[R-P] ENVIO UN TEXTO DE JORGE E. SPILIMBERGO, SOBRE EL 17 DE OCTUBRE DEL 45.

Roberto Vera robertoverasigloxxi en yahoo.com.ar
Dom Sep 2 23:58:57 MDT 2007


EL 17 DE OCTUBRE DEL '45 ABRIO LA RUTA DE UNA
ARGENTINA QUE QUISO DEJAR DE 
SER COLONIA     Por Jorge Enea Spilimbergo  (Revista
Izquierda Nacional Nº 14, año 1998)  

	1945 fue un año caliente. El gobierno militar
instaurado el 4 de junio del 43 había perdido vuelo y
sobrellevaba el cerco implacable de sus enemigos.
Alemania capituló a principios de mayo y Japón, en
agosto. Este derrumbe —se pensaba— arrastraría
inexorablemente a la dictadura Argentina, a la que se
consideraba una prolongación de la potencia del Eje.
No había sido así al comienzo, cuando un importante
sector vio caer al gobierno del doctor Castillo,
identificado con los conservadores, el fraude y la
corrupción escandalosa de la Década Infame. Pero la
vasta clase media democrática (que incluso esperaba de
los militares una ruptura con el Eje y la
incorporación a la guerra junto a las potencias
Aliadas) pronto se vio defraudada. Los militares, al
igual que Castillo, eran “neutralistas”, y no pocos
comulgaban con las ideas del fascismo. El carácter
autoritario del régimen era notorio, su reaccionarismo
ideológico en el campo de la educación, el
protagonismo de los nacionalistas de derecha y el
apoyo de una iglesia “preconciliar” contribuían a
enajenar al grueso del estudiantado, convertido en
fuerza de choque de la vasta clase media democrática. 
     Esta vivía en términos ajenos la política
nacional, como un capítulo de la lucha mundial entre
la “democracia” y el “fascismo”, quería al país en la
guerra. Sólo unos pocos, como el socialista Manuel
Ugarte y los hombres de FORJA, repudiando al fascismo,
veían en el aflojamiento de los lazos de dominación
imperialista a consecuencia de la guerra, la
oportunidad de crear márgenes de autodeterminación,
para lo cual era imprescindible mantener la
neutralidad. Esto provocaba la feroz ofensiva de las
potencias “democráticas”, casualmente, las
explotadoras directas de la Argentina. 
  La vieja Argentina cierra filas

     El frente belicista y antidictatorial se componía
de los notorios representantes del imperialismo
“democrático”, sus agentes internos, los estudiantes y
las clases medias, la oligarquía  terrateniente,
sectores burgueses temerosos de las “represalias”. Era
un formidable vendaval que aislaba y ponía al borde
del precipicio al régimen militar. Un Nuremberg
vernáculo se diseñaba en el horizonte. Virtualmente,
todos los prestigios de la Argentina tradicional
confluían en la lucha: los grandes diarios —“La
Nación”, “La Prensa”, “Crítica”—, leídos como
oráculos; la Universidad y las Academia; la vieja SADE
y la revista “Sur”; grueso de los artistas e
intelectuales; la Sociedad Rural y la Unión Industrial
Argentina; los partidos políticos.
     Estos últimos ya prefiguraba la Unión Democrática
y, mientras tanto, desde el exilio montevideano,
pedían la intervención militar de los Aliados contra
la Argentina, “último bastión del Eje”. Los firmantes
eran los dirigentes de la “izquierda” comunista y
socialista, los radicales alvearistas, los demócratas
progresistas y un sector de los conservadores. Todos
ellos encabezaron la multitudinaria Marcha de la
Constitución y la Libertad —Rodolfo Ghioldi del brazo
del conservador Santamarina— que parecía anticipar el
derrumbe del régimen militar.
     Esta tremenda presión política y social que
movilizaba a “toda la Argentina visible” penetró en
Campo de Mayo, la principal base militar, a las
puertas de Buenos Aires, fracturando la unidad interna
del Ejército. El general Avalos se colocó al frente de
los conspiradores e impuso al presidente Farrell la
renuncia y detención de Perón, entonces vicepresidente
y secretario de Trabajo y Previsión. El coronel fue
trasladado a 
Martín García, la prisión militar.
 La irrupción de los trabajadores  

