[R-P] [E. Lacolla] La llama olímpica

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Mie Abr 16 19:53:46 MDT 2008


La antorcha olímpica

Por ENRIQUE LACOLLA

Los brotes de agresividad contra los Juegos de Pekín ocultan
tendencias mundiales muy peligrosas, que diseñan la hostilidad de
Estados Unidos y la UE hacia el surgimiento de una superpotencia
euroasiática que podría erigirse en un contrapeso del poder del bloque
occidental.

Tras su salida de Atenas, la antorcha olímpica que debería culminar su
recorrido en Pekín, para la apertura de los Juegos, viene siendo
objeto de múltiples ataques que tratan de derribarla o extinguirla,
entre el clamoreo de algunas organizaciones de derechos humanos y el
activismo de los creyentes en el Dalai Lama. El arranque de la
protesta lo suministra la represión ejercida por el gobierno chino en
el Tíbet, donde estaba en curso un reclamo reivindicativo de la
independencia de esa alejada, para el público de Occidente, región del
mundo. Las manifestaciones tibetanas estuvieron encabezadas por los
monjes budistas quienes, para el imaginario popular, se confunden con
los personajes un tanto estrambóticos que suelen pasearse en túnica y
con sus cabezas rapadas en las calles de algunos importantes centros
metropolitanos.

¡Cuántas historias se han tejido en torno de ese remoto país! Novelas
y películas bordaron una trama legendaria que confundía a los monjes
tibetanos con los practicantes de una paz perpetua y a sus monasterios
en lugares de retiro espiritual anclados poco menos que en las nubes.
En 1933 el novelista británico James Hilton publicó una exitosa
novela, Horizontes perdidos, en la cual forjaba la leyenda de Shangri
La, un lugar edénico fijado en los Himalayas donde los seres humanos
devenían inmortales –siempre y cuando no se alejaran del lugar mágico
que les acogía.

La historia se encargaría de demoler ese mítico encanto en 1950,
cuando las tropas del gobierno chino (el de la República Popular de
Mao Zedong) penetraron en ese territorio y, tras derrotar una débil
resistencia, instalaron una administración conjunta chino-tibetana que
en realidad no hacía sino enmascarar el predominio chino. Bajo su
gobierno se realizó una profunda reforma agraria y se despojó a los
monjes del control del territorio.

Fogoneada por la CIA la inquietud autonomista se mantuvo, empero, en
el marco de la hostilidad estadounidense hacia China, y durante la
Revolución Cultural llevada adelante en este último país se
infligieron graves daños al patrimonio arquitectónico tibetano, amén
de generar excesos represivos que reproducían los que en ese momento
se estaban practicando en la misma China.

Un país al margen, pero no tanto
Enclavado al suroeste de China y circundado de montañas que lo hacían
impenetrable, el Tíbet en realidad hacía rato que había ingresado,
aunque marginalmente, al quehacer contemporáneo. El imperio británico,
siempre interesado en expandirse y sobre todo en bloquear cualquier
intento ruso o chino para recortar su poder en la India, ya en 1904
había ocupado Lhasa, la capital tibetana, y durante un cierto período
mantuvo negociaciones con China y Rusia para llegar a delimitar sus
relativas influencias en la zona. La guerra del '14 y después los
trastornos civiles en China aventaron ese esquema y durante un largo
tiempo el Tíbet volvió a caer en un colapso somnoliento, del que
recién saldría con la irrupción china de 1950.

Los intentos de Estados Unidos –heredero del imperio británico- por
soliviantar el país cesaron cuando se produjo la fractura de la
alianza chino-soviética, hacia fines de la década de 1960, y desde
entonces el predominio chino en esa área permaneció incontestado.

Ahora, sin embargo, se han suscitado revueltas cuyo origen exacto por
supuesto es imposible precisar desde acá, pero que han generado un
enorme revuelo mediático, fuera de proporción si se compara lo que
ocurre en el Tíbet con lo que pasa en Irak, en Gaza, en el Medio
Oriente en general o en Afganistán. Para no hablar de los horrores que
se realizan en la profundidad de Africa, ni del constante goteo de
muertos que producen los intentos de los emigrantes por penetrar las
mallas, cada vez más espesas, que existen entre los países
desarrollados y los que no lo están.

Doble medida
El doble rasero es un principio estatuido en los medios de
comunicación globales. De acuerdo a la mayor o menor significación que
un estado de cosas tenga para el sistema dominante, los medios, que ya
forman parte de ese mismo sistema a través de su concentración
monopólica, se encargan de generar la indignación o de fomentar el
silencio. Los desórdenes en el Tibet fueron descritos, por ejemplo,
como pacíficas manifestaciones reprimidas por los chinos, mientras que
los medios chinos citaron, como motivo para la intervención de sus
tropas, los asesinatos de chinos pertenecientes a la etnia Han, por
las turbas tibetanas.

Fuere cual fuere la verdad, la cuestión es que resulta poco verosímil
que sea una coincidencia el comienzo de los desórdenes y su
simultaneidad con el inicio de las ceremonias dirigidas a la
inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín. El momento se ofrece
como muy propicio para agitar las aguas en torno de China y los
servicios de inteligencia no iban a desaprovechar la ocasión. Después
de su huida del Tibet, el Dalai Lama estuvo hasta 1974 en la lista de
pagos de la CIA1.

Ahora bien, ¿por qué? ¿Por qué la persistente hostilidad de Estados
Unidos y sus aliados hacia una potencia que se ofrece como el mercado
más amplio y deseable para el intercambio y que posee un poder
desestabilizador del sistema monetario internacional en razón de sus
formidables tenencias en dólares?

No es casual que el Tíbet se haya convertido en un centro de interés
subitáneo. Su emplazamiento en el Asia central, objeto de las
maniobras norteamericanas para adueñarse de las rutas del petróleo y
gravitar militarmente sobre Rusia y China, explica en parte este
estallido que, amén de los motivos de disenso cultural que pueda haber
en él y que en definitiva lo hacen tomar cuerpo, se funda en
consideraciones de geopolítica y geoestrategia de alcances muy vastos.
El liderazgo chino en Asia es indigerible para Estados Unidos. Y mucho
más si va acompañado de una aproximación estrecha a Rusia, que
configuraría esa "Región Cardial" cuyo dominio es juzgado esencial por
los geoestrategas.

Geopolítica
En efecto, hay muchas razones para explicar esta ambivalencia
política, que corteja por un lado a Pekín y lo hostiga por otro.
Algunas de ellas son muy inquietantes. Hay que tomar en cuenta que el
proyecto de profundizar la estrategia israelo-norteamericana en el
Medio Oriente con un ataque a Irán, no se ha desvanecido todavía.
Poner a China en una posición incómoda suscitándole disturbios en un
área que para Occidente se ofrece envuelta en unos velos tan míticos,
engañosos e incomprobables como es el Tíbet, es un buen expediente
para presionar a China y hacerla reflexionar sobre el costo de su
apoyo a Irán, fundado en acuerdos bilaterales de carácter económico y
militar.

China es parte central de la Organización de Cooperación de Shangai
(SCO, por su sigla en inglés), que agrupa, amén de China, a Rusia,
Kajazastán, la República de Kirguizia, Tajikistán y Uzbekistán, y en
la cual Irán posee el estatus de observador. China choca además con
los intereses petrolíferos anglo-norteamericanos en Africa y el Asia
central, y se está configurando como uno de los polos mejor armados
del bloque euroasiático que conforman Pekín y Moscú.

La política estadounidense dirigida a conformar "un siglo XXI
norteamericano", como le gustaba decir al ex presidente Bill Clinton,
tiene como principio básico controlar, comprimir y, en última
instancia, suprimir, el bloque de poder continental euroasiático. La
marcha de ese proyecto se la ha podido seguir en los agresivos
movimientos de la OTAN alrededor de Rusia y China. Tras el naufragio
de la URSS, Estados Unidos no perdió un minuto en proceder a alentar
los movimientos independentistas en los países bálticos y en las
repúblicas del Cáucaso, y se anotó un gran triunfo al lograr la
separación de Ucrania de la Comunidad de Estados Independientes (CEI)
que en un principio había reunido a los países más importantes de la
ex Unión Soviética. De forma simultánea se fomentaba el estallido de
Yugoslavia, pese al intento serbio de mantener un estado centralizado,
dando lugar a una guerra de características atroces.

La desestabilización económica de Rusia, lograda a través de la
política de apertura y endeudamiento fomentada por el FMI y practicada
por Boris Yeltsin de forma suicida (bien que provechosa para sus
bolsillos y para los de la oligarquía mafiosa que se adueñó de las
palancas de la economía) supuso la demolición de los parámetros de
solidaridad social que mal que bien imperaban en la época comunista2 y
redujo la estatura de esa otrora superpotencia, tornándola inhábil
para responder al reto que supuso la expansión de la alianza militar
de la Organización del Tratado del Atlántico Norte a los países que
antes habían sido parte del glacis soviético, así como a oponerse al
desmembramiento de Yugoslavia.

Se llegó así a las actuales circunstancias, en que Estados Unidos se
apresta a desplegar un escudo antimisiles en Polonia y la República
Checa, sin que Rusia -pese a que con Vladimir Putin cambiara de forma
radical su postura respecto al crédito internacional, empezara a
revitalizar sus fuerzas armadas y se consagrara a apretar sus lazos
político-militares con China-, pueda hacer otra cosa que protestar y
reservar su retaliación para el futuro.

Divide et impera, la fórmula con que la antigua Roma logró gran parte
de sus éxitos y de su perdurabilidad como Imperio, ha sido reactivada
ahora a la escala del planeta.

La otra parte de esta maniobra de pinzas sobre el Heartland la
proporciona la invasión a Irak y Afganistán, el estrechamiento de
lazos entre Estados Unidos y la India y el despliegue de una serie de
bases y flotas que rodean a China por todas partes, desde Okinawa y el
estrecho de Taiwan a la isla Diego García y a las instalaciones
estadounidenses en Afganistán y el patronazgo en Pakistán, para
rematar en los emiratos del Golfo Pérsico y el asentamiento –precario,
de momento- en Irak.

La Isla Mundial (o Heartland o Región Cardial) contra el Creciente
Interior o Marginal. Así se podría definir, en términos geopolíticos,
la situación que se plantea hoy en el planeta. La teoría de William
Halford Mackinder, continuada por Karl Haushofer y asumida por los
teorizadores neoconservadores de la elite norteamericana, que
abrevaban en un propio antecedente, el teorizador del poder naval
William Thayer Mahan, implica un retorno a las antinomias brutales que
marcaron el período de las guerras mundiales. De consuno con la crisis
del comunismo, se afirmó en Estados Unidos la convicción del "destino
manifiesto", que asimila la concepción de la superioridad del poder
naval -es decir, externo a la isla mundial- como resorte de la
victoria en la carrera por la hegemonía.

De aquí la vastedad del empeño norteamericano en el Medio Oriente, su
presencia en Afganistán y sus intrigas dirigidas a explotar las
divisiones internas –étnicas o confesionales- que encuentra en su
camino. Es un proyecto arriesgado y de largo aliento, que resulta
difícil que sea abandonado por el establishment norteamericano, si
bien puede ser moderado de acuerdo a las variaciones del humor
político en el interior de la híperpotencia. No olvidemos sin embargo
que el asesor en política exterior del candidato más progresista en la
próxima elección norteamericana, el senador demócrata, Barack Obama,
es nada menos que Zbygniew Brzezinski, el brillante jefe del Consejo
para la Seguridad Nacional bajo la presidencia de Jimmy Carter y autor
de El tablero mundial, el manual o la Biblia que de manera más
sistemática ha fijado las miras de la política exterior norteamericana
tal como ha venido desarrollándose en la última década. Su calibre
intelectual es muy superior al de la clique que rodea a George W.
Bush, pero no por eso menos determinado en la consecución de los
objetivos que hemos venido reseñando.

La otra dimensión
Ahora bien, ¿qué hay de la otra dimensión, la humana, que tanto pesara
a lo largo del siglo pasado y que se significara por espectaculares
avances de los sistemas de protección social verificados en el
conjunto de las potencias e incluso en los países que empezaron a
escapar de la férula de estas?

No hay duda de que ese atributo progresó a lo largo del siglo XX
porque el capitalismo hubo de aflojar su coerción sobre las masas
trabajadoras en virtud de la existencia de movimientos de base social
como el comunismo y las diversas formas de populismo que podían
convocar a las masas. Esa fue la fuente real del Welfare State, del
Estado de Bienestar. Cuando esa amenaza desaparece y cuando se hace
evidente que esa estructura de contención social resulta demasiado
cara para mantener los niveles de acumulación de capital que son
inherentes al principio central del capitalismo, la maximización de la
ganancia, el neoconservadurismo o neoliberalismo, como quiera
llamárselo, comienza a roer las conquistas sociales logradas con tanto
esfuerzo en el pasado. Ese trabajo de destrucción se perfila ya en la
época de la presidencia de Ronald Reagan y es llevado a cabo por la
primera ministra británica Margaret Thatcher, pero el
desencadenamiento de toda su potencia sólo se produce después de la
caída del Muro de Berlín.


China, objeto en este momento de maniobras dirigidas a inquietarla,
conserva todavía el apelativo de República Popular. No hay porqué
engañarse respecto a esto. De socialista o comunista China conserva
apenas el nombre. Es una sociedad capitalista, con una burguesía en
rapidísima expansión; integrada, en gran medida, por los vástagos de
la burocracia del viejo régimen. La calificación que le cabría, sin
embargo, oscila entre "el socialismo de mercado", que es el que gusta
difundir a su dirigencia, o el de una "autocracia capitalista", o
"capitalismo burocrático" que parecerían ser los más indicados.3

El rasgo central de este proceso consiste sin embargo en que esa
neoburguesía está muy disciplinada por el gobierno y ajustada a un
patrón nacionalista que limita la libertad de desplazamiento del
capital, con lo que se generó "una sociedad económicamente triunfante
y socialmente destructiva... que subordinaba los objetivos socialistas
al objetivo eminentemente nacionalista de hacer a la nación china rica
y fuerte, para la cual los elementos esenciales eran el desarrollo
económico moderno y un poderoso aparato del Estado"4.

Este parece ser el expediente más viable contra el poder constrictor
de la globalización capitalista. No se debe olvidar, sin embargo, que
la democracia –es decir, la participación efectiva del pueblo en un
sistema de gobierno que sea en efecto representativo y no la ficción
acotada de este que se suele tener en el presente- es el elemento más
seguro para mantener las conquistas obtenidas.

Si se entiende a la antorcha olímpica como un duplicado de la flama
social que recorrió al mundo durante el siglo XX, se comprenderá que
le aguardan muchos sobresaltos y emboscadas en los tiempos por venir.

1 Michael Chossudovsky: China and America: The Tibet Human Rights
PsyOp. Global Research, abril 13 de 2008.

2 Para un examen circunstanciado de esa y las otras embestidas del
neocapitalismo, véase el estupendo libro de Naomi Klein: La doctrina
del shock. El auge del capitalismo del desastre. Paidós, Buenos Aires,
2007.

3 Maurice Meissner: La China de Mao y después, Ediciones Comunic-arte,
Córdoba, 2007.

4 Ibíd.


-- 

Néstor Gorojovsky
El texto principal de este correo puede no ser de mi autoría


Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular