[R-P] [CUPV] Lo que dijo Rudolf Hommes - William Ospina
Patricia
desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Dom Sep 30 09:29:36 MDT 2007
LO QUE DIJO RUDOLF HOMMES
William Ospina
Colombia es un país cuya clase dirigente parece
decidida a eternizarse en el inmovilismo, en la
repetición de un esquema tedioso de injusticia y
barbarie.
Pero a veces uno tiene la sensación de que algo está a
punto de ocurrir, de que otras maneras de pensar y
actuar están a punto de nacer. A veces algún sector de
nuestra dirigencia desespera de la miopía general y
alcanza a avizorar en el horizonte ese otro país que
Colombia podría ser con un poco de audacia, de
inteligencia y de sentido práctico. Esa es la
sensación que produce, por ejemplo, leer la columna
que el ex ministro y ex asesor del actual gobierno
Rudolf Hommes escribió la semana pasada en el diario
El Tiempo, y a la que llamó, recordando a Dickens:
“Una historia de dos ciudades”.
La columna comienza con la comparación entre dos
países que antes fueron uno solo, Colombia y Panamá, y
señala la asombrosa situación de que mientras Panamá
invierte sus recursos en la ampliación del Canal
Interoceánico, y en garantizar con ello la prosperidad
futura de su pueblo, Colombia destina un presupuesto
idéntico a la persistencia de una guerra interna que
no tiene la menor perspectiva de resolverse por la vía
militar.
Estoy lejos de pensar que el ex ministro Hommes
encarne de un modo pleno a la clase dirigente
colombiana. Es un hombre inteligente que a veces
muestra una gran independencia de juicio, y en este
caso me parece que expresa un interés sincero y
profundo por que Colombia no persista en su camino de
barbaries y retaliaciones, en la lucha despiadada del
horror contra el horror. Me parece que sus palabras
traducen los sentimientos de un hombre que ha
comprendido la profunda equivocación de una dirigencia
que no se aplica con lucidez y con decisión a superar
un conflicto que muy posiblemente tiene solución.
El ex ministro Hommes tuvo en sus manos la economía
nacional durante largos años, y mucho nos habría
servido que percibiera en aquellos tiempos lo que
percibe ahora y se lo hubiera explicado con claridad
al presidente Gaviria cuando era su ministro estrella,
o al presidente Uribe cuando era su asesor más
escuchado. Pero el hecho de que haya tardado en
advertir todo el tiempo que hemos perdido, todas las
posibilidades que hemos derrochado, no significa que
no tenga razón en lo que está diciendo, ni que sea
tarde para expresar esas opiniones. Al contrario,
mientras el conflicto exista, y mientras Colombia siga
sacrificando en una maligna fiesta de sangre sus años,
sus recursos y su juventud, nunca será tarde para que
los líderes de opinión, y todos los que verdaderamente
quieren al país, comprendan la situación en que
estamos y alcen su voz para invitarnos a pensar otro
futuro.
Lo que yo advierto en la columna de Hommes es que se
ha convencido de que la prolongación de la guerra
colombiana no se debe únicamente, y tal vez ni
siquiera principalmente, a la indudable obstinación
delictiva de la guerrilla, sino a que tampoco desde el
establecimiento ha habido una verdadera intención de
desarmar el conflicto. Recuerdo que ya en tiempos de
Belisario Betancur negociadores como Otto Morales
Benítez y como John Agudelo Ríos advirtieron que había
en el propio establecimiento colombiano “enemigos
ocultos de la paz”, gentes que parecían interesadas en
que el conflicto no se acabara.
Las guerrillas han sido, como es natural, desde
siempre, los enemigos visibles de la paz, por eso se
requiere la estrategia de combatirlas aunque también
de procurar atraerlas a una posición menos rabiosa y
recalcitrante. Pero los enemigos ocultos de la paz en
el seno de la sociedad bien pueden ser uno de los
factores que han eternizado el conflicto. Hommes
identifica uno de esos factores: “La incompetencia y
la venalidad de la clase dirigente” colombiana,
“incapaz de resolver sus conflictos internos y de
defender a la nación”. Y señala que ese mal no es solo
causa de nuestro caos presente sino que también causó
la pérdida de Panamá hace más de cien años, es decir,
es una de las mayores enfermedades de Colombia en el
largo lecho de un siglo.
Muchos no pueden aceptar esa alusión a “los conflictos
internos” de la sociedad colombiana, porque hay
sectores de Colombia que no ven en esa tragedia la
expresión de un conflicto entre conciudadanos. Cierta
mentalidad se resiste a aceptar que los que mueren en
ambos bandos de la confrontación son connacionales, es
decir, que son hermanos, así unos representen a la ley
y otros hayan tomado la vía del delito y de la
rebelión.
Las guerras de otros pueblos suelen reconocer la
dignidad de los enemigos, suelen concederles algún
mínimo grado de humanidad, suelen reconocer en ellos
alguna validez de sus posiciones, aunque se sepa que
hay que combatirlos o refutarlos. Aquí se parte de la
base de que son engendros irreductibles, sin advertir
que precisamente esa negación está en la raíz del
conflicto y es posiblemente lo que los convirtió en
salvajes enemigos del orden social. Tal vez, sin
justificar sus crímenes, bastaría reconocer una mínima
razón en sus posiciones para desmontar los mecanismos
psicológicos del resentimiento.
¿Qué es lo que impide en cierto sector de la sociedad
una actitud favorable a la negociación con las
guerrillas colombianas? Algunos dicen que es su
criminalidad, su violencia, su imperdonable cinismo.
