[R-P] Enrique Lacolla Ritos siniestros
José María Cavalleri
ingcavalleri en hotmail.com
Dom Sep 30 07:10:57 MDT 2007
Ritos siniestros
Las declamaciones de los poderosos del mundo en la ONU se tornan cada vez
más amenazantes e injuriosas.
Enrique Lacolla
Periodista
La reunión inaugural de la Asamblea General de las Naciones Unidas fue
dominada una vez más por la estridente y fatigante retórica del presidente
de Estados Unidos. George W. Bush aprovechó la ocasión para reiterar su
papel de gendarme de la democracia y atacar a quienes, según él, son los
exponentes de las fuerzas diabólicas que amenazan al mundo. A saber, Fidel
Castro, los diversos estados que configuran “el eje del mal” y toda la gama
de dictadores –o presuntos tales– que violan los derechos humanos en los
países que oprimen.
Se cuidó mucho, por supuesto, de hablar sobre su apoyo a otros dictadores,
no menos nefastos que los que le molestan, pero con quienes los intereses
norteamericanos se encuentran defendidos de manera satisfactoria.
Bush no descargó sus rayos contra Irán, como se esperaba. Esa tarea fue
reservada para su recién adquirido socio, el presidente francés Nicolas
Sarkozy. Y, de manera más sesgada, el presidente argentino Néstor Kirchner,
quien sin embargo mantuvo su reclamo en un plano jurídicamente no objetable.
La figura de Mahmud Ahmadinejad, el presidente iraní, fue de todas maneras
demonizada por la prensa norteamericana y presentada en forma despectiva por
el rector de la Universidad de Columbia, adonde el mandatario había
concurrido en respuesta a una invitación del mismo instituto.
Ahmadinejad fue elegido hace dos años en comicios no cuestionados, de doble
vuelta, de los que participaron todos los grupos políticos del país. Y
preside una nación de 70 millones de habitantes, dotada de una cultura de
miles de años de antigüedad.
Una presión constante. La presión contra el gobierno iraní persiste, a pesar
de algunas muecas distensivas insinuadas en los últimos meses por figuras
del espectro opositor al gobierno republicano. Y es probable que continúe
incluso después de que la actual administración ceda su lugar a su sucesora.
Ocurre que los pasos dados por Estados Unidos en Medio Oriente obedecen a
una lógica imperial de la cual no le es fácil apartarse. Al menos no antes
de haber recibido un gran correctivo de parte de la realidad.
La ambición iraní de dotarse del arma atómica, aunque legítima en tanto
elemento disuasorio de un ataque a un país que se encuentra cercado por casi
todos sus costados y emplazado sobre unas reservas energéticas que suscitan
la codicia de Estados Unidos, es indigerible para el gobierno de esta última
nación y para las fuerzas que más incidencia tienen dentro de él en este
momento. A saber, la industria del petróleo, el lobby proisraelí y los
estudiosos y planificadores de su geopolítica.
La pretensión iraní también se hace inaceptable para los países de la Unión
Europea, en la medida que ésta siga adherida servilmente a las miras de
Washington.
Como resaltara Henry Kissinger en más de una oportunidad, no se trata de que
haya o no libertades constitucionales en Medio Oriente, sino de que el
control de la región es esencial para lo que él llama “las democracias
industriales”.
Por estos días se está diseñando el esbozo de una nueva plataforma
propagandística contra Irán: fuentes norteamericanas hacen hincapié en que
los ataques de las milicias chiítas en Irak contra fuerzas de la coalición
están reflejando un esfuerzo de Irán para escalar la guerra y presionar a
Estados Unidos para que acepte la influencia iraní en Irak. Esto es, para
que admita que ese país se convierta en el centro estratégico dominante en
la zona.
En la retórica de la teoría del damero, este tipo de evaluación ha sido
siempre el precedente para una guerra “preventiva” que deberá impedir que se
produzca tal trastrocamiento de influencias.
Describir a Irán como una potencia agresora cuando Estados Unidos está
ocupando Irak y Afganistán y suprimiendo a sangre y fuego las resistencias
locales, puede sonar ridículo, pero en Estados Unidos este tipo de
argumentos puede colarse, dado el machaconeo mediático y la desinformación
absoluta que padece gran parte de su población.
Quizá pueda instalarse sólo durante un tiempo, pero el establishment no
necesita más para demoler sus blancos.
Por supuesto que lo que vendría luego es impronosticable y con toda
probabilidad catastrófico. Pero esto importa poco a quienes controlan el
juego.
Mientras no exista una reacción popular contra sus manejos, que se
efectivice en hechos concretos –unas campañas de desobediencia civil
similares a las que ocurrían en la época de Vietnam–, no va a pasar nada. Y
esa protesta popular sólo es probable que emerja si las condiciones en el
campo de batalla repercuten en el interior de Estados Unidos y en la
coalición de estados que conforman el poder predominante en el mundo.
© La Voz del Interior
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