[R-P] [A. Franzoia] MEMORIA. SOBRE "NACIONALISTAS"

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Mie Abr 9 07:24:38 MDT 2008


[Reenvío este texto de Alberto Franzoia, al que hago un agregado que
tiende a corroborar sus planteos.

Franzoia pide en su nota, elaborada en 2007, que "recordemos a Alberto
Ottalagano o José López Rega y las  Tres A, cuyas actuaciones en el
gobierno peronista durante el período 1973-1976 resultaron funcionales
al enemigo, sin que esto signifique olvidar los tremendos errores
políticos del accionar militar de Montoneros (pero este no es el
objeto de estudio de nuestro trabajo)".

Sin entrar tampoco en un estudio detallado del rol cumplido por
Montoneros, no podemos olvidar que en su cúpula original había una
fortísima influencia de estas ideologías del "nacionalismo" de
derecha, con toda su carga de "paternalismo" y "sustitutismo" de la
acción autónoma e independiente de las masas... carga que facilitaría
enormemente el paso hacia la "militarización".

No se trata de acusaciones personales. No coincidimos con la corriente
de interpretación que -basándose en la evidente relación entre esa
cúpula original y el Ministerio del Interior de Onganía y ciertos
hechos no del todo claros que rodean la trayectoria del único
sobreviviente de esa cúpula- opina que Montoneros siempre fue un
agente de la contrarrevolución. Creemos que todo el proceso es
infinitamente más complejo y que el significado histórico de
Montoneros está lejos de agotarse cuando se dice que era la forma más
clara en que se expresó la "reacción de las clases medias a la
disolución de la Argentina británica".

Pero no podemos dejar de señalar, al menos y como punto de partida de
todo análisis serio del tema, que toda esa cúpula original -y por
cierto si hubo relaciones con el Ministro del Interior de Onganía
tienen que haber pasado por este meridiano- sostuvo fervorosamente los
puntos de vista básicos del "nacionalismo de derechas", como dice
Alberto Franzoia o, como mejor define (a mi gusto) nuestro suscriptor
Lizardo Sánchez, del "nacionalismo despoblado".

Y que semejante reconocimiento, en momentos en que a la Sociedad Rural
le brotan aliados "nacionalistas" y "trotskistas" en su lucha contra
el gobierno argentino, no deja de tener su importancia.

Más allá de este tema, el de Alberto es un aporte muy importante y
oportuno en momentos en que conviene ir aclarando de qué lado está
cada uno. Más allá de los indudables límites y errores del gobierno
actual, quien dude ante su defensa contra la trenza
oligárquico-mediática-imperialista se coloca del lado de la
antipatria. Lo haga en nombre de Francisco Franco o de León
Trotsky...]


MEMORIA. SOBRE "NACIONALISTAS"
Alberto Franzoia


Hace más de un año publiqué un artículo intentando desentrañar hasta
qué punto se puede sostener que el nacionalismo de derecha es
realmente nacional. Mi conclusión al respecto era que nunca lo fue y
probablemente nunca lo será. Algunos compañeros consideraron que ese
juicio era demasiado duro y cerraba todas las puertas para que este
sector filosófico y político se pudiera integrar al bloque
nacional-popular. Lamentablemente los acontecimientos que estamos
viviendo demuestran, una vez más, que la mayoría de esos
"nacionalistas" apuestan a la desestabilización del gobierno elegido
por el pueblo. O lo que es lo mismo, fortalecen con su prédica a la
oligarquía parasitaria (y aliada del imperialismo), la misma que mueve
los hilos del teatro de títeres que estamos observando para rechazar
los límites que el gobierno pretende imponerle a su comportamiento
especulativo. Me pareció por lo tanto muy conveniente  recordar que
fue lo que dije sobre estos grupos "nacionalistas", ya que si
consultamos lo que piensan ahora veremos que no es muy distinto a lo
que pensaron siempre, con las consecuencias por todos conocidas. Un
país y un mundo distintos sólo se pueden construir con memoria.

