[R-P] [David Harvey / 1 de 3] El neoliberalismo como destrucción creativa

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Jue Abr 10 07:08:52 MDT 2008


[Primera de tres partes]

Gentileza de Ezequiel Beer

RGE 130/08

El neoliberalismo como destrucción creativa

David Harvey
The ANNALS of the American Academy of Political and Social Science 2007
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

El neoliberalismo se ha convertido en un discurso hegemónico con
efectos omnipresentes en las maneras de pensar y las prácticas
político-económicas hasta el punto de que ahora forma parte del
sentido común con el que interpretamos, vivimos, y comprendemos el
mundo. ¿Cómo logró el neoliberalismo una condición tan augusta, y qué
representa? En este artículo, el autor afirma que el neoliberalismo es
sobre todo un proyecto para restaurar la dominación de clase de
sectores que vieron sus fortunas amenazadas por el ascenso de los
esfuerzos socialdemócratas en las secuelas de la Segunda Guerra
Mundial.

Aunque el neoliberalismo ha tenido una efectividad limitada como una
máquina para el crecimiento económico, ha logrado canalizar riqueza de
las clases subordinadas a las dominantes y de los países más pobres a
los más ricos. Este proceso ha involucrado el desmantelamiento de
instituciones y narrativas que impulsaban medidas distributivas más
igualitarias en la era precedente.

El neoliberalismo es una teoría de prácticas políticas económicas que
proponen que el bienestar humano puede ser logrado mejor mediante la
maximización de las libertades empresariales dentro de un marco
institucional caracterizado por derechos de propiedad privada,
libertad individual, mercados sin trabas, y libre comercio. El papel
del Estado es crear y preservar un marco institucional apropiado para
tales prácticas. El Estado tiene que preocuparse, por ejemplo, de la
calidad y la integridad del dinero. También debe establecer funciones
militares, de defensa, policía y judiciales requeridas para asegurar
los derechos de propiedad privada y apoyar mercados de libre
funcionamiento. Además, si no existen mercados (en áreas como la
educación, la atención sanitaria, o la contaminación del
medioambiente) deben ser creados, si es necesario mediante la acción
estatal. Pero el Estado no debe aventurarse más allá de esas tareas.

El intervencionismo del Estado en los mercados (una vez creados) debe
limitarse a lo básico porque el Estado no puede posiblemente poseer
suficiente información como para anticiparse a señales del mercado
(precios) y porque poderosos intereses inevitablemente deformarán e
influenciarán las intervenciones del Estado (particularmente en las
democracias) para su propio beneficio.

Por una variedad de razones, las prácticas reales del neoliberalismo
discrepan frecuentemente de este modelo. Sin embargo, ha habido por
doquier un cambio enfático, dirigido ostensiblemente por las
revoluciones de Thatcher/Reagan en Gran Bretaña y EE.UU., en las
prácticas político-económicas y en el pensamiento desde los años
setenta. Estado tras Estado, los nuevos que emergieron del colapso de
la Unión Soviética a socialdemocracias y Estados de bienestar de
antiguo estilo tales como Nueva Zelanda y Suecia, han abrazado, a
veces voluntariamente y a veces como reacción a presiones coercitivas,
alguna versión de la teoría neoliberal y han ajustado por lo menos
algunas de sus políticas y prácticas correspondientemente. Sudáfrica
post-apartheid adoptó rápidamente el marco liberal e incluso China
contemporánea parece orientarse en esa dirección. Además,
propugnadores de la mentalidad neoliberal ocupan ahora posiciones de
considerable influencia en la educación (universidades y muchos
think-tanks), en los medios, en las salas de los consejos de las
corporaciones y de las instituciones financieras, en instituciones
estatales clave (departamentos del tesoro, bancos centrales), y
también en aquellas instituciones internacionales como ser el Fondo
Monetario Internacional (FMI) y la Organización Mundial de Comercio
(OMC) que regulan las finanzas y el comercio globales. El
neoliberalismo, en breve, se ha convertido en hegemónico como un modo
de discurso y tiene efectos omnipresentes en las maneras de pensar y
las prácticas político-económicas hasta el punto en que se ha
incorporado al sentido común con el que interpretamos, vivimos, y
comprendemos el mundo.

La neoliberalización se ha extendido, en efecto, por el mundo como una
vasta marea de reforma institucional y ajuste discursivo. Aunque
abundante evidencia muestra su desarrollo geográfico irregular, ningún
sitio puede pretender una inmunidad total (con la excepción de unos
pocos Estados como ser Norcorea.) Además, las reglas de enfrentamiento
establecidas a través de la OMC (que rigen el comercio internacional)
y por el FMI (que rigen las finanzas internacionales) amplifican el
neoliberalismo como un conjunto de reglas internacionales. Todos los
Estados que se afilian a la OMC y al FMI (¿y cuál puede permitirse no
hacerlo?) aceptan acatar (a pesar de un "período de gracia" para
permitir un ajuste tranquilo) esas reglas o enfrentar severos
castigos.

La creación de este sistema neoliberal ha involucrado mucha
destrucción, no sólo de previos marcos y poderes institucionales
(tales como la supuesta soberanía previa del Estado sobre los asuntos
políticos-económicos) sino también de divisiones laborales, de
relaciones sociales, provisiones de seguridad social, mezclas
tecnológicas, modos de vida, apego a la tierra, costumbres
sentimentales, formas de pensar, etc. Se justifica una cierta
evaluación de los aspectos positivos y negativos de esta revolución
neoliberal. En lo que sigue, por ello, esbozaré en algunos argumentos
preliminares cómo comprender y evaluar esta transformación en el modo
en el que trabaja el capitalismo global. Esto requiere que arrostremos
las fuerzas, intereses, y agentes subyacentes que han impulsado esta
revolución neoliberal con tan implacable intensidad.

Para usar la retórica neoliberal contra ella misma, podemos preguntar
razonablemente: ¿Qué intereses particulares llevan a que el Estado
adopte una posición neoliberal y en qué forma han utilizado esos
intereses el neoliberalismo para beneficiarse en lugar de beneficiar,
como pretenden, a todos, por doquier?

La "naturalización" del neoliberalismo

Para que algún sistema de pensamiento llegue a ser dominante, requiere
la articulación de conceptos fundamentales que se arraiguen tan
profundamente en entendimientos de sentido común que lleguen a ser
tomados por dados e indiscutibles. Para que esto suceda, no sirve
cualquier concepto viejo. Hay que construir un aparato conceptual que
atraiga casi naturalmente a nuestras intuiciones e instintos, a
nuestros valores y a nuestros deseos, así como a las posibilidades que
parecen ser inherentes al mundo social que habitamos. Los personajes
fundadores del pensamiento neoliberal tomaron por sacrosantos los
ideales políticos de la libertad individual – así como los valores
centrales de la civilización. Al hacerlo, eligieron sabiamente y bien,
porque son ciertamente conceptos convincentes y muy atractivos. Esos
valores fueron amenazados, arguyeron, no solo por el fascismo, las
dictaduras, y el comunismo, sino también por todas las formas de
intervención estatal que sustituyeron los juicios colectivos por los
de individuos dejados en libertad de elegir. Luego concluyeron que sin
"el poder diseminado y la iniciativa asociada con (la propiedad
privada y el mercado competitivo) es difícil imaginar una sociedad en
la que la libertad pueda ser preservada efectivamente."(1) Dejando de
lado la pregunta de si la parte final del argumento resulta
necesariamente de la primera, no puede caber duda de que los conceptos
de libertad individual son poderosos por sí mismos, incluso más allá
de aquellos terrenos en los que la tradición liberal ha tenido una
fuerte presencia histórica. Semejantes ideales dieron fuerza a los
movimientos disidentes en Europa Oriental y en la Unión Soviética
antes del fin de la guerra fría así como a los estudiantes en la plaza
Tiananmen. El movimiento estudiantil que recorrió el mundo en 1968 –
de París y Chicago a Bangkok y la Ciudad de México – fue animado en
parte por la búsqueda de más libertades de expresión y de decisión
individual. Esos ideales han demostrado una y otra vez que constituyen
una poderosa fuerza histórica por el cambio.

