[R-P] Pancho no quiere chicle / Frank sí
carola chavez
tongorocho en gmail.com
Dom Sep 2 05:32:54 MDT 2007
Yo, me autoproclamo, en mi condición de diosa claro, como la
presidenta del club de admiradores de Roberto Bardini y, desde mi
trono celestial decreto que Julio tiene razón, que mi café sabe mas
rico lo endulzo con papelón y Bardini, que no hay mejor manera de
despertar en un domingo lluvioso y fresco como este que me ha tocado.
Bardini, eres responsable de que el café quede en su punto cada
domingo, o cada lunes o cada día que te de la gana.
Puedo despertar sin café, sin papelón, pero creo que no voy a poder
prescindir de relatos como estos que tu escribes.
Gracias!!!!
Carola
El 2/09/07, Boletín Bambú <bambuprensa en yahoo.com.mx> escribió:
> [Ayúdenos a financiar la lista, escriba a recpopmod en gmail.com.]
>
> CITANDO LA FUENTE,EL MATERIAL DE ESTA LISTA ES DE LIBRE REPRODUCCIÓN
>
>
>
> [Recreo dominical optativo]
> FRANK ES INGLÉS, MASTICA CHICLE Y YO LE DIGO PANCHO
>
>
> Frank es escocés, mide un metro ochenta, pesa noventa kilos
> y mastica chicle. Desde que le perdí el miedo y nos hicimos
> amigos, le digo Pancho.
>
> Desde hace diez años me visita en México todos los veranos.
> En esa década, aprendimos de a poco a no hablar más de la
> mujer por la cual él estuvo dispuesto a matarme en una
> selva centroamericana.
>
> Han pasado diez años y a ella no consigo sacarla de mi
> cabeza y depositarla en el rincón de los recuerdos lejanos.
> Siempre hay algún imbécil con un micrófono en la mano –en
> su país, en mi país o aquí donde estoy– que se ocupa de
> nombrarla. Y yo, que la conocí por accidente, quiero
> olvidarme de su nombre y de aquellos dos días en la jungla
> de Belice.
>
> Cuando digo "por accidente" es más o menos exacto. Al
> tercer día, cuando se ella despidió y yo supe que nunca más
> la volvería a ver, me dijo que no había sido ningún
> accidente. "Hay gente que quiere verme muerta", me dijo al
> oído.
>
> Setenta y dos horas antes estábamos con Calypso, el
> garifuna que era mi guía, en la apretada jungla beliceña de
> Benque Viejo del Carmen, una zona arqueológica llena de
> monumentos mayas ocultos por la maleza, cerca de la
> frontera con El Petén guatemalteco, cuando escuchamos el
> inconfundible ruido de un rotor. El helicóptero en el que
> ella viajaba cayó a tierra a menos de un kilómetro de donde
> habíamos armado el campamento. Cuando llegamos, habían
> muerto el piloto, el copiloto y otros dos hombres que –me
> enteré después– eran los custodios de la muchacha. Un
> tercer guardaespaldas sólo tenía un golpe en la frente y
> sangraba, pero estaba entero y con una pistola en cada
> mano. A ella la reconocimos inmediatamente; era más hermosa
> que en las fotografías e imágenes de televisión. Se había
> lastimado un tobillo y no podía caminar; hasta con
> expresión de dolor era hermosa.
>
> Los arrastramos hasta una loma, vimos que no tenían heridas
> graves y nos encaminamos muy lentamente por la espesura
> hasta nuestro campamento. Les dimos agua, los vendamos y a
> través de Calypso, que habla inglés, les hice preguntas que
> no contestaron.
>
> El tipo, un pelirrojo con el cabello cortado al rape y
> espaldas como un camión blindado, preguntó en inglés cuál
> era el poblado o destacamento militar más cercano. Calypso
> le indicó que en San Ignacio, a dos días de camino a pie
> había una base británica con un hospital de campaña. El
> pelirrojo se dio vuelta y consultó con ella en voz baja
> durante media hora. No pudimos escuchar qué hablaban.
> Después encaró a Calypso: "Tú, que conoces la zona, vienes
> conmigo a buscar ayuda". Me señaló y dijo: "Él se queda con
> la señora para cuidarla". Y agregó en voz baja, para que
> ella no escuchara: "Y dile a tu patrón que si le llega a
> ocurrir algo a ella, lo voy a encontrar en cualquier rincón
> del mundo que se esconda, le voy a cortar los huevos y se
> los voy a hacer comer convertidos en puré".
>
> Después de armar una de nuestras mochilas con provisiones y
> agua, el pelirrojo me entregó una de las pistolas sin
> preguntarme si sabía usarla o no y se fueron.
>
> El tiempo transcurre muy lentamente en la selva si uno no
> tiene cosas qué hacer y si, además, no se inventa otras
> para entretenerse. Así que la acomodé lo mejor que pude en
> mi tienda –que era más amplia– y trasladé mis cosas a la de
> Calypso. Junté ramas secas para hacer fuego al atardecer,
> fui hasta un arroyo cercano a buscar agua, recogí algunos
> mangos, corté una flor para ella. Luego, mientras yo
> cocinaba carne seca deshebrada y arroz, intentamos hablar
> con frases cortas y monosílabos. Preguntó mi nombre, a qué
> me dedicaba y qué estaba haciendo en la selva. Cuando yo no
> entendía su inglés, ella intentaba en francés. Y cuando yo
> no comprendía el francés, ella regresaba al inglés. También
> conocía alrededor de una docena de frases convencionales en
> castellano. Entendí que su familia tenía amigos en
> Argentina y que sus dos pequeños hijos habían pasado dos
> veranos en un campo "de la pampa". Al final descubrimos que
> nos comprendíamos muy bien con ademanes, como en un juego
> de mímica, y nos reímos como adolescentes. Ella era aún más
> hermosa cuando reía.
>
> Le hice té y lo bebimos en silencio. Estuvimos un rato
> largo sin hablar, mirando la hoguera. Creo que estábamos
> cansados de tantos ademanes, de tanta mímica. Después, nos
> despedimos con un apretón de manos y cada uno se metió en
> su tienda. Di unas cuantas vueltas en mi colchoneta y supe
> que no iba a poder dormir. Salí y me senté cerca de la
> hoguera, con la pistola a mano.
>
> "Nunca nadie me va a creer esto", pensé.
>
> A la mañana siguiente, decidí no recorrer las ruinas mayas;
> ella no podía caminar y no quise dejarla sola. Tampoco fui
> a buscar leña, ni agua, ni frutas. Sólo me alejé unos
> metros para cortarle unas cuantas flores. Nos quedamos todo
> el día en el campamento. Ella habló casi todo el tiempo;
> tenía una pronunciación perfecta y se expresaba lentamente
> para que yo entendiera. Me dijo que había viajado a Belice
> para dar ayuda a niños huérfanos y ancianos sin familia,
> que estaba recorriendo todo el país. Recordé sus fotos con
> Teresa de Calcuta, con niños africanos. Mencionó
> Sandringham, el lugar donde nació, una localidad galesa
> situada en el condado de Norfolk. Habló de sus hermanas
> Sarah y Jane y su hermano Charles. Me contó del colegio
> suizo en Rougemont, donde estuvo interna; creí entender que
> no fue una alumna sobresaliente y que le interesaban más la
> música pop, la natación y la danza. Tuvo la delicadeza de
> no mencionar ni una sola vez al notorio crápula de su
> marido.
>
> Cuando salió la luna entre los árboles sentí que quería
> quedarme así toda la vida, que lo último que deseaba era
> que llegaran a rescatarla.
>
> "Buenas noches, gracias por protegerme", dijo cuando la
> ayudé a entrar a su tienda. Y me besó la mejilla como se
> besa a un amigo.
>
> Una hora después escuché como corría la tela de mi tienda.
> Entró sin decir una sola palabra, se acurrucó de espaldas a
> mí y se quedó dormida.
>
> "Nadie me va a creer esto nunca", me dije. No cerré un ojo
> en toda la noche.
>
> Temprano en la mañana, cuando estaba encendiendo fuego para
> preparar un desayuno, escuché motores de helicópteros. Eran
> tres, y cuando aterrizaron en un claro a cincuenta metros
> del campamento, ella ya estaba de pie a mi lado, digna y
> altiva, como si no llevara dos días con la misma ropa y sin
> bañarse. "Una auténtica princesa", pensé. El primero en
> saltar a tierra fue el pelirrojo de pelo al rape y comenzó
> a correr hacia nosotros. Después bajaron soldados, bajaron
> hombres de civil con innecesarias pistolas en la mano, bajó
> un señor con saco, corbata y aspecto de funcionario
> preocupado, bajaron un hombre y una mujer vestidos de
> blanco, seguramente un médico y una enfermera. Los detesté
> a todos, menos a Calypso, que fue el último en descender
> del último helicóptero.
>
> El señor con saco, corbata y aspecto preocupado habló con
> ella diez minutos. Después vino hacia mí, me llevó aparte y
> me agradeció los servicios prestados a la Corona
> Británica... o eso fue lo que entendí. Me dijo que sabían
> quién era yo, en qué país vivía y dónde trabajaba, que no
> les iba a resultar difícil encontrarme si les interesaba
> retomar contacto conmigo... "eventually". A pocos metros,
> el pelirrojo me atravesaba con la mirada y comprendí el
> mensaje que me enviaba: "Si algún día abres la boca, te voy
> a encontrar en cualquier rincón del mundo que te escondas,
> te voy a cortar los huevos y te los voy a hacer comer
> convertidos en puré".
>
> Ella se acercó para despedirse con una sonrisa transparente
> como el cristal. Le extendí la mano y comencé a balbucear
> en inglés algo sobre el accidente. Desechó apretón, me besó
> en la mejilla y susurró en un pésimo español: "Eso no fue
> un accidente: hay gente que quiere verme muerta". Y lo
> repitió en inglés.
>
> No la vi nunca más, obviamente. Los hombres como yo no se
> relacionan muy seguido con mujeres como ella. Cuando los
> helicópteros remontaron vuelo y nos quedamos solos con
> Calypso, sentí que estábamos en el último rincón del mundo,
> que no me interesaban más los monumentos mayas ocultos en
> la espesura. Sentí ganas de abrir una botella de whisky,
> terminarla ahí mismo, desmontar el campamento, subirme a un
> avión e irme a casa para abrir otra botella.
>
> Al pelirrojo volví a verlo. Se llama Frank MacKeamish,
> nació en un pueblito de Escocia y antes de ser
> guardaespaldas de ella estuvo en el Special Air Service. A
> partir de aquel 31 de agosto de 1997 me visita una vez por
> año. Desde hace diez años me trae cigarros Dunhill y cuatro
> botellas de whisky de nombres impronunciables, de una sola
> malta, producido en las tierras altas del Great Glen.
>
> Con Frank hablamos poco. Nos quedamos sentados y en
> silencio, mientras escuchamos a Elton John, y yo bebo y
> enciendo un cigarro tras otro en este ritual, homenaje o lo
> que sea que ya lleva una década. Frank no toma alcohol, ni
> fuma. Él mastica chicle y sonríe con desgano cuando le digo
> Pancho.
>
>
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