[R-P] [E. Galeano] Porqué todavía no me compré un DVD
María Julia Vilaltella
juliavilaltella en ciudad.com.ar
Vie Sep 28 04:26:11 MDT 2007
Cuando leí por primera vez esta nota. me pareció que no era de Gelano, no
era su estilo, no eran sus palabras, ni creo que se ponga a escribir sobre
ésto, luego por otros medios me confirmaron que no es de Galeano si no de
Marciano Durán.
Saludos
Julia
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To: "María Julia" <juliavilaltella en ciudad.com.ar>
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Sent: Friday, September 28, 2007 12:47 AM
Subject: Re: [R-P][E. Galeano] Porqué todavía no me compré un DVD
[Ayúdenos a financiar la lista, escriba a recpopmod en gmail.com.]
CITANDO LA FUENTE,EL MATERIAL DE ESTA LISTA ES DE LIBRE REPRODUCCIÓN
No coincido con la apreciación de Néstor. A mí me dejó el sabor y el aroma
de otra cosa que paso a contar.
En el mes de marzo de este año viajé a Montevideo, enviado por la Direccion
de Asuntos Sociales del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Se trataba de
una reunión internacional cuyo objetivo no viene al caso, pero menciono el
carácter para justificar que fui alojado en el hotel Four Seasons de la
hermosa Montevideo, frente mismo a la Municipalidad. Éramos huespedes
oficiales del gobierno muncipal y como tal fuimos tratados.
Terminadas las reuniones que nos habían convocado, nuestros anfitriones
habían programado algunas actividades. Una de ellas era una sight tour
(disculpen, pero hablo idioma, como decía Catita) por los lugares típicos de
la capital uruguaya. Nos pusieron a disposición un cómodo bus y una guía,
que seguramente estaba elegida entre las mejores de las que realizan este
paseo a centenares de turistas. Era una señora delgada, no muy alta, de
alrededor de sesenta años, vestida con el uniforme de guía que le da la
Municipalidad. Ni bien se presenta y comienza a hablar me doy cuenta que la
voy a pasar divertido. La señora (¡señorita! me habría dicho ofendida si la
llamaba de esta manera) hablaba con la papa caliente en la boca, pero de una
manera que hacía años no escuchaba. A poco de andar y a medida que
atravesamos lugares históricos, me doy cuenta, para mi íntimo beneplácito,
que se trataba de una colorada acérrima, casi diría sobreviviente de la
Defensa de Montevideo. Cuando se enteró que yo era porteño no le alcanzó el
tiempo para contarnos que era descendiente de Hilarión de la Quintana (um
unitario liberal y porteño de lo peor) y por lo tanto parienta de Remeditos
Escalada de San Martín. La pobre mujer tenía todo el aspecto de vivir en una
pequeña pieza de pensión, sus zapatos habían conocido hacía mucho tiempos
mejores y la dignidad era salvada por el trajecito azulcito provisto por el
gobierno de los comunistas del Frente Amplio. Cada lugar del itinerario que
merecía un comentario era satisfecho con una evocación al orden y la
democracia propia del Uruguay antes de los confusos años setenta y un elogio
a los próceres del partido Colorado: Don Fructuoso Rivera, el general
Latorre, don José Batlle y Ordóñez, el general Terra y Luisito (así dijo)
Batlle. Era la idea platónica de una ciudadana uruguaya de los años
cincuenta. Se había congelado en la utopía del Uruguay inglés y todo lo que
había ocurrido a partir de aquellos años era una horrorosa, inaceptable e
inexplicable entropía. Yo le tiraba de la lengua y le hacía decir cosas que
sacaban de quicio a una de las funcionarias que nos acompañaban, militante
del partido Comunista uruguayo, un alma cándida que lo único que quería
mostrarnos era la estatua del Che Guevara y el monumento a los
desaparecidos. Yo la chuceaba un poco y era, verdaderamente, una delicia ver
las miradas de basilisco que le dirigía a nuestra irremplazable guía.
Al llegar al Cerro nos encontramos con la descripción que añoraba los años
en que los frigoríficos ingleses y norteamericanos daban trabajo a esa
población laboriosa que constituía el único proletariado posible en el
Uruguay de entonces y que había generado una pequeña cultura proletaria en
ese barrio hoy empobrecido y fantasmagórico. Su alma colorada y uruguaya no
había podido superar la partida de los frigórificos y la desaparición de esa
laboriosa clase obrera que daba carácter al Cerro.
Al llegar al fuerte del Cerro se dio una situación, para mí, muy graciosa.
