[R-P] Ag.de Reflexion Nº 431 - Discurso fúnebre ( O recordar a nuestros heroes)
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Mie Abr 2 17:14:46 MDT 2008
Agenda de Rflexion Nº 431 - Discurso fúnebre
Gentileza de alejandro Pandra
Ningún pueblo puede existir sin girar la vista atrás,
sin dialogar con sus muertos, sin inspirarse en sus
grandezas y apartarse de sus miserias, sin reelaborar
sus afanes y tener presente sus viejos sueños para
poder seguir soñando nuevos. Sin saberse, en suma,
parte integrante de esa noble continuidad temporal que
se llama patria y que, en la espera de la Patria
celeste, hoy y aquí nos hace sentir menos solos, menos
esclavos de la muerte, menos abocados a la nada.
Por eso también, ninguna nación se ha hecho grande sin
honrar a sus muertos en los campos de batalla.
Hoy lo haremos con nuestros gloriosos héroes caídos en
Malvinas, a través de uno de los elogios fúnebres más
famosos de la historia y más brillantes de la
literatura de todos los tiempos.
Escrito hace nada menos que veinticinco siglos pero de
una actualidad conmovedora que muestra la vigencia
perenne de las leyes de la naturaleza humana, con
pocas palabras, frases densas, cargadas de sentido,
altivas, sutiles, Tucídides –el exiliado historiador
sofístico ateniense de la guerra del Peloponeso
(460-396 antes de Cristo)- relata magistralmente el
Discurso fúnebre de Pericles (Libro II, 35-46). El
recuerdo de los soldados muertos en el campo de
batalla se une y entrelaza al elogio de los ideales de
un Estado por los que los combatientes dieron su vida.
Poco después que Confucio fundara una civilización en
Catay, Buda otra en las llanuras del Ganges y Darío el
Grande y Jerjes, bajo la inspiración de Zoroastro,
expandieran el imperio persa a oriente y poniente, una
terrible guerra conmocionó a Grecia. Se dice que fue
la primera guerra mundial de occidente y se desarrolló
entre la liga Peloponesia liderada por Esparta (una
potencia tradicional, enemiga de aventuras y
novedades, lenta y reacia a ponerse en movimiento pero
difícil de detener cuando se ha decidido a actuar) y
la liga Delo-Atica presidida por Atenas (de gran
espíritu emprendedor y afán imperialista,
manteniéndose constantemente en acción).
El texto y alguno de los comentarios entre corchetes
son de magnífica edición de la Biblioteca Básica
Gredos, Madrid, 2000.
La Agenda de Reflexión invita a que hoy 2 de abril –y
a modo de personal homenaje a los caídos en nuestras
tierras y mares australes-, lean en voz alta el texto
que sigue, mientras piensan en éstos y contemplan la
gesta.
Entre los griegos existía la costumbre ancestral de
quemar los cuerpos de los caídos y sepultar sus restos
en el mismo campo de batalla. Así había ocurrido en
las Termópilas, en Salamina y en Platea. Pero
oficialmente, una vez por año, se celebraba en las
ciudades la ceremonia fúnebre: se levantaba una gran
tienda y se exponían los huesos desenterrados de los
difuntos, se les llevaba ofrendas, perfumes y flores,
cada tribu transportaba los suyos en un féretro de
ciprés (árbol consagrado a los muertos desde tiempo
inmemorial) seguido de una litera vacía en honor de
los desaparecidos que no habían podido ser hallados, y
se depositaban en el sepulcro público situado en el
más bello arrabal. Después de cubiertos de tierra, un
orador designado por la ciudad en virtud de su
inteligencia y reputación pronunciaba en su honor un
elogio.