La Plata 8 de abril de 2008
Lic. Alberrto J. Franzoia



¿ES NACIONAL EL NACIONALISMO DE DERECHA?*
Lic. Alberto J. Franzoia

*Publicado en "Investigaciones Rodolfo Walsh" y en "Redacción Popular"
en marzo de 2007

Partiendo del esquema dicotómico formulado por Sarmiento, nuestra
sociedad fue dividida en civilización (todo lo vinculado con la
cultura "culta" de los países avanzados) y barbarie (la cultura
"atrasada" producida por los pueblos de América Latina); de allí que
todo intelectual que se preciara de tal obviamente debía adherir a los
preceptos rectores de la civilización. Como bien ha señalado
Jauretche, en la civilización se integraron intelectuales que
aparentemente expresaban ideologías contrapuestas, por ejemplo:
Martínez Estrada era la izquierda mientras Borges representaba la
derecha en la Argentina de mediados del siglo XX. Pero ambas
expresiones se manifestaban conjuntamente como élite cuando los
sectores populares (la barbarie) trataban de construir su camino de
liberación antiimperialista. Por supuesto, esta dicotomía no ha sido
superada, inclusive ha llegado a gestar en la actualidad adhesiones
grotescas, como la del intelectual "progresista" Juan José Sebreli al
político conservador Ricardo López Murphy en las elecciones
presidenciales de Argentina durante el año 2003. El común denominador
de estos comportamientos es la visión del intelectual como un ser
diferenciado de la masa por su racionalidad, talento, originalidad y
estudios, visión que expresa la versión más elitista (la peor versión
por lo tanto) del iluminismo europeo. En realidad, más allá de
diferencias ideológicas coyunturales, priva la identificación con las
ideas de la clase dominante, ya que estas dos vertientes que nutren a
la civilización ejercen una división del trabajo que se asienta en la
aceptación, confesada o no, del país como una semicolonia dirigida por
los que consideran que su status superior proviene exclusivamente de
sus talentos y estudios, nunca de un privilegio social. Un intelectual
de la izquierda civilizada e internacionalista podrá objetar esta
observación presentándose como un luchador revolucionario, sin
embargo, su práctica contraria a los movimientos populares gestados
por la realidad latinoamericana, a los que frecuentemente ha
identificado como expresiones populistas y bárbaras, ha contribuido
objetivamente al debilitamiento de dichos procesos favoreciendo
acciones contrarrevolucionarias. Es decir, más allá de sus intenciones
ha resultado funcional al imperialismo.

Así como la postura que ubica al intelectual en un lugar de privilegio
por su carácter de iluminado, ha servido a la consolidación de un
proyecto político anclado en una América Latina dependiente de los
sucesivos imperialismos anglosajones (primero británico y luego
estadounidense), no ha sido superior la perfomance de aquellos que han
recogido la herencia intelectual de otra corriente filosófica también
europea: la reacción romántico conservadora. Esta corriente surgió
para confrontar con los planteos iluministas (basados en la razón
crítica aplicada a la observación como soporte intelectual de la
revolución francesa) apoyándose en una reivindicación de la intuición,
la fe y una particular visión de las tradiciones. Si bien los
románticos produjeron obras importantes en el campo artístico, fueron
absolutamente irrelevantes para el desarrollo de un método científico
para estudiar la realidad, aunque algunos de sus conceptos filosóficos
fueron integrados por teorías sociológicas del orden como el
funcionalismo. Desde la perspectiva política favorecieron procesos
conservadores (antirrevolucionarios) o, en ocasiones, decididamente
reaccionarios (intentos de regreso al régimen aristocrático depuesto).
Trasplantada en Latinoamérica, esta concepción básicamente irracional
sirvió para descalificar la labor de los intelectuales "iluministas" a
quienes ha acusado sistemáticamente de ejercer una racionalidad
perversa, enemiga de la fe y la tradición. Si bien durante el período
transcurrido entre las dos guerras mundiales los herederos de la
tradición romántica (conservadora o reaccionaria) se manifestaron
mediante posturas tanto fascistas como nazis (que no han
desaparecido), la expresión más persistente se vincula con un
hispanismo de corte reaccionario, reivindicatorio de la España negra,
con nostalgias por los tiempos del general Franco y una defensa de los
aspectos más oscuros del catolicismo despojándolo de sus orígenes
populares. Desde ya estas expresiones del totalitarismo nunca
encontraron las condiciones socio-económicas necesarias (los
contenidos) para manifestarse como en Europa, por lo que el producto
final, consecuencia de la acción de sujetos que profesaban dichas
ideas (las formas) fue distinto al que se dio al otro lado del
atlántico. Debe quedar claro entonces que en América Latina ha sido
materialmente imposible el desarrollo de regímenes nazi-fascistas o
incluso franquistas, pero sí han existido individuos y grupos
identificados con dichas ideologías que terminaron gestando dictaduras
oligárquicas.

