[R-P] De Marcelo Colussi, un argentino en Caracas
carola chavez
tongorocho en gmail.com
Mar Sep 4 06:53:13 MDT 2007
¿Qué significa ser 'revolucionario'?
Por: Marcelo Colussi (especial para ARGENPRESS.info)
Fecha publicación: 03/09/2007
'Que ningún ser humano tenga derecho a mirar desde arriba a
otro, a no ser que sea para ayudarlo a levantarse.'
Gabriel García Márquez
Esta es, quizá, la pregunta más difícil de responder de todo el
ideario socialista. En un sentido, dar la respuesta desde las
consignas es bastante simple: quien cumple con ciertas indicaciones de
manual puede ser considerado un revolucionario. En esa línea, está
claro que es "revolucionario" aquel que sigue ciertos principios
políticos y éticos que tienen que ver con la igualdad, la solidaridad,
la búsqueda de la justicia. Pero sabemos que la realidad es mucho más
compleja, y un carnet de afiliado a algún partido de izquierda o el
uso de cualquier ícono cultural considerado revolucionario (una camisa
con el rostro del Che Guevara, la audición de ciertos músicos -Alí
Primera, Mercedes Sosa o Silvio Rodríguez-, la lectura de ciertos
autores -García Márquez, Bertold Brecht- o alguna determinada manera
de vestir: zapatillas Nike no, pero sandalias de cuero sí, etc.), nada
de eso es garantía definitiva. Además -es una cruda realidad que nos
tiene que llevar a revisar autocráticamente todo esto- no es inusual
encontrar infinidad de prácticas nada revolucionarias en el seno de
las organizaciones proclamadas revolucionarias. Pareciera que, de
momento al menos, todos los seres humanos estamos cortados por la
misma tijera, y las disputas por el poder, el sentirse más que otro,
la exclusión en infinidad de formas, la mentira, la corrupción, no se
extinguen con la pertenencia a una organización de izquierda.
Quizá en un sentido habría que comenzar por decir, para darle visos de
realidad a lo que se quiere transmitir, que nadie, a nivel individual,
es en sí mismo un revolucionario. Nadie lo es, y para que nos quedemos
tranquilos, nadie puede serlo en esencia. Las revoluciones (que son
siempre complejísimos procesos con diversas aristas: políticas,
sociales, económicas, culturales) van más allá de los individuos, nos
trascienden. Los seres humanos individuales, en todo caso, podemos
estar más o menos a la altura de las circunstancias, y actuar más o
menos acorde con un clima revolucionario, pero tal vez es imposible
decir quién, cuándo y cómo comienza a ser "revolucionario".
¿Quién es un verdadero revolucionario? Así formulada, la pregunta no
deja de tener una pesada carga moralista, casi religiosa, que
prácticamente no ofrece salida. ¿Habrá que ser un iniciado en los
principios de la revolución para llegar a ser un verdadero
revolucionario? ¿Hay que cumplir a cabalidad ciertas normas que
garantizan que uno se gradúa de revolucionario? ¿Dónde está escrito
ese decálogo? Si uno no toma Coca-Cola pero escucha Michael Jackson o
Shakira es medianamente revolucionario…, pero si no toma Coca-Cola y
además escucha a Pablo Milanés, es absolutamente un revolucionario.
Puede parecer grotesco, pero sabemos que estos valores, esta forma de
entender el mundo, muchas veces (¿siempre?) así funcionan en el campo
de la izquierda.
En buena medida el ámbito de lo que entendemos por revolucionario se
ha ido forjando de esta manera, como un abierto desafío -casi rebelde
en muchos casos- a los valores consagrados de la sociedad capitalista.
Si lo "normal" es tomar Coca-Cola sin abrir crítica, lo revolucionario
es no tomarla. Pero aunque grotesco en algunos casos, de eso se trata
una revolución: de romper los moldes, de cambiar todo, de poner en
marcha algo nuevo. Lo cual, como todo proceso nuevo, no está libre de
exageraciones, abusos, manierismos.
Y ahí radica justamente el problema: ¿hasta dónde, cómo, de qué manera
se da ese cambio? Revolución socialista es, en definitiva, el proyecto
del más grandioso cambio en la civilización a través de la historia.
Se trata de la puerta de entrada a una sociedad donde es abolida la
propiedad privada, y por tanto, las clases sociales. Lo cual abre un
mundo de valores totalmente novedoso: se terminarían las jerarquías,
ya nadie sería superior a nadie, nadie miraría desde arriba a otro.
Pero sabemos que eso es, hoy por hoy al menos, una hermosa petición de
principios, y no más. No queremos decir que todo ese ideario sea como
las estrellas: "inalcanzables, aunque marquen el camino". La utopía
social, en tanto búsqueda de lo que no está en ningún lugar concreto
pero que impulsa a continuar seguir buscándolo, es la más noble de las
ideas de cambio, es la energía inacabable que hace que las sociedades
estén en perpetuo movimiento, en mejoramiento, en avance. Y es
innegable que la aspiración de la revolución socialista -que en el
pasado siglo apenas dio sus primeros y balbuceantes pasos- es el
afianzamiento de ese espíritu revolucionario, trasformador, rebelde,
productivamente irrespetuoso. Espíritu que, para autoafirmarse,
necesita de ciertos íconos culturales: de ahí que hay una "manera de
vestir" revolucionaria, una pose revolucionaria, un folklore
revolucionario. Aunque, claro está -y como en toda construcción
humana- no faltan los excesos absurdos, los planteamientos más
formales que cargados de contenido, los fanatismos incluso.
Consideremos esta paradoja: Lenin vestía con camisas de seda, y alguna
vez interrogado de por qué lo hacía, su respuesta fue "yo lucho para
que todos puedan usar camisas de seda." ¿Era o no un revolucionario
este ruso conductor de la revolución bolchevique?
Una vez más, entonces: ¿existe efectivamente un tal espíritu
revolucionario? ¿Podemos cada uno de los seres individuales que nos
comprometemos con estos principios de transformación social, ser en
verdad "revolucionarios"? ¿Se trata de no tomar Coca-Cola, escuchar la
Nova Trova cubana o no faltar a ninguna marcha chavista en Venezuela
para ser un revolucionario? ¿Se trata de cumplir con íconos, con
seguir un pretendido manual, o es otra cosa? ¿Cuándo se tiene la
certeza de ser un revolucionario? ¿Quién la da?
Ernesto Guevara, según lo que podemos leer en su diario personal,
calificaba a sus compañeros de célula estando enmontañados en las
selvas bolivianas, determinando sus conductas revolucionarias. Dado
que eso lo hacía el legendario, mítico "Che", nada agregamos al hecho;
pero si la calificación la hace el jefe de personal para ver el
compromiso de cada trabajador con la empresa evaluando quién es "más"
colaborador, seguramente ponemos el grito en el cielo. ¿Está alguien
autorizado por "más" revolucionario a determinar quién cumple más a
cabalidad con el perfil de luchador social? ¿O hay ahí, aún a riesgo
de cuestionar ese ícono intocable que es la figura del "guerrillero
heroico", una asignatura pendiente con la nueva ética que la
revolución pretende instaurar? ¿Era Ernesto Guevara más revolucionario
que sus compañeros de lucha? ¿Se puede medir lo revolucionario de una
persona? Pero el Che fumaba, y así lo vemos en todas sus fotos. ¿No es
ese un patrón de consumo capitalista? ¿No es eso un producto
cancerígeno que debemos eliminar de una buena vez por todas? ¿Cómo
podríamos fotografiarnos fumando? ¿Y no abandonó a su familia en Cuba
para irse a luchar al Africa? ¿Es ese un mensaje revolucionario o
fomenta la paternidad irresponsable? Una vez más: ¿cuándo y cómo se
gradúa uno de revolucionario? ¿Quién otorga el diploma?
Probablemente en todo esto arrastramos en la izquierda un prejuicio
moralista, que quizá es muy difícil -o imposible- desechar, pero que
debe ser considerado: las revoluciones implican monumentales cambios
en las relaciones económico-sociales y políticas, pero las
transformaciones subjetivas son infinitamente más lentas,
dificultosas, tortuosas. Hay ahí un límite infranqueable que ningún
manual puede superar. Aunque pareciera -ahí está el prejuicio ¿o
ilusión?- que un decálogo para la acción sí pudiera dar el camino.
