[R-P] Perón, los judíos, la Iglesia, los masones... y Bardini

Boletín Bambú bambuprensa en yahoo.com.mx
Vie Sep 7 02:23:05 MDT 2007


Soy un "marxista resentido", pero lo ignoraba hasta hoy.

Un amigo me reenvió un artículo sin firma y publicado en un
blog llamado “El último alcázar” que, a su vez, hace
referencia a un trabajo que escribí en 2003 titulado “Perón
y los judíos” [http://www.rodelu.net/bardini/bardini02.htm]
pero esto, como se verá, es lo de menos.

El blog presenta noticias sobre la Iglesia Católica y
trabajos sobre si el limbo existe o no, la liturgia
cristiana, el aborto, el Sudario de Turín, la beatificación
de Ceferino Namuncurá... Y aunque el anónimo autor me
califica tiernamente de “marxista resentido”  y descubre
que no logro “ocultar del todo una sincera y tierna
nostalgia argentina”, fuera de eso, se refiere en realidad
a la relación entre Perón y la Iglesia.

Escribe, por ejemplo, que la versión de Perón acerca del
conflicto, “en la edición española de ‘Del poder al exilio.
Cómo y quiénes me derrocaron’ (Madrid, 1957) es distinta a
la que contiene la edición argentina de 17 años después. En
la española, expresa que la crisis con la Iglesia ‘no fue
culpa de él’, que era católico, ni acaso de la Iglesia
tampoco, sino el resultado de manipulaciones masónicas”.

Y agrega: “En cambio, en la segunda edición, Perón (y
Bardini detrás) se despacha a gusto contra la Iglesia
cargándole las culpas en los hechos que culminaron con la
supresión de la enseñanza religiosa en las escuelas
públicas (1954), la ley de divorcio civil vincular, la ley
de profilaxis, las detenciones de dos obispos, la quema de
varias Iglesias céntricas de la ciudad de Buenos Aires (con
profanación de los restos mortales de insignes patricios,
cuyos huesos serían arrojados a las alcantarillas) y su
postrer derrocamiento”. 

Según el autor, en la edición española “Perón no atribuye a
la Iglesia ninguna culpa en el final de su presidencia
segunda, pero tampoco se mantiene mudo sobre este capítulo
de su historia: inculpa a la masonería enquistada en su
gobierno por enemistarlo con el catolicismo”.

Cerca del final, el hombre dice amablemente: “En cuanto a
Perón-Bardini (suponemos que no le será ingrato a don
Roberto compartir este binomio, aún en un segundo lugar y
en tan modesta circunstancia) la teoría de Perón en su
versión anticatólica es contradictoria con hechos
posteriores de la vida del general en el exilio y con
algunas expresas declaraciones suyas”.

Y concluye con la muerte de Perón: “fue la de un devoto
hijo de la Iglesia, como nos confirmó el capellán militar
que lo asisitó en sus últimas horas. Así que, aunque a
Bardini no le caiga bien, hasta se dió el lujo de morirse
como un caballero”.

Esto último me resultó ofensivo. Tanto que, si dos
compañeros de la lista me apadrinan, pienso desafiarlo a
duelo: con pistola y a doce pasos a la hora que canta el
gallo.

Pego el artículo abajo, pero se puede leer en la versión
original en:
http://elultimoalcazar.blogspot.com/2007/08/de-excusas-no-pedidas.html


DE EXCUSAS NO PEDIDAS... 
Miércoles 8 de agosto de 2007

Un artículo del año 2003 del periodísta Roberto Bardini
—quien a veces escribe cosas interesantes, pese a un raigal
marxismo que lo brota de resentimiento, aunque no logre
ocultar del todo una sincera y tierna nostalgia argentina—
nos ha obsequiado con una jugosísima excusa referida a la
traumática relación de Juan Domingo Perón con la Iglesia
Católica, durante la última parte de la primera época del
peronismo; no obstante la sencillez de los hechos que
rodearon aquel penoso acontecimiento, tan conocido, Bardini
evita el abordaje directo de una cuestión tan espinosa como
empinada, acudiendo al circunloquio y empleando, como
excusa, como telón o como proemio, el trato que Perón
mantuviera con los judíos. 

