[R-P] Pancho no quiere chicle.

C J Lazor clazor en ciudad.com.ar
Dom Sep 2 10:49:51 MDT 2007


BRILLANTE !
----- Mensaje original ----- 
De: "carola chavez" <tongorocho en gmail.com>
Para: "C.J. Lazor" <clazor en ciudad.com.ar>
CC: "Lucha de masas para recuperar la Argentina" 
<reconquista-popular en lists.econ.utah.edu>
Enviado: Sábado, 01 de Septiembre de 2007 07:24 p.m.
Asunto: [R-P] Pancho no quiere chicle.


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CITANDO LA FUENTE,EL MATERIAL DE ESTA LISTA ES DE LIBRE REPRODUCCIÓN


Pancho no quiere chicle.


Los gringos son una especie de Rey Midas de los estereotipos. Todo lo
que miran lo reinterpretan, lo sintetizan y luego lo escupen a para
que nosotros creamos que somos lo que ellos dicen y no lo que
realmente somos.

Para ellos un ''latinou'' es un personaje morenito, bajito, que usa un
sombrero grande con madroños en el ala, un poncho al hombro de origen
indefinido, pantalones blancos percudidos, alpargatas, chalequito de
torero, bigotito que no termina de germinar, siempre achinado,
portador eterno de una sonrisa tonta, porque un tonto no sabe sonreír
de otra manera. Es dormilón nuestro ''latinou'', duerme porque es muy
flojo y, cuando no lo hace, además de sonreír como tonto, dice ''si
señor, si señor'' a todo lo que le pregunten.

A veces baila Pancho, porque siempre se llama Pancho. Cuando Pancho
baila muerde obligatoriamente un clavel, se para como un torero y da
un taconazo al piso con la suela de su alpargata. Toma a María en su
brazos y baila un jarabe tapatío dando largos pasos de un tango
sintético, gringo, de brazos estirados. La música le llega al cuerpo
de nuestro Pancho desalmado, y siente una urgencia de lanzar a María,
de un empujón apasionado, al otro lado de una pista de tierra, donde
por alguna razón, siempre hay una gallina que huye aleteando alarmada.
Zapatea Panchito emocionado como lo haría un imaginario e imposible
andaluz, mientras grita. ¡Andale, ándale, ipa, ipa y olé!

Pancho sufre del un mal común entre los Panchos, cada vez que aparece
en escena un acorde de guitarra lo acompaña. Su pueblo, siempre
polvoroso, no conoce el silencio, cada Pancho un acorde cada acorde un
tiroteo, un ay ay ay, un si señor. Cuando Pancho duerme María lava la
ropa en el río mientras, miles de Pepitos corren medio desnudos por
las calles de tierra detrás de un perro flaco.

En el pueblo hay una iglesia, una cantina, que siempre se llama
Cantina, y un mercado que es destrozado cada día cuando Pancho pelea
con Pancho, haciéndole mas daño a los tomates y piñas, nunca faltan
las piñas, que al bribón que se ganó la golpiza por decir no se qué de
la madrecita santa de Pancho que también se llama María.

Siempre hay un gringo extraviado, que aparece en el pueblo para
remediar lo irremediable. Con su ingenio innato, inventa una bomba
para sacar agua de un pozo que el mismo excava con el viril sudor de
su frente. Cuando suda Jack no suda, se pone mas guapo, es como si se
pusiera gomina, su pelo se despeina bonito, cae el mechón indómito
justo sobre el ojo azul cielo del hombre que conoce la libertad.

Como él usa Colgate sus dientes son tan blancos que ya no parecen
dientes, parecen chicles de menta. Y es eso lo que atrae a los Pepitos
harapientos que, en coro desafinado, gritan señor, señor chicle por
favor.

Conocen el chicle de forma ancestral. En tiempos inmemorables un Billy
estuvo en el pueblo y dejó siete viudas, doce hijos, un Ford modelo T,
y una primitiva caja de chicles. El abuelo Pancho cuenta cada noche de
luna, las aventuras de aquel gringo valiente que salvó a pueblo de si
mismo cuando el solo era un Pepito.

El pueblo de Pancho se llama indistintamente, Tijuana, Río de Janeiro,
Buenos Aires, Bogotá o Madrid. Tiene un aeropuerto en el cual
aterrizan modernos Boeings y Jumbos entre cochinos, ovejas, cabras y
gallinas que viven el todas partes menos en un corral. Custodian a
modo de pastorcitos al rebaño y a la patria Panchos uniformados de
soldados represores, malvados, corruptos, dispuestos a desplumar tanto
a las gallinas como a los gringos que pasen por su jurisdicción.

Dentro de una oficina de paredes sucias, que no han visto una mano de
pintura desde que Bobby pasó un día y la pintó, un bombillo
intermitente y solitario cuelga del techo como un ahorcado que se
niega a pasar a mejor vida. Una mesa compartida por sellos, botellas
de tequila vacías y María de la Mala Vida, quien le soba los pies al
sargento Pancho que, sin botas, sin camisa pero con la pistola al
cinto, extiende la mano, sin levantar la mirada, y con voz pastosa de
dice: ''dólar señor''.

