[R-P] [CUPV] Entereza y dignidad
Patricia
desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Dom Oct 28 11:48:39 MDT 2007
Por Juan Gelman
Jameel Jaffer y Amrit Singh, abogados de la Unión
Estadounidense de Libertades Civiles (ACLU, por sus
siglas en inglés), escrutaron durante años más de
100.000 páginas de documentos desclasificados del
gobierno Bush sobre el trato propinado a los presuntos
terroristas prisioneros en Abu Ghraib, Guantánamo y
otros centros de detención estadounidenses. Asentaron
en la introducción de su libro Administration of
torture (Columbia University Press, 2007) que esa
documentación “muestra sin ambigüedad alguna que la
administración ha adoptado algunos de los métodos de
los regímenes más tiránicos” y que altos funcionarios
civiles y militares aprobaron el maltrato, la tortura
y aun el asesinato de civiles presos “a veces
tolerándolos, a veces alentándolos, y a veces
autorizándolos expresamente”. “No aprobamos la
tortura. Nunca ordené torturar. Nunca ordenaré
torturar”, supo decir W. Bush (www. whitehouse.gov,
22-6-04). Se ve.
El capitán de corbeta Mathew Díaz no necesitó examinar
esos documentos para conocer el tema. Abogado de la
marina de EE.UU. con una carrera brillante, Díaz
estaba convencido de que los detenidos en Guantánamo
eran peligrosísimos cuando fue enviado a esa base por
seis meses, paso previo a su ascenso a capitán de
fragata “por su incuestionable integridad”, dijo su
jefe. Y percibió lo que no esperaba: presos por tiempo
indeterminado sometidos a torturas, sin nombre
conocido y sin defensa letrada. Como abogado, juzgó
que el Pentágono violaba el fallo de la Corte Suprema
que otorga a esos detenidos el derecho a presentar un
hábeas corpus y que esto era intolerablemente ilegal.
En enero del 2005, Díaz reunió en su computadora toda
la información que pudo sobre los prisioneros,
empezando por su nombre –desconocerlo dificultaba la
labor de sus posibles defensores– y elaboró un
documento de 39 páginas que llevó consigo –disimulado
en una carpeta de regalo– cuando acabó su misión. Su
propósito era claro: denunciar el estado de las cosas
en Guantánamo. Envió anónimamente la carpeta a la ACLU
y sus directivos se rompieron la cabeza varias semanas
–¿sería cierta la información o no?– antes de enviarla
al tribunal correspondiente. Díaz siempre supo que
ponía en juego su carrera. Descubierto, fue condenado
a seis meses de prisión, no por deslealtad o por poner
en peligro la seguridad nacional, más bien por
atenerse a las reglas. Dicho de otra manera: por
opinar que no se justificaban los malos tratos ni el
confinamiento por tiempo indefinido de los presuntos
terroristas, y actuar en consecuencia. Hace falta
coraje moral para hacerlo, especialmente en un oficial
sujeto a la disciplina militar y en el clima que se
vive en EE.UU. Díaz lo tuvo.
Su caso evoca el de otro abogado militar, Helmuth von
Moltke, descendiente de nobles prusianos como el
mariscal Graf von Moltke, fallecido en 1891, y su
sobrino Ludwig, jefe de Estado Mayor del ejército
alemán de 1906 a 1914. A Helmuth le tocó el nazismo y
pronto conoció la barbarie del régimen. “Mientras
estoy aquí sentado –escribió a su mujer Freya en
octubre de 1941–, se llevan a cabo numerosas,
ejecuciones en Francia. Más de mil personas son
asesinadas cada día y miles de alemanes se acostumbran
a ello. Y sin embargo, todo eso es un juego de niños
comparado con lo que pasa en Polonia y Rusia. ¿Es para
mí posible saber esto y quedarme sentado en casa, en
mi departamento con calefacción, tomando té? ¿No me
convierto en culpable por no hacer nada? Y qué diré
cuando me pregunten qué hice en estos tiempos
difíciles?” Letters to Freya: 1939-1945, Knopf, 1990.)
Y sí hizo algo. No sólo salvó la vida de judíos: con
un círculo de amigos preparaba documentos para
procesar a sus colegas por crímenes de guerra y contra
la humanidad cuando la derrota alemana lo permitiera.
Helmut sabía perfectamente que corría el riesgo de ser
fusilado. Encontró ese destino en los meses finales de
la guerra. En la última carta a su mujer, fechada el
11 de enero de 1945, escribe que se enfrentó al juez
militar “no como protestante, no como gran
terrateniente, no como noble, no como prusiano, no
como alemán, sino como un cristiano simplemente”. Pero
no él hablaba con Dios, como W. Bush.
No faltan en Europa calles y plazas que llevan el
nombre de Helmut von Moltke y tal vez algún día lo
mismo suceda con el de Mathew Díaz. Es extraño que
nada de eso ocurra con los nombres de los abogados que
defendieron a presos políticos y presentaron hábeas
corpus por los desaparecidos bajo las dictaduras
militares del Cono Sur y de América Central. Solamente
en Argentina decenas de ellos fueron a su vez
“desaparecidos”. ¿La razón? Tenían coraje moral.
"Cuando maduró y se reconoció en motivos, en guías desconocidas de su propia vida, en su escasa propia libertad, gastó su adolescente madurez en conocerse, trató con analistas y psiquiatras, tarotistas y decidores de la ventura, habló con amigos no sin cierta desconfianza, leyó, preguntó a sus padres y a algún profesor de su exquisito aprecio, abrió una ventana, se recostó, cerró los ojos, acordonó su pasado largo, tachó razones, y recordó un pasaje de un cuento que decía que el hombre tenía motivos desde antes de escribir historia y que por eso, tal vez no era preciso el intentar reconocerlos. Esa noche durmió bien y a la otra noche, después de dar a luz, murió. "
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