[R-P] Lacolla Aspirante a emperador
José María Cavalleri
ingcavalleri en hotmail.com
Dom Sep 16 07:40:35 MDT 2007
Perspectivas
Aspirante a emperador
El general David Petraeus se perfila como un serio aspirante a una
expectable posición política si sale bien de Irak.
Enrique Lacolla
Periodista
Incluso en bastiones de la democracia, como se supone es Estados Unidos, los
hombres de armas exitosos han ejercido una singular fascinación sobre el
público. Ulysses M. Grant y Dwight Eisenhower llegaron a la presidencia
después de comandar a los ejércitos de la Unión durante la Guerra Civil y la
Segunda Guerra Mundial, respectivamente.
En cuanto a otro militar de fuste, Douglas Mac Arthur, sólo la desconfianza
que despertaban sus predisposiciones cesáreas entre los miembros del
establishment obstaculizaron y por último frustraron su sueño de llegar a la
Casa Blanca después de sus performances en el frente del Pacífico y la
guerra de Corea.
En la semana que pasó, con motivo de la comparecencia del comandante en jefe
de las fuerzas norteamericanas en Irak, el general David Petraeus, ante las
comisiones del Senado y de Representantes del Congreso, los medios
estadounidenses pusieron de relieve, con mayor énfasis que en el pasado, las
calidades militares e intelectuales de este soldado y especularon sobre una
posible postulación suya a la presidencia para las elecciones de 2012.
Se diría que la prensa se está anticipando en demasía a los hechos. El
general Petraeus cuenta con una ejecutoria intachable, es muy admirado por
sus colegas, dispone de talentos políticos que no suelen ser comunes entre
los hombres de su oficio y es muy respetado por las tropas por su coraje
físico y sus cualidades de comando, desplegadas durante la invasión a Irak
en 2003. Pero le falta, todavía, el escenario espectable que debería
permitirle brillar en todo su esplendor.
El hombre es, según algunos que lo conocen, "una mole caminante de ambición"
("a walking mass of ambition"), pero todo indica que sabe controlar sus
aspiraciones y que, de momento, su interés estaría puesto en desembrollar a
su país del atolladero iraquí. Cosa fundamental, por otra parte, si quiere
que sus presuntas aspiraciones políticas lleguen a puerto.
Las diferencias entre Petraeus y sus predecesores en materia de ambiciones
presidenciales no provienen de sus respectivas personalidades, que desde
luego pueden ser muy distintas, sino de la naturaleza del momento histórico
que les tocó vivir.
Grant fue el hombre encargado de llevar adelante, bajo el liderato de
Abraham Lincoln, la tarea de soldar a sangre y fuego la división que se
había producido entre los estados, un proceso que modernizó de forma
definitiva al país, aboliendo el predominio político de la aristocracia
sureña, asentada en la esclavitud y la propiedad agraria, y abriendo de este
modo el paso al ímpetu transformador y conquistador del capitalismo
industrial.
Eisenhower fue la cara militar, por su parte, del ascenso de su país a la
condición de primera potencia mundial, cultivado de manera abierta por sus
clases dirigentes al menos desde la guerra contra España en 1898, y
consolidado en forma brillante por la gestión de Franklin D. Roosevelt tanto
en el frente interno como en el externo, a través del New Deal y del
liderazgo de la coalición que abatiría al Japón y a la Alemania nazi.
El cenagal iraquí. Lo que le tocaría gestionar a Petraeus, en cambio, es una
guerra colonial, en un escenario ingrato, con enemigos inasibles y poco
prestigiosos, y sin salida aparente.
Si consigue frenar la matanza que asuela a Irak y retirar aunque sea una
parte de los efectivos de su nación comprometidos en ese suelo, sus
aspiraciones tal vez podrían encontrar cierto sustento. Pero no hay, ni
puede haber, una victoria clara en un futuro previsible.
Así, pues, ¿qué clase de prestigio puede fundarse en este tipo de
perspectiva? Cuando Colin Powell insinuó ciertas veleidades
presidencialistas después de la primera guerra del Golfo, en 1993, ese
general podía exhibir al menos la imagen de un triunfo contundente, aunque
no decisivo, en el campo de batalla. Petraeus no puede mostrar nada de esto;
es el técnico encargado de gestionar un matadero, donde cualquier éxito
tendrá como contrapartida no sólo la vigencia de un odio permanente sino el
carácter manifiestamente frágil de cualquier configuración que pueda
montarse allí.
De cualquier manera, no puede descartarse que en unos años un soldado
-Petraeus o cualquier otro- se aposente en el sillón presidencial más
empinado del mundo. Los imperios requieren de líderes militares.
Si la guerra es su función permanente, no es de extrañar que ellos reúnan
las condiciones que los hacen más aptos para el ejercicio de un poder que
requiere de un estado de continua alerta ante eventuales resquebrajamientos
en su armadura.
La deriva militarista del Primer Mundo, de momento concentrada en Medio
Oriente, debería hacernos cuidar nuestras capacidades de defensa. Sin
embargo, nada de esto se percibe, por ahora.
© La Voz del Interior
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