En el primer invierno (431-430 aC) de la guerra del
Peloponeso, Atenas designó al gran Pericles. Cuando
llegó el momento, dejando el sepulcro, avanzó hacia
una elevada tribuna levantada para que pudiese ser
oído por la muchedumbre, y habló del modo siguiente,
según el relato de Tucídides:
La mayor parte de quienes han tomado aquí la palabra
en otras ocasiones han elogiado a quien introdujo este
discurso en la ceremonia tradicional [para Plutarco,
se trataría de Solón]; según ellos resulta oportuno
pronunciarlo en las honras fúnebres de los que han
caído en la guerra. En mi opinión, sin embargo, sería
suficiente que a hombres cuyo valor se ha manifestado
en actos, también se les tributaran los honores
mediante actos, tal como hoy mismo estáis presenciando
en estos funerales dispuestos por el Estado; así el
crédito de los méritos de muchos no peligraría al
depender de las palabras más o menos elocuentes de uno
solo [oposición retórica clásica: palabra frente a
acción]. Es difícil, en efecto, pronunciar las
palabras adecuadas en un momento en que la valoración
de la realidad apenas se establece con seguridad: el
oyente que conoce bien los hechos y está bien
dispuesto [hacia los muertos] pensará posiblemente que
la exposición queda por debajo de sus deseos y de su
conocimiento de la realidad; por el contrario, el que
no los conoce por propia experiencia, si oye algún
elogio que esté por encima de sus propias fuerzas,
creerá, por envidia, que son exageraciones. Porque los
elogios que se pronuncian acerca de otros sólo
resultan tolerables en la medida que cada uno cree que
él mismo es capaz de realizar las mismas acciones que
oye elogiar; pero ante lo que va más allá, los hombres
enseguida sienten envidia y no lo creen. En fin,
puesto que los antiguos aprobaron que esto fuera así,
es preciso que yo, siguiendo la costumbre, trate de
acertar en la medida de lo posible con el deseo y la
opinión de cada uno de vosotros.
Comenzaré, ante todo, por nuestros antepasados. Es
justo a la vez que adecuado en una ocasión como ésta
tributarles el homenaje del recuerdo. Ellos habitaron
siempre esta tierra [los atenienses se consideraban
autóctonos, lo que constituía para ellos un motivo de
orgullo] y, en el sucederse de las generaciones, nos
la han transmitido libre hasta nuestros días gracias a
su valor. Y si ellos son dignos de elogio, todavía lo
son más nuestros padres [la generación de las Guerras
Médicas, del 490 al 465 aC, cuando se fundó el imperio
ateniense], pues al legado que habían recibido
consiguieron añadir, no sin esfuerzo, el imperio que
poseemos, dejándonos así a nuestra generación una
herencia incrementada. Nosotros, en fin, los hombres
que ahora mismo aún estamos en plena madurez [la
generación de Pericles, por entonces de unos 60 años,
fue la que consolidó el imperio], hemos incrementado
todavía más la potencia de este imperio y hemos
preparado nuestra ciudad en todos los aspectos, tanto
para la guerra como para la paz, de forma que sea
completamente autosuficiente. Respecto a todo eso,
pasaré por alto las gestas militares que nos han
permitido adquirir cada uno de nuestros dominios, o
las ocasiones en que nosotros o nuestros padres hemos
rechazado con ardor al enemigo, bárbaro o griego, en
sus ataques. No quiero extenderme ante un auditorio
perfectamente enterado. Explicaré, en cambio, antes de
pasar al elogio de nuestros muertos, qué principios
nos condujeron a esta situación de poder, y con qué
régimen político y gracias a qué modos de
comportamiento este poder se ha hecho grande.
Considero que en este momento no será inadecuado
hablar de este asunto, y que es conveniente que toda
esta muchedumbre de ciudadanos y extranjeros lo
escuche.