Mas allá de su identificación hispanista (siempre en tonalidad negra),
fascista o nazi, sin olvidar la influencia del nacionalismo francés de
Maurras, se suelen presentar como "nacionalistas"autóctonos y los une
una visión tan irracional como reaccionaria que identifica al
intelectual como un agente disgregador de la sociedad tradicional, ya
que todo proceso de secularización (desarrollo de procesos racionales)
es visto como una encarnación del mal. Se presentan como enemigos del
liberalismo y neoliberalismo, sin embargo, cada vez que los pueblos de
América Latina se radicalizan en sus posturas políticas, terminan
objetivamente aliados con la clase dominante (por lo tanto con el
liberalismo y neoliberalismo), pues su verdadero enemigo es el
nacionalismo democrático y las izquierdas nacionales de Latinoamérica
a los que identifican en silencio o a viva voz como desencadenantes
del fantasma comunista. En principio se manifiestan contrarios a los
"civilizadores" de la derecha liberal y de la izquierda
internacionalista, pero suelen ostentar una postura ante las masas tan
elitista como ellos, aunque interpretan que dicha condición emerge de
un "orden natural"y estático, ya que son adversarios del progreso
racional postulado por los liberales (tanto en su versión oligárquica
clásica como en su variante izquierdista). Ellos son por designio
divino la conducción natural de las masas; la presencia de éstas los
incomoda tanto como a uno de sus popes intelectuales, el menos español
de los españoles, José Ortega y Gasset, autor de "La rebelión de las
masas". Por eso Jauretche incluye en la superestructura cultural de la
Argentina "civilizada" una tercera variante que esta élite "natural"
olvida convenientemente: Julio Irazusta y su nacionalismo de derecha.

Ante las masas adoptan una postura "paternalista", pero desconfían
cuando ellas intentan caminos independientes que podrían llegar a
trascender los límites del sistema que las mantiene en condición de
dominadas. Los nacionalistas de los países capitalistas dominantes
manifiestan una ideología invariablemente expansiva como producto de
las condiciones materiales existentes allí (los contenidos), por lo
tanto su nacionalismo es siempre imperialista. En los países
dependientes exhiben su postura crítica en el campo de la historia
lejana y de la cultura, postulando la liberación respecto de los
colonizadores de turno a partir de la defensa de tradiciones
supuestamente atemporales (las formas), por lo que podría constituir
la plataforma para un nacionalismo defensivo. Pero como en el plano
económico resultan de una inconsistencia absoluta, porque nunca
concretaron una crítica seria de la infraestructura de América Latina
(sus contenidos), sus teorías desembocan en experiencias políticas
antinacionales, con una lamentable participación (siempre subordinada)
en gobiernos dictatoriales de corte liberal y neoliberal (como por
ejemplo en Argentina tanto durante la "revolución fusiladora" de 1955
como en el "proceso cívico-militar" que se dio entre 1976 y 1983). Por
otra parte hay que tener mucho cuidado con las frecuentes
simplificaciones de la realidad, porque si bien muchos nacionalistas
han militado y lo siguen haciendo en organizaciones críticas de los
movimientos populares de Latinoamérica, también pueden hacerlo en su
seno (como ha ocurrido con el peronismo). Cuando esto se da y no
asumen el carácter necesariamente democrático que debe tener todo
movimiento nacional y popular, no dejan de comportarse objetivamente
como nacionalistas de élite, participando en ellos no por
identificación con las masas, sino porque consideran a estos
movimientos como un freno para el avance del eterno fantasma
comunista. Tanto que si en determinadas condiciones históricas se
produce una radicalización política en el movimiento popular, entonces
actúan dentro de él como agentes de la coerción, apelando a la fuerza
(y no precisamente del "espíritu nacional" que dicen defender).
Recordemos a Alberto Ottalagano o José López Rega y las  Tres A, cuyas
actuaciones en el gobierno peronista durante el período 1973-1976
resultaron funcionales al enemigo, sin que esto signifique olvidar los
tremendos errores políticos del accionar militar de Montoneros (pero
este no es el objeto de estudio de nuestro trabajo). Ottalagano, ex
rector de la Universidad de Buenos Aires, decía aún en 1983:

