[R-P] [E. Lacolla] Geogia o el fin de la posguerra fría

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Mie Ago 13 09:26:57 MDT 2008


[Un análisis esclarecedor y extraordinario. El autor marca las
consecuencias inevitables de la tendencia de Washington a provocar a
Rusia, si es que no se le pone fin y cuanto antes.

Sobre los motivos de esa aparentemente irracional tendencia, tan
reminiscente de la obsesiva decisión de Hitler de invadirla contra la
opinión de sus mejores geopolíticos, se podría escribir un manual
sobre el imperialismo moderno y sus consecuencias para el conjunto de
la humanidad.]

Georgia o el final de la posguerra fría
Por Enrique Lacolla

/Para una opinión pública desinformada, el conflicto entre Rusia y
Georgia producido en estos días contiene las claves para comprender el
actual punto de inflexión que se está produciendo en la política
mundial/

No hay motivos para engañarse. Estamos asistiendo por estos días al
retorno a la época en que las superpotencias se miraban con
desconfianza por encima del Telón de Acero. Rusia ha alzado la cabeza,
después del trauma que le significó el hundimiento de la URSS. Y
Estados Unidos debería ser inducido a tomar conciencia acerca de
cuántos y cuan gigantescos son los peligros en que expondrá a sí mismo
y al mundo si sigue con la pretensión de explotar en forma inmoderada
los márgenes que le dio su victoria en ese conflicto. Sus aliados
principales, los países de la Unión Europea, deberían también extraer
las conclusiones que cabe deducir del brusco calentamiento de la
situación en el Cáucaso. La eficiente respuesta militar rusa a la
agresión georgiana contra Osetia del Sur es una raya en el suelo. Es
un límite puesto al hasta ahora incesante despliegue de agresividad
occidental posterior a la caída de la Unión Soviética.

Agosto es un mes de malos augurios. En 1914 vio el estallido de la
primera guerra mundial, y en 1939 asistió a la acumulación de nubes
que desencadenaron la tormenta de la segunda apenas un día después de
que expirase su término. Por el momento es improbable que una cosa
semejante suceda, pero los datos que configuraron al primero de esos
dos acontecimientos están todos presentes hoy. Con la diferencia de
que, de producirse ese tipo de desenlace, lo que se avizora hoy no son
las trincheras ni los campos de concentración, sino el holocausto
nuclear.

El principal responsable de esta situación es Estados Unidos. Y si las
cosas se agravan no será sino por la prosecución del curso de acción
no sólo provocativo sino amenazante que la Organización del Tratado
del Atlántico Norte (OTAN) ha tomado frente a la ex Unión Soviética.
Lejos de evaluar el cuadro de situación que se ofreció en 1992 como
una ocasión para establecer vínculos con el antiguo enemigo
ideológico, Washington decidió aprovechar la debilidad pasajera de
éste para empujar las fronteras hacia el Este, para recortar el poder
ruso de sus tradicionales esferas de influencia, el Cáucaso y el Asia
Central, y hasta para fomentar el divisionismo del antiguo Imperio
(tanto el zarista como el soviético) arrancándole una de sus partes
esenciales, Ucrania, y pretender atraer a ésta (como ya se lo ha hecho
con Polonia y la República Checa, con Bulgaria, Lituania, Estonia,
Rumania, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia y Albania) al marco de una
OTAN ampliada, cuyo crecimiento coincide de manera manifiesta con el
trueque de su carácter en principio defensivo a otro claramente
ofensivo. La aspiración de Georgia en el sentido de adquirir el mismo
estatus atlántico, pronunciada después de la "revolución naranja" que
puso en el poder a Mijail Saakashvili, aunada al anunciado despliegue
de una cortina de misiles antimisiles norteamericanos en Polonia y la
República Checa, colmaron la paciencia rusa.