El artículo de Bardini comienza “reconociendo” que los
Gobiernos argentinos listados entre 1933 y 1946, no
solamente aceptaron la mayor cantidad de refugiados judíos
emigrados en toda la historia moderna, provenientes de la
diáspora europea de entonces, sino que, ya instalados aquí,
se vieron favorecidos de muy diversas maneras por esos
gobiernos supuestamente pronazis; como por ejemplo, con la
fundación de instituciones especiales estimuladas por el
escritor católico (o sea “nazi”, para Bardini, Papelón/12 y
demás) Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast), destinadas a
la protección de los infantes de familias judías. Y para
finalmente dictaminar, pocos renglones más abajo y sin
demostrar temor alguno ante la contradicción, que a pesar
de ello, sería verdad que, según Eva Perón, el
antisemitismo argentino ¡era obra de la oligarquía! 

El cual estrato social —siguiendo en este caso el contenido
conceptual predominante que en aquellos años era dado a
este dudoso sustantivo— habría recibido en el país, no
obstante lo dicho, más judíos durante los 15 años seguidos
de su gestión, y sin limitación alguna, que todas las
hipócritas potencias “democráticas” europeas o americanas,
que cansaban al mundo con sus protestas y sus grandes
voces, pero no ayudaban a nadie por medio de efectividades
conducentes, como parece haberlo hecho la tan criticada —y
equívoca— oligarquía local.

Este hecho histórico es rigurosamente verdadero y, aún,
consideramos exigua la cifra de judíos europeos refugiados
arribados a estas costas, que presenta Bardini como
definitiva, y que trepa más allá del triple de la
mencionada por este autor, como cualquier estudio serio,
efectuado teniendo a la vista los registros de la oficina
de Migraciones —estudio en el cual se hallan
sospechosamente en mora los cazadores de infamias,
sedicentes historiadores amarillistas— demostraría sin
asomo de dudas, para vergüenza de todos aquellos que
denostan a la Argentina como antisemita y a la clase
gobernante de aquellos años que —sin negar sus inmensas
falencias ni la imposibilidad de categorizarla unívocamente
como intenta la zurda— fue mucho más eficaz en la hora, que
sus críticos de hogaño.

Pero todo esto, siendo interesante, es anecdótico, porque
el fin del panfleto tan singularmente presentado, queda
revelado bastante más allá de promediada su lectura: en
realidad, la entrada tiene por propósito excusar la
persecución contra el catolicismo lanzada por Perón, no
bien desaparecía de la escena política su segunda esposa y
carismática estandarte de las reinvidicaciones sociales;
aquellas mismas que el Ejército, propulsor a osadas de la
primera presidencia de Perón, exigiera al veleidoso coronel
como condición liminar para promover su exaltación
política.

Hoy parece innegable la existencia de masones en el último
Gobierno de la primera época de Perón: Méndez de San
Martín, Borlenghi, Subiza, Teissaire ... Perón nunca más
tuvo trato con ninguno de ellos después de su derrocamiento
(o, más apropiado, sería llamarlo “abdicación”, como
veremos enseguida) de septiembre de 1955, y sí tuvo
palabras amargas y críticas contra lo que llamó poderes
ocultos internacionales, a quienes acusó de haber fomentado
su disensión con la Iglesia (Juan D. Perón, La fuerza es el
derecho de las bestias, Ed. Cicerón, Montevideo, 1958, pág.
66 y s.s.; Del poder al exilio. Cómo y quienes me
derrocaron. Buenos Aires, 1973, págs. 27 a 35); pero sin
haber llegado nunca, lástima grande, a la explicación de
detalle que tan bien habría satisfecho la curiosidad
histórica de la posteridad; y que a través de aquellos
omisos nombres concretos, actitudes y circunstancias
coherentemente hilvanadas, habrían formando una convicción
histórica aceptable. 

Sin embargo, como en las novelas que las editoriales
comerciales destinan a pueblos cultos, pero que también
podrían caer en manos iletradas de pueblos bananeros (si se
permite la comparancia), la explicación que Perón dedica a
este delicado problema en la edición española de Del poder
al exilio. Cómo y quiénes me derrocaron (Madrid, Artes
Gráficas Clavileño, 1957) es distinta a la que contiene la
edición argentina de 17 años después. En la española,
expresa que la crisis con la Iglesia no fue culpa de él,
que era católico, ni acaso de la Iglesia tampoco, sino el
resultado de manipulaciones masónicas, de fuerzas obscuras
que querían arruinar la Argentina y a él mismo.