"El fascismo es un sí a la vida, al pueblo, a la guerra, un sí a la
vida en sí".

En la década de los noventa los nacionalistas incorporan un nuevo
exponente del "pensamiento nacional", por supuesto, una vez más, el
pensador fetiche (pero nunca intelectual porque es una palabra
maldita, como tantas otras) resulta ser de origen europeo (como lo
fueron los primeros referentes de su formación intelectual: Franco,
Primo de Rivera, Maurras, Mussolini, Hitler y Ortega y Gasset), su
nombre y nacionalidad: Carl Schmitt, alemán. Resulta pertinente
destacar que la teoría de este exponente del derecho público fue un
referente esencial para los nazis. Sostiene el politólogo Hans Manfred
Bock:
"Ahora bien, en Alemania el desmantelamiento del Estado de derecho
parlamentario burgués se llevó a cabo de forma paradigmática al
iniciarse la serie de gabinetes presidencialistas, encabezadas por el
Brüning en marzo de 1930. Desde el punto de vista teórico, este Estado
de derecho ya fue puesto en entredicho y atacado anteriormente por uno
de los principales maestros del derecho público alemán: Carl Schmitt.
En unión de unos vulgares filósofos conservadores y antiburgueses como
Spengler, Span y Moeller van den Bruck, que pueden ser incluidos en
una tradición restauradora del pensamiento que se inició con el
romanticismo alemán, dicho pensamiento adquirió virulencia política en
la polémica entablada contra la democracia en general, tildada de
producto de importación y de dictado occidentaloide, extraño a la
mentalidad germana..." (1).

Obviamente Schmitt no era un revolucionario que pretendía superar el
estado de derecho burgués desde una concepción que favoreciera la real
participación popular, y obsérvese que en esta caracterización se cita
precisamente como antecedente a los románticos reaccionarios a los que
aludíamos al comenzar el análisis... En nuestro medio su pensamiento
ha sido reivindicado por "nacionalistas" de derecha como el ya
desaparecido Raúl Puigbó. Tampoco podemos olvidar al francés Julien
Freund, un intelectual muy considerado en la España franquista (al
igual que Carl Schmitt), enemigo de la filosofía de Rousseau, que se
definía a sí mismo como "un reaccionario de izquierda" (aunque quizá
le sobrara la última palabra) y es musa inspiradora de nuestro
conocido filósofo Alberto Buela. Es más, sería interesante que muchos
investigaran la obra de Freund para constatar hasta qué punto hay una
llamativa influencia en las producciones "originales" de nuestro
"filósofo gaucho".

