[R-P] Cincuenta y ocho patriotas (traidores) y un enemigo (amigo)

Boletín Bambú bambuprensa en yahoo.com.mx
Jue Sep 13 01:12:48 MDT 2007


[Me llegan habitualmente las "Grageas historiográficas" de
Gustavo Ernesto Demarchi. No soy un erudito en historia
argentina, pero mi desconocimiento acerca de lo narrado en
esta "gragea" es total. Y al final, cuando el autor
menciona un "misterio que subsiste hasta la actualidad",
empecé a dudar si el capitán Alexander Gillespie
-protagonista de este relato- no sería en realidad un
integrante de los Illuminati o de los servicios secretos de
la época]

GRAGEAS HISTORIOGRÁFICAS
"Esquemáticos y maniqueos abstenerse"

1806/7 - BICENTENARIO DE LAS INVASIONES INGLESAS - 2007

CINCUENTA Y OCHO PATRIOTAS (TRAIDORES) Y UN ENEMIGO (AMIGO)

Cuando el hombre alzó la vista del sucio y descuajeringado
cuaderno en el que hacía sus anotaciones diarias, a través
del portón semiabierto del extenso granero que ocupaba,
alcanzó a divisar la partida de soldados que, bajando del
cerro en fila india, marchaba hacia el lugar  donde él se
encontraba. Sin tiempo para atinar a hacer nada y apenas
repuesto de la sorpresa, Alexander Gillespie y los demás
prisioneros ingleses se encontraron frente a frente con la
tropa que se aproximaba al mando del capitán Martínez,
oficial español al servicio de la autoridad colonial.

Era una mañana otoñal luminosa y fría. La escarcha
acumulada durante la noche anterior todavía cubría la copa
de los arbustos y mojaba piedras y riscos en una amplia
extensión de terreno. Una escueta majada de ovejas, una
yunta de caballos bayos y un simpático petiso pastaban con
desgano en el breve llano que rodeaba el establo y demás
dependencias del establecimiento rural. Más allá, donde el
horizonte se quebraba en múltiples figuras geométricas, se
alcanzaba a ver la belleza de las montañas que conforman
las serranías de Los Cóndores y Las Peñas. El valle de
Calamuchita, por entonces desolado, asistía silencioso al
encuentro que protagonizaron el 6 de junio de 1807 aquellos
duros hombres de armas; unos, provenientes de la capital
del Virreinato, llegaban en pos de una misión oficial,
mientras que los otros, los extranjeros, habían sido
confinados en aquel distante paraje cordobés a quince mil
kilómetros de su patria.

Martínez, con estudiada marcialidad ordenó formar a la
guardia que lo acompañaba y, desplegando el memorandum que
traía consigo, fue derecho al asunto. La orden que, con la
firma de Santiago Liniers y Gutiérrez de la Concha, debía
cumplir la compañía de infantería, consistía en la
confiscación del Libro de Actas que tenía en su poder el
soldado inglés. En éste habían sido asentados, durante la
primera invasión inglesa al Río de la Plata, los nombres de
los militares españoles -europeos y americanos- que, luego
de ser capturados, asumieron el compromiso de mantenerse
neutrales y así evitar ser remitidos en calidad de rehenes
a Inglaterra. Con razón, las autoridades suponían que dicho
libro permanecía en manos del mayor Gillespie, royal marine
de S.M.B., que un año antes había participado del ataque y
de la ocupación de Buenos Aires, y que, en dicha
oportunidad, se había desempeñado como comisario de
prisioneros de guerra administrando las cuestiones
atinentes a dicha función.    

En agosto de 1806, al producirse la reconquista de Buenos
Aires, el ejército vencido, que reportaba al general
William Carr Beresford, fue internado en diferentes puntos
del país tocándole a Gillespie y a un nutrido contingente
de oficiales y soldados derrotados, instalarse en las
Sierras de Córdoba luego de efectuar un largo periplo a
través de la región pampeana. Estaba alojado en una
estancia ubicada entre San Ignacio y Santa Rosa y allí lo
encontró el pelotón que, diez meses después de la rendición
inglesa, pretendía apoderarse del libro en cuyos folios
figuraba la constancia según la cual la plana mayor de la
oficialidad porteña había prestado solemne juramento de no
volver a alzarse en armas contra el poder conquistador.
Mientras no se produjera un intercambio formal de
prisioneros entre ambos bandos beligerantes, los militares
rioplatenses que habían dado su palabra de honor y
estampado su nombre en el referido Libro de Actas
permanecían inhabilitados para volver a combatir  de
acuerdo a los códigos bélicos de la época.

