[R-P] Míralo a los ojos, dispárale... y luego silba una antigua canción de Tennesee

Boletín Bambú bambuprensa en yahoo.com.mx
Jue Sep 6 20:48:25 MDT 2007


MÍRALO A LOS OJOS, DISPÁRALE... Y LUEGO 
SILBA UNA ANTIGUA CANCIÓN DE TENNESEE


Una explicación no académica, pero tan aceptable como
cualquier otra, acerca del surgimiento, crecimiento y
consolidación de Estados Unidos debería considerar un
factor que muchos historiadores soslayan: la vocación para
el tiro al blanco y la puntería de sus hombres más
decididos, también esenciales para la expansión dentro y
fuera de sus fronteras.

Esta característica poco analizada podría resumirse con una
simple pero certera expresión de Mao Tse Tung, formulada
por primera vez en Problemas de la Guerra y de la
Estrategia, obra publicada en 1938: “El poder nace del
fusil”. La célebre frase también le cabe a Estados Unidos
como un cartucho en la recámara. 

No es por azar que el fortalecimiento del capitalismo y la
extensión del imperialismo fueran acompañadas por
legendarias marcas de fábrica, como Springfield, Remington
y Winchester, junto con artefactos Colt, Browning y Smith &
Wesson. Es casi imposible imaginar a célebres cazadores,
tramperos y exploradores como Davy Crockett, Daniel Boone,
Jim Bowie, Kit Carson y William F. Cody, más conocido como
“Búfalo Bill”, sin una carabina como prolongación del
brazo.

Con revólveres, rifles y escopetas desde Washington se
conquistó el Lejano Oeste. Estados Unidos casi duplicó su
territorio con la apropiación de la mitad de la superficie
original de México, los marines desembarcaron en casi todos
los puertos de América Latina y el Caribe, la bandera de
barras y estrellas ondeó en los rincones más apartados del
planeta. Los hombres que llegaban a esas comarcas lejanas,
desconocidas y exóticas no llevaban flores en sus manos, ni
golosinas, ni espejitos de colores. Llevaban pistolas,
fusiles y cañones.

Lo mismo puede decirse de próceres menores, pero también
partidarios de la iniciativa privada, la libre empresa y la
“mano invisible del mercado”, como William Henry Booney,
alias “Billy the Kid”, y los hermanos Dalton, John
Dillinger, Bonnie & Clyde.

Ninguna de estas celebridades podía permitirse una
equivocación, un mal cálculo o fallas en la puntería. En
aquellas épocas los menesteres se hacían a mano, y se
hacían bien. Eran artesanales, exactos y fríos como un rubí
de la India.

En 1935, el general Smedley M. Butler, comandante de
Infantería de Marina dos veces condecorado con la Medalla
de Honor, pronunció un memorable discurso en el Congreso de
Estados Unidos y relató cómo había participado en
invasiones a México, Cuba, Nicaragua, República Dominicana,
Honduras y China: “Fui premiado con honores, medallas y
ascensos. Pero cuando miro hacia atrás considero que podría
haber dado algunas sugerencias a Al Capone”, dijo Butler.
“Él, como gangster, operó en tres distritos de una ciudad.
Yo, como marine, operé en tres continentes”.

Pero los tiempos cambian y aunque muchos hombres decididos
aún viajan a los confines más distantes de la tierra para
poner las cosas en orden, la tecnología se impone y las
tradiciones se van perdiendo. Computadoras, radares,
controles remotos y consolas han suplantado la corajuda
eficacia del dedo en el gatillo a pocos metros de distancia
de los malos, frente a frente con rebeldes, bandidos,
nativos y otras alimañas bípedas.

La semana pasada un bombardero estadounidense B-52
transportó por error seis misiles de crucero provistos de
cabezas nucleares desde Dakota del Norte, en la frontera de
Canadá, hasta Luisiana, al sur de Estados Unidos, frente al
Golfo de México. El avión llevaba los cohetes para su
destrucción, pero las cabezas nucleares deberían haber sido
retiradas de los proyectiles antes de ser subidos a la nave
y, además, la tripulación ignoraba ese detalle. 