Como se puede observar en esta breve recorrida,  el nacionalismo de
derecha está tan colonizado como aquella "civilización" a la que dice
combatir en nombre del "pensamiento nacional". A diferencia de los
exponentes de la izquierda nacional o latinoamericana (Hernández
Arregui, Spilimbergo, Ramos durante su etapa revolucionaria, Puiggrós,
Dos Santos, Galeano, González Casanova y tantos otros) que apartándose
de la izquierda liberal, han utilizado el método de los europeos Marx
y Engels para construir tanto una teoría concreta sobre nuestra
realidad como una práctica política popular a partir de las
especificidades de América Latina, el nacionalismo de derecha sólo ha
intentado trasplantar (desde las formas) la realidad de los países
europeos a nuestra tierra, con el objetivo de impedir todo avance
revolucionario. La descalificación en maza de los intelectuales
(extensiva a la totalidad de las capas medias instruidas a las que
tildan de progres y pequebu) se vincula con una identificación
teóricamente primitiva, mediante la cual se relaciona a todos ellos
tanto con un racionalismo enemigo de la fe, ajeno a los sectores
populares, como con la "civilización" colonizada de Sarmiento. El
concepto "intelectual" no está elaborado, se lo utiliza
arbitrariamente, de allí que los "intelectuales nacionalistas"
experimentan una negación patológica de su propia identidad,
presentándose como algo distinto a lo que realmente son. Podemos
encontrarnos por ejemplo, con el absurdo de historiadores, filósofos o
políticos nacionalistas sumergidos desde sus años de juventud en el
campo de las ideas (gente que no realizó trabajo manual en su vida),
que dicen no ser intelectuales y que además son tan elitistas como el
que más. Sin embargo, estas simplificaciones poco rigurosas
constituyen un grave error de conciencia y, además, demuestran una
mala lectura o directamente el desconocimiento de los verdaderos
pensadores nacionales como Jauretche. Precisamente él marcó una línea
para delimitar los terrenos, señalando la presencia de la
intelligentzia, y diferenciando a los pensadores nacionales de ese
"nacionalismo" mal entendido que cumple una función contraria a la
declamada. Es decir, las intenciones manifestadas nunca coinciden con
las consecuencias que objetivamente generan, ya que uno de los
principales déficit que manifiestan es su incomprensión de los
vínculos por un lado materialistas y por otro dialécticos entre las
ideas (las formas) y la infraestructura de una totalidad social (los
contenidos). Esta incomprensión es en muchos casos una objetiva
limitación de clase, ya que no pocos de los integrantes de grupos
nacionalistas de derecha provienen de la oligarquía o pertenecen a
sectores de las capas medias influenciadas por sus valores y
creencias. Por eso, sus aportes innegables en el campo
historiográfico, como bien lo ha señalado Hernández Arregui, nunca
pudieron completarse con una visión de mundo coherentemente nacional y
con una práctica política consecuente. Entonces, señala el mismo
autor:
"El verdadero promotor del nacionalismo de las masas terminó siendo
Perón mediante su obra defensiva de la economía nacional" (2).

Jauretche era indudablemente un intelectual, ubicado en las capas
medias de Argentina, que se dedicó básicamente a pensar, escribir y
hacer política. Nada de eso constituye una actividad manual, sin
embargo, su labor fue esencial para el desarrollo de la conciencia
nacional que, en un país dependiente, es la primera manifestación de
la conciencia de clase de los oprimidos. Como intelectual se
identificó con los intereses de los sectores populares enfrentando las
ideas de la clase dominante. Su definición de lo nacional era
inseparable de lo social, ya que una nación es mucho más que su
geografía y su historia más lejana. La nación está estrechamente
vinculada con la vida concreta de quienes la habitan en el presente, y
esto es claramente distinto a la adopción de posturas elitistas
(oligárquicas) escondidas tras el manto de una espiritualidad
atemporal que se eleva por sobre todas las clases sociales existentes.
Como intelectual fue inspirador del grupo FORJA (Fuerza de Orientación
Radical de la Joven Argentina), desarrollando ideas esenciales para la
conciencia nacional y popular, que constituyeron un puente entre el
yrigoyenismo y el peronismo. Más tarde se integró al movimiento
conducido por Perón, y cuando este cayó siguió luchando desde su
especialidad, la producción de ideas alternativas a las dominantes.
Desde ya no renegaba de su función ni de la cumplida por otros
intelectuales, compañeros de ruta (como H. Arregui). Por ese motivo
cuando se refería al intelectual colonizado, formado en ideas nuevas,
o muy viejas, provenientes invariablemente del mundo "civilizado",
entrecomillaba el concepto "intelectual" o utilizaba otro concepto de
origen ruso para referirse a ellos: intelligentzia. No fue un
socialista de izquierda nacional pero sí un nacionalista democrático,
es decir vinculado a las clases y sectores populares. Por eso la
diferencia fundamental y comprobable que tuvo con los otros
"nacionalistas" (porque esto no es cuestión sólo de opiniones sino de
datos), es que mientras los intelectuales como él estaban peleando
contra los golpistas en 1955 y después  del golpe fueron víctimas
junto a su pueblo de los dictadores de la "revolución fusiladora", el
nacionalismo antidemocrático de derecha trabajaba para los golpistas.

