[R-P] [R. Forster] Indignación a la hora del crepúsculo
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Vie Ago 1 13:23:13 MDT 2008
Gentileza de Angel Ernesto Ríos
Indignación a la hora del crepúsculo
Por Ricardo Forster *
¿Fue la del jueves a la madrugada una hora crepuscular?, ¿fue acaso el
discurso entrecortado de Cobos, esos giros de incertidumbre y
efectismo, ese deslizarse hacia la deslealtad afirmando la imagen de
la honestidad, un punto de cierre de los años vividos desde la
asunción de Néstor Kirchner en el ya lejano mayo de 2003? ¿Fue, tal
vez, el punto culminante de la acción 'destituyente' de la que tanto
se ha hablado durante estos meses intensos y conflictivos? ¿Era ése el
lugar y el momento de 'la farsa' que se desprendió de uno de los
discursos en los que Cristina citó a Marx? ¿Hay tragedia o sólo somos
testigos, algo angustiados, de una farsa mayor en la historia
atribulada de un país desmadrado? Largo, inacabable discurso de un
hombre preparado para romper lealtades y acuerdos, para deshacer lo
firmado sabiendo que desde hace mucho tiempo en Argentina la firma
casi no vale nada, apenas si es un jeroglífico que a pocos interesa en
un tiempo caracterizado por las piruetas, las metamorfosis, la
autorreferencialidad, el cualunquismo discursivo y moral. Extraña
parábola de la realidad que elige salir de un conflicto que atravesó
las tramas del poder político y económico a través de una intervención
absurda y farsesca en la hora en que los espectros eligen retirarse a
sus aposentos.
¿Podía ser distinto el final del gran chantaje de los dueños de la
tierra? ¿Era posible imaginar un escenario épico en el que una
sociedad más democrática se mostrara a la altura de sus mejores horas?
¿Es acaso incongruente que la mayoría de la 'opinión pública'
expresara su ¡admiración! por el gesto 'desprendido y patriótico' de
Cobos? ¿Podía concluir de otro modo una historia narrada desde el
inicio hasta su culminación por el relato monocorde de los grandes
medios de comunicación? La farsa, la hipocresía, el 'lenguaje del
corazón', el ocultamiento, el ideologismo transfigurado en imágenes
cuya elocuencia se instaló en el sentido común de 'la gente', las
travesías de una narración triunfante que llegó al puerto del que
nunca tenía que haber partido el barco kirchnerista para decirnos, a
viva voz, que no olvidemos que la historia ya concluyó.
Cobos fue, apenas, la farsa de una tragedia que sigue desmoronando
cualquier intento por torcer el rumbo de lo inaugurado en los años
brutales de la noche argentina, de esa que comenzó en un no tan lejano
marzo de 1976 y que apenas si fue interrumpido en muy pocas ocasiones,
la última de las cuales sigue siendo, aunque a muchos biempensantes no
les guste, el gobierno dubitativo y tambaleante de Cristina. Contra
esa anomalía de una historia cerrada es contra la que se desplegaron
las furias campestres y mediáticas. Contra un giro inesperado e
imposible, de esos que ya no podían tener lugar en el tiempo dominado
por el mercado y las corporaciones, por la ideología del bolsillo y
los ciudadanos-consumidores, por los lenguajes mediáticos entramados
con los intereses de los poderosos de siempre y por los cultores
'progresistas' de un republicanismo de pacotilla amparado por las
estéticas de lo políticamente correcto en un tiempo atravesado por la
invisibilización de la injusticia y la desigualdad; fue, a destiempo
de todo esto, que se desplegó un azar difícil de clasificar, de un
rumbo inesperado que nos confrontó con lo espectral de la Argentina,
con el regreso de lo reprimido, con la vuelta y revuelta sobre lo que
ya había sido cerrado desde la lógica del poder.
Años de regalo, donaciones de lo inimaginado en una época de clausuras
políticas y de triunfantes resignaciones. Eso fue lo que nos hizo y
nos seguirá haciendo salir de nuevo al espacio público, lo que
despertó en nosotros la necesidad de colocarnos en lo visible de un
regreso a la escena política para decir una palabra que saliera de lo
testimonial, de los encriptamientos académico-intelectuales pero sin
renunciar a las gramáticas de las que provenimos y que se entraman con
una tradición crítico-emancipatoria. Sencillamente sentimos la
indignación ante el regreso de lo peor que se guarda en el interior de
nuestra sociedad; el regreso del viejo procesismo transfigurado en
retóricas expropiadas a la memoria popular por aquellos que saltaron
de vereda para colocarse de lleno en el lado de los poderosos de
siempre. Indignación ante una ofensiva de una belicosidad
impresionante amparada por la complicidad de los grandes medios de
comunicación que jugaron el partido de la derecha no sólo como
cobertura ideológica sino como apoyatura esencial a la hora de imponer
relatos y construcciones de la realidad de acuerdo con las
necesidades, en este caso, de la corporación agraria.