Tenemos un régimen político que no emula las leyes de
otros pueblos, y más que imitadores de los demás,
somos un modelo a seguir. Su nombre, debido a que el
gobierno no depende de unos pocos sino de la mayoría,
es democracia. En lo que concierne a los asuntos
privados, la igualdad, conforme a nuestras leyes,
alcanza a todo el mundo, mientras que en la elección
de los cargos públicos no anteponemos las razones de
clase al mérito personal, conforme al prestigio de que
goza cada ciudadano en su actividad; y tampoco nadie,
en razón de su pobreza, encuentra obstáculos debido a
la oscuridad de su condición social si está en
condiciones de prestar un servicio a la ciudad. En
nuestras relaciones con el Estado vivimos como
ciudadanos libres y, del mismo modo, en lo tocante a
las mutuas sospechas propias del trato cotidiano,
nosotros no sentimos irritación contra nuestro vecino
si hace algo que le gusta y no le dirigimos miradas de
reproche, que no suponen un perjuicio pero resultan
dolorosas [se refiere a esas humillaciones que no
suponen un castigo, pero duelen]. Si en nuestras
relaciones privadas evitamos molestarnos, en la vida
pública un respetuoso temor es la principal causa de
que no cometamos infracciones, porque prestamos
obediencia a quienes se suceden en el gobierno y a las
leyes, y principalmente a las que están establecidas
para ayudar a los que sufren injusticias [un conocido
principio ateniense, según Aristóteles uno de los
elementos más democráticos de la legislación de Solón;
principio adoptado por Platón en La República] y a las
que, aún sin estar escritas, acarrean a quien las
infringe una vergüenza por todos reconocida [el
respeto a esas leyes naturales evidencia el sentido
moral de un pueblo].
Por otra parte, como alivio de nuestras fatigas, hemos
procurado a nuestro espíritu muchísimos
esparcimientos. Tenemos juegos y fiestas durante todo
el año, y casas privadas con espléndidas
instalaciones, cuyo goce cotidiano aleja la tristeza.
Y gracias a la importancia de nuestra ciudad todo tipo
de productos de toda la Tierra son importados, con lo
que el disfrute con que gozamos de nuestros propios
productos no nos resulta más familiar que el obtenido
con los de otros pueblos.
En el sistema para prepararnos para la guerra también
nos distinguimos de nuestros adversarios [Esparta] en
estos aspectos: nuestra ciudad está abierta a todo el
mundo, y en ningún caso recurrimos a las expulsiones
de extranjeros para impedir que se llegue a una
información u observación de algo que, de no
mantenerse en secreto, podría resultar útil al enemigo
que lo descubriera. Esto es así porque no confiamos
tanto en los preparativos y estratagemas como en el
valor que sale de nosotros mismos en el momento de
entrar en acción. Y en lo que se refiere a los métodos
de educación, mientras que ellos, desde muy jóvenes,
tratan de alcanzar la fortaleza viril mediante un
penoso entrenamiento, nosotros, a pesar de nuestro
estilo de vida más relajado, no nos enfrentamos con
menos valor a peligros equivalentes. He aquí una
prueba: los lacedemonios no emprenden sus expediciones
contra nuestro territorio sólo con sus propias
fuerzas, sino con todos sus aliados; nosotros, en
cambio, marchamos solos contra el país de otros y, a
pesar de combatir en tierra extranjera contra gentes
que luchan por su patria, de ordinario nos imponemos
sin dificultad. Ningún enemigo se ha encontrado
todavía con todas nuestras fuerzas unidas, por
coincidir nuestra dedicación a la flota con el envío
por tierra de nuestras tropas en numerosas misiones;
ellos, sin embargo, si llegan a trabar combate con una
parte, en caso de conseguir superar a algunos de los
nuestros, se jactan de habernos rechazado a todos, y,
si son vencidos dicen que han sido derrotados por el
conjunto de nuestras fuerzas. Pero, en definitiva, si
nosotros estamos dispuestos a afrontar los peligros
con despreocupación [cualidad considerada positiva
aquí, pero que luego Demóstenes denunció como un grave
defecto del carácter ateniense -¿y tal vez del
argentino?-] más que con un penoso adiestramiento, y
con un valor que no procede tanto de las leyes como de
la propia naturaleza, obtenemos un resultado
favorable: nosotros no nos afligimos antes de tiempo
por la penalidades futuras y, llegado el momento, no
nos mostramos menos audaces que los que andan
continuamente atormentándose; y nuestra ciudad es
digna de admiración en estos y en otros aspectos.
