latina, que no pueden
olvidar su posición en el mapa y que deben guardarse mucho de reproducir el
error que están cometiendo hoy los polacos, al ofrecer su suelo como base
para una red misilística norteamericana que en teoría protegería a Occidente
de las amenazas de los "Estados delincuentes", pero que de hecho amenaza a
Rusia. Los polacos en 1939 ya incurrieron en la estupidez de buscar un apoyo
lejano para cubrirse de un peligro inmediato y feroz, al que excitaron
precisamente con esa búsqueda de reaseguros inútiles. Y así les fue. (1)
Es evidente que la seguridad de los países de América latina reside en
América latina misma. Se podrán buscar apoyos, se podrá permanecer neutral
en caso de un conflicto abierto entre las partes, pero es obvio que la
pertenencia al hemisferio occidental no puede ignorarse y que la relación
con Estados Unidos no puede jugarse a cara o ceca.
Pero, para mantener esa tesitura, se hace preciso que nuestros países se
hagan valer, tanto en el plano de la economía como en el de la política y
muy especial en el de la defensa. Unos países latinoamericanos coaligados en
un frente único contra las asechanzas del mundo, en condiciones de explotar,
industrializar y exportar sus recursos y provistos de una capacidad de
defensa que, obviamente, no amenazaría a nadie pero que supondría un desafío
muy difícil de combatir en el caso de que el Norte desarrollado intentase
hacer pie firme en alguna parte de Sudamérica, son las bazas fundamentales
de un juego que, si bien ahora está apenas empezando, reconoce sus raíces en
la dispersión latinoamericana posterior a la Independencia. Esa
"balcanización" nos arrojó, inermes, a la conformación de una serie de
nacionalidades minúsculas, impotentes frente a los imperialismos británico y
norteamericano. En los estratos superiores de esas naciones fictas -que
vivían del connubio con el imperialismo- y los sectores medios que eran sus
clientes, arraigó una falsa conciencia configurada por la admiración
acrítica de todo lo extranjero, lo que en forma automática los excluía de la
comprensión de la naturaleza que revestían los modelos adoptados y que
habían crecido y se habían hecho grandes gracias a su capacidad para pensar
por sí mismos. Sólo las masas marginalizadas de nuestros países, cuyo atraso
económico las preservaba de ese contagio, se erigían en reservorios del
nacionalismo latinoamericano. (2)
Después de casi dos siglos de verificado ese proceso y tras la abolición,
por el crecimiento demográfico y la expansión de los medios modernos de
comunicación- de gran parte de los obstáculos geográficos que incomunicaban
a nuestros países, la tarea pendiente es tomar conciencia de este hecho y
deshacernos de la rémora de lugares comunes y de deformaciones de una
historia fabricada en muchas de sus piezas. No será tarea fácil, pero al
menos los obstáculos más pesados que impedían la toma de conciencia -las
distancias y la compartimentación de la peripecia de nuestros países en
narraciones separadas- están siendo removidos. Hacerse cargo de esta
situación compete a todos, aunque desde luego la mayor esperanza reside en
la curiosidad de las nuevas generaciones. Es importante que esta curiosidad
no sea anulada por el triste espectáculo de la politiquería y, en este
sentido, la batalla por los medios de comunicación -tanto convencionales
como, sobre todo, alternativos- es esencial.
[1] Puestos a elegir entre la asociación con la Alemania nazi o la Rusia
Soviética, potencias enfrentadas entre las cuales Polonia oficiaba de Estado
colchón, los gobernantes polacos de aquel entonces prefirieron buscar la
protección de Francia y Gran Bretaña, diplomáticamente muy importante, pero
incapaz, en el plano militar, de aportarles una ayuda útil e inmediata en el
caso de una confrontación armada. El resultado fue el pacto
Ribentropp-Molotov y la invasión alemana del 1 de Septiembre, seguida por la
rusa lanzada el 17 del mismo mes, tras la cual los futuros contendientes de
la guerra mundial se repartieron el país. La geografía, en estos casos,
prevalece sobre los artilugios de la política y los presupuestos
doctrinarios.
[2] Jorge Abelardo Ramos, Historia de la Nación Latinoamericana, Buenos
Aires, Edición del Senado de la Nación, 2006, página 335.
Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular