[R-P] China: ¿la esperanza decapitada?
Boletín Bambú
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Lun Sep 3 19:49:22 MDT 2007
¿Liu? ¿Henry Liu?
La secta de Las Flores de Bambú, también conocida como
Bambú de Las Flores, tiene obvias y ancestrales
ramificaciones en China.
Y no por casualidad ahí se encuentra en este momento mi
suegro, Víctor Flores Olea, quien permanecerá un mes y una
semana recorriendo Beijing, Shangai, Hong Kong y otras dos
ciudades, antes de ir a Corea del Norte y Vietnam. Entre
1967 y 1976 él ya había algunas veces en China, sobre todo
cuando era embajador en la Unión Soviética, concurrente en
Mongolia.
Entre paréntesis: Flores Olea fue amigo de Jorge Abelardo
Ramos, a quien conoció en Buenos Aires a principios de la
década del 60 y volvió a ver en México en 1968. En casa
tengo un ejemplar de "Historia de la nación
latinoamericana", que Ramos le regaló a Flores Olea. La
dedicatoria, escrita con letra pequeña y pareja, dice al
final: "México, junio 24 de 1968". Volvieron a verse cuando
Ramos estuvo aquí como embajador.
Aclaro que mi suegro, que se le ocurrió festejar sus 75
agostos en Beijing en compañía de su tercera esposa, no es
un nacionalista popular-reaccionario como yo. Él es un
viejo intelectual marxista-leninista que fue decano de la
carrera de Ciencias Políticas y Sociales en los años 70 y
ha escrito unos cuantos libros. Uno de ellos tiene un
título muy ilustrativo: "Política y dialéctica:
introducción a una metodología de las ciencias sociales".
La cuestión es que este querido jovatieli, que se
autodefine como "el último materialista histórico y
dialéctico que aún se asume públicamente como tal en
México", ha comenzado a enviar sus impresiones de viaje al
diario El Universal, donde publica una columna semanal.
Si no hay inconveniente y nadie se opone, me dispongo a ir
reproduciendo los despachos que me manda:
¿LA ESPERANZA DECAPITADA? (1ª parte)
Por Víctor Flores Olea
Nada produce más el vértigo del tiempo que una sociedad en
movimiento. Sobre todo si hablamos de las más de cuatro
décadas que pasaron entre mi primera visita a China y esta
ultima casi por azar. La memoria y las asociaciones se
desatan frondosas (y casi diría: furiosas), pero obviamente
surgen entre algunas preguntas esenciales: ¿qué pasó entre
el radicalismo extremo de los jóvenes guardias rojas de Lin
Piao y la actual China que sólo parece empeñada en
alcanzar, y tal vez un día no lejano superar, a su gran
contrincante que sólo era, según Mao, un “tigre de papel?
Pero no solamente lo anterior, que se detiene en la orilla,
sino la ineludible pregunta sobre el significado de las
luchas por el socialismo que apenas condujeron a lo actual:
¿no hay vuelta? ¿Tal es la condición humana ineludible?
Porque a veces, en estos días de observación azorada, me he
preguntado si en el fondo no ganaron la partida Nixon y
Kissinger, cuando aquella visita de los campeones de ping
pong que marcaron un principio de deshielo (1971). Pero
sobre todo me pregunto en qué lugar de la historia quedaron
aquellos ideales por los que tantos hombres y mujeres
ofrendaron sus vidas, no sólo durante la Larga Marcha y
después, sino antes, mucho antes, cuando los comunistas
fueron liquidados despiadadamente en las calles de Shangai
(1937) por los militares del Kuomingtang aliados de los
japoneses.
Y no sólo en China sino en tantos lugares del mundo en que
se luchó por un “hombre nuevo”, que no se ha producido
colectivamente sino apenas, aquí y allá, como relámpagos
individuales (que tal vez confirman que las batallas por la
libertad radical, después de todo, no han fracasado).
Avasalla la idea de que en los grandes países del
“socialismo real” (ahora China) la lucha por el socialismo
apenas abrió otra brecha, diría, para la acumulación del
capital, de manera sui géneris para al final de cuentas
esencialmente eso. No exagero. Primero la URSS, con un
derrumbe nunca explicado del todo, y su modo mafioso en
que, a finales del siglo XX, tuvo lugar la acumulación de
su del capital, vía la apropiación privada de facto, por la
nomenklatura, del aparato productivo y de servicios de lo
que de todos modos era un gran país. Por supuesto que los
“barones” que fundaron el capitalismo estadounidense, en la
primera mitad del siglo XIX, también actuaron
gangsterilmente.
Y ahora en China, en la que no aparecen a primera vista las
operaciones mafiosas, aunque sí por excepción aquí y allá
acompañadas de fusilamientos: uno de los temas favoritos de
conversación, sobre todo entre los jóvenes, es la delirante
corrupción oficial. Pero además, también invariablemente
entre los más jóvenes, el de una enorme codicia de tener,
poseer, acumular, consumir, es decir, de ampliar
ilimitadamente las posibilidades materiales de cada uno
(sin demasiado cuidado por la legalidad).
Tal es el comportamiento diario de unos y otros, de muchas
edades y generaciones. Claro que en lo abstracto algunos
subrayan que, a pesar de todo, el Estado regula y orienta,
establece prioridades en la inversión y señala metas para
el conjunto. Pero es lo de menos. Para la inmensa mayoría
el “socialismo posible”, el “socialismo real”, el único
socialismo “no utópico”, es aquel en que el Estado, sí,
marca preferencias y ventajas que la sociedad acata con
mayor o menor voluntad, pero en el cuál el factor
fundamental (de la vida social, económica y política, pero
también de la vida personal), es el mercado, en definitiva
la decisión de acumular y ganar, concentrar y crecer
(individualmente, sobre todo, en sentido material).
Por supuesto, esta situación en que la avidez se convierte
en el factotum del comportamiento social, y del destino de
las sociedades, deja muy poco lugar, si queda alguno, al
famoso “hombre nuevo” en que un día pensaron Marx, o Lenin,
o Gramsci, o el Che Guevara, y otros próceres análogamente
grandes de las luchas socialistas. Un hombre nuevo y pleno
de generosidades solidarias, de entrega a la superación de
los demás, de negación del egoísmo y con una exuberante
vocación revolucionaria, internacionalista, ética al final
de cuentas.
Pero que ha sido: ¿el socialismo histórico primordialmente
como otra vía para la acumulación capitalista, sin cambio
moral ni enriquecimiento del ser humano? Por lo demás, la
experiencia China de los últimos veinticinco años,
concentrada y acelerada sin precedentes en los últimos tres
lustros, es verdad que coloca cifras de dos dígitos en su
crecimiento material, sin parangón histórico.
Al mismo tiempo, aunque se diga menos, galopa la corrupción
de quienes han comprado a precio de remate las medianas
(que a veces son gigantescas) y pequeñas empresas, y muchas
otras formas en que se expresa la lenidad oficial.
Originándose también con una intensidad sin precedentes el
deterioro ambiental, que es ya un problema letal para
alrededor de medio millón de personas al año, y que
ocasiona enfermedades y deformaciones a decenas y centenas
de miles cada año, convirtiéndose en una de las plagas y
desafíos más graves para la República Popular.
(Continuará)
Roberto Bardini
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