[R-P] [E. Lacolla] Una pereza histórica
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Lun Abr 7 08:05:53 MDT 2008
[Ninguneado por la prensa comercial y sin salidas entonces para sus
ideas, José Luis Torres se obligaba todos los días a escribir una
página entera de diario.]
Una pereza histórica
Por ENRIQUE LACOLLA
Argentina no termina de desprenderse de una mentalidad rentística que
ya ha vivido y que requiere ser superada, para asumir las dificultades
cada vez mayores que proyecta el presente.
La crisis generada por una amplia franja de los productores rurales
desnuda falencias de la sociedad argentina que no residen
estrictamente en la coyuntura actual, sino que engranan con una
historia basada en el parasitismo de la clase oligárquica y en el
contagio que padece una parte importante de las clases medias respecto
de psicología derivada de la comprensión del mundo que tienen los
patrones del cotarro agropecuario.
También pone de relieve el espíritu conspirativo que impregna a los
sectores que históricamente se han adueñado de la parte sustancial de
las rentas que brinda el país, empeñados en mantener un modelo de
dependencia para ellos suntuario, no importa cuáles sean los costos
que este imponga a la nación como conjunto.
La crisis desencadenada por las entidades agrarias, por último, pone
asimismo en evidencia una crisis de representación de parte del
Estado, que se ha ido vaciando, gradualmente, de fuerzas expresivas de
la voluntad popular y que sólo tímidamente se anima a propiciar
cambios que, en definitiva, atacan marginalmente el estado de cosas y
dejan librado al azar del derrame de la renta agraria diferencial, la
concreción de una activación industrial y de una reforma estructural
para las cuales no dispone, aparentemente, de ningún diseño ni de una
voluntad clara para articularlo. El cumplimiento de un programa de ese
carácter, sin embargo, es lo único que puede poner al país a la escala
de las naciones desarrolladas del mundo, permitiéndole cumplir el
papel que le corresponde en el marco del bloque regional sudamericano
que está diseñándose.
Escarceos con el golpe mediático
Pero entendámonos. Ante el lock out del campo propiciado por la
Sociedad Rural y las transnacionales, que utilizan como fuerza de
choque a los productores medianos y pequeños para instrumentar cortes
de ruta, practicando una extorsión que no ha reparado en estrangular a
las ciudades, no caben las medias tintas. Hay que estar en su contra
de manera categórica. Detrás de esta movida hay fuerzas que,
enfervorizadas por la falta de resistencia que creen detectar,
impulsan al medio pelo (y no sólo al porteño), fogoneándolo a través
de la televisión privada y el grueso de la prensa, en busca una
reversión de las políticas tibiamente populares del actual gobierno y
de un golpe institucional que derroque a la Presidenta o al menos la
condicione, devolviendo las riendas de la economía a los personajes
"fiables" que devastaron la Nación durante la orgía neoliberal que fue
de 1975 al 2002 y que se encuentran disponibles todavía.
Entendámonos. Estamos en presencia de un intento de golpe
institucional, manipulado por los medios de prensa privados, tanto
televisivos como impresos. Estos forman ya parte de un entramado de
poder vinculado al sistema de dependencia por lazos indisolubles, y
por estos días han hecho gala de una perversidad sólo comparable a la
obscenidad desplegada por los medios venezolanos en los diversos
envites, abiertamente golpistas, dirigidos contra Hugo Chávez.
La información que difundieron fue sesgada, dando una amplísima
extensión a los puntos de vista de las entidades ruralistas y de la
oposición, otorgando escasa cabida a las reflexiones en sentido
contrario y degradando el punto de vista oficial con comentarios y
esas muecas e inflexiones con que muchos comunicadores televisivos
editorializan sin decir una palabra. La subdivisión de la pantalla del
televisor en secciones que muestran en una parte un discurso de la
jefa del Estado, y por otra la reacción de los productores del campo,
es un recurso apenas legítimo. Lo que importa en ese momento es la
palabra de quien la tiene; los comentarios y los juicios pueden venir
después.
Pero se puede incluso consentir la difusión en directo de la palabra
presidencial y el gesto de quienes la escuchan desde la vereda del
frente, siempre y cuando se adecuen las proporciones. No es admisible
que la Presidenta aparezca en un recuadro pequeño en el costado
inferior de la pantalla, mientras el resto de la imagen esté dedicada
a quienes la escuchan a distancia y expresan su disconformidad con
gestos de mal humor o suficiencia. Se crea así una sensación de
unanimidad que está lejos de ser auténtica, pues no toma en cuenta al
humor de la enorme mayoría del público, que escucha el discurso desde
posiciones distantes de las cámaras de televisión o al que estas
evitan con cuidado.