En cambio, en la segunda edición en el tiempo, Perón (y
Bardini detrás) se despacha a gusto contra la Iglesia
cargándole la romana y las consiguientes culpas en los
hechos que culminaron con la supresión de la enseñanza
religiosa en las escuelas públicas (1954), la ley de
divorcio civil vincular, la ley de profilaxis, las
detenciones de dos obispos, la quema de varias Iglesias
céntricas de la ciudad de Buenos Aires (con profanación de
los restos mortales de insignes patricios, cuyos huesos
serían arrojados a las alcantarillas) y su postrer
derrocamiento. En la edición española, Perón no atribuye a
la Iglesia ninguna culpa en el final de su presidencia
segunda, pero tampoco se mantiene mudo sobre este capítulo
de su historia: inculpa, como hemos dicho, a la masonería
enquistada en su gobierno desde largo tiempo atrás, por la
ejecución de ponzoñosas artes cuya finalidad era
enemistarlo con el catolicismo, y finalmente, perderlo,
como en efecto sucedió.

Sin embargo, la picardía del sonriente general queda
demostrada con este hecho, en realidad poco conocido, de su
biografía literaria; y atención, por que la segunda edición
del libro es la que menciona Bardini como fuente de las
explicaciones brindadas por Perón a la posterioridad, y que
es tomada como relato cierto sobre su conflicto con la
Iglesia. Esta inexplicada discrepancia entre dos ediciones
del mismo libro, es tan misteriosa como la razón por la
cual Perón, si es que verdaderamente comprendió en su
momento este fatal juego masónico, no lo evitó o lo deshizo
a tiempo.

A nosotros se nos ha ocurrido pensar que —ahora veremos
cuál pudo ser la verdad histórica— a Perón no le convenía,
en la católica España de Franco a la bien pronto recurriría
para buscar cobijo, culpar a la Iglesia de ... ¡su propio
anticatolicismo! (Perón defendía la catolicidad original de
su doctrina peronista); pero en los años siguientes, ya
triunfante el progresismo en muchas de sus expresiones,
inclusive políticas, y perdido aquel primitivo interés, era
más rentable políticamente volver al discurso de 1954, el
de los malos curas que, conspirando en las oscuras
sacristías, lo habían echado del poder con la complicidad
de los poderes ocultos.

A nosotros nos parece que, lo que para Perón fue una
picardía más en una vida de suyo bastante picaresca (¡qué
le hace una mancha más al tigre!), en un pretendido
historiador viene a ser, simplemente, una gruesa falta a la
verdad, acaso guiada por el compromiso político o por la
conveniencia ideológica; como ocurre ahora mismo con la
llevada y traída cuestión de si al difunto fundador del
peronismo le cupo o no intervención directa alguna en la
creación de la famosa organización “Triple A”, (ver nota),
cuando se sabe de sobra que existen testimonios directos
que impiden, absolutamente, liberarlo de responsabilidad,
al menos genérica, en cuestión tan comprometedora. Y que
mencionamos, más que nada, por su similitud de situaciones
y de tratamiento con la materia de este artículo, que es la
vera explicación del problema de Perón con la Iglesia, en
cuanto fue un hábito frecuente del general, pretender el
conocimiento de cosas que ignoraba o asegurar desconocer
otras que sabía perfectamente.

No nos interesa en lo más mínimo denigrar a Juan Domingo
Perón ni a su obra de gobierno —admirable en tantos otros
aspectos que aquí no van interesados— pero tampoco nos
dejan inertes semejantes faltas a la verdad histórica que,
según es de toda evidencia, no son el fruto de la
ignorancia o la pasión política desbordada —ciertamente
inexcusable, aunque sí más comprensible por lo
enceguecedora y optimista que ella es— sino el maduro
resultado del cálculo frío de quienes se juzgan a sí mismos
como iluminados alquimistas de una narración de la Historia
creada para consumo ajeno y provecho propio; poniendo así
en acto, aquella recomendación del genial y maléfico
Gramsci de rehacer la memoria de las generaciones futuras
mediante el engaño, para ordenarlas a la Revolución
permanente.