     Todo parecía concluido a satisfacción de la
“democracia” cuando lo imprevisto irrumpió en la
historia. Una reacción en gran medida espontánea,
incontenible y contagiosa puso de pie a la periferia
urbana y a los barrios populares. Ciento de miles de
trabajadores se volcaron hacia Plaza de Mayo, en
marchas infatigables de columnas cuadra a cuadra
incrementadas. No eran los proletarios “conscientes”
de la literatura de izquierda...cipaya. Era el real
pueblo trabajador que estallaba con su presencia en
apoyo de un gobierno que, por primera vez en la
historia argentina, se pronunciaba por el derecho de
los oprimidos, y no lo hacía desde el texto inocuo de
la ley, sino en la práctica cotidiana. El carácter
espontáneo y contagioso de la movilización respondía,
precisamente, a ese hecho. 
     En cuanto a la vieja CGT, aunque tardíamente
(cuando los acontecimientos ya se habían desatado)
declaró la huelga general (sin duda un giro histórico)
en votación dividida que desempató el secretario
general de ATE, Libertario Ferrari.
     Para el Partido Comunista, en memorable
caricatura, una pareja formada por un rufián y una
`puta seguían un caro cuyo caballo era azuzado por una
zanahoria. Para Rodolfo Ghioldi la movilización se
componía de obrero de origen campesino, sin
experiencia política, atraídos por la reciente
industrialización, cuya ingenuidad era explotada por
la “demagogia”. Esta tesis sería luego elevada a
categoría académica por el sociólogo italiano Gino
Germani. Ocurrió todo lo contrario: el 17 de octubre
fusionó en formidable unidad al viejo proletariado de
origen migratorio con los “cabecitas negras”
procedentes del interior. El anuario “socialista” de
ese año calificó la jornada de Octubre como “día
funesto para la democracia”. 
     Por su parte, Jorge Luis Borges describió la
movilización presentando en “La fiesta del monstruo” a
un grupo de malvivientes y lumpens que suben a un
camión de Berisso, avanzan entre improperios y un
lunfardo canallesco  y, al entrar en Buenos Aires,
interceptan a un estudiante de 

anteojos, por añadidura judío, y lo matan a patadas y
puñetazos. Así vio a sus compatriotas la “elite”
intelectual de la época, la que se burló de la
“barbarie” de las patas en la fuente donde se
refrescaban quienes habían caminado 30 kilómetros para
irrumpir en la vida nacional. Así vivenciaban a los
portadores de lo que (un cuarto de siglo antes)
llamara Yrigoyen los “dolores inescuchados”.
     La tremenda movilización del 17, produjo un
impacto inverso en Campo de Mayo, y los mandos
democráticos y nacionalistas retomaron la iniciativa.
Perón habló al pueblo desde los balcones de la Rosada
y se iniciaba la marcha hacia las elecciones del 24 de
febrero de 1946. 
     En la Argentina actual, donde el trabajo y la
falta de trabajo sobrevienen como un castigo
insoportable, la reacción de nuestros compañeros del
45 nos es particularmente afín y comprensible —mucho
más que en los años de bonanza que sobrevinieron—,
aunque las soluciones se establecerán en otro nivel.

       La Izquierda Nacional entra en escena 
 
    Para el socialismo de la Izquierda Nacional, es un
orgullo haber saludado, contemporáneamente a los
acontecimientos, la gran movilización del 17 de
Octubre como un triunfo político de la clase
trabajadora argentina. A fines de ese mismo mes, con
los hechos aún calientes, el periódico Frente Obrero
así lo consignaba, rompiendo resueltamente con la
vieja izquierda antiyrigoyenista, primero, y, ahora,
antiperonista. Para Frente Obrero, el movimiento que
emergía no era la prolongación rioplatense del
nazifascismo, como pensaban los Codovilla, Rodolfo
Ghioldi, Repetto y Américo Ghioldi.
     Por el contrario, era la continuidad superadora
de nuestros grandes procesos populares (la
Independencia, el federalismo, el yrigoyenismo) y
prefiguraba la ola de movimientos nacionales desatada
en el tercer mundo al cabo de la guerra imperialista.
Respecto a esto último (estamos en 1945) una avanzada
de esas luchas, cuando aún la palabra imperialismo se
había borrado del vocabulario de la vieja izquierda, y
denotaba...fascismo.
Los planteos de la naciente Izquierda Nacional
significaron una ruptura intrépida con las viejas
tradiciones  de la izquierda cipaya, y le valieron la
infamación y el ostracismo que supimos victoriosamente
enfrentar.

              La Argentina “cambió para siempre”  

El 17 de octubre, en fin, puso de manifiesto la
irrepresentatividad del sistema político argentino de
la época. En último análisis, ese sistema se
articulaba en torno de la vieja oligarquía, con su
derecha oficial, su centro alvearista y su
“izquierda”. En el momento crítico, los adversario
cerraron filas en la Unión Democrática. Alienado a la
contienda europea y su lucha antiimperialista por el
nuevo reparto del mundo, ese sistema vivía la
contradicción “democracia” versus “fascismo”. Pero en
el país habían surgido nuevas fuerzas sociales que no
hallaban representación en la contienda. El proceso de
industrialización liviana se intensificó al calor de
la crisis mundial y el forzado proteccionismo creado
por la guerra, ya que los Aliados no podían abastecer
de bienes industriales al mercado argentino. Su
incipiente burguesía nacional y su correlato de nuevos
trabajadores, los sectores industriales del Ejército y
del Estado, sectores de clase media ligados al mercado
interno, los pueblos empobrecidos del interior, no
encontraban representación en las fuerzas existentes y
se encolumnaron con Perón, es decir, con las
reivindicaciones sociales, el pleno empleo y la
industrialización.
     A su vez, el coronel y sus adictos militares,
debieron radicalizar su discurso ante la defección del
grueso de la burguesía industrial, que era la
destinataria “natural” de su programa de capitalismo
soberano. Tuvo que encontrar abajo, en las grandes
mayorías obreras y populares el apoyo para sobrevivir
al cerco oligárquico-imperialista. Así, de una
justicia social paternalista, pasó a la movilización
de las mayorías oprimidas, sin las cuales ningún
programa patriótico y nacional es viable. Con la
alianza pueblo-Ejército un nuevo bloque de poder  se
instauraba durante una década, y la Argentina, como
dice María Luisa Bemberg cerrando su admirable filme
“Miss Mary” , “cambió para siempre”.

                              Jorge E. Spilimbergo

¡Por que cayo el Peronismo?
 
 (La oligarquía y el imperialismo aprovecharon las
limitaciones del gran movimiento nacional)
QUE FUE LA “REVOLUCION LIBERTADORA” Y POR QUE PUDO
TRIUNFAR SOBRE EL PUEBLO ARGENTINO
     La pregunta central es por qué el presidente
Perón renuncia a la lucha cuando gozaba del suficiente
apoyo popular y la situación militar de los golpistas
era crítica. Lonardi, cabeza de la rebelión, confesaba
desde Córdoba, rodeada por tropas leales, que solo
controlaba el suelo que pisaba, y su segundo, Isaac
Rojas, no encontraba mejor arma que amenazar
bombardear la destilería de La Plata. Perón ofrece su
renuncia ante la junta de generales y estos,
sorpresivamente, apretados por los golpistas, se la
aceptan. Debe refugiarse en la cañonera paraguaya.
     ¿Qué pasó con la resistencia obrera y popular?
Ningún dispositivo político, ideológico y organizativo
se había generado para hacerla posible.  El sistema
bonapartista diseñado en 1945-55, cabalgaba por encima
de las contradicciones de clase, pero enconcertaba a
los trabajadores en los límites de un proyecto de
capitalismo nacional con justicia social, desarmando
su iniciativa estratégica.  Eran apoyo indispensable
para resistir al imperialismo y neutralizar la
deserción de la burguesía nacional; los trabajadores
eran la columna vertebral del movimiento, pero no su
cabeza. Se los movilizaba y refrenaba al mismo tiempo.
El desarme ideológico del movimiento resultaba
gravísimo y las deformaciones burocráticas crecían.
     De ahí que la resistencia fuera esporádica,
defensiva, y, en definitiva, inocua, pese a los
heroísmo locales desplegados. No hubo otro 17 de
Octubre, porque el sistema de alianzas del 45 se había
quebrado. La Iglesia, el nacionalismo católico y un
sector de las FF.AA. pactan con la oligarquía
“liberal” y el imperialismo, arrastrando a un amplio
sector de clase media a la aventura golpista. Es la
lucha de la “democracia” contra la “segunda tiranía”.
La Iglesia y su conflicto con Perón suministra el
marco aglutinante.
     A producir este resultado concurren asimismo las
crecientes deformaciones burocráticas y el desarme
intelectual arriba mencionado, que habían impedido a
lo largo de la década de gobierno dar una batalla
ideológica, por ejemplo, en el seno del movimiento
estudiantil, colmando el abismo que se cerraba diez
años después, bajo Onganía. En cuento al Partido
Peronista, que pudo haber organizado la resistencia
civil en alianza con la CGT, jamás existió como
entidad política. Nació muerto al disolverse los
componentes iniciales de la alianza (Partido
Laborista, UCR-Junta Renovadora). Todo a lo largo del
período estuvo intervenido, bajo la presidencia...¡del
vicepresidente Teissaire! (el primero en
traicionar).El recambio de cúpula ensayado por Perón
después de la intentona golpista de Junio, resultó
tardío.
     Otros dos aspectos merecen destacarse. Por un
lado, la emergencia del 45 coincide con el
debilitamiento relativo del poder imperialista, a
causa de la guerra. Pero el cerco ya operaba a pleno
una década después. POr otro lado, las reformas del 45
eran insuficientes para garantizar la continuidad del
proceso transformador, que sólo podía lograrse
profundizándolo, radicalizándolo y avanzando más allá
de la estructura del capitalismo nacional. El poder
económico de la oligarquía terrateniente, aunque
acotado, permanecía intacto, así como el de la
burguesía trasnacionalizada. Pero los límites
estructurales del bonapartismo impedían irrumpir
ideológica, política y prácticamente hacia una
perspectiva revolucionaria socializante, lo cual, a su
vez, generaba retrocesos respecto al propio programa
del 45. 
	Pero el general Perón no podía renegar de ese
programa. Impedido de avanzar, tampoco podía
convertirse en un Menem de sí mismo. Para no
traicionar sus banderas, tuvo que ceder el poder y
refugiarse en la cañonera condenándose a 18 años de
exilio.      

       Jorge Enea Spilimbergo  




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