[R-P] Leopoldo Marechal

Abulafia abulafia en arnet.com.ar
Mar Sep 25 15:05:16 MDT 2007


No siempre el que anda por cualquier parte, se encuentra con cualquier cosa.
En el vagar y divagar se topa uno con verdaderos tesoros.

Va este encuentro con don Leopoldo Marechal. Los elementos están: Manos 
a la obra compañeros.

Outa
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LAS HERRAMIENTAS DE LA PATRIA
por Leopoldo Marechal
Buenos Aires, 1968
Cuando un país vive las horas genéticas de su destino, todas las
actividades que contribuyen a esa inmensa "promoción de la Patria"
tienen un común denominador que signa y une a los hombres lanzados a la
empresa; y ese común denominador está en todos los factores de la
Patria, desde un martillo a una sinfonía.
  Los organizadores de la última exposición de máquinas y herramientas
argentinas tuvieron sin duda esta noción cuando nos invitaron a visitar
esa muestra en sus instalaciones de Palermo. Estábamos, entre otros,
Ernesto Sábato, Antonio Berni, Alberto Ginastera, Astor Piazzolla y yo:
las ciencias, las artes y las técnicas que representábamos nos unieron
allá en una sola conciencia, la del que hacer nacional.
Y todos nos entusiasmamos como niños adultos: niños en esta infancia de
la Patria, y adultos en la meditación de su destino.
  Por mi parte no era ciertamente ajeno a la visión de aquellas
maquinarias ni al uso de aquellas herramientas. Mi padre, Alberto
Marechal, fue un mecánico de excepción: toda máquina nueva se le
presentaba como un desafío a su ingenio, y toda máquina enferma como una
solicitud a su arte de curar los humildes robots de principios de siglo.
  Fue gracias a su habilidad que, pese a nuestra digna pobreza, tuve yo
en mi niñez los juguetes más insólitos, los manomóviles más raudos, los
más certeros fusiles de aire comprimido y patines más voladores, obra de
sus manos inquietas y de su invención que no dormía. Yo, un niño de diez
años, lo ayudaba tanto a aquellas maquinaciones ingeniosas como en la
reparación de relojes, máquinas de coser y otros artefactos de los
vecinos, a que mi padre se daba gratuitamente por amor del arte y de sus
prójimos.
  Al mismo tiempo, su afición a las técnicas nacientes introdujo en el
hogar la primera cámara fotográfica con su laboratorio de revelación, el
primer fonógrafo a cilindros que conoció el barrio y la recuerda en la
primera instalación eléctrica que sucedió gas.
Cuando el primer aviador francés llegó al país, hizo en Longchamps una
exhibición de vuelo en su máquina de varillas y telas, mi padre y yo
asistimos a ese milagro de volar cien metros, a cuarenta de altura; y
regresamos de Longchamps con un entusiasmo que nos convirtió en
aeromodelistas. Construimos entonces una miniatura de biplano con su
hélice, y mi padre se desveló en el problema de darle motores. Le falló
un mecanismo de reloj: era excesivamente pesado.
E inventó al fin un sistema de gomas de honda retorcidas, que al
desenrollares nos ofreció un despegue insuficiente pero consolador.
  Fue la exposición de máquinas y herramientas la que suscitó en mí esta
serie de recuerdos infantiles; y me pregunté allá si los ingenieros de
aquellas máquinas no serían los sucesores lógicos de mi padre, aquel
oscuro y genial mecánico de Villa Crespo.
  Pero durante la visita, mis evocaciones continuaban en aquel orden de
ideas: yo siempre fui un desvelado espía de los hechos nacientes que
iban relacionándose con la Patria. Cuando realicé mi primer viaje a
Europa, lo hice en un barco alemán de clase única y naturalmente bajo el
pabellón de aquel país. Yo tenía veinticinco años; y durante toda la
navegación, adaptándome a los usos, alimentos y costumbres germánicos,
me pregunté si alguna vez me sería dado cruzar los mares bajo el
pabellón nacional y entre hombres y cosas argentinos.
  Más tarde, la creación de nuestra flota de ultramar satisfizo aquel
deseo de mi juventud. Pero una nueva inquietud se apoderó entonces de
mí: si viajaba yo bajo los colores azul y blanco de mí patria, el buque
donde lo hacía era de construcción extranjera.
Y al punto soñé con los futuros astilleros nacionales, instalados junto
a nuestro río y nuestro mar, donde mis compatriotas armarían las grandes
naves de nuestra expansión marítima.
  Me digo aún que si es lícito y necesario "comprar" al extranjero
nuestras maquinarias de la paz y la guerra, sería más lógico, y más de
hombres, que las fabricáramos nosotros. El mejor obrero es el que maneja
una herramienta de su propia factura y el mejor soldado es el que
esgrime un arma templada por él mismo.
  Aquella tarde, en las grandes instalaciones de Palermo, y llevado por
mis nunca silenciosas inquietudes, le pregunté a un técnico que nos
acompañaba si la construcción y lanzamiento de un vehículo espacial
argentino entraba en lo posible.
Y me contestó, abarcando con sus ojos las criaturas de metal que
llenaban el recinto: "Aquí están ya todos los elementos necesarios a esa
obra".




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