* Una oportunidad perdida
En vez de aprovechar la disolución del Pacto de Varsovia, que ligaba
militarmente a los países del Este que configuraban el glacis
defensivo de la ex URSS, para propulsar una simétrica y sistemática
disolución de la OTAN, se ha hecho todo lo contrario y se ha empujado
al gigante ruso contra las cuerdas. Y aunque los gobernantes
moscovitas hayan estado interesados en un arreglo perdurable con
Occidente, la letra de los hechos no les ha demostrado de parte de
éste otra cosa que una hostilidad apenas disimulada por las bellas
palabras. En esa perspectiva, Rusia habría de acomodarse como sea a
los planes de la globalización anglonorteamericana, o atenerse a las
consecuencias.

Sin embargo, desde que la policía política (fuente tradicional de
poder en Rusia y espina dorsal de un Estado que siempre ha requerido
de una mano de hierro para salvarse del atraso y las tendencias
centrífugas) se hizo con el poder a través de Vladimir Putin,
empezaron a verificarse cambios notables. El alejamiento, del círculo
áulico, de la neoburguesía mafiosa que había prosperado bajo Boris
Yeltsin fue el síntoma de un acelerado rearme militar y diplomático, y
de una concentración del poder económico en torno del Estado. La
formación del Grupo de Shangai, que reúne a varios países en una
suerte de comunidad económico-militar y de la cual China, Rusia y la
India son los pilares, ha creado un polo de poder en evolución que
involucra a la "isla mundial"; el factor decisivo, según el
geopolítico británico Halford Mackinder, de las relaciones de poder en
el planeta: __"Quien domina Europa Oriental controla el Corazón
Continental; quien controla el Corazón Continental controla la Isla
Mundial; quien domina la Isla Mundial controla al mundo"__.

En la época de la guerra fría esta evaluación estaba ponderada por
componentes ideológicos que se supone exhibían dos representaciones
diferentes de las relaciones sociales, entre las cuales se infiltraba
una suerte de aspiración a la armonía universal. En el presente
contemplamos tan sólo al componente brutal de la ecuación original,
que dibuja un escenario de confrontaciones determinado tan sólo por la
voluntad de poder y por el instinto de supervivencia de unos Estados
frente a los otros.

En este tablero la política norteamericana respecto de su viejo rival
de la guerra fría sólo puede definirse como irresponsable y criminal.
En el conflicto georgiano, en la conducta de Washington en el Medio
Oriente y el Asia central y en el despliegue antimisilístico previsto
en Polonia y la República Checa, estos rasgos afloran de manera
irrecusable. En Georgia se combinan muchos de estos elementos. Tras
instalar a Saakashvili en el gobierno por medio de una de esas
"revoluciones naranja" orquestadas por la CIA en base a explotar las
diferencias étnicas y los nacionalismos de campanario,1 la cooperación
militar hacia ese país se agigantó. Tanto Estados Unidos como Israel
dotaron al régimen de Tiflis con un nutrido armamento de última
generación. El Pentágono proveyó al ejército georgiano con ayuda
militar y entrenamiento, y lo mismo, de manera aun más conspicua, hizo
Israel, que asimismo proveyó, a estar por las mismas fuentes de
inteligencia israelíes, cientos de consejeros militares abocados a
dotar al ejército georgiano de know how en materia de comando y de
tácticas de combate aéreo y blindado. A ello se añadió la abierta
invitación de Condoleezza Rice al gobierno georgiano para que se sume
a la OTAN.

* Geopolítica del petróleo y primacía nuclear
Ahora bien, el interés norteamericano e israelí por Georgia no se
funda sólo en la posibilidad de hincar una espina en el talón ruso.
Está presente la geopolítica del petróleo, que pone a ese país a
horcajadas del oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan que lleva el gas y el
crudo del Mar Caspio al Mediterráneo. Quienquiera domine el área puede
obturar el flujo de esa provisión estratégica. Pero, para garantizarse
contra esa posibilidad, Occidente, más que hostilizar a Rusia, debería
más bien prepararse a cooperar con ella. No es así, sin embargo, y el
aliento a las ínfulas georgianas respecto de la región, olvidando los
complicados pero arraigados lazos que la han unido a Rusia (¿hará
falta recordar que José Stalin era georgiano?) han empujado la
situación a un nivel crítico que se hará difícil superar.

Porque se tiene toda la impresión de que el frustrado ataque georgiano
contra Osetia del Sur se va a constituir (si no cambian las
coordenadas de la política exterior de Washington) en la primera
batalla de una guerra por interpósita persona que remedará los peores
aspectos de la guerra fría. Pese a que el público, desconcertado por
un discurso mediático que aborda todo menos la raíz de los problemas
cruciales, no termina de darse cuenta, estamos asistiendo al final de
una etapa cuyas oportunidades para fundar un orden mundial más o menos
razonable fueron desechadas por un imperialismo incapaz de moderar sus
apetitos.

En esta insensata carrera se columbra un tema de discordia inmediato y
de carácter muy peligroso. La OTAN, haciendo caso omiso de las
advertencias del Kremlin respecto de su rechazo a la instalación de
bases misilísticas norteamericanas en Polonia y la República Checa
–destinadas, dice Washington, a prevenir un eventual e improbable
ataque proveniente desde el Medio Oriente contra Europa occidental–
parece estar llevando adelante los preparativos para tal instalación.
Los teorizadores de la guerra nuclear pueden explicar muy bien el
trasfondo de la trama que existe en tal ecuación "defensiva". Desde el
punto de vista de la "Primacía nuclear", doctrina que presume poder
obtener la victoria en una lucha de tales características, es esencial
disponer de un sistema antimisiles que sea operacional a corta
distancia del territorio del enemigo. La existencia de ese sistema
puede disminuir dramáticamente la capacidad de contraataque del rival,
si se decide asaltarlo primero.

Disparatada como es, tal es la política de todos los gobiernos
norteamericanos posteriores al hundimiento de la URSS, política
precisada y reforzada después de los episodios del 11 de Septiembre
del 2001, que sirvieron de pretexto a Washington para desplegar todas
las presunciones que consiente un concepto tan amplio y tan __flou__
como es el de la "guerra preventiva".

El potencial explosivo de estas líneas de acción nos ha devuelto, como
decíamos al principio, a una situación parecida a la de 1914, cuando
cualquier episodio podía gatillar una conflagración de carácter
general. Uno diría que la magnitud del desastre que subyace a la
posibilidad de que se produzca un episodio del género, debería
refrenar a quienes lo fogonean. Hasta aquí no se percibe nada de esto,
y es por ello que la fulminante respuesta rusa al ataque georgiano
contra Osetia del Sur contiene un mensaje que va mucho más allá del
problema circunstancial que la ha promovido. Rusia no está interesada
en arrollar a Georgia, sino en marcar el terreno y dar a entender que
no está dispuesta a tolerar ulteriores provocaciones. Bueno sería que
las potencias de Occidente tomasen en cuenta este dato, antes de
proseguir con el despliegue del escudo misilístico, que podría, habida
cuenta de la reacción rusa en el episodio georgiano, generar un
__casus belli__ de magnitud mucho mayor.

La cuestión, sin embargo, pasa también por saber cuáles son las
intenciones de Washington, en el fondo. ¿Desea la OTAN utilizar este
tipo de provocaciones a fin de gatillar un conflicto aun mayor,
presionando a Rusia para que se involucre en guerras regionales, a fin
de debilitarla y favorecer las posibilidades occidentales en "el Gran
Juego" en torno de las reservas energéticas y la significación
geoestratégica del Asia central? Es sabida la influencia que las
grandes corporaciones petroleras tienen en el actual gobierno
norteamericano. ¿Se estará tratando de condicionar al futuro gobierno
de Barack Obama para que no se aparte de las líneas de fuerza trazadas
por la actual administración?

Es difícil que la loca aventura de Mijail Saakashvili para apoderarse
de Osetia del Sur haya tenido lugar sin al menos una luz verde de
parte de Washington, o al menos de sus servicios de inteligencia. Todo
lo cual pone a este reinicio de la guerra fría en una proyección no
menos, sino quizá más peligrosa que la primera.

N O T A S

1 El primero y más sangriento ejemplo de esa voluntad disociadora fue
el estallido de la ex Yugoslavia.


(Fuentes recomendadas para ampliar la información contenida en este
artículo: Asia Times, F.W. Engdahl, Global Research y The New York
Times)




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Néstor Gorojovsky
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