Amamos la belleza con sencillez [aunque el gusto de la
época de Pericles, con los mármoles, oro y marfiles de
la Acrópolis, por ejemplo, no parecen precisamente
humildes o “sencillos”] y el saber sin relajación. Nos
servimos de la riqueza más como oportunidad para la
acción que como pretexto para la vanagloria [acá
deberíamos avergonzarnos los modernos, todos], y entre
nosotros no es un motivo de vergüenza para nadie
reconocer su pobreza, sino que lo es más bien no hacer
nada por evitarla. Las mismas personas pueden dedicar
a la vez su atención a sus asuntos particulares y a
los públicos, y gentes que se dedican a diversas
actividades tienen suficiente criterio respecto a los
asuntos públicos [el derecho a la participación
política]. Somos, en efecto, los únicos que a quien no
toma parte en estos asuntos lo consideramos no un
despreocupado, sino un inútil; y nosotros en persona
cuando menos damos nuestros juicios sobre los asuntos,
o los estudiamos puntualmente, porque, en nuestra
opinión, no son las palabras [en contraste con la
escasa afición espartana a los discursos] lo que
supone un perjuicio para la acción [desde el mismo
Homero la unidad de palabra y acción era para los
griegos un objetivo digno de los mayores afanes].
También nos distinguimos en cuanto a que somos
extraordinariamente audaces a la vez que hacemos
nuestros cálculos sobre las acciones que vamos a
emprender, mientras que a los otros la ignorancia les
da coraje, y el cálculo, indecisión. Y es justo que
sean considerados los más fuertes de espíritu quienes,
aun conociendo perfectamente las penalidades y los
placeres, no por esto se apartan de los peligros.
También en lo relativo a la generosidad somos
distintos de la mayoría, pues nos ganamos los amigos
no recibiendo favores, sino haciéndolos. Y quien ha
hecho el favor está en mejores condiciones para
conservar vivo, mediante muestras de benevolencia
hacia aquel a quien concedió el favor, el
agradecimiento que se le debe. El que lo debe, en
cambio, se muestra más apagado, porque sabe que
devuelve el favor no con miras a un agradecimiento
sino para pagar una deuda. Somos los únicos, además,
que prestamos nuestra ayuda confiadamente, no tanto
por efectuar un cálculo de la conveniencia como por la
confianza que nace de la libertad.
Resumiendo, afirmo que nuestra ciudad es, en su
conjunto, un ejemplo para Grecia, y que cada uno de
nuestros ciudadanos individualmente puede, en mi
opinión, hacer gala de una personalidad
suficientemente capacitada para dedicarse a las más
diversas formas de actividad con una gracia y
habilidad extraordinarias. Y que esto no es alarde de
palabras inspirado por el momento, sino la verdad de
los hechos, lo indica el mismo poder de la ciudad,
poder que hemos obtenido gracias a estas
particularidades que he mencionado. Porque, entre las
ciudades actuales, nuestra es la única que, puesta a
prueba, se muestra superior a su fama, y la única que
no suscita indignación en el enemigo que la ataca,
cuando éste considera las cualidades de quienes son
causa de sus males, ni, en sus súbditos, el reproche
de ser gobernados por hombres indignos. Y dado que
mostramos nuestro poder con pruebas importantes, y sin
que nos falten los testigos, seremos admirados por
nuestros contemporáneos y por las generaciones
futuras, y no tendremos ninguna necesidad de un Homero
que nos haga el elogio ni de ningún poeta que deleite
de momento con sus versos, aunque la verdad de los
hechos destruya sus suposiciones sobre los mismos; nos
bastará con haber obligado a todo el mar y a toda la
Tierra a ser accesibles a nuestra audacia, y con haber
dejado por todas partes monumentos eternos en recuerdo
de males y bienes [fracasos y éxitos, ya que los
primeros también pueden ser gloriosos, como por
ejemplo, la expedición ateniense a Egipto, la propia
guerra del Peloponeso y, ¿por qué no?, ¡la guerra
argentina por Malvinas!]. Tal es, pues, la ciudad por
la que estos hombres han luchado y han muerto,
oponiéndose noblemente a que les fuera arrebatada, y
es natural que todos los que quedamos estemos
dispuestos a sufrir por ella [Después de exaltar las
excelencias de Atenas, tras este magnífico canto a los
ideales de su patria, pasa al elogio de los que han
muerto por ella].