Obviamente, eso tranquiliza: siempre son bienvenidos los libros
sagrados. ¿Y qué diría ese decálogo: se debe o no usar camisas de
seda? ¿Se debe o no fumar? ¿Está bien abandonar a los hijos para ir a
trabajar por la revolución en otro país? ¿Y qué hacemos con un
camarada que escucha Shakira? ¿Y si alguien toma Coca-Cola? Complejo,
¿verdad?
Esto no significa que no sea posible el cambio; obviamente no. Si no
fuera posible, las sociedades humanas jamás hubieran evolucionado, y
justamente la historia es una interminable sucesión de cambios, de
mejoramientos en la situación cotidiana. Pero los cambios profundos en
la subjetividad son más lentos, muchísimo más lentos de lo que
pretenderíamos. Valga decirlo con este ejemplo: en el momento de la
anexión de Austria por las tropas nazis cuando comienza la Segunda
Guerra Mundial, Sigmund Freud, judío, padre del psicoanálisis, por ser
un prestigioso personaje de fama mundial fue perdonado y no marchó a
los campos de concentración. Pero sí fue condenado al destierro. En el
momento de abordar el avión que lo trasladaría a Londres donde poco
tiempo después moriría, dijo con ácida mordacidad: "en la Edad Media
me hubieran quemado a mí; hoy día queman mis libros. No hay dudas que
como especie hemos progresado."
Los cambios revolucionarios, o más simplemente: los cambios culturales
en las grandes masas humanas, son procesos lentísimos. Rusia, después
de décadas de construcción socialista, desintegrada la Unión Soviética
presenta aún guerras étnico-religiosas. ¿Sería para pensar que el
socialismo es entonces inviable, o es que lo dicho por Einstein parece
más que exacto?: "es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio".
A mucha gente de la izquierda española ya de alguna edad… le sigue
gustando las corridas de toros. Obviamente la revolución es más que la
toma del poder político. Por lo que eso plantea la pregunta: ¿qué es
ser un revolucionario? ¿Se lo puede ser de verdad a nivel individual,
o las revoluciones son grandes momentos de hecatombe social a las que
podemos sumarnos y alentar? ¿Un revolucionario "de verdad" qué debe
hacer en relación a las corridas de toros? Más aún: ¿hay
revolucionarios "de verdad"? ¿Quién los designa?
Las primeras experiencias socialistas del siglo XX deben ser muy
hondamente estudiadas para no repetir los mismos errores. No quedan
dudas que hay mucho por revisar ahí. De ningún modo fracasaron; fueron
los primeros intentos, sólo eso. La historia no ha terminado. Algo que
debe ser abordado con la más profunda actitud autocrítica es el tema
de lo subjetivo y la nueva cultura, la nueva ética que se forjó. Es
bastante significativo que en distintas latitudes donde asistimos a
estos experimentos de nuevas sociedades se repitió un mismo molde: los
"revolucionarios" de arriba fijaron las pautas que la masa
"no-revolucionaria" debió seguir. En otros términos: siguió habiendo
arribas y abajos. Si alguien puede calificar, poner notas, decir quién
es "más" y quién es "menos"… ¿no se ratifica entonces que "es más
fácil desintegrar un átomo que un prejuicio"?
Los distintos procesos socialistas conocidos de momento, en mayor o
menor grado dieron respuestas positivas a los problemas básicos de las
sociedades donde surgieron: mejoraron las condiciones de vida,
terminaron o redujeron drásticamente la exclusión social, dignificaron
a los históricamente más postergados. Todo esto es innegable. Pero
siguió siendo débil aún la modificación de los principios y valores
culturales del día a día. Setenta años después del triunfo bolchevique
de 1917 en Rusia, reaparecieron con sorprendente velocidad valores
capitalistas, individualistas y reaccionarios que se suponían
enterrados décadas atrás. Y algo similar sucedió en China con la
reintroducción de mecanismos capitalistas, surgiendo de la noche a la
mañana una nueva casta de millonarios imitadora de los más
cuestionables valores del consumismo occidental. Y lo curioso: todo
eso se dio fundamentalmente en cuadros de los respectivos partidos
comunistas. Lo cual abre una vez más la pregunta de qué significa ser
revolucionario. ¿
No lo eran todos estos militantes rusos o chinos? ¿Tenemos que llegar
a la patética conclusión que los revolucionarios verdaderos son sólo
los líderes de estos procesos: Lenin o Mao Tse Tung para el caso? ¿No
es, entonces, demasiado estrecho el concepto de "revolucionario"?