Varias razones urgían a Liniers, nombrado comandante
militar y virrey interino del Rio de la Plata (por
defección del marqués de Sobremonte), a tratar de conseguir
el documento que guardaba el mayor Alexander Gillespie, a
saber:

Eran exiguas las tropas leales que prestaban servicios en
la región rioplatense debido a las bajas producidas en las
recientes batallas y, también, a la neutralidad que debían
guardar los uniformados que se habían rendido en la primera
instancia del conflicto armado. En este aspecto, luego de
la Reconquista (12 de agosto de 1806) se produjo una
controversia pública acerca de los términos de la
capitulación que habría refrendado el mando británico ante
las fuerzas vencedoras locales. La Real Audiencia, el
Cabildo de Buenos Aires, el Cabildo y el gobernador de
Montevideo (Ruíz Huidobro), el virrey interino, incluso el
mandatario anterior “en uso de licencia” (Sobremonte)
discutieron durante semanas si la rendición había sido
formalizada “a discreción” o “con condiciones”. Quienes
sostenían la primera hipótesis, decían que los prisioneros
de guerra juramentados con anterioridad quedaban
automáticamente relevados de la obligación; quienes
sostenían la segunda, entendían que el pacto de honor
permanecía incólume.

A todo esto, los responsables directos de la primera
invasión inglesa – el general William Carr Beresford y el
teniente coronel Denis Pack- habían huido a la Banda
Oriental en circunstancias poco claras. Este hecho, que
implicaba la violación al más alto nivel de la palabra
empeñada, fue interpretado por algunos como motivo
suficiente para anular en forma recíproca el compromiso que
ataba a los militares criollos a juramento similar. Sin
embargo, tampoco había unanimidad de criterios al respecto.
Por su parte, existían evidencias fehacientes de que en
Londres se estaba preparando una segunda expedición militar
a América del Sud, más poderosa y mejor pertrechada que la
primera. Por el momento, la armada y el ejército inglés en
operaciones, si bien fueron expulsados de la ciudad de
Buenos Aires gracias al valiente accionar de Álzaga,
Liniers y el pueblo porteño, aun controlaban su hinterland,
mantenían bloqueado el estuario del Plata, habían
desembarcado en Colonia y en Maldonado y, luego de un
sangriento asedio, habían ocupado Montevideo. 

Por lo expuesto, el gobierno necesitaba con urgencia
liberar a jefes y soldados del pacto de honor que habían
jurado acatar y, por ello, era crucial recuperar (y,
eventualmente, destruir) el acta firmada por ellos.
Españoles y americanos debían prepararse para una nueva
invasión y no sobraba tiempo para atender complejas e
interminables discusiones jurídicas.

Cabe acotar que Beresford y Pack, detenidos en Luján,
contaron para su espectacular fuga con la  simpatía, la
complicidad y la asistencia logística de algunos de los
miembros del “Partido de la Independencia”, aglutinamiento
político difuso que confiaba en que, con la ayuda de los
británicos, se podría liberar a Sudamérica del anacrónico
yugo colonial. Los complotados consideraban que Gran
Bretaña era la potencia que actuaba a la vanguardia de la
modernización del mundo, en tanto identificaban al régimen
español como paradigma del sistema tradicional en
descomposición. Esta agrupación semiclandestina estuvo
integrada por los hermanos Nicolás y Saturnino Rodríguez
Peña, éste último, secretario de Liniers; Manuel Aniceto
Padilla; Francisco González, funcionario del Cabildo muy
amigo de Moreno; Francisco Cabello y Mesa, primer director
de El Telégrafo Mercantil; Antonio Luis de Lima; Juan
Larrea; Hipólito Vieytes, quien facilitaba su jabonería
para las reuniones del grupo; Juan José Castelli; Mariano
Castilla y Ramos, enviado a Gran Bretaña en busca de apoyo;
Antonio Beruti; Domingo French; Hilarión de la Quintana, de
destacada actuación en la gesta sanmartiniana y unos
cuantos patriotas más (o, según como se mire, “unos cuantos
traidores más” o “cipayos”, como los califica el
revisionismo prohispánico). Juan Martín de Pueyrredón y
Manuel Belgrano, no obstante compartir el mismo ideario
revolucionario, habían desistido de asociarse a los
invasores cuando sospecharon que éstos no venían en misión
emancipadora sino de conquista, incluso en tren de rapiña,
como fue el caso del comodoro Home Riggs Popham, marino
ambicioso e inescrupuloso a cargo de la flota invasora, que
se había apoderado de los caudales públicos del reino y los
había fletado a Londres.

Pero, volvamos a las inmediaciones de Santa Rosa de
Calamuchita.

El mayor Alexander Gillespie, no obstante hablar castellano
con relativa fluidez, intentó evadir el planteo simulando
no comprender el requerimiento que le formulaba el capitán
Martínez. Luego, cuando se agotó este ingenuo recurso
dilatorio, optó por oponerse férreamente a entregar el
Libro de Actas tal como pretendía su interlocutor, que iba
perdiendo la paciencia. Entonces, al persistir la
reticencia del encartado, recordándole su condición de
prisionero de guerra se le notificó que tenían
instrucciones de apelar a cualquier medio, incluso la
fuerza física, para conseguir lo que requería la autoridad
jurisdiccional. Finalmente, aparentando acatar la orden
imperiosa del delegado gubernamental, el inglés ofreció la
llave del baúl en donde se suponía se encontraba el
codiciado documento; llave que, en realidad, correspondía a
la caja que guardaba pertenencias personales –ropa blanca,
enseres y cartas- del teniente de marina Charles Forbes,
compañero de vivienda de Gillespie. Así fue como Martínez
completó, con displicencia, la inútil requisa de la caja
equivocada para no hallar nada de lo que había venido a
buscar.

Como la misión había fracasado y no podía regresar a Buenos
Aires con las manos vacías, el capitán Martínez le pidió al
militar extranjero que testimoniara por escrito que, a
pesar del empeño puesto, por causas ajenas a su voluntad no
había obtenido el libro de marras. La explicación que dio
Gillespie; en una carta escrita de puño y letra dirigida al
mismísimo Santiago Liniers, fue que dicho instrumento
público había sido puesto con anterioridad a buen resguardo
en el barco británico “Diadem” surto en el Río de la Plata.
Con esta insólita epístola y el mendaz informe que la misma
incluía, la tropa efectuó el saludo de rigor y emprendió el
regreso retomando el sendero serrano por donde había
aparecido aquella mañana otoñal de 1807.

A renglón seguido, Forbes, Gillespie y Pilcher (el otro
oficial británico conviviente) procedieron a envolver con
cuidado el Libro de Actas y lo enterraron a la vera de un
arroyito, de modo de evitar que en el futuro pudiera ser
sustraído en alguna nueva requisa. Según cuenta el
responsable de su guarda, seis meses después de este
incidente, el documento arribó intacto a Portsmouth. En
efecto, para entonces ya había fracasado la segunda
invasión a Buenos Aires, esta vez al mando de John
Whitelocke, un mediocre general que, por razones de
política palaciega, fue nombrado al frente de la difícil
expedición a Sudamérica, con el bochornoso resultado
conocido. El 7 de julio el ejército invasor reincidente
concertó su capitulación con el Estado Mayor porteño de
manera de poner fin a las hostilidades, proceder al retiro
definitivo de las fuerzas de ocupación y al intercambio de
los prisioneros que permanecían en poder de cada bando
beligerante.

Alexander Gillespie, junto a otros cientos de  soldados
confinados en el interior del Virreinato, regresó a Buenos
Aires y luego cruzó el Océano Atlántico para arribar a su
patria a fines de 1807. Sin embargo, recién dos años y
medio después hizo entrega de la documentación que
permanecía en su poder al gobierno de Su Majestad
Británica. ¿Por qué demoró tanto en realizar el trámite de
devolución que, según era su obligación legal, debió
cumplimentar cuando apenas llegó a Inglaterra? Además: ¿por
qué, estando detenido en Calamuchita, se había negado con
tanta vehemencia a entregar el documento, aún poniendo en
riesgo su vida?  El propio Gillespie, en un libro en el que
relata su experiencia en Sudamérica, fundamenta su extraña
actitud:

“[No entregué las actas a las autoridades españolas cuando
me intimaron, ni a las inglesas cuando regresé] porque se
habría envuelto a muchas familias respetables de Buenos
Aires en el destierro, la calamidad y la ruina. Familias
que habían puesto por escrito una promesa de lealtad a
nuestro gobierno, la que había sido firmada por cincuenta y
ocho de los más ilustres habitantes de la ciudad durante la
época en que ésta estuvo bajo nuestro poder. Esos
testimonios estaban registrados oficialmente bajo un título
separado, pero en el mismo libro con las firmas de los
oficiales españoles, de modo que si hubieran caído en manos
públicas, aquellos hombres habrían merecido, cuando menos,
la confiscación de bienes, el destierro de su país y,
probablemente –cuando se consideran las pasiones de
aquellos tiempos- la masacre de sus hijos por la plebe
desenfrenada. Con tan seria preocupación me vi movido por
sentimientos de la más elemental humanidad hacia esos
devotos individuos, y por un alto sentido del deber hacia
mi país, a proteger a esos celosos civiles partidarios de
nuestra causa contra una catástrofe... Cincuenta y ocho
habitantes respetables de Buenos Aires habían estampado sus
firmas, expresando su lealtad y adhesión al gobierno
británico, en un acto que implicaba correr un serio peligro
y que no ofrecía ninguna perspectiva de beneficio
personal.”   

Más adelante, Alexander Gillespie describe las
circunstancias bajo las cuales, a mediados de 1810, cumplió
con el trámite oficial de facilitar al gobierno de S.M.B.
los folios que retenía en su poder:

“Habían transcurrido dos años y medio desde nuestro arribo
a Inglaterra, cuando las llamas de una revolución
estallaron en las provincias de América del Sur, y fue en
consideración de sus futuros resultados, con relación a los
intereses, tanto políticos como comerciales de mi país, que
fui influenciado para dirigirme [al Foreign Office] para
ofrecerle la constancia que contenía los nombres que un día
quizás aparecerían en los anales de los acontecimientos de
esas convulsionadas colonias.”

Y, evidenciando estar orgulloso de la conducta que mantuvo
a rajatabla, agrega:

“No pasó mucho tiempo sin que tuviese el placer de ver el
preconcepto que me había formado convertido en realidad,
pues de los seis miembros que constituyen la Primera Junta
revolucionaria de Buenos Aires, tres se encuentran
registrados en esa lista...”

Es decir, que fueron varios los próceres de la Revolución
de 1810 que tres años antes habían jurado fidelidad al
Imperio Británico cuando sus fuerzas armadas conquistaron
el Virreinato. Gillespie guardó en secreto los escritos
formales donde figuraban los nombres de los implicados en
el entendimiento de que las personas que obraron de ese
modo lo hicieron por genuino patriotismo y, en caso de ser
descubiertos prematuramente, hubieran sido reprimidos sin
piedad. Luego del histórico 25 de Mayo, cuando los
“traidores a la patria” del inmediato pasado se
convirtieron en los “patriotas” del presente
revolucionario, aquel soldado enemigo (amigo) consideró que
ya estaban dadas las condiciones para desprenderse del 
testimonio escrito que custodiaba celosamente, lo cual
concretó el 4 de septiembre de dicho año.

Vale destacar, además, que actores y cronistas de aquella
cambiante y convulsionada época coinciden en afirmar que,
si no hubiera sido por el temor que todavía infundía el
decadente régimen colonial (autoritario y burocrático) a
los súbditos americanos, habrían sido muchos más los
criollos que hubieran refrendado el acta de lealtad al rey
Jorge III, quien, enarbolando la bandera del libre
comercio, personificaba el nuevo paradigma económico y
político promovido por Gran Bretaña (y EEUU) a principios
del siglo XIX.    

Finalmente, corresponde agregar que el trajinado Libro de
Actas, no obstante haber cumplido el tenedor con las
formalidades para su remisión al organismo oficial
británico correspondiente, luego se extravió en alguna
dependencia londinense, por lo que los argentinos jamás nos
enteramos de quienes eran los que integraban aquella lista
de cincuenta y ocho nombres ilustres, misterio que subsiste
en la actualidad.

**********

GRAGEAS HISTORIOGRÁFICAS

Hechos Extravagantes y Falacias de la Historia

Año V – N°  41

Elaboradas por Gustavo Ernesto Demarchi, contando con el
asesoramiento literario de Graciela Ernesta Krapacher,
mientras que la tarea de investigación fue desarrollada en
base a la siguiente bibliografía:

· Beruti, Juan Manuel: “Memorias curiosas”; Emecé, Bs.As.,
2001.

· Brignole, Alejo: “De invasores e invadidos”; web,
disertación, Bs.As., 2001.

· Elissalde, Roberto:“Historias ignoradas de las Invasiones
Inglesas”; Aguilar, Bs.As., 2006.

· Ferns, H.S.: “Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX”;
Solar, Bs.As., 1966.

· Fonderbrider, Jorge: “La Buenos Aires ajena”; Emecé,
Valentín Alsina, 2001.

· Gallo, Klaus y otros: “Las Invasiones Inglesas”; Eudeba,
Bs.As., 2004.

· Gillespie, Alexander: “Buenos Aires y el Interior”; El
Elefante Blanco, Bs.As., 2000.

· Graham-Yooll, Andrew: “La colonia olvidada”; Emecé,
Bs.As., 2000.

· Groussac, Paul: “Santiago de Liniers, Conde de Bs.As.”;
El Elefante Blanco, Bs.As., 1998.

· Luna, Félix y otros: “Castelli” – “Liniers” –
“Pueyrredón”; Planeta, Bs.As., 1999.

· Palermo, Pablo E.: “Memorias de Cornelio Saavedra”;
Sudamericana, Bs.As., 2003.

· Palombo, Guillermo: “Invasiones Inglesas – Estudio
documentado”; Dunken, Bs.As., 2007.

· Roberts, Carlos: “Las invasiones inglesas”; Emecé,
Bs.As., 2000.

· Romero, L.A., O´Donnell, P. y otros: “A dos siglos de la
invasión de 1806”; Página 12, 2006. 






Roberto Bardini
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http://boletinbambu.wordpress.com/



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