Por esto precisamente me extendido en lo relativo a la
ciudad, a fin de haceros entender que la lucha no
tiene el mismo significado para nosotros y para
aquellos que no disfrutan de ventajas similares a las
nuestras y, al mismo tiempo, a fin de esclarecer con
pruebas el elogio de aquellos en cuyo honor estoy
ahora hablando. Así pues, lo principal de este elogio
ya está dicho, dado que las excelencias por las que he
ensalzado nuestra ciudad son el ornamento que le han
procurado lasa virtudes de estos hombres y de otros
hombres como ellos; y no son muchos los griegos, como
es el caso de éstos, cuya alabanza pudiera encontrar
correspondencia en sus obras. Me parece, asimismo, que
el fin que éstos han tenido es una demostración del
valor de un hombre, bien como primer indicio, bien
como confirmación final. Porque incluso en el caso de
aquellos que fueron inferiores en otros aspectos es
justo que se anteponga su bravura en la guerra
luchando en defensa de su patria, pues borraron el mal
con el bien y el servicio que prestaron en beneficio
público compensó sobradamente los perjuicios
ocasionados por su actuación privada. Ninguno de estos
hombres se acobardó prefiriendo seguir con el goce de
sus riquezas ni trató de aplazar el peligro con la
esperanza de su pobreza, de que conseguiría librarse
de ella y se haría rico. Al contrario, considerando
más deseable el castigo al adversario que aquellos
bienes, y creyendo además que aquél era el más hermoso
de todos los peligros, decidieron, haciéndole frente,
castigar a los enemigos y seguir aspirando a los
bienes, fiando a la esperanza lo incierto del éxito,
pero juzgando preferible de hecho, ante la inminencia
del peligro, confiar en sí mismos; y llegado el
momento, pensaron que era más hermoso resistir hasta
la muerte que ceder para salvar la vida; evitaron así
la vergüenza del reproche, afrontaron la acción a
costa de su vida, y en un instante determinado por el
destino, en un momento culminante de gloria, que no de
miedo, nos dejaron [El color poético y el tono
patético de todo el párrafo concluyen con este
expresivo final].
Así es como estos hombres se mostraron dignos de
nuestra ciudad; y es menester que los que quedan hagan
votos por tener frente al enemigo una disposición que
apunte a un destino más seguro sin consentir por ello
ninguna pérdida de audacia. No debéis considerar la
utilidad de esta actitud –sobre la que cabrían largas
explicaciones que vosotros ya conocéis- sólo a través
de las palabras de un orador que exponga todos los
beneficios que derivan de defenderse contra el
enemigo; debéis contemplar, en cambio, el poder de la
ciudad en la realidad de cada día y convertiros en sus
amantes [o sea, el amor a la patria conectado a la
realidad de cada día], y cuando os parezca que es
grande, debéis pensar que quienes consiguieron este
poder eran hombres audaces y conocedores de su deber,
que en sus acciones se comportaban con honor y que, si
alguna vez fracasaban en algún intento, no querían por
ello privar a la ciudad de su valor, sino que le
ofrecían la contribución más hermosa. Daban su vida
por la comunidad recibiendo a cambio cada uno de ellos
particularmente el elogio que no envejece y la tumba
más insigne, que no es aquella en que yacen, sino
aquella en que su gloria sobrevive para siempre en el
recuerdo, en cualquier tiempo en que surja la ocasión
para recordarlos tanto de palabra como de obra. Porque
la Tierra entera es la tumba de los hombres ilustres,
y no sólo en su patria existe la indicación de la
inscripción grabada en las estelas, sino que incluso
en tierra extraña pervive en cada persona un recuerdo
no escrito, un recuerdo que está más en los
sentimientos que en la realidad de una tumba. Tratad,
pues, de emular a esos hombres, y estimando que la
felicidad se basa en la libertad y la libertad en el
coraje, no miréis con inquietud los peligros de la
guerra. No son, en efecto, los desgraciados, para
quienes no existe la esperanza de bien alguno, los que
pueden despreciar la vida con más razón, sino aquellos
que, al seguir viniendo, corren el riesgo de un cambio
de fortuna desfavorable y para quienes, en caso de
fracaso, las diferencias son enormes. Porque para un
hombre con pundonor la degradación que acompaña a la
miseria resulta más dolorosa que una muerte que
sobreviene sin ser sentida en la plenitud de su vigor
y de la esperanza colectiva.