Se podría sostener que fue un error y todo nacionalista de derecha
tiene derecho a una nueva oportunidad. Pero no es así, ya que salvo en
casos individuales que festejamos, es una línea política y filosófica
grupal que se caracteriza por la inmovilidad de sus ideas. Éstas se
reiteran en cada nueva encrucijada que enfrenta nuestro país porque,
hasta la fecha, han resultado incapaces de incorporarse a los sectores
populares democratizando su nacionalismo de élites. Por eso en 1975
algunos apoyaban un golpe de Estado "nacionalista" contra Isabel con
el argumento de evitar el golpe liberal de 1976. Como si un golpe de
Estado se pudiera dar alegremente con las formas a las que alude
Gramsci pero sin los contenidos. Es decir, si uno realmente no está
con la oligarquía y el imperialismo tiene que establecer vínculos
orgánicos con los trabajadores y sus aliados, porque todo lo demás es
cartón pintado. Sin embargo, el nacionalismo de derecha no visualiza
(o no quiere explicitar en algunos casos) los vínculos, también muy
concretos, entre la oligarquía y el capital financiero internacional,
porque está socialmente condicionado por su pertenencia y/o posición
de clase. Esta cuestión, que resulta central para entender sus
prácticas políticas, llevó a muchos de esos nacionalistas a integrarse
finalmente en el "proceso de reorganización nacional", porque una vez
más consideraron que el enemigo número uno de la patria era el
comunismo. Algunos habían apoyado, o directamente integrado,  las TRES
A y luego pasaron a ser grupos de tarea o paramilitares a las órdenes
de los procesistas. Otros fueron ideólogos o, en el mejor de los
casos, dejaron hacer la tarea "sucia" pero "necesaria". Y como esta
historia de desatinos "nacionalistas" no tiene límites, ahora, cuando
entre los gozos y las sombras del gobierno de Néstor Kirchner" estamos
tratando de construir una alternativa nacional y popular, los
nacionalistas de derecha se ponen en un terreno que pretende ser
neutral. No están con Kirchner pero tampoco con la oposición De Macri,
Blumberg, López Murphy y Lilita Carrió. Es probable, pero me pregunto
¿a la luz de nuestra experiencia histórica, a quiénes puede favorecer
finalmente esta neutralidad?  Además, si en 1955, estando Perón como
presidente y líder lo combatieron porque "hizo enojar a los curas",
que podemos esperar ahora si las relaciones entre Kirchner y la cúpula
de la Iglesia se tensan aún más. Si no aprendemos de la historia la
reiteraremos como comedia hasta el hartazgo; y en esta farsa
reiterada, los nacionalistas de derecha, aquellos que fieles a su
situación o posición de clase renunciaron a establecer vínculos
orgánicos con los trabajadores, siempre estuvieron objetivamente
enfrentados con el bloque nacional y popular, inclusive cuando
actuaron dentro de él (para inmovilizarlo). Decía al respecto Jorge
Spilimbergo:
"El nacionalismo de las clases oligárquicas se manifiesta en la
Argentina desde las primeras décadas del siglo, no para emprender una
cruzada contra el imperialismo, sino como respuesta a la clase
trabajadora"(3).


La Plata, febrero de 2007

(1) Hans Manfred Bock, "El Fascismo", páginas 129 a 130, en
"Introducción a la ciencia política" de Wolfgang Abendroth y Kurt
Lenk. Editorial Anagrama

(2) Juan José Hernández Arregui, "La formación de la conciencia
nacional", página 280, Editorial Plus Ultra.

(3) Jorge Spilimbergo, "Nacionalismo oligárquico y nacionalismo
revolucionario", página 19, Editorial Amerindia





Lic. Alberto J. Franzoia


Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular