[R-P] [E. Gruner] ¿Qué clase(s) de lucha es la lucha del "campo"?

juan maría escobar escobar45 en infovia.com.ar
Mie Abr 16 18:30:01 MDT 2008


Página 12, 16 de abril de 2008

¿Qué clase(s) de lucha es la lucha del "campo"?

En estas líneas, Eduardo Grüner ensaya un juicio provisorio del conflicto 
agrario. Desde una postura contraria a las medidas "objetivamente 
reaccionarias" de los productores rurales, señala los "gravísimos errores" 
del Gobierno, repasa la ideología burguesa de "odio clasista" y advierte que 
nunca desde la restauración democrática "la derecha había ganado la calle 
con una base de masas tan importante". Más allá del carácter ni 
confiscatorio ni redistributivo de las retenciones -argumenta-, lo que está 
en juego es la legitimidad del Estado para intervenir en la economía.

 Por Eduardo Grüner *
* Sociólogo, ensayista, profesor de Teoría Política y de Sociología del Arte 
(UBA).

No es, todavía, hora de "balances" más o menos definitivos. Sí de detener, 
por un momento, la ansiedad, y de ver dónde está parado cada uno. El que 
esto escribe está en contra de las medidas (sobredimensionadas, extorsivas, 
objetivamente reaccionarias, y actuadas en muchos casos con un discurso y 
una ideología proto-golpista, clasista y aun racista) tomadas 
fundamentalmente por uno de los sectores más concentrados de la clase 
dominante argentina en perjuicio de la inmensa mayoría. No es algo tan fácil 
de explicar brevemente. Hay que empezar por señalar una vez más los 
gravísimos "errores" cometidos por el Gobierno. Están, por descontado, los 
errores "tácticos" inmediatos: la desobediencia a los más elementales 
manuales de política que recomiendan dividir al adversario, y no unirlo (y 
ni qué hablar de, además, dividir el frente propio); o la torpeza de 
apoyarse en personajes un tanto atrabiliarios de los cuales se sabe que -por 
buenas o malas razones- van a caer "gordos" a la llamada "opinión pública". 
Pero más acá de estos "errores", están los que no son "errores tácticos", 
sino opciones estratégicas: no profundizar en la medida necesaria las 
políticas (tributarias y otras) de redistribución del ingreso, utilizar 
buena parte de las (inauditas) reservas fiscales para seguir saldando la 
maldita deuda; renovar los contratos de ciertos medios de comunicación que, 
debería el Gobierno saberlo, más tarde o más temprano se le pondrán en 
contra (y aquí, como en muchos otros casos, se ve cómo una opción 
estratégica se transforma rápidamente en un error táctico), y que lo 
hicieron de la manera más desvergonzadamente interesada de las últimas 
décadas. Ninguna de estas opciones estratégicas son algo para reprocharle al 
Gobierno. Reprochárselas -al menos, de la manera en que lo ha hecho cierta 
"izquierda" dislocada o cierta intelectual(idad) bienpensante y ya ni 
siquiera "progre" que, pasándose de la raya, cruzó definitivamente la 
frontera hacia la derecha- sería, paradójicamente, hacerse demasiadas 
ilusiones sobre un Gobierno que en ningún momento prometió otra cosa que la 
continuidad del capitalismo tal como lo conocemos. Vale decir: un Gobierno 
propiamente "reformista-burgués", como se decía en tiempos menos 
eufemísticos. La situación, pues, no puede ser juzgada sino por lo que 
realmente es: una puja (no "distributiva" sino) interna a lo que en aquellos 
tiempos pre-eufemísticos se llamaba la "clase dominante".

El inmediato mal mayor
Pero, pero: un gobierno legítimamente electo por la mayoría no es 
directamente miembro de aquellas "clases dominantes", aunque inevitablemente 
tienda a "actuar" sus intereses. Y, en un contexto en el que no está a la 
vista ni es razonable prever en lo inmediato una alternativa consistente y 
radicalmente diferente para la sociedad, no queda más remedio que enfrentar 
la desagradable responsabilidad de tomar posición, no "a favor" de tal o 
cual gobierno, pero sí, decididamente, en contra del avance también muy 
decidido de lo que sería mucho peor; y si alguien nos chicanea con que 
terminamos optando por el "mal menor", no quedará más remedio que 
recontrachicanearlo exigiéndole que nos muestre dónde queda, aquí y ahora, 
el "bien" y su posible realización inmediata. Porque el peligro del mal 
"mayor" sí es inmediato. En estas últimas semanas se han condensado 
potencialidades regresivas que muchos ingenuos creían sepultadas por un 
cuarto de siglo de (bienvenido) funcionamiento formal de las instituciones. 
¿Exageramos? Piénsese en los "síntomas", "símbolos", "indicadores", y 
también, claro, hechos. Nunca en este cuarto de siglo la derecha (económica, 
social y cultural, y no solamente política) había ganado la calle con una 
"base de masas" tan importante -incluyendo, sí, a esos "pequeños 
 productores" cuyas legítimas reivindicaciones fueron bastardeadas, incluso 
por ellos mismos, al rol de "mano de obra" de los grandes "dueños de la 
tierra"-, hasta el punto de transformarse en un verdadero movimiento social 
del cual mucho oiremos en adelante. No solamente la calle, sino también el 
aire: nunca antes había sido tan férreo el consenso "massmediático" para 
apoderarse del Verbo público -como lo dijo inspiradamente León Rozitchner- 
con el objeto de aturdir hasta el mínimo atisbo de un pensamiento autónomo, 
no digamos ya "crítico". Nunca antes las cacerolas habían sido tan bien 
disfrazadas de diciembre de 2001 argentino cuando en verdad representan -en 
inesperado retorno a su auténtico "mito de origen"- un septiembre de 1973 
chileno. Nunca antes había habido una tan oportuna coincidencia con un 
aniversario del 24 de marzo. Nunca antes había habido una tan puntual 
coincidencia con un meeting de lo más granado de la derecha internacional en 
Rosario. Y ya que de "internacionalismo" se trata, nunca antes había habido 
una coincidencia tan "contextual" con las avanzadas 
desestabilizadoras -obviamente fogoneadas desde mucho más al Norte- sobre 
las "novedades" -no importa ahora lo que se piense de cada una de ellas- 
sudamericanas, desde las aventuras bélicas de Uribe en la frontera 
ecuatoriana (y por refracción, venezolana) hasta la feroz ofensiva 
oligárquico-separatista contra Evo Morales. Nunca antes se había conseguido 
reimponer el insostenible mito de que es el "campo" lo que ha construido a 
la "patria" (en una nefasta época esa construcción, se decía, había estado a 
cargo del Ejército Argentino, que era, al igual que el "campo", incluso 
anterior a la nación: una asociación inquietante), cuando, sin meternos con 
la historia, sabemos que hoy -lo acaba de demostrar impecablemente el 
economista Julio Sevares- su contribución al PBI es mínima. O el igual de 
anacrónico mito de que estamos ante una batalla épica entre el "campo" y la 
"industria", cuando hace ya décadas que los intereses de esos dos sectores 
actualmente ultra-concentrados en anónimas sociedades multinacionales -que 
incluyen, y en lugar destacado, a la "industria cultural" y los medios- 
entrecruzan sus intereses de manera inextricable, bajo el comando de las 
grandes agroquímicas, los pools sembradores, o los trusts de exportación 
cerealera.
El odio de la burguesía
Y a propósito de esto último, que atañe a la estructura de clases en la 
Argentina actual, nunca antes -posiblemente desde el período 1946/55- se 
había desnudado de manera tan grosera y frontal la violencia (por ahora 
"discursiva") de la ideología de odio clasista de la burguesía y también de 
cierto sector de la llamada "clase media"; es este odio visceral e 
incontrolable, y no alguna desinteresada defensa del mitificado "campo", es 
ese clasismo-racismo, él sí "espontáneo", el que constituye la verdadera 
motivación para participar en los "piquetes paquetes", desentendiéndose de 
la "contradicción" de estar orgullosamente haciendo lo mismo contra lo cual 
putean cuando se les corta la huida por Figueroa Alcorta. Que nunca haya 
sido tan pertinente, pues, el análisis de clase para juzgar un conflicto, no 
significa ejercer ningún reduccionismo de clase: las "clases altas" y las 
"clases medias" no tienen, es obvio, los mismos intereses materiales 
inmediatos; pero en la Argentina hace ya muchísimo que las segundas 
subordinaron sus intereses materiales a largo plazo a su patética, servil, 
identificación con los de las primeras, y es por eso que tan a menudo han 
trabajado de "mano de obra" de ellas, y en las peores causas. No hace falta 
ser un sofisticado marxista para entenderlo: bastaría citar la diferencia 
elemental -que constituye el ABC de la más básica sociología 
"estructural-funcionalista"- entre grupo de pertenencia y grupo de 
referencia.
Se equivoca pues la primera mandataria al decir que lo que se juega en este 
conflicto nada tiene que ver con la lucha de clases. Una vez más, no cabe 
reprochárselo: ella es peronista, y por lo tanto lo cree sinceramente. El 
problema es que crea que basta creerlo (o desearlo) para que la cosa no 
exista. No advierte, tal vez, la paradoja -por otra parte perfectamente 
explicable por la propia historia del peronismo histórico- de que el 
Gobierno que ella preside, aunque en "última instancia" represente compleja 
y ambiguamente, y con algunos escarceos defensivos de la autonomía del 
Estado, los intereses estructurales de la "clase dominante", para la 
ideología estrecha de esa clase dominante, que ha hecho tan buenos negocios 
en este último lustro, representa los intereses (¿habría que decir: 
"simbólicos"?) de las otras clases, y por lo tanto su gobierno es el chivo 
expiatorio del "odio de clase" en una época en que, por suerte, ya no pueden 
hacerse pogroms masivos ni aplicarse científicos planes de exterminio 
colectivo. La clase dominante argentina está desde siempre acostumbrada a no 
tolerar ni siquiera aquellos tímidos escarceos "autonomistas" por parte de 
ningún gobierno (por lo menos, de ninguno "civil" y legalmente elegido: 
porque sí toleraron la mucha "autonomía" estatal de que gozaron las 
dictaduras militares para aplicar sus políticas económicas tanto como 
represivas). Aquella famosa consigna setentista -"Y llora llora la puta 
oligarquía, porque se viene la tercera tiranía"- era, entre otras cosas 
menos defendible, una ironía sobre el sempiterno tic de la burguesía, 
consistente en calificar de "tiránico", "autoritario" o "dictatorial" 
(aunque en estos tiempos posgramscianos se diga "hegemónico", como si la 
hegemonía no fuera el objeto mismo de la política) a cualquier gobierno, sea 
cual fuere su política, que osara insinuar que algunas cositas menores las 
iba a decidir él. Aunque parezca inverosímil, los acusaron de "comunistas", 
"socialistas", "nazifascistas", sólo porque intentaron tomar algunas 
decisiones que, sin ser claramente opuestas a los "intereses dominantes", no 
representaban una obediencia automática y directa a los amos del Capital.

La lucha de clases
Nada muy diferente está sucediendo ahora: puesto que llevamos un cuarto de 
siglo de democracia institucional, es en nombre de esa misma "democracia" 
que se usan los mismos (des)calificativos contra este Gobierno, al que se 
identifica, disparatadamente, como la otra parte en la "lucha de clases". Y 
tal vez la Presidenta, aunque oscuramente, intuya esto, y por ello se 
defiende de lo que toma como una "acusación". Pero, lo lamentamos: la lucha 
de clases no existe, pero que la hay, la hay. Muchos "progres", al igual que 
este Gobierno, creen que no la hay porque las masas populares no están 
movilizadas en una contraofensiva dirigida al avance de la derecha. Pero, 
primero: las clases dominantes también luchan: la aplicación sistemática, 
sea a punta de bayoneta o por políticas "pacíficas", de la reconversión 
capitalista "neoliberal", eso es lucha de clases, emprendida por la clase 
dominante contra las dominadas y sus aún magras conquistas anteriores. Como 
lo es claramente el mantener desabastecidos a los sectores populares, con su 
inevitable consecuencia inflacionaria (algo que, a decir verdad, viene 
ocurriendo indirectamente desde mucho antes, dadas las cuotas de exportación 
ayudadas por el dólar alto y el consiguiente desequilibrio entre oferta y 
demanda en el mercado interno). Segundo: si las masas populares están 
desmovilizadas, también es porque este Gobierno (y sobre todo todos los 
anteriores, si bien éste no ha hecho nada importante para subsanarlo, 
limitándose en este terreno a administrar lo ya acumulado) las ha 
desmovilizado, aun cuando en defensa propia le hubiera convenido, incluso 
con los riesgos que hubiera representado para un gobierno 
"reformista-burgués", tenerlas a ellas en la calle antes que, pongamos, a D'Elía 
o Moyano (y se entenderá, suponemos, que con esos nombres estamos 
simplemente haciendo una taquigrafía, y no imputaciones a personas). Como no 
las ha movilizado, la ofensiva de clase de las fracciones más recalcitrantes 
de la burguesía fue contra su "adversario" visible, el Gobierno: otra, y 
para nada menor, opción estratégica transformada en error táctico.
En fin, no estamos -hay que ser claros- ante una batalla entre dos "modelos 
de país"; el modelo del Gobierno no es sustancialmente distinto al de la 
Sociedad Rural. Pero la derecha y sus adherentes ideológicos no toleran la 
más mínima diferencia de "estilo" con su modelo, del cual creen ser los 
únicos dueños, y sus primeros benefactores. ¿Tomar conciencia de ello hará 
que el Gobierno, aunque fuera "en defensa propia", pergeñe un "modelo" 
diferente? No parece lo más probable. Tiene razón Alejandro Kaufman: todo 
esto no nos ha hecho pasar a la "gran política"; pero también es cierto que, 
bien jugada, podría ser la ocasión de al menos atisbar ese pasaje a una 
suerte de "gran relato" de la política. De que nuestros debates principales 
ya no sean (aunque por supuesto habrá que seguir haciéndolos, en otra 
perspectiva) las mentiras del Indec o el dinero de Santa Cruz emigrado a 
Suiza, sino los que atañen, efectivamente, al "modelo", incluyendo un modelo 
integral y planificado a largo plazo para el "campo". Pero si esta ofensiva 
de la derecha triunfa, esa ocasión se habrá perdido por décadas.
La legitimidad del Estado
En este relativamente nuevo contexto, no podemos quedar atrapados (otra vez, 
sin que haya dejado de ser necesario hacerlas también) en las discusiones 
sobre los detalles "técnicos" del conflicto. Hoy, ahora, el problema central 
ya no son (y tal vez nunca lo fueron en serio) las benditas "retenciones". 
En un registro "puramente" económico -lo acaba de demostrar Ricardo 
Aronskind- ya se está discutiendo la renta a futuro del 20 por ciento de los 
"dueños" que controlan el 80 por ciento de la "tierra", y no centralmente 
las retenciones actuales. Ya lo sabemos: ni el aumento de las retenciones 
móviles a las rentas extraordinarias del "campo" supone, no digamos ya una 
medida "confiscatoria" (¡¡!!), sino ninguna "pérdida" importante para un 
"campo" que nunca ha ganado tan extraordinariamente; ni, del otro lado, es 
estrictamente cierto que las retenciones sean una medida ampliamente 
"redistributiva" que vaya a mejorar decisivamente la brutal injusticia 
social que aún campea en la Argentina. Pero esto no significa que las 
retenciones (no, claro, por sí mismas, pero sí en la trama de una política 
nacional articulada que incluyera muchas otras medidas) no podrían y 
deberían contribuir a esa redistribución. Si la derecha gana, se habrá 
creado un peligroso antecedente de deslegitimación de la intervención del 
Estado en la economía, y esto impediría, o al menos obstaculizaría 
gravemente, que este Gobierno (si es que en algún momento reorienta sus 
opciones estratégicas) o cualquier otro futuro, sí utilizara las retenciones 
u otras medidas semejantes con fines redistributivos. Eso, en el mejor de 
los casos. En el peor, una parte nada despreciable de la sociedad argentina 
habrá completado un enorme e integral giro a la derecha del cual 
difícilmente habrá retorno. La situación obliga, a todo el que sienta una 
mínima responsabilidad ante aquella sociedad, a sentar con la mayor nitidez 
posible una posición. Insistamos: no necesariamente a favor del Gobierno, 
sino inequívocamente en contra de intentonas que a esta altura ya nadie 
puede dudar que son intencionalmente o no (pero más bien sí) 
"desestabilizadoras", "golpistas", "reaccionarias". Los "golpes" ya no son 
hechos con tanques e infantería, pero no por eso han caducado: la 
especulación económica, la insidia mediática de las medias verdades y las 
enteras mentiras, la corrupción verbal de los epítetos clasistas y racistas, 
la confusión consciente de la parte con el todo -sea a favor o en contra del 
Gobierno o del "campo"- suelen tener un efecto más lento pero 
incomparablemente más profundo que los mucho más visibles uniformes con 
charreteras. El Gobierno deberá tomar cuidadosa nota de las "novedades" que 
se han producido. Y también, y sobre todo, deberemos hacerlo nosotros, los 
que -sin ser totalmente o siquiera en parte "pro-Gobierno"- no tenemos 
derecho a equivocarnos sobre dónde está el peligro mayor. Sobre dónde 
estará: porque esto -tregua o impasse o compás de espera, como se quiera 
llamarlo- recién empieza. 




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