Racismo
La televisión privada asimismo hizo hincapié, de una forma casi
impúdica, en esa suerte de rencor difuso que recorre a buena parte de
la clase media contra todo lo que huela a popular. Desde l955 quien
escribe no recordaba una exteriorización del racismo subyacente que
ciertos sectores nutren contra los "cabecitas negras", los "gronchos"
y los "crotos", apelativos que tenían amplia difusión en los días de
las ofensivas contra el primer peronismo. El término "croto", por
ejemplo, usado en estos días para definir a los camioneros liderados
por Hugo Moyano de parte de un productor agropecuario y escupido por
la televisión, me devolvió a la memoria el comentario estremecedor de
un refugiado argentino en Chile después del fracaso de la sangrienta
intentona terrorista del 16 de junio de 1955, afirmando que al
gobierno nacional no le quedaban fuerzas, pues "la guardia crota de
Perón había sido exterminada frente al Ministerio de Marina".
Esos gruñidos de odio elemental testimonian las limitaciones que ha de
enfrentar el país si no dispone, a nivel comunicacional, de los
canales que hagan posible una contrapropaganda que apunte a destruir
los lugares comunes que infectan nuestro conocimiento de la historia.
Nuestra sociedad requiere de debates, de debates abiertos y no
condicionados por una fementida libertad de prensa que no es, como
todos lo sabemos, sino libertad de empresa. No hay que confundir a
esta con la libertad de expresión, que supone, por el contrario, la
posibilidad de difundir ampliamente, en una palestra pública, no sólo
las propias convicciones sino también el análisis y la contraposición,
civilizados pero abiertos, de puntos de vista opuestos en torno de las
temas clave que han ido conformando el desarrollo –o mejor dicho el
subdesarrollo- de nuestro país.
La base agropecuaria sobre la que se fundó el crecimiento argentino
desde 1880 hasta 1930, aproximadamente, se logró a partir del
exterminio de las resistencias del interior y del predominio de Buenos
Aires. Fue parte de una evolución distorsionada y enferma,
estrechamente vinculada al capital británico, que engendró una
mentalidad parasitaria de la cual nuestra dirigencia no se ha
desprendido todavía. Esa concepción rentística de la vida argentina,
que funcionó durante muchas décadas, hizo crisis en ocasión de la
débacle de la economía mundial en 1929, pero duró lo suficiente como
que contagiar a buena parte de la opinión pública y pervive hoy en
sectores de las clases medias e inclusive de las menos favorecidas,
que no atinan a tomar distancia del discurso alienante con que se la
obsequia desde los medios de comunicación.
El primer peronismo intentó superar esa concepción, pero no terminó de
desprenderse de la predisposición a creer en el milagro de la
inagotable prodigalidad de nuestra geografía: la expresión "Dios es
argentino", quienquiera la haya acuñado, de alguna manera expresa esa
difusa convicción, así como lo hace la predisposición a aceptar la
conclusión de Helio Jaguaribe en el sentido de que "la Argentina está
condenada al éxito". Esa predisposición suele inducir a la renuncia a
la lucha por el poder de parte de las fuerzas de raigambre popular, en
la creencia de que, en uno u otro momento, las aguas volverán a correr
naturalmente por su curso. Esta fue, tal vez, la razón por la cual la
contrarrevolución de 1955 tuvo éxito.
Y bien, ni Dios es argentino ni la Argentina está condenada al éxito.
No nos cubre ningún aura divina ni estamos condenados al éxito ni al
desastre, sino que, parafraseando al general San Martín, seremos lo
que sepamos ser. Para eso hacen falta capacidad de contraposición
dialéctica y capacidad para intelegir cuáles han sido los vectores
sobre los que se organizó nuestra nacionalidad, cuáles fueron los
esfuerzos que intentaron modificar los parámetros a los que nos había
condenado el parasitismo oligárquico y que se encuadraron dentro del
reformismo capitalista de factura bonapartista del primer peronismo
que, en las condiciones de la Argentina, equivalía a una revolución
social, y cuáles son las opciones cuando, en un mundo donde la
contrarrevolución neoliberal campea por sus fueros, un gobierno de
orientación tibiamente nacional y latinoamericana se enfrenta al
bloque reaccionario que nos empuja a la fijación en los viejos moldes,
doblemente opresores porque ya no existe el espacio que consentía la
relación privilegiada con las potencias imperiales.
A la concentración salvaje de la ganancia, para la cual nada es
suficiente, hay que contraponer la decisión del pueblo en pro de una
redistribución de esta. Pero para que este y otros desarrollos tengan
lugar, hace falta, no tanto un empresariado industrial que es nacional
sólo de palabra, vacilante e incapaz de entender dónde están sus
propios intereses, sino un Estado fuerte, provisto de cuadros
permanentes, habilitados con competencias intelectuales específicas,
que sea capaz de elaborar y mantener a través del tiempo unas
políticas de desarrollo fundadas en la comprensión de nuestra
proyección geopolítica. Sólo la movilización de los estratos
intelectuales y el apoyo del pueblo podrán dar sostén a ese proyecto.
Para ello se hará necesario que estos sean atraídos y apoyados por un
gobierno responsable y desasido de toda corrupción estructural.
No será fácil redondear este círculo virtuoso, pero esta es la única
forma que tenemos para blindarnos contra los ataques que se avecinan
en un mundo convulso y que requiere de una fuerte regionalización
latinoamericana para enfrentarlos.
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Néstor Gorojovsky
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