El presidente Pancho, vestido de general condecoradísimo, habla inglés
como Ricardo Montalbán. Recibe a Jimmy, un emisario del valiente
George, con una sonrisa cínica, un buenos días burlón, y un desayuno
ranchero en un patio andaluz opulento, pletórico de aves meridionales,
según palabras rebuscadas de Pancho, y gallinas no tan exóticas que,
como ya sabemos, son los únicos seres que gozan de libertad por estos
lados.

Pobres Panchos ricos en diamantes, oro, petróleo, madera, ríos, mares.
Lo que la naturaleza tenía que repartir por todo el mundo cayó sobre
ese pueblo polvoriento. Panchos brutos incapaces de manejar sus
recursos y sus destinos, Panchos que recién descubren los carros, la
televisión, la Coca-Cola. Ignorantes personajes que deben ser educados
a punta de Paris Hilton, Warner Brothers y American Express. Cambiou
espejitou por orou.- Dice Sam con sus dientes Oral B, su pelo Head &
Shoulders y su actitud Monroe, América para los americanos, es decir,
All of the Americas just for us.

En la medida que nos sintetizan nos fragmentan en mil Tijuanas. Vaya
paradoja, nos dicen que no somos hermanos, tenemos fronteras, el
vecino es raro, no existe, o es una amenaza, pero a la vez somos todos
Panchos y Marías, lo vi en el cine mientras comía cotufas, lo veo en
la tele cada día. Señores que confusión.

No se salvan ni ellos mismos de esa manía reinvencionista. Se dibujan
a si mismos como musculosos salvadores irremediablemente guapos,
capaces de dar la vida por defender su causa en lugares remotos y
hostiles. Son hijos de la tierra de la libertad, the land of the free,
the home of the brave. Son todos ricos y poderosos aun cuando Billy
Bob viva en un trailer de latón. Tienen negros malos, Panchos
degenerados, pero siempre ganan los buenos, ellos, rubios, hombres tan
templados que son capaces de besar a Jenny en medio de una explosión
devastadora, que no les tiembla la voz ante un cañón de Magnum
apuntándole la nariz: ''go ahead make my day.''

Se pintan tan maravillosos, nos pintan tan imbéciles, que no les
cuesta creerse su propia mentira, dejan de verse mientras se miran en
la pantalla gigante de su vanidad.

Pero como yo me llamo Carola y no usé nunca faldas de flores y
faralaos, ni parí ocho pepitos, no me lo creo. Jamás esquivé a una
gallina en un aeropuerto, si vi algún soldado con cara de maluco
alguna vez, pero he visto otros con caras de Robertos normales y
corrientes. Nunca he sido arrojada, por hombre alguno, al otro lado de
la pista de baile de un apasionado empujón. Yo no me lo creí, ni yo,
ni la mayoría de quienes vivimos al sur del Río Grande.

Claro que siempre hay un desubicado que, al ver que no se parece a
Pancho ni María, que por el contrario, es blanco, tiene carro y habla
inglés, se cree que es un gringo con mala suerte, que le toco nacer en
Caracas y no en la mayami de sus anhelos.

Se sienten como un Mike atrapado en el cuerpo de un Alberto, viven una
vida limitada por un pasaporte que nos los representa. Desean
desesperadamente una intervención de esas que los militares llaman
quirúrgicas, de esas que los civiles blancos creen que no los afectan.
Se consideran inmunes a las bombas inteligentes que no distinguen a un
Pancho de un Alberto porque fue un Andrew quien la inventó.

''Mission accomplished'' dijo Georgie, vestido de piloto de combate
con un traje que le quedaba apretado y hacía que su andar fuera
extraño porque se le quemaba el arroz. No solo calculó mal la talla de
su disfraz de héroe, se equivocó, como solo lo puede hacer un idiota
que se traga sus propias mentiras, al calcular la talla de su
adversario.

¿Misión cumplida George? ¿Really?...

Sobre esa montaña de mentiras definen sus estrategias y así no hay
cálculo posible. No hay flecha que de en el blanco si se apunta a un
espejismo.

Usando a sus Panchos útiles, intentan en vano quebrantar nuestro
espíritu con tarjetas Mi Negra, limosnas que no queremos, sueños que
no soñamos. Como el flautista de los cuentos, pretenden atraernos con
su música a ritmo de barras y estrellas, pero tenemos ojos grandes y
vemos mas allá, y por muchas estrellas que nos ofrezcan, nosotros solo
miramos las barras detrás de las cuales nos quieren colocar.

Entonces se descolocan cuando les miramos a los ojos, sin sombreros
con madroños de por medio, y les decimos decididos: No señor, no
señor, váyase a la mierda señor...


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