[R-P] [E. Lacolla] ¿La hora de la contraofensiva neoliberal?

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Sab Ago 2 08:27:15 MDT 2008


¿La hora de la contraofensiva neoliberal?

Por Enrique Lacolla

/No sólo en Argentina sino en zonas neurálgicas de América latina se
plantean problemáticas que hablan de un retorno de las fuerzas
neutralizadas hace poco más de un lustro. Repelerlas es el deber del
momento./

La derrota del gobierno en el problema de las retenciones al campo
tira una línea entre lo que fue y lo que será en la política
argentina. Y no sólo en esta, quizá. Si se echa un vistazo en rededor,
en lo que ha sido América latina tras la catástrofe originada por el
modelo neoliberal impuesto a raja cincha durante tres décadas, hay
señales más que ostensibles en el sentido de que las fuerzas de la
reacción levantan cabeza.

La __débacle__ originada por las prácticas de la Escuela de Chicago y
el Consenso de Washington motivó, pocos años atrás, una insurrección
generalizada que impuso, a algunas dirigencias políticas, la necesidad
de introducir variantes para frenar el deterioro. Pero ese momento,
que se insinuó a fines del siglo pasado, parece estar tocando a su
fin. En Argentina al menos esa dirigencia ha demostrado ser incapaz de
explotar la brecha que se abriera en ese instante y hasta aquí ha
desaprovechado la oportunidad que se le ofrecía para avanzar en algo
más que en variantes cosméticas respecto del modelo. Se perdió tiempo,
se jugó a postergar el saneamiento de los problemas estructurales, se
especuló con una bonanza en los términos del intercambio en materia de
__commodities__ para instaurar políticas paliativas de las carencias
más grandes en materia social; se aprovechó para acumular divisas y se
prosiguió con la rutina de los discursos enfáticos en torno de
generalidades, pero con ausencia de iniciativas prácticas que fuesen
al fondo de los problemas. Se usó de la política de derechos humanos
para enmendar impunidades heredadas del pasado, pero no se recompuso
la relación con las Fuerzas Armadas, esenciales para cualquier
proyecto nacional serio. Y, sobre todo, no se forjó un proyecto
nacional que apuntase a la industrialización organizada de manera
sistemática, no se produjo la reforma impositiva de carácter
progresivo que debía haber remediado, al menos en parte, las
flagrantes inequidades en la distribución del ingreso; no se articuló
ningún plan que remediase la incomunicación entre las distintas
regiones del país y se dejó en las mismas manos de quienes habían
aprovechado las privatizaciones dolosas de la era de Menem para
descalabrar el sistema ferroviario, vaciar Aerolíneas Argentinas y
arramblar con las riquezas del subsuelo, la posibilidad de seguir
utilizando esos bienes mal habidos.

En el plano internacional se asumieron iniciativas positivas y se
canceló, hasta cierto punto, la subordinación a los dictados de la
globalización entendida a la escala de las grandes potencias; pero, en
alguna medida por la defección de otros protagonistas regionales y por
la incapacidad propia para generar un mayor protagonismo argentino en
Sudamérica, se fue incapaz de atacar el problema de la ilegítima deuda
externa que nos abruma. La quita en los débitos externos y la compra
de la deuda con el FMI se supone otorgó una mayor libertad de decisión
en el momento de resolver las estrategias económicas nacionales, pero
no está claro si esa mayor latitud ha sido aprovechada. Como quiera
que sea, se siguen pagando miles de millones de dólares por año en
intereses a los tenedores de bonos externos, lo que ha impuesto a su
vez una distorsión enfermiza en el dibujo de la inflación interna,
mantenido muy por debajo de sus tasas reales para no aumentar ese
pasivo, lo que ha originado el descrédito del INDEC y una rápida caída
en la confianza del grueso del público en el Ejecutivo.