No es sorprendente, por lo tanto, que los llamados por la libertad
rodeen retóricamente a EE.UU. a cada vuelta y que pueblen todo tipo de
manifiestos políticos contemporáneos. Eso ha valido particularmente
para EE.UU. en los últimos años. En el primer aniversario de los
ataques conocidos ahora como 11-S, el presidente Bush escribió un
artículo editorial para el New York Times en el que extrajo ideas de
un documento de Estrategia Nacional de EE.UU. publicado poco después.

"Un mundo en paz de creciente libertad," escribió, incluso mientras su
gabinete se preparaba para lanza la guerra contra Iraq, "sirve a largo
plazo a los estadounidenses, refleja ideales perdurables y une a los
aliados de EE.UU." "La humanidad," concluyó, "tiene en sus manos la
oportunidad de ofrecer el triunfo de la libertad sobre sus enemigos de
siempre," y "EE.UU. abraza sus responsabilidades de dirigir en esta
gran misión." De modo aún más enfático, proclamó más adelante que "la
libertad es el regalo del Todopoderoso a cada hombre y mujer en este
mundo" y "como la mayor potencia del mundo [EE.UU. tiene] una
obligación de ayudar a la extensión de la libertad." (2) De modo que
cuando todas las demás razones para lanzarse a una guerra preventiva
contra Iraq resultaron ser falaces o por lo menos deficientes, el
gobierno de Bush apeló crecientemente a la idea de que la libertad
conferida a Iraq era intrínsicamente una justificación adecuada para
la guerra. ¿Pero qué clase de libertad estaba prevista en este caso,
ya que, como señaló seriamente hace mucho tiempo el crítico cultural
Matthew Arnold: "La libertad es un excelente caballo para cabalgar,
pero para cabalgar a alguna parte, (3) ¿Hacia qué destino, entonces,
se esperaba que el pueblo iraquí cabalgara sobre el caballo de la
libertad que le fue conferido de modo tan desinteresado por la fuerza
de las armas? La respuesta de EE.UU. fue dada el 19 de septiembre de
2003, cuando Paul Bremer, jefe de la Autoridad Provisional de la
Coalición , promulgó cuatro órdenes que incluían "la plena
privatización de empresas públicas, plenos derechos de propiedad de
empresas iraquíes para firmas extranjeras, repatriación total de los
beneficios extranjeros… la apertura de los bancos iraquíes al control
extranjero, el tratamiento nacional para compañías extranjeras y… la
eliminación de casi todas las barreras comerciales." (4) Las órdenes
debían ser aplicadas a todas las áreas de la economía, incluyendo a
los servicios públicos, los medios de información, la manufactura, los
servicios, los transportes, las finanzas, y la construcción. Sólo
exceptuaron el petróleo.

También fue instituido un sistema tributario regresivo favorecido por
los conservadores, llamado un impuesto de tipo único. El derecho de
huelga fue ilegalizado y los sindicados prohibidos en sectores clave.

Un miembro iraquí de la Autoridad Provisional de la Coalición protestó
contra la imposición forzada del "fundamentalismo de libre mercado,"
describiéndolo como "una lógica defectuosa que ignora la historia."
(5) Sin embargo, el gobierno iraquí interino nombrado a fines de junio
de 2004 no obtuvo ningún poder para cambiar o escribir nuevas leyes –
sólo pudo confirmar los decretos que ya habían sido promulgados.

Lo que evidentemente trataba de imponer EE.UU. a Iraq era un aparato
estatal neoliberal hecho y derecho cuya misión fundamental era y es
facilitar las condiciones para una acumulación rentable de capital
para todos, iraquíes y extranjeros por igual. Se esperaba, en breve,
que los iraquíes cabalgaran su caballo de la libertad directamente al
corral del neoliberalismo. Según la teoría neoliberal, los decretos de
Bremer son necesarios y suficientes para la creación de riqueza y por
lo tanto para el bienestar mejorado del pueblo iraquí.

Constituyen el fundamento apropiado para un adecuado estado de
derecho, la libertad individual, y el gobierno democrático. La
insurrección que siguió puede ser interpretada en parte como
resistencia iraquí a ser presionados hacia el abrazo del
fundamentalismo de libre mercado contra su libre voluntad. Es útil
recordar, sin embargo, que el primer gran experimento en la formación
de un Estado neoliberal fue Chile después del golpe de Augusto
Pinochet, casi exactamente treinta años antes de la promulgación de
los decretos de Bremer, en el "pequeño 11 de septiembre" de 1973. El
golpe, contra el gobierno socialdemócrata, democráticamente elegido e
izquierdista, de Salvador Allende, fue fuertemente respaldado por la
CIA y apoyado por el Secretario de Estado de EE.UU., Henry Kissinger.

Reprimió violentamente a todos los movimientos sociales y
organizaciones políticas a la izquierda del centro y desmanteló todas
las formas de organizaciones populares, como ser centros comunitarios
de salud en vecindarios pobres. El mercado laboral fue "liberado" de
restricciones reguladoras o institucionales – el poder sindical, por
ejemplo. Pero, en 1973, las políticas de sustitución de importación
que habían dominado anteriormente en los intentos latinoamericanos de
regeneración económica, y que habían tenido un cierto éxito en Brasil
después del golpe de 1964, se habían desprestigiado. Con la economía
mundial en medio de una seria recesión, se necesitaba evidentemente
algo nuevo. Un grupo de economistas de EE.UU. conocido como "los
Chicago boys," por su apego a las teorías neoliberales de Milton
Friedman, que entonces enseñaba en la Universidad de Chicago, fueron
llamados para ayudar a reconstruir la economía chilena. Lo hicieron
siguiendo líneas de libre mercado, privatizando activos públicos,
abriendo recursos naturales a la explotación privada, y facilitando
inversiones extranjeras directas y el libre comercio. Garantizaron el
derecho de las compañías extranjeras a repatriar beneficios de sus
operaciones chilenas. Favorecieron el crecimiento basado en las
exportaciones por sobre la sustitución de importaciones. La
subsiguiente reanimación de la economía chilena en términos de
crecimiento, acumulación de capital, y altas tasas de rentabilidad
para las inversiones extranjeras suministró evidencia sobre la cual se
pudo modelar las políticas neoliberales más abiertas tanto en Gran
Bretaña (bajo Thatcher) y EE.UU. (bajo Reagan). No fue por primera vez
en que un brutal experimento en destrucción creativa realizado en la
periferia se convirtió en modelo para la formulación de políticas en
el centro. (6) Que dos reestructuraciones obviamente similares del
aparato estatal hayan ocurrido en tiempos tan diferentes en partes
bastante diferentes del mundo bajo la influencia coercitiva de EE.UU.
podría ser tomado como indicativo de que el sombrío alcance del poder
imperial de EE.UU. podría encontrarse tras la rápida proliferación de
formas de Estado neoliberal en todo el mundo a partir de mediados de
los años setenta. Pero el poder y la temeridad de EE.UU. no
constituyen toda la historia. No fue, después de todo, EE.UU., quien
obligó a Margaret Thatcher a emprender el camino neoliberal en 1979. Y
a comienzos de los años ochenta, Thatcher fue una propugnadora mucho
más consecuente del neoliberalismo que lo que llegó alguna vez a ser
Reagan. Ni fue EE.UU. el que obligó a China en 1978 a seguir el camino
que con el tiempo la llevó a acercarse más y más al abrazo del
neoliberalismo.

Sería difícil atribuir los avances hacia el neoliberalismo en India y
Suecia en 1992 al alcance imperial de EE.UU. El disparejo desarrollo
geográfico del neoliberalismo en la escena mundial ha sido un proceso
muy complejo que involucró múltiples determinaciones y más que un poco
de caos y confusión. ¿Por qué, entonces, ocurrió el giro neoliberal, y
cuáles fueron las fuerzas que lo hicieron avanzar hasta el punto en
que ahora se ha convertido en un sistema hegemónico dentro del
capitalismo global? ¿A qué se debe el giro neoliberal? Hacia fines de
los años sesenta, el capitalismo global iba cayendo en una situación
caótica. Una recesión importante ocurrió a comienzos de 1973 – la
primera desde la gran crisis de los años treinta. El embargo del
petróleo y el aumento de los precios del crudo que sobrevinieron
posteriormente durante ese año después de la guerra árabe-israelí
exacerbaron problemas críticos. El capitalismo arraigado del período
de posguerra, con su fuerte énfasis en un pacto difícil entre el
capital y el trabajo realizado gracias a la mediación de un Estado
intervencionista que prestó mucha atención a lo social (es decir a los
programas de asistencia) y a los salarios individuales, ya no
funcionaba. El acuerdo de Bretton Woods establecido para regular el
comercio y las finanzas internacionales fue finalmente abandonado en
1973 a favor de tasas de cambio flotantes.

Ese sistema había producido altas tasas de crecimiento en los países
capitalistas avanzados y generado algunos beneficios indirectos – de
modo más obvio en Japón pero también diferentemente a través de
Sudamérica y algunos otros países del Sudeste Asiático – durante la
"edad dorada" del capitalismo en los años cincuenta y a comienzos de
los sesenta. Al llegar la década siguiente, sin embargo, los sistemas
previamente existentes estaban agotados y se necesitaba urgentemente
una nueva alternativa para reiniciar el proceso de la acumulación de
capital. (7) Cómo y por qué el neoliberalismo emergió victorioso como
respuesta a ese dilema es una historia compleja. En retrospectiva,
puede parecer como si el neoliberalismo hubiera sido inevitable, pero
en esos días nadie sabía o comprendía realmente con alguna certeza qué
clase de reacción daría resultados y cómo.

El mundo trastabilló hacia el neoliberalismo a través de una serie de
virajes y movimientos caóticos que terminaron por converger en el así
llamado "Consenso de Washington" en los años noventa. El disparejo
desarrollo geográfico del neoliberalismo, y su aplicación parcial y
asimétrica de un país a otro, testimonia de su carácter vacilante y de
las maneras complejas en las que fuerzas políticas, tradiciones
históricas, y configuraciones institucionales existentes influyeron
todas en por qué y cómo el proceso ocurrió realmente en el terreno.

Existe, sin embargo, un elemento dentro de esta transición que merece
una atención coordinada. La crisis de la acumulación de capital de los
años setenta afectó a todos a través de la combinación de creciente
desempleo e inflación acelerada. El descontento se generalizaba, y la
combinación de movimientos sociales laborales y urbanos en gran parte
del mundo capitalista avanzado auguraba una alternativa socialista
para el compromiso social entre capital y trabajo, que había cimentado
la acumulación de capital de un modo tan exitoso en el período de
posguerra. Los partidos comunistas y socialistas ganaban terreno en
gran parte de Europa, e incluso en EE.UU. las fuerzas populares
agitaban por amplias reformas e intervenciones estatales en todo,
desde la protección del entorno a la seguridad en el trabajo y la
salud y la protección del consumidor contra los abusos corporativos.
Esto representaba una clara amenaza política para las clases
gobernantes por doquier, tanto en los países capitalistas avanzados,
como Italia y Francia, así como en numerosos países en desarrollo,
como México y Argentina.

Más allá de los cambios políticos, la amenaza económica a la posición
de las clases gobernantes se hacía palpable. Una condición del acuerdo
de posguerra en casi todos los países fue la restricción del poder
económico de las clases altas y que el trabajo recibiera una parte
mucho mayor de la torta económica. En EE.UU., por ejemplo, la parte
del ingreso nacional recibida por el 1% superior de los asalariados
cayó de un máximo previo a la guerra de un 16% a menos de un 8% a
fines de la Segunda Guerra Mundial y se quedó cerca de ese nivel
durante casi tres décadas. Mientras el crecimiento era fuerte
semejantes limitaciones parecían carecer de importancia, pero cuando
el crecimiento se derrumbó en los años setenta, y las tasas de interés
pasaron a ser negativas y los dividendos y beneficios se redujeron,
las clases dirigentes se sintieron amenazadas. Tenían que actuar
decisivamente si querían proteger su poder contra la aniquilación
política y económica.

El golpe de estado en Chile y la toma del poder por los militares en
Argentina, fomentados y dirigidos internamente en ambos casos por las
elites dirigentes con apoyo de EE.UU., suministraron una especie de
solución. Pero el experimento chileno con el neoliberalismo demostró
que los beneficios de la acumulación de capital resucitada fueron
presentados de un modo altamente sesgado. Al país y a sus elites
dirigentes junto con los inversionistas extranjeros les fue bastante
bien mientras a la gente en general le iba mal. Con el pasar del
tiempo, esto ha sido un efecto tan persistente de las políticas
neoliberales como para que sea considerado como un componente
estructural de todo el proyecto. Dumenil y Levy han llegado a
argumentar que el neoliberalismo fue desde su propio comienzo un
esfuerzo por restaurar el poder de clase a las capas más ricas de la
población. Mostraron como desde mediados de los años ochenta, la parte
del 1% superior de los devengadores de ingresos en EE.UU. aumentó
rápidamente para llegar a un 15% a fines del siglo. Otros datos
muestran que el 0,1% superior de los devengadores de ingresos
aumentaron su parte del ingreso nacional de un 2% en 1978 a más de un
6% en 1999. Otra medida más muestra que la ratio de la compensación
media de trabajadores a los salarios de responsables ejecutivos
máximos aumentó de sólo un poco más de treinta a uno en 1970 a más de
cuatrocientos a uno en 2000. Es casi seguro que, con los recortes de
impuestos del gobierno de Bush, la concentración de ingresos y de
riqueza en los niveles superiores de la sociedad sigue su ritmo. (8) Y
EE.UU. no se encuentra solo: el 1% superior de los devengadores de
ingresos en Gran Bretaña duplicó su parte del ingreso nacional de un
6,5% a un 13% durante los últimos veinte años. Si miramos más lejos,
vemos extraordinarias concentraciones de riqueza y poder dentro de una
pequeña oligarquía después de la aplicación de la terapia de choque
neoliberal en Rusia y un aumento asombroso en las desigualdades de los
ingresos y de la riqueza en China al adoptar prácticas neoliberales.
Aunque hay excepciones a esta tendencia – varios países del este y del
sudeste de Asia han contenido las desigualdades en los ingresos dentro
de modestos límites, así como Francia y los países escandinavos – la
evidencia sugiere que el giro neoliberal se asocia de alguna manera y
en un cierto grado con intentos de restaurar o reconstruir el poder de
las clases altas.

Podemos, por lo tanto, examinar la historia del neoliberalismo sea
como un proyecto utopista que provee un patrón teórico para la
reorganización del capitalismo internacional o como un ardid político
que apunta a reestablecer las condiciones para la acumulación de
capital y la restauración del poder de clase. A continuación,
argumentaré que el último de estos objetivos es el que ha dominado.

El neoliberalismo no ha demostrado su efectividad en la revitalización
de la acumulación global de capital, pero ha logrado restaurar el
poder de clase. Como consecuencia, el utopismo teórico del argumento
neoliberal ha funcionado más como un sistema de justificación y
legitimación. Los principios del neoliberalismo son rápidamente
abandonados cada vez que entran en conflicto con el proyecto de clase.

El neoliberalismo no ha demostrado su efectividad en la revitalización
de la acumulación global de capital, pero ha logrado restaurar el
poder de clase

[sigue en 2 de 3]

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Néstor Gorojovsky
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