La bisnieta de don Hilarión nos pasea por las distintas y hermosas salas del
Fuerte, llenas de notables testimonios de la historia del Plata. Al llegar
al lugar donde debería estar la Bandera de los 33 Orientales, nos dice, a
nosotros, huéspedes internacionales del gobierno del Frente Amplio de la
Ciudad de Montevideo, y a funcionarios de ese mismo gobierno, que "ahora que
ya son gobierno los que la robaron, sería hora de que la devolvieran".
Como todo el mundo se hacía el que no había oído, le pedí aclaraciones, le
dije que no entendía. "Bueno, sí", me contestó, "ahora gobiernan los que se
la robaron". "Disculpe, le dije, pero ¿quienes la robaron?"
"Bueno, los uruguayos sabemos".
"¿Los Tupas", pregunté.
"Sí, sí, hay muchos que son ministros y que saben quién tiene la bandera",
me respondió airada.
Miré a mi alrededor y no había ningún uruguayo cerca.
Pero esto no es lo que quería contar, sino sólo un antecedente.
Cuando seguimos viaje, de vuelta al centro de Montevideo, pasamos por un
lugar que despertó en nuestra guía, a la que quisiera contratar cada vez que
visite Montevideo, una irrefrenable búsqueda del tiempo perdido, a la mejor
manera de Proust. Al pasar nuestro bus por la esquina de 18 y Río Negro
donde otrora se levantara la tienda London Paris ¡oh!, una catarata de sus
recuerdos infantiles se volcó sobre los estupefactos pasajeros de este tour
en el tiempo. Nos habló de los catálogos que llegaban por correo y donde su
madre elegía el vestidito, el par de zapatos, las medias y hasta la hebilla
para el pelo con que se vestiría en su próximo cumpleaños, vestidito,
zapatos, medias y hebilla hilados, diseñados y fabricados en el Reino Unido.
Catálogo que tenía el maravilloso, increíble y hoy desconocido encanto de
que todos sus productos mantenían su precio durante toda la temporada, en un
mundo ya muerto que no conocía la inflación, ni el desabastecimiento, y
mucho menos la industria nacional.
Su relato sobre la London Paris me trasladó al Uruguay que no conocí sino
por los escritos y el relato de Ramos y Methol Ferré. Ese Nirvana, que mi
guía añoraba como un paraíso perdido, donde la carne de la campaña y el
frigorífico inglés, garantizaban la estabilidad, el consumo y la calidad de
los productos de consumo de Montevideo.
Y aquí llegué adonde quería.
La nota de Galeano me suena a casimir inglés, a puntilla francesa, a
herramientas Stanley y a hilos Cadena. Es decir, a un mundo muerto,
sepultado y que ya hiede y sigue pesando sobre la memoria de la clase media
del Plata.
Julio Fernández Baraibar
fernandezbaraibar en yahoo.com.ar
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Cc: "Lucha de masas para recuperar la Argentina"
<reconquista-popular en lists.econ.utah.edu>
Sent: Thursday, September 27, 2007 1:14 PM
Subject: [R-P] [E. Galeano] Porqué todavía no me compré un DVD
[Ayúdenos a financiar la lista, escriba a recpopmod en gmail.com.]
CITANDO LA FUENTE,EL MATERIAL DE ESTA LISTA ES DE LIBRE REPRODUCCIÓN
[Simpática denuncia del sistema de "obsolescencia incorporada" con que
se mantiene artificial e innecesariamente activo un "mercado" reducido
a la sexta parte de la humanidad mientras que el resto se muere de
hambre. Y además, para los que peinamos varias canas y formamos parte
de esta lista, casi una caricia ante el nuevo y difícil mundo en que
nuestros hijos nos enseñan a manejar los aparatos y no terminamos de
aprender jamás. Quizás ya salió en la lista, pero vaya como homenaje a
mi papá: ahora entiendo cómo se sentía mi viejo cuando yo manejaba con
todo desparpajo el televisor que él miraba con reverente temor...]
POR QUÉ TODAVÍA NO ME COMPRÉ UN DVD
Eduardo Galeano
Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y
cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le
ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.
No hace tanto con mi mujer lavábamos los pañales de los críos. Los
colgábamos en la cuerda junto a otra ropita; los planchábamos, los
doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar. Y
ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos
se encargaron de tirar todo por la borda (incluyendo los pañales).
¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables!
Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó tirar. ¡Ni los
desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las
calles guardando los mocos en el bolsillo y las grasas en los
repasadores. Y nuestras hermanas y novias se las arreglaban como
podían con algodones para enfrentar mes a mes su fertilidad.
¡Nooo! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún
momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se
entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo
discuto.
Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por
año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas
las navidades.
¡Guardo los vasos desechables! ¡Lavo los guantes de látex que eran
para usar una sola vez! ¡Apilo como un viejo ridículo las bandejitas
de espuma plástica de los pollos! ¡Los cubiertos de plástico conviven
con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos!
Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda
la vida. ¡Es más! ¡Se compraban para la vida de los que venían
después! La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas,
fiambreras de tejido y hasta palanganas y escupideras de loza. Y
resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más
cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos
cambiado de heladera tres veces.
¡Nos están fastidiando! ¡¡Yo los descubrí. Lo hacen adrede!! Todo se
rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo
para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de
fábrica.
¿Dónde están los zapateros arreglando las medias suelas de las Nike?
¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando sommiers casa por
casa?
¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el
electricista? ¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de
aviones para los talabarteros?
Todo se tira, todo se desecha y mientras tanto producimos más y más
basura. El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40
años que en toda la historia de la humanidad. El que tenga menos de
40 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba
el basurero!! ¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de xx años! Todos los desechos
eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los
conejos (y no estoy hablando del siglo XVII). No existía el plástico
ni el nylon.
La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no
estaban rodando las quemábamos en San Juan. Los pocos desechos que no
se comían los animales, servían de abono o se quemaban.
De por ahí vengo yo. Y no es que haya sido mejor. Es que no es fácil
para un pobre tipo al que educaron en el 'guarde y guarde que alguna
vez puede servir para algo' pasarse al 'compre y tire que ya se viene
el modelo nuevo'.
Mi cabeza no resiste tanto. Ahora mis parientes y los hijos de mis
amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que además
cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección
real.
Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer,
la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para
cambiarlo)
Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que
no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos
crédito a todo.
Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué
cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque
éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer
hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no
sé cómo no guardamos la primera caquita.
¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular
a los pocos meses de comprarlo?
En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era
para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y
el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto.
Y guardábamos. ¡¡Como guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!!
¡Guardábamos las chapitas de los refrescos! ¡¿Cómo para qué?!
Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el
barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas
para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las
martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los
instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo
guardábamos!
Las cosas que usábamos: mantillas de faroles, ruleros, ondulines y
agujas de primus.
Y las cosas que nunca usaríamos. Botones que perdían a sus camisas y
carreteles que se quedaban sin hilo se iban amontonando en el tercer
y en el cuarto cajón.
Partes de lapiceras que algún día podíamos volver a precisar. Tubitos
de plástico sin la tinta, tubitos de tinta sin el plástico,
capuchones sin la lapicera, lapiceras sin el capuchón.
Encendedores sin gas o encendedores que perdían el resorte. Resortes
que perdían a su encendedor.
Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que
se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los
encendedores descartables.
Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en
sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las
llavecitas de las latas de sardinas o del corned beef, por las dudas que
alguna
lata viniera sin su llave.
¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador
al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles
calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se
terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que
un jazmín.
Las cosas no eran desechables. Eran guardables.
¡¡Los diarios!! Servían para todo: para hacer plantillas para las
botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre
todas las cosas para envolver ¡Las veces que nos enterábamos de algún
resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!
Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros
para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque
para hacer cuadros y los cuentagotas de los remedios por si algún
medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque
podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba
prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros
álbumes de fotos. Y las cajas de cigarros Richmond se volvían
cinturones y posa-mates y los frasquitos de las inyecciones con
tapitas de goma se amontonaban vaya a saber con qué intención, y los
mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la
inscripción a mano en una sota de espada que decía 'este es un 4 de
bastos'.
Los cajones guardaban pedazos izquierdos de palillos de ropa
(broches) y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos
que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en un palillo.
Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de
nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden
'matarlos' apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de
no declarar muerto a nada. Ni a Walt Disney.
Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en
base y nos dijeron: 'Cómase el helado y después tire la copita',
nosotros dijimos que sí, pero, ¡minga que la íbamos a tirar! Las
pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas.
Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta
teléfonos. Las primeras botellas de plástico se tansformaron en
adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos
de acuarelas, las tapas de bollones en ceniceros, las primeras latas
de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con
una botella.
Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se
desechan y los que preservábamos.
¡Ah¡ No lo voy a hacer!
Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son
desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad es
descartable.
Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas.
Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la
memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a
hacer.
No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han
vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne.
No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas
empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por
modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función
se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo y glamour.
Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares.
De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme
seriamente entregar a la bruja como parte de pago de una señora con
menos kilómetros y alguna función nueva.
Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro
el riesgo de que la bruja me gane de mano y sea yo el entregado.
Hasta aquí.
Eduardo Galeano
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