[R-P] Pancho no quiere chicle / Frank sí
Boletín Bambú
bambuprensa en yahoo.com.mx
Sab Sep 1 22:48:26 MDT 2007
[Recreo dominical optativo]
FRANK ES INGLÉS, MASTICA CHICLE Y YO LE DIGO PANCHO
Frank es escocés, mide un metro ochenta, pesa noventa kilos
y mastica chicle. Desde que le perdí el miedo y nos hicimos
amigos, le digo Pancho.
Desde hace diez años me visita en México todos los veranos.
En esa década, aprendimos de a poco a no hablar más de la
mujer por la cual él estuvo dispuesto a matarme en una
selva centroamericana.
Han pasado diez años y a ella no consigo sacarla de mi
cabeza y depositarla en el rincón de los recuerdos lejanos.
Siempre hay algún imbécil con un micrófono en la mano –en
su país, en mi país o aquí donde estoy– que se ocupa de
nombrarla. Y yo, que la conocí por accidente, quiero
olvidarme de su nombre y de aquellos dos días en la jungla
de Belice.
Cuando digo “por accidente” es más o menos exacto. Al
tercer día, cuando se ella despidió y yo supe que nunca más
la volvería a ver, me dijo que no había sido ningún
accidente. “Hay gente que quiere verme muerta”, me dijo al
oído.
Setenta y dos horas antes estábamos con Calypso, el
garifuna que era mi guía, en la apretada jungla beliceña de
Benque Viejo del Carmen, una zona arqueológica llena de
monumentos mayas ocultos por la maleza, cerca de la
frontera con El Petén guatemalteco, cuando escuchamos el
inconfundible ruido de un rotor. El helicóptero en el que
ella viajaba cayó a tierra a menos de un kilómetro de donde
habíamos armado el campamento. Cuando llegamos, habían
muerto el piloto, el copiloto y otros dos hombres que –me
enteré después– eran los custodios de la muchacha. Un
tercer guardaespaldas sólo tenía un golpe en la frente y
sangraba, pero estaba entero y con una pistola en cada
mano. A ella la reconocimos inmediatamente; era más hermosa
que en las fotografías e imágenes de televisión. Se había
lastimado un tobillo y no podía caminar; hasta con
expresión de dolor era hermosa.
Los arrastramos hasta una loma, vimos que no tenían heridas
graves y nos encaminamos muy lentamente por la espesura
hasta nuestro campamento. Les dimos agua, los vendamos y a
través de Calypso, que habla inglés, les hice preguntas que
no contestaron.
El tipo, un pelirrojo con el cabello cortado al rape y
espaldas como un camión blindado, preguntó en inglés cuál
era el poblado o destacamento militar más cercano. Calypso
le indicó que en San Ignacio, a dos días de camino a pie
había una base británica con un hospital de campaña. El
pelirrojo se dio vuelta y consultó con ella en voz baja
durante media hora. No pudimos escuchar qué hablaban.
Después encaró a Calypso: “Tú, que conoces la zona, vienes
conmigo a buscar ayuda”. Me señaló y dijo: “Él se queda con
la señora para cuidarla”. Y agregó en voz baja, para que
ella no escuchara: “Y dile a tu patrón que si le llega a
ocurrir algo a ella, lo voy a encontrar en cualquier rincón
del mundo que se esconda, le voy a cortar los huevos y se
los voy a hacer comer convertidos en puré”.
Después de armar una de nuestras mochilas con provisiones y
agua, el pelirrojo me entregó una de las pistolas sin
preguntarme si sabía usarla o no y se fueron.
El tiempo transcurre muy lentamente en la selva si uno no
tiene cosas qué hacer y si, además, no se inventa otras
para entretenerse. Así que la acomodé lo mejor que pude en
mi tienda –que era más amplia– y trasladé mis cosas a la de
Calypso. Junté ramas secas para hacer fuego al atardecer,
fui hasta un arroyo cercano a buscar agua, recogí algunos
mangos, corté una flor para ella. Luego, mientras yo
cocinaba carne seca deshebrada y arroz, intentamos hablar
con frases cortas y monosílabos. Preguntó mi nombre, a qué
me dedicaba y qué estaba haciendo en la selva. Cuando yo no
entendía su inglés, ella intentaba en francés. Y cuando yo
no comprendía el francés, ella regresaba al inglés. También
conocía alrededor de una docena de frases convencionales en
castellano. Entendí que su familia tenía amigos en
Argentina y que sus dos pequeños hijos habían pasado dos
veranos en un campo “de la pampa”. Al final descubrimos que
nos comprendíamos muy bien con ademanes, como en un juego
de mímica, y nos reímos como adolescentes. Ella era aún más
hermosa cuando reía.
Le hice té y lo bebimos en silencio. Estuvimos un rato
largo sin hablar, mirando la hoguera. Creo que estábamos
cansados de tantos ademanes, de tanta mímica. Después, nos
despedimos con un apretón de manos y cada uno se metió en
su tienda. Di unas cuantas vueltas en mi colchoneta y supe
que no iba a poder dormir. Salí y me senté cerca de la
hoguera, con la pistola a mano.
“Nunca nadie me va a creer esto”, pensé.
A la mañana siguiente, decidí no recorrer las ruinas mayas;
ella no podía caminar y no quise dejarla sola. Tampoco fui
a buscar leña, ni agua, ni frutas. Sólo me alejé unos
metros para cortarle unas cuantas flores. Nos quedamos todo
el día en el campamento. Ella habló casi todo el tiempo;
tenía una pronunciación perfecta y se expresaba lentamente
para que yo entendiera. Me dijo que había viajado a Belice
para dar ayuda a niños huérfanos y ancianos sin familia,
que estaba recorriendo todo el país. Recordé sus fotos con
Teresa de Calcuta, con niños africanos. Mencionó
Sandringham, el lugar donde nació, una localidad galesa
situada en el condado de Norfolk. Habló de sus hermanas
Sarah y Jane y su hermano Charles. Me contó del colegio
suizo en Rougemont, donde estuvo interna; creí entender que
no fue una alumna sobresaliente y que le interesaban más la
música pop, la natación y la danza. Tuvo la delicadeza de
no mencionar ni una sola vez al notorio crápula de su
marido.
Cuando salió la luna entre los árboles sentí que quería
quedarme así toda la vida, que lo último que deseaba era
que llegaran a rescatarla.
“Buenas noches, gracias por protegerme”, dijo cuando la
ayudé a entrar a su tienda. Y me besó la mejilla como se
besa a un amigo.
Una hora después escuché como corría la tela de mi tienda.
Entró sin decir una sola palabra, se acurrucó de espaldas a
mí y se quedó dormida.
“Nadie me va a creer esto nunca”, me dije. No cerré un ojo
en toda la noche.
Temprano en la mañana, cuando estaba encendiendo fuego para
preparar un desayuno, escuché motores de helicópteros. Eran
tres, y cuando aterrizaron en un claro a cincuenta metros
del campamento, ella ya estaba de pie a mi lado, digna y
altiva, como si no llevara dos días con la misma ropa y sin
bañarse. “Una auténtica princesa”, pensé. El primero en
saltar a tierra fue el pelirrojo de pelo al rape y comenzó
a correr hacia nosotros. Después bajaron soldados, bajaron
hombres de civil con innecesarias pistolas en la mano, bajó
un señor con saco, corbata y aspecto de funcionario
preocupado, bajaron un hombre y una mujer vestidos de
blanco, seguramente un médico y una enfermera. Los detesté
a todos, menos a Calypso, que fue el último en descender
del último helicóptero.
El señor con saco, corbata y aspecto preocupado habló con
ella diez minutos. Después vino hacia mí, me llevó aparte y
me agradeció los servicios prestados a la Corona
Británica... o eso fue lo que entendí. Me dijo que sabían
quién era yo, en qué país vivía y dónde trabajaba, que no
les iba a resultar difícil encontrarme si les interesaba
retomar contacto conmigo... “eventually”. A pocos metros,
el pelirrojo me atravesaba con la mirada y comprendí el
mensaje que me enviaba: “Si algún día abres la boca, te voy
a encontrar en cualquier rincón del mundo que te escondas,
te voy a cortar los huevos y te los voy a hacer comer
convertidos en puré”.
Ella se acercó para despedirse con una sonrisa transparente
como el cristal. Le extendí la mano y comencé a balbucear
en inglés algo sobre el accidente. Desechó apretón, me besó
en la mejilla y susurró en un pésimo español: “Eso no fue
un accidente: hay gente que quiere verme muerta”. Y lo
repitió en inglés.
No la vi nunca más, obviamente. Los hombres como yo no se
relacionan muy seguido con mujeres como ella. Cuando los
helicópteros remontaron vuelo y nos quedamos solos con
Calypso, sentí que estábamos en el último rincón del mundo,
que no me interesaban más los monumentos mayas ocultos en
la espesura. Sentí ganas de abrir una botella de whisky,
terminarla ahí mismo, desmontar el campamento, subirme a un
avión e irme a casa para abrir otra botella.
Al pelirrojo volví a verlo. Se llama Frank MacKeamish,
nació en un pueblito de Escocia y antes de ser
guardaespaldas de ella estuvo en el Special Air Service. A
partir de aquel 31 de agosto de 1997 me visita una vez por
año. Desde hace diez años me trae cigarros Dunhill y cuatro
botellas de whisky de nombres impronunciables, de una sola
malta, producido en las tierras altas del Great Glen.
Con Frank hablamos poco. Nos quedamos sentados y en
silencio, mientras escuchamos a Elton John, y yo bebo y
enciendo un cigarro tras otro en este ritual, homenaje o lo
que sea que ya lleva una década. Frank no toma alcohol, ni
fuma. Él mastica chicle y sonríe con desgano cuando le digo
Pancho.
Roberto Bardini
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