[R-P] [Daniel Samper P.] Que coman los chicos y no los autos
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Jue Abr 24 11:16:47 MDT 2008
Gentileza de Roberto Blanco
NOTA: Esta columna fue escrita antes de que se conocieran los últimos
y gravísimos escándalos de parapolíticos uribistas procesados.
Daniel Samper
El Tiempo - Colombia - Abril 22 de 2008
CAMBALACHE
Que coman los niños, no los carros
Daniel Samper Pizano. Columnista de EL TIEMPO.
Era de temer. En reciente foro se les ocurrió a varios participantes
que el futuro de Colombia pasa por la exportación de biocombustibles.
Para quien aún lo desconozca -cosa que suele pasar en países, donde,
como decía Mafalda, "lo urgente no deja tiempo para lo importante"-,
los biocombustibles son productos agrícolas que, sometidos a un
proceso industrial, se emplean para alimentar motores de explosión. En
otras palabras: maíz, soya, palma, trigo y bagazo de caña -entre
otros- que dejan de nutrir a seres humanos y, transformados en etanol,
pasan a alimentar automóviles.
La propuesta de convertir a Colombia en exportador de biocombustibles
-peligrosamente ignorante o siniestramente codiciosa- equivale a poner
la lápida a nuestro ya deteriorado medio ambiente y hundir el país en
una época de hambrunas capaces de conmover a los niños de Somalia.
Hasta hace poco, Brasil era modelo de conversión a un novedoso sistema
de ahorro de energía. Al ordenar que los motores de automóviles
estuviesen acondicionados para funcionar con biocombustibles e
invertir en la transformación de bagazo en etanol, nuestro querido
vecino parecía haber encontrado la llave del Paraíso: menos gasto en
gasolina, menos importaciones, menor contaminación y, por si la dicha
fuera poca, empleo útil para basuras agrícolas.
Pero tanta felicidad no fue duradera. Apenas surgió la fiebre de los
combustibles cultivables, por culpa del alza de precio del petróleo,
las empresas se lanzaron a talar la selva amazónica y sembrar diversas
especies agrícolas, especialmente soya y palma de aceite, a fin de
generar comida de automóviles. El resultado es ese sí- una hecatombe.
Recomiendo a quien pueda hacerlo que lea el estremecedor informe de la
revista Time del 14 de abril. Allí queda claro de qué modo el etanol,
pese a su benévola imagen, "aumenta el calentamiento global, destruye
las selvas y sube el precio de la comida". La fiebre del
biocombustible, dice Time, está llevando al Brasil a la
"sabanización", consistente en arrasar los bosques tropicales y
sembrar plantas cuyo alcohol compita con el petróleo. Es una marea
incontrolable. "Resulta imposible proteger la selva -dice un experto
gringo en el Amazonas-: hay mucho dinero invertido en tumbarla".
Apenas el capital mete mano en el negocio, no hay quien lo pare:
acabará talando hasta el último árbol para vender el último galón de
combustible al último carro.
Los efectos ecológicos de esta destrucción son peores que los del humo
de los motores. Se necesitarían 400 años de uso del biodiésel para
compensar la menor emisión de gases. Pero para entonces ya no habrá
selva, ni nada. El problema ambiental asusta, y más ahora, cuando se
sabe que los cálculos de calentamiento global estaban equivocados y la
situación es peor que lo temido. Pero donde primero se está notando es
en el esencial derecho humano de comer. Junto con otros factores
(mayor consumo en China e India, alteración del clima, especulación de
las multinacionales del alimento), la destinación de cereales a mover
carros en vez de dar pan a la gente ha producido alzas generales y
aceleradas en el precio de la comida. Pululan en todos los continentes
las protestas de los hambrientos (en Haití tumbaron al primer
ministro) y la ONU dice que la carestía le impedirá alimentar este mes
a 100.000 niños africanos que dependen de sus suministros para no
fallecer de desnutrición. En recientes y diversos foros los expertos
advierten que se avecinan años de escasez casi medieval.
A todas estas, quisiera plantear con todo respeto las siguientes
preguntas: ¿Qué piensa nuestro Gobierno sobre los biocombustibles?
¿Forman parte de su menú de exportaciones? ¿Se plantea seguir
estimulando la palma donde debería sembrarse comida? ¿Sabe que estamos
al borde de una atroz crisis alimentaria?
Y un último interrogante: ¿tendrá respuestas para los anteriores?
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Néstor Gorojovsky
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