Fabricado en 1954, en plena “guerra fría” entre Estados
Unidos y la Unión Soviética, el B-52 mide 48 metros y medio
de largo por 12 metros de alto y puede transportar 190 mil
kilos.

Un misil de crucero, propulsado por un reactor, es
prácticamente un avión no tripulado que mide más de cinco
metros y pesa entre 1.300 y 1.500 kilos. Es un arma de
destrucción masiva porque lleva cabezas nucleares, cuyo
elemento explosivo es el uranio o el plutonio. Por
seguridad, cuando se transporta de un lugar a otro, la
cabeza deben ser desmontada. 

En seis horas la mortífera carga atravesó cinco estados de
un extremo a otro del país: Dakota del Sur, Nebraska,
Kansas, Oklahoma y Arkansas. El error que puso en riesgo a
miles de vidas se descubrió recién cuando el aparato llegó
a destino. No hay que tener una excesiva imaginación para
suponer qué hubiera ocurrido en caso de accidente del
avión.

La revelación de la revista independiente Army Times,
publicada desde 1940 por una compañía privada que también
edita USA Today y USA Weekend, ya provocó que rodaran
algunas cabezas, no atómicas sino humanas. Un alto oficial
fue relevado de su cargo y a varios más se les retiró el
permiso para manejar armas nucleares. 

Las Fuerzas Armadas de Estados Unidos no abusan en el uso
de la palabra “error”, sino que prefieren el concepto “daño
colateral”, eufemismo que comenzó a ser manejado
internamente en la guerra de Vietnam (1958-1975) y se hizo
público durante la guerra del Golfo Pérsico, en 1991. La
expresión indica, bastante benévolamente, daños no
intencionales o accidentales sobre personas, equipos y
construcciones aliadas o neutrales, generalmente civiles.

Afganistán e Irak suministran unos cuantos ejemplos de
“daños colaterales”. El 1 de julio de 2002, un error de
puntería transformó una boda en un funeral: tres aviones
abrieron fuego y lanzaron bombas en la aldea afgana de
Kakarak, a unos 250 kilómetros al suroeste de Kabul, donde
se celebraba un casamiento, y perpetraron una de las peores
masacres desde el inicio de la ocupación: 40 personas
murieron y más de 70 fueron heridas. Todos eran civiles.

El 9 de enero de 2005 un avión estadounidense arrojó una
bomba en una casa de Mosul, al norte de Irak y mató a 14
personas inocentes. Un vocero militar admitió que fue un
“objetivo equivocado”. 

El 17 de agosto de 2006 murieron doce policías afganos
cuando un avión lanzó una bomba “erróneamente” sobre dos
vehículos policiales en el este de Afganistán, cerca de la
frontera con Pakistán. Los agentes buscaban a terroristas
de Al Qaeda.

El 8 de mayo de 2007, siete niños, alumnos de una humilde
escuela pública en la aldea iraquí de Mandali, en la
frontera con Irán, murieron junto a tres maestros,
ametrallados por un helicóptero estadounidense. 

El 24 de agosto pasado un avión estadounidense bombardeó
por error a soldados británicos en Afganistán después de
que sus aliados les pidieron apoyo aéreo. Errores similares
por parte de los militares estadounidenses en Irak causaron
la muerte de 12 soldados ingleses.

Los buenos viejos tiempos han quedado atrás: fueron
sepultados por monitores, teclas y chips. Ya nadie le
dispara a un malo mirándolo a los ojos, lo despacha al otro
mundo, sopla el cañón de la pistola, enfunda el arma, monta
en el caballo y se aleja en el horizonte silbando una
antigua canción sobre una muchacha que espera en Misouri,
Mississipi o Tennesee.



Roberto Bardini
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