Porque estos grandes personajes de la historia, o Fidel Castro, o
Ernesto Guevara, o Hugo Chávez, no son la medida del ciudadano normal,
cotidiano, de a pie, el sujeto social real de la historia, ese que,
siempre en porcentajes muy pequeños sobre la generalidad, abraza a
veces las ideas socialistas y milita activamente desde algún frente, o
que mucho más comúnmente sigue los acontecimientos por la
televisión…luego de ver el juego de fútbol.
Lo cual no debe avergonzar a nadie: esa es la normalidad habitual. La
gran mayoría de la gente pasa su vida en la búsqueda de la
sobrevivencia económica y no se interesa mayormente por cuestiones
políticas. Al menos, así ha sido hasta ahora. ¿Pero son los
revolucionarios, entonces, sólo los que pueden llegar a tomar parte
activa en la historia? ¿No son las masas las que hacen la historia? ¿Y
en qué medida se es más revolucionario: cuánto más se milita, cuánto
más se compromete en la estructura de un partido político, cuanto más
uno se eleva en la calificación que podría otorgarle el Che por
acciones heroicas? Entre esa gran masa que prefiere -por una sumatoria
de motivos- acompañar los acontecimientos un poco de lado, muchas
veces sin ser parte activa, ¿no hay revolucionarios entonces? En el
recién creado Partido Socialista Unido de Venezuela, de los casi seis
millones de inscriptos como aspirantes a militantes sólo un millón y
medio participa en las discusiones de base en las asambleas populares.
¿No son revolucionarios todos aquellos que no llegan a esas reuniones?
Quizá se filtra en esta concepción del partido de vanguardia y del
revolucionario como vanguardia un prejuicio intelectual, iluminista
por último, solidario de la racionalidad europea en que nace el
marxismo, y que se ha venido arrastrando en estos dos siglos de luchas
sociales y de ideario socialista: el revolucionario es siempre alguien
que está adelante, alguien que está más allá que el común de la gente
(y por eso puede calificar a sus seguidores). Si así lo aceptamos -y
es lo que ha venido haciendo la izquierda por largos años con todos
los partidos ¿revolucionarios? que creó, siempre como organizaciones
de cuadros con estructuras verticales, jerárquicas, partidos de
iluminados que iluminan a la masa más "atrasada" (la alegoría
platónica de la caverna sigue viva después de dos milenios y medio…)-
si así entendemos la idea de "revolucionario", dejamos muy por lo bajo
la potencialidad del pueblo.
Tal vez es cierto que los grandes cambios sociales, las cataclísmicas
transformaciones que implica un proceso como la construcción de una
nueva sociedad socialista, deben ir de la mano de grandes conductores.
Eso es, al menos, lo que la historia de todas las revoluciones
socialistas conocidas hasta ahora nos indica: ¿sería posible la
revolución cubana sin Fidel, o la vietnamita sin Ho Chi Ming, o la
venezolana sin Chávez? Todo indica que no. Lo cual obliga a la
reflexión -que no abordaremos aquí, pero que sin dudas es una
asignatura pendiente de importancia capital- sobre por qué se repite
siempre ese fenómeno: ¿necesitan los grandes cambios sociales la
garantía de grandes figuras?
¿No pueden los pueblos ser revolucionarios? Pareciera que a veces, en
un determinado momento histórico, los pueblos se tornan
revolucionarios, se desatan, rompen las trabas ancestrales que los
atan; pero luego vuelven a su calma conservadora. Los pueblos, como
masa, no pueden vivir eternamente en actitud revolucionaria; las
sociedades requieren de cierta estabilidad rutinaria para mantenerse.
Las revoluciones son momentos puntuales, grandes quiebres que rompen
la cotidianeidad con las que se da un paso delante de no retorno. Lo
que nos lleva a pensar: ¿esto de ser revolucionario, es un oficio
entonces? Palabras más, palabras menos: eso significa partido
revolucionario de cuadros, que es lo que han venido siendo todos los
partidos de la izquierda en estos largos años de lucha. Pero, ¿y dónde
queda entonces el poder popular?