Pero en el curso de cincuenta años hemos visto
armisticios como el del Frente Nacional, que olvidó
sin siquiera nombrarlos incontables crímenes atroces
patrocinados por los hoy moribundos partidos
tradicionales. No fueron obstáculo los crímenes para
que se diera esa reconciliación. Y todos somos
testigos hoy de que tampoco una de las más monstruosas
edades de sangre y de vileza que haya vivido el país,
la fiesta de muerte del paramilitarismo, que sembró de
cuerpos profanados el suelo de esta Patria, haya sido
un obstáculo para que se dé una masiva y generosa
reincorporación de sus huestes a la vida civil, sin
que siquiera los cabecillas parezcan amenazados con un
castigo severo.
¿
Por qué es tan distinta la posibilidad de una
negociación con las guerrillas? Ese es uno de los
enigmas de la sociedad colombiana. Y bien podría ser
que no sean sus crímenes, sino la pretensión de los
guerrilleros de imponer modificaciones al régimen de
propiedad y de tributación, o una dinámica distinta en
el manejo de la política, lo que crispa a los poderes
que tendrían que hacer esas concesiones. Pero a lo
ilusorio de la solución alude Hommes cuando dice: “No
nos damos cuenta del gigantesco costo de mantener
situaciones de conflicto indefinidamente, y no hacemos
lo suficiente para resolverlas”.
Colombia es el único país del hemisferio que persiste
en un conflicto interno verdaderamente desgastador:
estamos llenos de jóvenes sin piernas y sin brazos,
como en los peores tiempos de los desmembramientos
medievales. Pero sobre todo Colombia es el último país
del hemisferio que gasta su presupuesto en una guerra
contra sí misma, una guerra de jóvenes reclutados en
los campos y en las barriadas por el Estado contra
jóvenes reclutados en los campos y en las barriadas
por los ejércitos rebeldes. La misma juventud, siempre
la misma por su procedencia, es la que se diezma en
ese conflicto que no puede ser beneficioso para nadie,
que es solo la precaria y costosa manera de mantener
una situación que no tiene futuro.
Otras frases del artículo de Hommes son importantes:
“No deja de ser un desperdicio tener que gastar tanto
en seguridad, sin esperanza de ascender a una
situación más estable”. “Imaginemos –añade– que lo que
se gasta en el Plan Colombia se invirtiera en
infraestructura”, o “que lo que se gasta en ese
programa se invirtiera en educación superior, en
ciencia y en tecnología”. A muchos indigna la
posibilidad de que los cambios democráticos,
económicos, sociales, culturales que Colombia requiere
terminen siendo fruto de la imposición de unas
guerrillas que profanan la condición humana, que
mantienen personas secuestradas por años, que se han
ido insensibilizando hasta el hielo en cuarenta años
de guerra sin piedad. Y a mí también me dolería,
porque esos cambios tenemos que merecerlos los
demócratas por nuestro esfuerzo y no recibirlos como
limosna de unas potestades insensibles y odiosas.
Pero ¿por qué la dirigencia interesada en conservar su
posición y el orden institucional del país no emprende
esos cambios? El Polo Democrático no se equivoca
cuando dice que solo la decisión de abrirle camino a
la dignidad de las mayorías, a una democracia efectiva
en oportunidades, en crédito, en acceso a la
educación, en la superación de clasismos y racismos
largamente enquistados en la sociedad, podrá ahogar el
conflicto, y favorecer una negociación en la que las
instituciones y la democracia se fortalezcan y se
salven. Nadie quiere que el precio de las reformas sea
perder la libertad y la alegría en manos de una
tiranía totalitaria. Pero la solución no puede ser que
nos eternicemos en un disco rayado que solo garantiza
la vida y la propiedad a unos cuantos, que tolera
desangres como el que Colombia acaba de vivir, que nos
obliga a vivir en el miedo y en la indignidad.
“Mantener la situación actual le está costando a
Colombia su futuro”. No es un enemigo de las
instituciones quien escribe esas palabras sino un
prestigioso ex ministro cuya formación y cuya
independencia de criterio lo han llevado a descubrir
la irracionalidad de esta sociedad señorial premoderna
que padecemos. Ojalá eso signifique que otros miembros
de nuestra dirigencia pueden comprender también que lo
que requiere Colombia, para escapar a la barbarie de
los excluidos y a la barbarie de los poderosos, son
unas profundas reformas liberales, una democracia
social civilizada, culta, no populista pero sí
generosa, que desdeñe los negros banquetes de la
épica, que sea más solidaria y menos llena de
contrastes odiosos, que oponga a la opulencia mafiosa
de todas las élites la lucidez austera de una vida
rica en creatividad y en afecto. Por eso, a pesar de
que muchas veces no he estado de acuerdo con él,
quiero compartir esa pregunta que Rudolf Hommes
formula en su artículo: “¿Podrá el país llegar a un
acuerdo político para pasar de la ‘seguridad
democrática’ a la seguridad que se deriva de paz,
prosperidad y justicia social?”.
"El lado oscuro, busca una víctima, lo sé, se siente, se sabe y se calla. Víctima, o victimario cómo saber de qué lado estamos. El lado oscuro de la luna no brilla pero atrae. En él podría ofrecerme y ser víctima de cada pensamiento impuro, ser poseída, penetrada, obligada, sometida, arrasada, quemada, hundida, destruida, humillada, irreal, o tal vez ganadora, domadora, desgraciada, malvada, perversa, morbosa, oscura, absurda, real. A cuántos amantes he arrancado desde las entrañas los más impuros pensamientos, vaciado el alma, perdido los sentidos, por cuántos yo he sentido eso? Será que soy un infinito vacío que llora desde el lado oscuro de la Luna, será que necesito una víctima, será que necesito un victimario...es como recordar un sueño incontable..."
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