Esta es la razón por la que ahora no me voy a dirigir
a los padres de estos hombres, que asistís a este
acto, con lamentaciones de compasión, sino con
palabras de consuelo. Sabido es que la vida se va
haciendo a través de vicisitudes de distinto signo, y
la dicha es de quienes alcanzan la mayor nobleza con
su muerte, como éstos ahora, y con su dolor, como es
vuestro caso, y de aquellos cuya vida fue medida para
que la felicidad y el fin de sus días coincidieran [un
conocido pensamiento griego presente en Sófocles,
Eurípides y Herodoto]. Me doy perfecta cuenta de que
es difícil convenceros tratándose de vuestros hijos
cuyo recuerdo os vendrá con frecuencia cuando asistáis
a los momentos de dicha de los otros, momentos
dichosos con los que también vosotros os regocijabais
un día; y el dolor no procede de los bienes de los que
uno se ve privado sin haberlos experimentado, sino de
aquel del que uno ha sido poseído una vez habituado a
él. Pero es preciso ser fuertes, siquiera por la
esperanza de tener otros hijos, los que todavía estáis
en edad de engendrarlos; en la vida privada los hijos
que vendrán serán para algunos un motivo de olvido de
los que ya no están con nosotros, y la ciudad saldrá
beneficiada por dos razones: no perderá población y
ganará en seguridad. Porque no es posible que tomen
decisiones justas y equitativas quienes no afrontan el
peligro exponiendo también a sus propios hijos, igual
que los demás. Y cuando ya habéis pasado la edad,
considerad como una ganancia el hecho de haber sido
dichosos durante la mayor parte de vuestra vida,
pensad que la parte que os queda será breve [triste
consuelo], y consolaos con el renombre de estos
muertos. El amor a la gloria es, en efecto, lo único
que no envejece, y en la época improductiva de la vida
lo que da mayor satisfacción no son las ganancias,
como dicen algunos, sino los honores.
Y para vosotros, hijos o hermanos de estos caídos que
os encontráis aquí, veo que la lucha para estar a su
altura será ardua, porque todo el mundo tiene la
costumbre de elogiar a quien ya no existe, y aun en el
colmo del valor, difícilmente se os considerará no ya
iguales, sino un poco por debajo de ellos. La envidia
de los vivos, en efecto, se enfrenta a lo que se les
opone, pero lo que no les supone ningún obstáculo es
respetado con una benevolencia sin oposición. Y es
necesario que me refiera a la virtud femenina, a
propósito de las que ahora vivirán en la viudez, lo
expresaré todo con un breve consejo: si no os mostráis
inferiores a vuestra naturaleza, vuestra reputación
será grande, y será grande la de aquella cuyas
virtudes o defectos anden lo menos posible en boca de
los hombres [Se ha señalado la frialdad del consuelo a
los familiares de los caídos en contraste con el calor
de las palabras pronunciadas acerca de la grandeza de
Atenas y los ideales de su ciudadanía. En todo caso
estaría de acuerdo con las noticias que tenemos del
carácter de Pericles].
He expuesto, pues, con mis palabras todo lo que, de
acuerdo con la costumbre, tenía por conveniente; en
cuanto a los hechos, por lo que respecta a los hombres
a los que damos sepultura, ya han recibido los honores
funerarios, y por lo que respecta a sus hijos, de
ahora en adelante la ciudad los mantendrá a expensas
públicas [los hijos de los combatientes muertos eran
educados por el Estado hasta los 16 años] hasta la
adolescencia, ofreciendo así una útil corona, en
premio de tales juegos [metáfora tomada de los
concursos atléticos], a los muertos y a los que
quedan; pues las ciudades donde están establecidos los
mayores premios al valor son también aquellas donde
viven los mejores ciudadanos. Ahora, en fin, después
de cumplir las lamentaciones en honor de los parientes
respectivos, retiraos.
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