En cuanto a Perón-Bardini (suponemos que no le será ingrato
a don Roberto compartir este binomio, aún en un segundo
lugar y en tan modesta circunstancia) la teoría de Perón en
su versión anticatólica es contradictoria con hechos
posteriores de la vida del general en el exilio y con
algunas expresas declaraciones suyas. Su asistente y edecán
—y testigo conspicuo de sus últimas horas en el poder— el
Mayor Bernardo Alberte, le envió en mayo de 1957 una carta
personal cuyo contenido, expresado en el tono propio de un
subordinado que vive apasionado por la gloria de su Jefe,
no deja pasar ninguna duda sobre los hechos que narra:

“La revolución del 16-IX tuvo sus causas: injustificadas o
no; no entro a analizar este aspecto del problema. Ud.
mismo lo reconoció, cuando a un grupo de sus colaboradores
que quedábamos con Ud. en aquella triste noche del 19-IX
nos expresó: —«Yo debo irme; no quiero para mi Patria ni la
guerra civil ni la destrucción, y estos bárbaros van a
destruir lo que tanto sacrificio y trabajo me costó para
levantar. Yo he sido durante 10 anos la solución para el
país; ahora ya no lo soy más. Hay mucho odio en el pueblo.
Alguien vendrá que solucionará el problema». El poco tiempo
transcurrido demostró que Ud. no tenía razón: Ni vino
alguien que solucionara el problema, ni Ud. dejó de ser la
solución para el país. Así lo considero, pero, considero
también que hay que corregir los factores que dieron lugar
a aquella desgraciada revolución.

“Repito que serán o no justificadas las causas, pero me
mantengo en que fueron causas, o por lo menos pretextos
para llevar a una parte importante del pueblo a luchar
contra nosotros. Quién tendrá la razón, la historia lo
dirá, pero si vuelve al gobierno del país como todo lo hace
prever, repare en esas causas y elimínelas.

“Otro asunto conmovió al país. El asunto religioso. Fue
explotado en nuestra contra e influyó poderosamente en el
estallido de la revolución del 16-1X.

“¿No cree Ud que seguirá influyendo para evitar que Ud.
regrese al país? Yo creo que sí. Por eso considero debe
encararse de frente el asunto y poner en práctica la
solución que su corazón de católico le dicta. Por lo
pronto, no se muestre ateo, porque no lo es. Yo podría
hacerlo, Ud. No.

“¿Acaso no recordará la Iglesia todos los beneficios que
Ud. Le otorgó antes de que se planteara el conflicto? Mi
incapacidad me impide hablar de la solución, Ud. ya la
tenía pensada cuando ya no había tiempo de corregir errores
que fueron más de procedimientos que de objetivos, y que no
fue producido por causas que tenían que ver ni con la
religión, ni con la fe ni con la Iglesia. 

“Reconstruya aquellos días, piense en quienes lo
aconsejaron, más aún en quienes lo impulsaron, repare en
las consecuencias y en los resultados”.

El texto es sumamente elocuente y la sinceridad, que brota
en este caso de un corazón simple y leal, punzante y
sencilla, como la verdad misma. Y es clarísimo que el
redactor piensa que la culpa en el conflicto con la Iglesia
es, al menos indirectamente, del propio Perón, por que se
ha mostrado ateo sin serlo, y también de sus allegados, que
de un bando u otro, han aprovechado esa debilidad
presidencial para sus planes, o acaso, apoyándose en la
soberbia del presidente derrocado, que no desea admitir tal
equivocación; y por eso, es que le pide que se rectifique y
corrija sus errores. El testimonio es impresionante y no
hay libro que pueda desvirtuarlo.

La respuesta de Perón, fechada en los primeros días del
siguiente mes de abril de 1957, y firmada como “Pecinco”
—pseudónimo clave que solía utilizar en aquel tiempo—, no
toca para nada la cuestión religiosa propuesta por Alberte,
centrándose casi exclusivamete en dirimir ciertas quejas
sobre, y de, los emigrados peronistas en Río o Caracas (se
refiere a los exilados después del derrocamiento del Gral.
Lonardi, el 13 de noviembre de 1955, y a los recién
llegados por el fracaso de la asonada del Gral. Juan José
Valle, de junio de 1956). Sobre las cuestiones planteadas
por Alberte, especialmente el escandaloso enriquecimiento
de funcionarios peronistas y la cuestión religiosa que
hemos transcripto arriba, Perón se excusa diciendo:

“Llegará la época de autocrítica y de las medidas
consecuentes pero, si ahora dejamos la lucha o luchamos
entre nosotros por pequeñeces o amor propio, estamos
destruyendo toda posibilidad de arreglar lo de ahora por
proyectar lo que arreglaremos después...”

Y sin más trámite, pasa de lleno a dedicar el grueso de su
correspondencia a criticar con grave severidad al reciente
movimiento del heroico general Valle, por que, afirma, no
le consta que fuera auténticamente peronista sino, acaso,
un desprendimiento de cierto “peronismo sin Perón” que
—luego de expresar algo teatralmente su deseo de que
hubiese podido ser cierto, pues él desearía terminar ya su
vida política— rechaza por inconveniente. Por lo cual, y
por no haber él autorizado jamás la “solución golpista”,
destierra de un plumazo a Valle, Tanco y los demás héroes
de junio de 1956 al limbo político. Tal vez no quiera aún
perdonarle —algo rencoroso— la imprudencia de Valle al
aceptarle, como integrante de la Junta de Generales, una
renuncia “táctica” remitida por Perón en septiembre de 1955
sin la menor intención de irse del Gobierno, y que era para
ser utilizada en la negociación con los rebeldes pero no
para ser aceptada.

La frase con que el exilado general remata la cuestión del
Movimiento de junio de 1956 es tremenda y, aunque parezca
algo cruel, no se piense que está exenta de atinada razón
práctica, por lo cual, aunque no verse sobre el asunto que
tratamos, nos es imposible no transcribirla, por que
demuestra de manera inmejorable la trama de su psicología
íntima:

“Ni golpismo ni componendas políticas. El Pueblo debe
defender por sí sus derechos y ganar su libertad, a no
(SIC) había demostrado que merece la esclavitud. Yo les he
dado una doctrina, una mística, una organización y les he
enseñado el camino mediante diez años de felicidad y
grandeza, en el marco de lo posible, ellos deben ahora
hacer el resto. Si no fueran capaces o no quisieran, no
serían dignos de ello y pagarían un caro precio a su
cobardía. Yo no puedo aconsejarles otra cosa ni hacer otra
cosa porque sería engañarlos, de acuerdo a lo que yo creo y
aprecio. No entro en la pequeñez de las formas y
deformaciones lógicas en toda acción multitudinaria pero
sí, en el fondo de un asunto que es fatal e irremediable”.

Hasta aquí, la correspondencia.

Los hechos que de ella se desprenden son categóricos, en
cuanto al asunto que nos ocupa: Perón parece haber sido,
efectivamente, un títere en manos de la masonería que
desencadenó el conflicto con la Iglesia, aprovechando la
escurridiza y pragmática personalidad del líder y la
oportunidad que brindaban la gran cantidad de masones que
incorporó a sus filas el peronismo, especialmente en su
segunda versión: 1951—1955, y que fomentaron el
encontronazo. La tercera versión —la definitiva, para el ya
anciano Perón— no es motivo de esta entrada; pero sin duda
debería estudiarse con más detenimiento. Una de las cosas
que hizo Perón en el exilio, fue reconciliarse con la
Iglesia y solicitar y obtener, el levantamiento de su
excomunión, lo que probó su interés en una solución
católica, además de su respondabilidad en alguno de los
hechos que detonaron el conflicto de 1954 y 1955. No
seguiría, pues, mostrándose como el ateo que no era. Y a
renglón seguido, desembarazarse rápida y limpiamente de
quienes lo aconsejaron, más aún de quienes lo impulsaron,
en su conflicto con la Iglesia, ninguno de los cuales
estuvo presente en su última gestión.

Y finalmente su muerte: fue la de un devoto hijo de la
Iglesia, como nos confirmó el capellán militar que lo
asisitó en sus últimas horas. Así que, aunque a Bardini no
le caiga bien, hasta se dió el lujo de morirse como un
caballero.



Roberto Bardini
http://bambupress.wordpress.com/  
http://boletinbambu.wordpress.com/



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