Cuando se intentó, por fin, instaurar un reajuste impositivo sobre el
sector agrario, que acumula en forma desaforada y evade en no menor
medida, se procedió con una torpeza hija de la misma ligereza con que
se asumieran las tareas de gobierno, sin distinguir entre grandes,
medianos y pequeños productores y con un enorme déficit comunicativo,
que dejó en manos de los monopolios mediáticos la difusión de las
grandes líneas del problema y la elaboración de un discurso opositor
al que se engancharon los mismos responsables de la catástrofe
neoliberal. A ellos no les tembló el dedo a la hora de votar contra
las retenciones y se esforzaron, junto a los medios monopólicos, por
pintar la sedición campestre como si fuese un movimiento popular, de
productores desposeídos por un Estado parásito. Gran parte de una
clase media huera de pensamiento nacional, y hasta de instinto de
supervivencia, se plegó a esa cháchara mediática. Y así se terminó por
diseñar un cuadro en el cual el uso y el abuso de los símbolos patrios
ocuparon el primer plano y donde lo que no era otra cosa que un
descarado __lock out__ patronal apareció representado como una huelga.

No será simple remontar la cuesta que ha causado la derrota en el
Senado. No tanto por el hecho de la derrota en sí, sino por el efecto
que esta podría producir en el gobierno. Hay que escapar de cualquier
flojera que debilite la capacidad de reacción. En efecto, el
reconocimiento del período de debilidad en que se ha ingresado no debe
excluir la determinación de atacar el problema de las desigualdades
estructurales del país por varios ángulos a la vez, ni la decisión de
instaurar una contraofensiva política y mediática que exponga las
raíces del problema. ¿Qué es esto de generar "consenso" cuando se está
bajo fuego? No se hacen tortillas sin romper huevos, dice el refrán, y
este se aplica a la perfección al momento que vive Argentina. Y aunque
las cosas vayan mal, es mejor hundirse con la bandera enarbolada que
agonizar en una triste componenda. A las elecciones del 2011 no se las
va a ganar con emparches. Sólo la generación de un proyecto muy
diferenciado y en marcha podrá dar aire a un gobierno que de pronto se
ha venido a encontrar con que el suelo se le hunde bajo los pies. El
conflicto por las retenciones ha puesto de relieve que, como siempre,
se está frente a dos formas de concebir el proyecto nacional. Una es
el modelo agro-exportador, la otra el modelo industrialista. No hay
empate posible entre ellas.

Muy bueno es, por ejemplo, que la renta financiera comience a pagar el
Impuesto a las Ganancias, por fin. La ley de radiodifusión y el
proyecto de ley para introducir las jubilaciones móviles son también
dos buenos ángulos para retomar la iniciativa. No va a ser fácil
lograrlo, sin embargo, con una mayoría fracturada y con la rebelión de
ciertos gobernadores del partido oficialista, entre los que destaca el
de Córdoba, quien tras oponerse a la recarga impositiva al campo ahíto
de dinero, no vacila en dictar un brutal recorte en las jubilaciones,
apelando a triquiñuelas legales para conseguir una mayoría legislativa
que es una burla a la buena fe. Por supuesto, imaginar que una
iniciativa de este tipo le iba a salir gratis, era una ingenuidad, y
los desórdenes de los que la ciudad de Córdoba fue testigo son apenas
una muestra de lo que podría llegar a pasar a nivel nacional si los
exponentes más descarnados del modelo neoliberal se hiciesen una vez
más con las riendas del gobierno.

Porque en Argentina ningún sector político tiene espacio hoy para
diagramar un ajuste de las cuentas que promueva un alivio a los
estragos de la inflación y remedie la pobreza, sin incurrir en un
esfuerzo fiscal enorme y que grave a los sectores de mayores recursos.
Se lo intentó –con torpeza, como se ha dicho-, con el tema de las
retenciones al campo, pero ahora, sin ese expediente y con el fracaso
político que su rechazo ha supuesto, el problema ha vuelto a fojas
cero y harán falta mucha firmeza en la acción y una gran destreza en
la comunicación, para impulsar un cambio drástico que asuma la reforma
tantas veces postergada. En la decisión que se tenga de hacerlo nos va
la posibilidad de construir un país en serio o seguir vegetando.

* América latina bajo amenaza

La crisis económica global y las necesidades cada vez mayores de
reproducción del capital –esto es, mantener la tasa de maximización de
la ganancia- en las condiciones de progresiva escasez de fuentes
energéticas y de recursos naturales, empujan al imperialismo a volver
a las prácticas que fueran dominantes en América latina y en todo el
Tercer Mundo cuando se estrenó el neoliberalismo. Es decir, a
propugnar la imposición por la fuerza de sus objetivos. En los años
'70 el voluntarismo armado y la absoluta inepcia política de las
minorías de izquierda, más la brutalidad –intelectual a la vez que
física- de los sectores militares que se ocuparon de reprimirlas,
determinaron el fracaso de una oleada popular que estaba levantando
cabeza en muchos países sudamericanos. Los sucesivos derrocamientos
del gobierno de la Unidad Popular en Chile y del gobierno
justicialista en la Argentina reimplantaron la vigencia del colegiado
de intereses que ha gobernado tradicionalmente estos países en
colusión con el imperialismo. Ese núcleo duro de la vocación
antidemocrática, aprovechó la confusión general para empujar al
estrato castrense a una guerra de exterminio que, en definitiva,
terminó hundiendo a los mismos militares, en la medida que no pudieron
superar el desprestigio en que los habían sumido las atrocidades
cometidas.

Sobre este escenario devastado fue que se instalaron los dogmas de la
escuela de Chicago y las prácticas del consenso de Washington,
consagrados con una ficción de legalidad por los gobiernos
constitucionales que siguieron a la dictadura.

Dos generaciones más tarde, sin embargo, el descalabro en que habían
caído los países de Sudamérica y la sublevación popular contra los
estragos de ese plan indicaron el fin –provisorio- del experimento
neoliberal. Pero la destrucción causada está redundando en la
impotencia para armar un proyecto alternativo. Con una base industrial
devastada y un proletariado disminuido o desclasado y empujado por la
desocupación a la periferia de las ciudades, con prácticas culturales
vaciadoras del cerebro; con el deterioro educativo y con la
degradación sanitaria y el aumento de la indigencia, la decadencia
parece insuperable.

* Una alternativa vacilante

Trabajosamente, sin embargo, se insinúa otra alternativa. Una
alternativa que, como dijimos al principio, está condicionada por la
renuencia dictada por la complicidad o el temor de los sectores
dirigentes para asumir sus tareas, y por la incapacidad de los
sectores populares para forzarlos a hacerlo. Con la sola excepción de
Hugo Chávez en Venezuela, el resto de los gobiernos latinoamericanos
oscila entre la tentación de cooperar con el Imperio y la de ensayar
un camino autónomo que en cualquier caso requiere de tino, constancia
y firmeza para alcanzar las metas. Brasil, que dispone de cuadros
diplomáticos y militares bien preparados, y que además posee una
magnitud poblacional y productiva que lo perfilan ya como una gran
potencia, es sin embargo un factor de equilibrio que, aun persiguiendo
sus propios designios, por su mismo peso específico está en
condiciones de negociar con el Imperio o de oponerse a él, y de
cooperar con sus vecinos a fin de coaligarlos en un frente capaz de
encaminarse a una agrupación regional apta para resistir la presión
externa.

Sin embargo, no olvidemos que, más allá de Luiz Inacio Lula da Silva y
de la garantía que él ofrece como persona, el sistema brasileño es un
sistema capitalista, que tiene apetitos y egoísmos respecto de sus
vecinos que deben ser moderados si se quiere que ese gran país no se
limite a usar la ocasión histórica por la que pasa, tan sólo para el
aprovechamiento de oportunidades en búsqueda de mercados, como en
cierto modo quedó demostrado en la reciente reunión en Ginebra de la
Ronda de Doha. Argentina debería jugar el papel moderador de esa
influencia, pero no se sabe si su gobierno está en disposición o en
capacidad para hacerlo.