Indignación, también, frente a ciertas críticas por izquierda que
siempre leen el acontecimiento desde el paradigma autojustificatorio
de una revolución eternamente postergada; de una toma imposible del
Palacio de Invierno que justifica ponerse del lado de lo peor de
nuestra historia o simplemente colocarse en el espacio del progresismo
autosuficiente que prefiere observar el drama de la historia desde una
platea insustancial pero bien protegida de los huracanes y de las
tormentas. De una izquierda paleolítica bañada, una y otra vez, en las
aguas de la pureza mientras corre el velo a sus propias miserias; o de
un mundo de seudoprogresistas que hace mucho tiempo prefieren
balconear los acontecimientos desde un purismo legalista y republicano
que finalmente los coloca del lado oscuro de la historia pero, eso sí,
como si fueran los eternos portadores del bien. Clases medias
indignadas ante la 'soberbia' de Cristina que marchan gozosas hacia el
Monumento de los Españoles en los que se entrecruzan todos los signos
de un país abrumadoramente volcado a la derecha pero amparado en
neoestéticas que entrelazan al antiguo izquierdista con el nuevo
chacarero vestido a la moda; clases medias ansiosas de que retorne la
calma porque tienen pavor de que los olvidados de la historia regresen
a incomodar sus vidas aburguesadas.
Indignación ante un mundo simbólico que se despliega con todo su
arsenal heredado del tiempo del 'fin de la historia'; de un lenguaje
que narra borrando e invisibilizando todo aquello que no tiene cabida
en el tiempo de los consensos y de la llegada al puertomercado,
verdadero fin de camino en el que nada debe perturbar la buena marcha
de los negocios en un mundo sin pasiones ni sentidos; en un mundo
capaz de naturalizar la injusticia y la desigualdad en nombre de un
final anunciado de la historia que mientras existió siempre nos
condenó a la violencia y al caos. Conciencias atravesadas de lado a
lado por el reclamo del ciudadano-consumidor-telemático que se ofende
ante el regreso de lo arcaico, de lo ya olvidado, de lo imposible de
un tiempo que estaba bien guardado en el desván de la memoria y que,
en el mejor de los casos, se había convertido en parte de la industria
del espectáculo o en piezas de un museo temático que relata una época
inexistente.
Indignación ante tanto cinismo no de aquellos que siempre han
defendido sus intereses de clase, su derecho a quedarse con la mayor
parte de la renta y a ser los dueños del lenguaje; no, indignación con
aquellos que responden a lo acontecido a lo largo de estos últimos
años con un brutal ninguneo de lo que efectivamente movió a la
emergencia de una derecha belicosa, agresiva y destituyente, y que lo
hacen en nombre de lo que no se hizo, mientras miran hacia otro lado
cuando se les recuerda lo que sí se hizo. Nada importa, a sus ojos
virginales, la política de derechos humanos, la profunda renovación de
la Corte Suprema, el giro latinoamericano de la política exterior y el
rechazo del ALCA, la transformación operada en las Fuerzas Armadas, la
recomposición, después de décadas, de un mundo del trabajo que estaba
en estado de extinción; nada interesa que se desencadene el peor de
los conflictos cuando se intenta tocar la fabulosa renta agraria
porque siempre dirán que todavía no se tocaron las otras rentas. Un
eterno principismo que se metamorfosea en complicidad con los
poderosos y que prefiere mirar para otro lado cuando se juega el rumbo
del país por los próximos años. Indignación ante tanta retórica que
termina por confluir con los peores intereses de una parte de la
Argentina que siempre está lista para dar el zarpazo y recuperar la
totalidad de su hegemonía política, económica y cultural.
¿Será posible salir de esta hora crepuscular? ¿Estará en condiciones
el Gobierno de torcer el rumbo de una política que lo llevó a encallar
no sólo por la eficacia de las acciones de sus contrincantes, sino
también por su impericia al pilotear la nave? Estamos a la espera de
un giro, pero no lo hacemos desde la distancia y la displicencia
biempensante, lo hacemos desde la convicción nacida de la donación de
momentos inesperados e inimaginados en el interior de un país
impiadoso; de pequeños actos de reparación, de fugaces luminosidades
en medio de la noche neoliberal, de la recuperación de olvidadas
fraternidades nacidas en el calor del conflicto; pero también lo
esperamos, ese giro tal vez imposible pero imprescindible, desde la
certeza benjaminiana que nos decía que 'sólo por amor a los
desesperados conservamos todavía la esperanza'.
* Doctor en Filosofía, profesor de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA)
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