El común de la gente en su gran mayoría, todos los días, no vive en
actitud revolucionaria. ¿Podría hacerlo acaso? ¿En qué consistiría
eso? ¿Tener los ojos abiertos y no permitir que le manipulen? ¿No
hacerle caso a los valores que promueven los medios masivos de
comunicación? ¿Debería vivir en estado permanente de asamblea
deliberativa? ¿Debería dejar de tomar Coca-Cola? ¿No escuchar Shakira?
Una vez más entonces: ¿qué significa ser revolucionario? ¿Se traiciona
la causa revolucionaria si se usa una camisa de seda, si se fuma o se
toma Coca-Cola? ¿Sí o no? ¿Cuándo se empieza a dejar de ser
revolucionario: si se usa ropa Nike? ¿Dónde está ese límite?
El problema, ya lo dijimos, es endemoniadamente difícil, porque no se
trata sólo de ir a una concentración política masiva con la pancarta
del caso y con eso tener asegurado el estatuto de "revolucionario".
Por otro lado, esa imagen de militante absoluto que no come Mc
Donald's ni toma Coca-Cola no es una garantía total de "pureza"
revolucionaria, de cambios sin retorno, porque a veces, conseguido
algún cargo de dirección (en alguna organización popular, en la
administración política del Estado, etc. -la historia nos lo enseña
con demasiada frecuencia-) los ideales quedan olvidados y se reemplaza
la abnegación militante por las características distintivas del
ejercicio del poder tal como hasta ahora lo conocemos: verticalismo,
sordera para lo que dice la base, falta de autocrítica… y gustosa
aceptación de las comodidades del "estar arriba". ¿La revolución es
hacerle el boicot a las marcas transnacionales? Si es más que eso, si
es un cambio profundo en la forma de ser, habrá que tomarlo con mucha
paciencia. "Siéntate al lado del río a ver pasar el cadáver de tu
enemigo", enseñaba Sun Tsu hace más de dos milenios.
No debemos dejar de recordar que muchas veces grandes cuadros
militantes en su intimidad son tremendamente machistas, homofóbicos,
incluso racistas. Es decir: una presentación como revolucionario desde
el punto de vista político no implica forzosamente la superación de
todas las lacras culturales ancestrales y prejuicios que nos
constituyen (por otro lado, ¿por qué habría de implicarlo?) Y además,
no todos los que se comprometen con una causa política van a ser
militantes inquebrantables según el modelo guevarista. ¿Acaso es
posible que un ser humano común y corriente -como somos la absoluta
mayoría- viva en ese mundo un tanto artificial de estar militando
activamente todo el día? Quienes se comprometen con el trabajo
político revolucionario en general son grupos minoritarios: son
algunos los líderes comunitarios que encabezan las reivindicaciones
barriales, y son sólo algunos trabajadores quienes activan
sindicalmente. La gran mayoría acompaña, participa aportando, pero no
es la que toma la iniciativa. ¿No es revolucionaria entonces? Así
planteadas las cosas, no hay salida. No debemos quedarnos con la
limitada idea -moralista en definitiva- de ver quién es "buen"
revolucionario y quién no cumple con el manual. Eso sólo ayuda a
ratificar prejuicios y paradigmas injustos: el que está arriba y el
que está abajo.
Si algo nuevo puede aportar el socialismo, básicamente es el generar
una nueva conciencia en el colectivo social para ir borrando la idea
de abajo y arriba. De momento, producto de una milenaria herencia
civilizatoria, nadie -tampoco los que puedan ser considerados
"revolucionarios", o "más" revolucionarios- escapan a estas matrices
culturales: las nociones de arriba, de mejor, de más importante,
siguen siendo dominantes. La apuesta es poder desarticular esas
formaciones. ¿Cuánto tiempo tomará? No se sabe. Pero sin dudas no será
ni rápido ni fácil. La misma noción de "revolucionario", quizá sin
proponérselo, está haciendo una alusión a "esclarecido" y
"no-esclarecido" (¿arriba y abajo?)
Y si de algo se trata en esta titánica y fabulosa tarea que es
inventar una sociedad nueva a la que llamamos socialismo, es poder
llegar a tomarse en serio que sólo habrá real igualdad cuando, como
dijo Gabriel García Márquez, "ningún ser humano tenga derecho a mirar
desde arriba a otro, a no ser que sea para ayudarlo a levantarse."
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