* Armas

No es entonces un frente claro el que se ofrece para encarar la
ofensiva imperialista que se palpa ya en el aire y que apuntaría a
recuperar, por medio de las armas –de preferencia ajenas- el espacio
que perdió en el comienzo del siglo. A Estados Unidos no le vendría
mal una guerra en America Latina. Sus recientes movidas (la
reactivación de la IV Flota, la recrudescencia de la ofensiva del
ejército colombiano contra las guerrillas de las FARC, la liquidación
del segundo comandante de estas con el casi seguro soporte logístico y
de inteligencia norteamericano, el apoyo al presidente Álvaro Uribe en
su incursión en territorio ecuatoriano para lograr ese objetivo); el
fomento del separatismo en Bolivia, los continuos esfuerzos por
desestabilizar a Chávez, son parte de una política de largo aliento.
¿Sus razones? Mantener bajo control las gigantescas reservas del
traspatio. Petróleo, gas, el acuífero Guaraní y la Amazonia son
elementos de capital importancia en un mundo donde las reservas
naturales se achican por el uso dispendioso que se hace de ellas y
donde las zonas de las cuales los países desarrollados suelen
proveerse son presas de movimientos de rebelión difíciles de dominar.
El Medio Oriente, por ejemplo, es un espacio complicado; América
latina podría ser un entorno más amable y, además, está más cerca.

Colombia es el país que recepta la mayor ayuda militar estadounidense,
después de Israel. Cuenta con un ejército de 350.000 hombres, muy bien
entrenados y equipados. No parece probable que semejante poderío
obedezca a la sola necesidad de enfrentar a las FARC. Es verdad que su
armamento pesado es muy inferior al venezolano, pero para suplir esa
necesidad están la IV Flota y los Estados Unidos. Los __casus belli__
para desencadenar un conflicto sobran, si se quiere fraguarlos: el
separatismo de la provincia venezolana de Zulia, los roces fronterizos
con Ecuador, la mala voluntad entre Uribe y Correa… Bolivia es también
un ámbito explosivo, trabajado por el separatismo de sus departamentos
más ricos.

La hipótesis de un conflicto mayor en el subcontinente parece
exagerada, pero hay que tomarla muy en cuenta. Lo cual no significa
que se vaya a verificar de inmediato. La suerte que correrán las bases
militares norteamericanas de Manta en Ecuador, y Mariscal Estigarribia
en Paraguay, antagonizadas tanto por el presidente ecuatoriano Rafael
Correa como por su inminente par paraguayo Fernando Lugo, puede ser
una piedra de toque para intuir por qué caminos habrán de discurrir
nuestros futuros destinos en esa materia tan compleja y oscura como es
último argumento usado para dirimir los conflictos humanos, cual es la
guerra.

La referencia a la necesidad de contar a las Fuerzas Armadas como
parte integrante de cualquier esfuerzo para planificar una salida a la
situación de crisis que se cierne sobre Sudamérica, cobra así mayor
valor. Nada podrá construirse en firme sin ellas.

Cualquier política de liberación sudamericana debe asentarse en un
trípode compuesto por la democracia participativa, las políticas
sociales y unas fuerzas armadas sujetas al control institucional, pero
a la vez dotadas de la formación ideológica y de los elementos
técnicos que les serán necesarios para servir un diseño estratégico
autocentrado. Más allá de los florilegios con que la diplomacia busca
no alarmar a la opinión, la propuesta brasileña de crear un Consejo
Sudamericano de Seguridad (CSS) tiene una clara orientación en ese
sentido.

"Si quieres la paz, prepárate para la guerra" reza el proverbio
latino, y será bueno para el conjunto de los pueblos de Iberoamérica
no desoír este consejo.


(Visite mi página web: www.enriquelacolla.com)

-- 

Néstor Gorojovsky
El texto principal de este correo puede no ser de mi autoría


Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular