[R-P] IRLANDA, ISLA DE SANTOS Y SABIOS - JAMES JOYCE

Patricia desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Lun Oct 22 16:21:59 MDT 2007


Te mando esto para que veas que no todo en mi vida es
"cumbia villera". El libro no lo pude conseguir. Se lo
voy a encargar a Tere cuando viaje a España en enero.

El tipo que escribe el comentario es el que dio las
clases sobre Donatien en el Malba y que yo,
estupidamente, me perdí. Me dijo que las iba a subir a
su página y aún nada.... mañana le voy a escribir....
por lo menos que me venda sus escritos...

Estoy juntando coraje para llamarla a Noemí Girbal,
falleció el esposo el martes pasado. Parece que estaba
en terapia intensiva desde el 5/10. Le iba a enviar un
mje pero como esta semana teníamos que hablar por
teléfono no tenía mucho sentido... Si no la llamo yo
hoy mañana me llama ella y quedaré como una reverenda
desconsiderada. Además, tendré que ir yo al Conicet,
quedaría muy grosero mandar a alguien... En fin...

Ya te imprimí lo de Quijano... son $12. je je. 

¿Vos bien?

Pat, La Fenicia

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IRLANDA, ISLA DE SANTOS Y SABIOS

Por James Joyce 

Comentario de Esteban Ierardo

Donegal, en Irlanda del norte, la isla patria de
sabios y santos sobre la que versa la olvidada
conferencia de James Joyce que presentamos aquí (foto
Paul Gallagher). 
 
Joyce fue obrero de una épica creadora. Sus obras
esenciales, el Ulises y el Finnegan's wake, son
monumentos del esfuerzo creador. En el Ulises, el mito
homérico regresa e invade el tiempo moderno de un día
en la existencia de Dublín. El tiempo ya no es
mecánico o indiferente devenir; ahora se convierte en
ricas selvas de símbolos y en el camino del Sthepen
Bloom que vuelve a una patria perdida. En el
Finnegan's wake el gigantismo creativo joyciano se
manifiesta como recreación profunda del lenguaje. En
este contexto no pretendemos recuperar el oleaje
específicamente literario de Joyce sino un momento
poco conocido de su actividad cultural. Pretendemos
rescatar una olvidada conferencia. En 1904, junto con
su esposa Nora Barnacle, Joyce abandonó la sufrida
Irlanda y peregrinó por Pola, Trieste y Roma por dos
años y medio. En 1907 se estableció en Trieste, ciudad
sometida al poder austríaco. Durante nueve meses Joyce
sufrió como empleado de banco. Logró liberarse después
mediante la enseñanza de idiomas. Llegó a dominar con
soltura el habla toscana. Fue invitado entonces a
dictar tres conferencias en la Universita populare, un
centro de estudios para adultos en la ciudad de
Trieste. La primera alocución fue sobre la historia
cultural y política de Irlanda (es la conferencia que
aquí presentamos); la segunda estuvo dedicada a James
Clarence Mangan, y la tercera, cuyo texto no ha
perdurado, versa sobre el renacimiento literario
irlandés. 
El público que lo escuchó en Trieste estaba compuesto
en buena medida por amigos y alumnos de sus clases de
idiomas. Esto predispuso favorablemente al auditorio
para aceptar el método expositivo de la conferencia
del escritor irlandés, que consistió en la lectura de
un texto. Entre el público y la temática de Joyce,
además, había afinidad dado que tanto Trieste como
Irlanda estaban bajo la férula de potencias
extranjeras que ignoraban sus lenguas y tradiciones.

Joyce fue crítico de las ilusiones de un renacimiento
irlandés, pero, a la vez, amó, profundamente, el
pasado espiritual de su tierra.

En esta edición en Temakel, presentamos una versión
parcial de la extensa conferencia de Joyce dividida en
cuatro partes. La primera recuerda a las grandes
personalidades de la espiritualidad irlandesa de la
edad media. En el siglo V d.c, llegó a la isla San
Patricio, el primer misionero cristiano. A diferencia
de otras partes de Europa, el credo cristiano no fue
especialmente resistido en suelo irlandés. Esto quizá
se debió a ciertas afinidades entre el monismo
religioso druídico, de raíz celta, y la fe en una sola
fuerza espiritual universal que se irradiaba desde la
cruz cristiana. Los monjes irlandeses fueron
especialmente valorados por sus capacidades
intelectuales, por sus poderes especulativos.
Carlomagno impulsó su famoso renacimiento cultural en
Aquisgrán con el auxilio de Alcuino, monjés irlandés.
Joyce destaca la importancia, entre otros, de Juan
Duns Escoto, el "doctor sutil"; o de Scoto Erígena, el
gran creador de un sistema de pensamiento de teología
negativa y perfiles panteístas. 

Otro momento es la relación entre Irlanda y
Inglaterra. Un vínculo siempre teñido por el odio y la
tirantez. En la siguiente cuestión, "la fidelidad
irlandesa al catolicismo y el aporte de Irlanda a la
cultura británica", Joyce explora las densidades del
fervor católico irlandés y subraya los numerosos
hombres de letras de Irlanda que han contribuido al
brillo de la literatura, el pensamiento o el arte que
muchos estiman como británico (Goldsmith, Berkeley,
Burke, Burton, George Moore, Oscar Wilde, George
Bernard Shaw). Luego, finalmente, el creador de
Dubliners y El retrato del artista adolescente, navega
en la bahía del ensueño de un hipotético renacimiento
de la atávica cultura celta. Antaño, la mitología y la
religión célticas percibieron la realidad como una
vasta incandescencia sagrada. Los druidas, los file o
bardos, los dioses Dagda, Lug, el héroe Cuchulainn,
nutrieron la fogata de la épica y la espiritualidad
celta. Pero Joyce se muestra escéptico en cuanto al
regreso de los vientos célticos. "La antigua Irlanda
está tan muerta como el antiguo Egipto", afirma. El
viejo espíritu celta, para Joyce, se desvaneció con la
muerte de James Clarence Mangan.

A pesar de la incredulidad joyciana en el renacer de
la estirpe imaginativa céltica, quizá su propia obra,
atravesaba por ensoñaciones míticas e intuiciones
profundas, sea una silenciosa reafirmación del legado
de sus ancestros. De aquellos paganos de sangre celta
que percibían el mundo como devenir poético.  
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IRLANDA, ISLA DE SANTOS Y SABIOS

Por James Joyce 

Las naciones, lo mismo que los individuos, tienen su
propio ego. El caso de un pueblo que gusta de
atribuirse cualidades y glorias de las que otros
pueblos carecen no es totalmente desconocido en la
historia, desde los tiempos de nuestros antepasados,
que se atribuyeron a sí mismos el nombre de arios y
nobles, o de los griegos, que daban a cuantos vivían
fuera de los límites de la sacrosanta tierra de la
Hélade el nombre de bárbaros. Los irlandeses, con un
orgullo que quizá es menos fácil explicar, gustan de
llamar a su patria isla de santos y sabios.

Este alto título no fue inventado ayer ni anteayer. Se
remonta a los más remotos tiempos, a los tiempos en
que la isla era verdaderamente un foco de santidad e
inteligencia, y proyectada sobre el continente su
cultura y su enérgica vitalidad. Sería fácil formar
una lista de los irlandeses que llevaron la antorcha
del saber de un país a otro, como peregrinos y
ermitaños, profesores y sabios. Su huella se advierte
todavía en abandonados altares, en tradiciones y
leyendas en las que incluso el nombre del héroe es de
difícil indentificación, o en alusiones poéticas,
tales como el pasaje del Inferno de Dante, donde su
guía le indica un mago celta, atormentado por
infernales dolores, y dice:

Quel'altro che ne' gianchi' é cosé poco,

Michle Scotto fu, che veramente

Delle magiche frode seppe il gioco?

  En realidad, harían falta los conocimientos, la
paciencia y el tiempo libre de un bolandista para
relatar hechos de estos santos y sabios. Recordemos
por lo menos al notorio oponente de Santo Tomás, Juan
Duns Escoto (llamado el Doctor Sutil, para
distinguirlo de Santo Tomás, el Doctor Angélico, y de
San Buenaventura, el Doctor Seráfico), que fue
militante campeón de la doctrina de la Inmaculada
Concepción, y que, como nos dicen las crónicas de su
tiempo, fue también invencible polemista. Difícilmente
cabe negar que Irlanda, en aquellos tiempos, era un
inmenso seminario, al que acudían los estudiosos de
los más distintos países de Europa, tan grande era el
prestigio de su magisterio en cuestiones espirituales.
Y, aun cuando las afirmaciones de esta clase han de
contemplarse con grandes reservas, es más que probable
(teniendo en cuenta el religioso fervor que aún impera
en Irlanda, del que vosotros, alimentados con el
manjar del escepticismo de los últimos años,
difícilmente podéis formaros cabal idea) que este
glorioso pasado no sea una fantasía nacida del
espíritu de autoglorificación.

  ...El idilio irlandés es de origen oriental, y
muchos filósofos lo han identificado con el antiguo
lenguaje de los fenicios, los iniciadores de la
navegación y el comercio, según los historiadores.
Este pueblo aventurero, que tenía el monopolio del
mar, estableció en Irlanda una civilización que decayó
y casi había desaparecido antes de que el primer
historiador griego tomará la pluma. Esta civilización
guardó celosamente el secreto de su existencia, y la
primera mención que de la isla de Irlanda se hace, en
una literatura extranjera, se halla en un poema griego
del siglo V antes de Jesucristo, en que el historiador
repite la tradición fenicia. El lenguaje que el autor
latino Plauto pone en boca de los fenicios en su
comedia Poenulus es casi el mismo lenguaje que hablan
los campesinos irlandeses de nuestros días, según el
crítico Vallancey. La religión y la civilización de
este antiguo pueblo, conocidas más tarde con el nombre
de druidismo, eran egipcias. Los sacerdotes druidas
tenían sus templos al aire libre, y adoraban al sol y
a la luna en los robledales. Según los primarios
criterios de conocimientos de aquellos tiempos, los
sacerdotes irlandeses eran considerados como hombres
muy sabios, y cuando Plutarco menciona Irlanda, dice
que es patria de hombres santos. En el siglo IV, Festo
Avieno fue el primero en dar a Irlanda el título de
Insula Sacra; y más tarde, tras haber sufrido las
invasiones de las tribus españolas y celtas, fue
convertida al cristianismo por San Patricio y sus
discípulos, mereciendo una vez más el título de "Isla
Santa".

No me propongo relatar la historia de la iglesia
irlandesa de los primeros siglos de la era cristiana.
Hacerlo superaría los límites propios de esta
conferencia, y, además, tampoco sería excesivamente
interesante. Pero es imprescindible explicar hasta
cierto punto mi título "Isla de santos y sabios", e
indicar su base histórica. Prescindiré de los nombres
de innumerables hombres de la Iglesia cuya labor fue
exclusivamente nacional, pero os ruego que me prestéis
atención durante unos minutos, en los que me referiré
a los rastros que los numerosos apóstoles celtas han
dejado tras de sí en casi todos los países. Es
necesario recordar brevemente unos hechos que en
nuestros días parecen triviales para las mentes
profanas, ya que en los siglos en que ocurrieron y a
lo largo de la Edad Media, no sólo la historia, sino
también las ciencias y las diversas artes, eran de
naturaleza totalmente religiosa, y estaba bajo la más
maternal tutela de la iglesia. Y, en realidad, ¿qué
eran los científicos y artistas italianos anteriores
al Renacimiento, sino obedientes instrumentos de Dios,
eruditos comentaristas de las Sagradas Escrituras, o
ilustradores con verso o pincel, de la fábula
cristiana?

  Parece raro que una isla como Irlanda, tan alejada
de los centros de cultura, pudiera alcanzar altas
cimas en cuanto a escuela de apóstoles. Pero incluso
una superficial consideración nos mostrará que la
insistencia de la nación irlandesa en desarrollar su
propia cultura por sus propios medios no es tanto la
exigencia de una joven nación que desea ocupar un buen
lugar en el concierto europeo, cuanto la exigencia de
una nación muy antigua para renovar bajo nuevas formas
la gloria de una civilización pasada. Incluso en el
primer siglo de las era cristiana, bajo el apostolado
de San Pedro, encontramos al islandés Mansueto,
posteriormente canonizado, desarrollando actividades
de misionero en Lorena, donde fundó una iglesia y
predicó por más de medio siglo. Cataldo tuvo una
catedral y doscientos teólogos en Ginebra, y más tarde
fue consagrado obispo de Tarento. El gran heresiarsa
Pelagio, viajero e incansable propagandista, si no era
un irlandés, como muchos aseguran, no cabe la menor
duda de que su origen era irlandés o escocés, al igual
que Celestio, su mano derecha. Sedulio viajó por casi
todo el mundo, y al fin fijó su residencia en Roma,
donde compuso casi quinientos bellísimos discursos
teológicos, y muchos himnos sacros que incluso en
nuestros días se utilizan en la liturgia católica.
Fridolino Viator, es decir, el Viajero, de real
familia irlandesa, fue misionero entre los germanos, y
murió en Seckingen, en Alemania, donde fue enterrado.
El valeroso Columbano reformó la iglesia francesa, y
después de haber provocado, con sus prédicas, una
guerra civil en Borgoña, se trasladó a Italia, donde
fue el apóstol de los lombardos y fundó el monasterio
de Bobbio. Frigidio, hijo del rey de Irlanda del
Norte, ocupó el obispado de Lucca. San Galo, que en
sus primeros tiempos fue compañero y discípulo de
Columbano, vivió entre los grisones en Suiza como
ermitaño, cazando y pescando, y cultivando los campos
con sus propias brazos. Rechazó el obispado de la
ciudad de Constanza, que le fue insistentemente
ofrecido, y murió a la edad de noventa y cinco años.
En el lugar en que tuvo su ermita se alzó una abadía,
cuyo abad pasó a ser príncipe del cantón por la gracia
de dios, y enriqueció grandemente la biblioteca
benedictina, cuyas ruinas todavía se muestran a los
visitantes de la antigua ciudad de San Galo.

 (...) En resumen, el período que terminó con la
invasión de Irlanda por las tribus escandinavas, en el
siglo VIII, no es más que una ininterrumpida crónica
de apostolado, misiones y martirios. El rey Alfredo,
que visitó el país y nos dejó sus impresiones del
mismo en los versos llamados "The Royan Journey" (El
viaje Real), nos dice en la primera estrofa:

I found when I was in exile

In Ireland the beautiful

Many ladies, a serious people,

Laymen and priests en abundance.

(Mientras estaba exiliado descubrí

en Irlanda la hermosa

a muchas damas, a un pueblo serio,

abundancia de legos y clérigos).

Debemos reconocer que en el curso de doce siglos el
cuadro no ha cambiado demasiado, aun cuando si el buen
Alfredo, que encontró abundancia de legos y clérigos
en aquel entonces, volviera ahora al país, encontraría
mayor abundancia de los segundos que los primeros.

Para leer la historia de los tres siglos que
precedieron a la llegada de los ingleses a la isla,
hay que tener mucho estómago, ya que las luchas
intestinas, y los conflictos en los daneses y los
noruegos, los extranjeros negros blancos, como les
llamaban, fueron tan constantes y feroces que
convirtieron esta época en un auténtico matadero. Los
daneses ocuparon los principales puertos de la costa
este de la isla, y establecieron un reino en Dublín,
actual capital de Irlanda. Después, los reyes nativos
se dedicaron a mantenerse entre sí, tomándose de vez
en cuando merecidos descansos en los que jugaban al
ajedrez. Por fin, la sangrienta victoria del usurpador
Brian Boru sobre las hordas nórdicas, en las dunas de
arena junto a la muralla de Dublín puso término a las
incursiones escandinavas. Sin embargo, los
escandinavos, no abandonaron el país, sino que se
integraron gradualmente en la comunidad, hecho que no
debemos olvidar si queremos comprender el curioso
carácter de los irlandeses modernos.

Durante este período de la cultura no pudo
desarrollarse demasiado, pero a Irlanda le cupo el
honor de dar al mundo tres grandes heresiarcas: Juan
Duns Scoto, Macario y Vergilio Solivago. Este último
fue destinado por el rey francés a la abadía de esta
diócesis, donde construyó la catedral. Fue Vergilio
Solivago filósofo, matemático y traductor de los
escritos de Ptolomeo. En su tratado de geografía
sostenía la tesis, a la sazón subversiva, de que la
tierra era esférica, y por tal audacia los papas
Bonifacio y Zacarías le declararon sembrador de
herejías. Macario vivió en Francia, y en el monasterio
de San Eligio aún se conserva su tratado De anima, en
el que enseñaba la doctrina posteriormente conocida
como averroísmo, de la que Ernest Renan, celta-bretón,
nos ha dado un magistral análisis. Escoto Erígena,
rector de la Universidad de París, fue un místico
panteísta, que tradujo del griego la teología mística
de Dioniso el PseudoAeropagita, santo patrón de la
nación francesa. En esta traducción se ofrecía a
Europa, por primera vez, la trascendental filosofía de
Oriente, que tuvo gran influencia en el pensamiento
religioso europeo, como después las traducciones de
Platón, efectuadas en tiempos de Pico della Mirandola,
influyeron en el desarrollo de la civilización laica
italiana. No es preciso decir que tal innovación (que
fue como un aliento vital que resucitó los huesos
muertos de la teología ortodoxa, amontonados en un
inviolable cementerio, en un campo de Ardat), no
mereció la aprobación del Papa, quién pidió a Carlos
el Calvo que mandara a Roma el libro y su autor,
debidamente escoltado éste, probablemente con la
intención de que saborease las delicias de la cortesía
papal. Sin embargo, parece que Escoto, que aún
conservaba una pizca de sentido común en su exaltada
cabeza, fingió no enterarse de tan cortés invitación y
partió apresuradamente hacia su patria.

  Desde la invasión inglesa hasta nuestros días,
median casi ocho siglos, y si me he referido con
cierta extensión al período anterior a fin de que
comprendierais las raíces de la idiosincracia
irlandesa, no tengo intención de relatar las
vicisitudes de Irlanda bajó la ocupación extranjera. Y
entre otras razones porque Irlanda había dejado de
ser, en dicha épocas, una potencia intelectual en
Europa. Las artes decorativas, en las que los antiguos
irlandeses destacaron, fueron abandonadas, y la
cultura, tanto la profana como la sagrada, dejó de
cultivarse.

Dos o tres nombres ilustres brillan cual las últimas
escasas estrellas de una noche radiante que muere al
acercarse el alba. Según la leyenda, Juan Duns Escoto,
a quien me he referido hace poco, fundador de la
escuela de los escotistas, escuchó las argumentaciones
de todos los doctores de la Universidad de París
durante tres días enteros, después se levantó y, de
memoria, las refutó todas, una tras otra; también
debemos referirnos a Joannes de Sacrobosco, que fue el
último gran defensor de las teorías geografías y
astronómicas de Ptolomeo, y a Pedro Hiberno, el
teólogo a quien le cupo la suprema tarea de educar la
mente del autor de la apología escolástica Summa
contra Gentiles, San Tomás de Aquino, quizá el
intelecto más agudo y lúcido de la historia de la
humanidad.

  Pero, mientras estas últimas estrellas aún
recordaban la pasada gloria de Irlanda a las naciones
europeas, se estaba formando una nueva raza céltica,
compuesta por el viejo linaje celta y las razas
escandinava, anglosajona y normanda. Sobre los
cimientos de la anterior idiosincracia nacional se
levantó otra, en la que dichos elementos diversos se
mezclaron y renovaron el antiguo cuerpo de la nación.
Los viejos enemigos hicieron causa común para
defenderse de la invasión inglesa, los ciudadanos
protestantes (que se habían convertido en Hibernis
Hiberniores, más irlandeses que los propios
irlandeses) se unieron a los católicos irlandeses para
oponerse a los fanáticos calvinistas y luteranos del
otro lado del mar, y los descendientes de los
colonizadores daneses, normandos y anglosajones
luchaban por la causa de la nueva nación irlandesa
contra la tiranía británica.    

Irlanda e Inglaterra

 (...) Entre ambos países existe una separación de
orden moral. No recuerdo haber oído jamás el himno
nacional inglés God Save the king cantado en público
sin que desatara una tormenta de gritos, silbidos y
aullidos que impidiera oír las mayestática
composición. Pero para quedar convencido de esta
separación es preciso haber estado en las calles
cuando la reina Victoria visitó, un año antes de su
muerte, la capital de Irlanda. Ante todo, es preciso
advertir que, cuando un monarca inglés quiere ir a
Irlanda en viaje político, se produce una intensa
oleada de precisiones encaminadas a convencer al
alcalde de que debe recibirle en las puertas de la
ciudad. Pero la verdad es que el último monarca que
efectuó tal visita tuvo que contentarse con una
recepción formal, a cargo del jefe de policía, ya que
el alcalde declinó el honor. 

La reina Victoria había visitado Irlanda solamente una
vez, cincuenta años antes, desde su matrimonio. En
aquel entonces, los irlandeses (que no habían olvidado
totalmente su fidelidad a los infortunados Estuardo ni
el nombre de María Estuardo, reina de los escoceses,
ni al legendario fugitivo "Bonnie Prince Charlie")
tuvieron la perversa idea de burlarse del consorte de
la reina, considerándole como a un renegado príncipe
alemán, burlándose de él por el medio de imitar su mal
acento inglés, y arrojándole alegremente, a modo de
bienvenida, un troncho de col en el preciso instante
en que pisaba la tierra irlandesa.

  La actitud y el carácter de los irlandeses
desagradaban a la reina, que comulgaba con los
aristocráticas e imperialistas teorías de Benjamín
Disraeli, su ministro favorito, mostrando muy escaso o
nulo interés en el destino del pueblo irlandés, salvo
a través de observaciones despectivas que, como es
natural, siempre provocaron vigorosas reacciones
adversas. Es verdad que en cierta ocasión, cuando se
produjo un horrible desastre en el condado de Kerry,
que quedó prácticamente sin viviendas y comida, la
reina, que administraba sus millones con gran
tacañería, envío a la comisión de socorro, que había
recaudado miles de libras esterlinas de benefactores
de todas las clases sociales, un donativo real por el
importe de diez libras. Cuando la comisión se enteró
de la llegada del regalito, lo metió en un sobre y lo
devolvió al donante a vuelta de correo, con una
tarjeta de gracias. Estos pequeños incidentes
demuestran que no había grande vínculos de amor entre
la reina Victoria y sus súbditos irlandeses, y si
decidió visitarlos en el ocaso de su vida, esta visita
fue motivada por razones puramente políticas.

  La verdad es que la reina no vino a Irlanda; fue
enviada por sus consejeros. En aquel entonces, la gran
derrota sufrida por los ingleses en Sudáfrica en la
guerra de los Bóers hizo al ejercito inglés objeto del
escarnio de la prensa europea, y fue preciso el
talento de dos generales en jefe, Lord Roberts y Lord
Kitchener (ambos irlandeses, nacido en Irlanda), paras
evitar el desprestigio que amenazaba al ejército
inglés (igual que en 1815, fue el genio de otro
soldado irlandés el que derrotó el renovado poderío de
Napoleón, en Waterloo), y fueron reclutas y
voluntarios irlandeses quienes demostraron su renovado
valor en el campo de batalla. En reconocimiento por
estos hechos, el gobierno inglés, al terminó de la
guerra, autorizó a los regimientos irlandeses a llevar
el "shamrock" (trébol) o emblema de Irlanda con el
propósito de recuperar las evanescentes simpatías del
pueblo, y facilitar la tarea a los sargentos
encargados de reclutar tropas.

  Ya he dicho que, para comprender el abismo que media
entre países, es necesario haber estado presente entre
ambos países, en necesario hacer estado presente en su
entrada en Dublín. A lo largo de las calles se
alineaban los soldaditos ingleses (porque desde la
revuelta feniana de James Stephnes, el gobierno dejó
de destinar a Irlanda regimientos irlandeses), y en
los balcones adornados se hallaban los funcionarios y
sus esposas, los empleados unionistas y sus esposas,
los turistas y sus épocas. Cuando apareció el cortejó,
la gente situaba en los balcones comenzó a gritar
vítores y a agitar pañuelos. Pasó el coche de la
reina, cuidadosamente protegido por un impresionante
cuerpo de guardia con los sables desenvainados, y
dentro de él los espectadores vieron a una mujer
menuda, casi enana, constantemente sacudida por el
traqueteo del coche, vestida de luto, con gafas de
concha y un rostro pálido y carente de expresión. De
vez en cuando, inclinaba secamente la cabeza para
agradecer algún que otro víctor, como alguien que ha
aprendido mal su lección. Inclinaba la cabeza a
derecha e izquierda, con un movimiento vago y
mecánico. Los soldados ingleses se ponían
respetuosamente firmes al paso de su arma, y, tras
ellos, la multitud de ciudadanos contemplaba con
curiosidad y casi con lástima el ostentoso cortejo y
la patética figura central; y cuando pasaba el coche,
lo seguían con mirada ambigua. En este caso no hubo
bombas ni tronchos de col, pero la reina de Inglaterra
entró en la capital irlandesa rodeada de un pueblo
silencioso. 

Las razones de este diferente temperamento, que ahora,
se ha convertido en un lugar común de los gacetilleros
de Fleet Street, son de naturaleza racial e histórica.
Nuestra civilización forma un vasto tejido en el que
se mezclan los más diversos elementos, en el que se
mezclan los más diversos elementos, en el que se
encuentran la agresividad nórdica y el derecho romano,
las nuevas convenciones burguesas y los restos de un
religión de origen sirio. En este tejido resulta
imposible encontrar un hilo en estado de pureza y
virginidad, un hilo que no haya sufrido la influencia
de otro hilo vecino. ¿De qué raza o de que idioma
(salvo los pocos que una voluntad juguetona ha
conservado en hielo, cual ocurre con el pieblo
islandés) se puede decir, actualmente, que es puro? Y
ninguna raza tiene menos derecho a alardear de lo
dicho que la actualmente aposentada en Irlanda. La
nacionalidad (si no se trata de una cómoda ficción
igual a tantas otras a las que el bisturí de la
ciencia actual ha dado el golpe de gracia) debe hallar
las razones de su arraigo en algo que supere y
trascienda e informe realidades tan cambiantes como la
sangre y las palabras humanas. El místico teólogo que
adoptó el seudónimo de Dionisio, el Pseudoaeropagita,
afirma que "Dios ha dispuesto los límites de las
naciones de acuerdo con sus ángeles", y seguramente
esto no es una idea puramente mística. ¿Acaso no es
cierto que en Irlanda los daneses, los firbolgs, los
milesios de España, los invasores normandos y los
colonizadores anglosajones se han unido para formar
una nueva entidad, bajo la influencia, cabría decir,
de una deidad local? Y, aunque la actual raza
irlandesa sea inferior y rezagada, vale la pena hacer
constar que es la única, entre todas las de la familia
celta, que se ha negado a vender su primogenitura por
un plato de lentejas.

3. La fidelidad irlandesa al catolicismo y el aporte
de Irlanda a la cultura británica.

(...) El pueblo irlandés, el noventa por ciento del
cual es católico, ha dejado de contribuir al
mantenimiento de la Iglesia protestante, que solamente
existe para las necesidades espirituales de unos
millares de colonizadores. En resumen, la hacienda
inglesa ha perdido dinero, y la Iglesia Católica tiene
una hija más. En cuanto hace referencia al sistema de
educación, podemos decir que permiten que las aguas
del pensamiento moderno si filtren hasta cierto punto,
y muy despacio, en la árida tierra. A su tiempo, quizá
se produzca el gradual renacimiento de la conciencia
irlandesa, y quizá cuatro o cinco siglos después de la
Dieta de Worms, veamos como un monje irlandés arroja
el hábito lejos de sí, se fuga con una monja, y
proclama a voz en grito el fin de aquel coherente
absurdo llamado catolicismo y el inicio de este
incoherente absurdo que se llama protestantismo.

  Pero una irlanda protestante es inimaginable. Sin
duda alguna, Irlanda ha sido hasta el presente la más
fiel hija de la Iglesia Católica.  Quizá sea el único
país que recibió con cortesía a los prisioneros
misioneros, y que se convirtió a la nueva doctrina sin
verter ni una gota de sangre. En realidad, la historia
eclesiástica de Irlanda carece en absoluto de
martirología, como afirmó el obispo de Cashel con
orgullo al contestar las burlas de Giraldus
Cambrensis. Durante seis u ocho siglos, fue el foco
espiritual de la cristiandad. Sus hijos iban a todos
los países del mundo para predicar el Evangelio, y sus
doctores interpretaban y renovaban las Sagradas
Escrituras.

  Su fe jamás vaciló gravemente, con excepción de
cierta tendencia doctrinal de Nestorio, en el siglo V,
referente a la unión hipostática de las dos
naturalezas de Jesucristo, ciertas diferencias
litúrgicas, carentes de importancia, aparecidas en la
misma época, tales como la forma de la tonsura
eclesiástica y el tiempo de celebración de la Pascua,
y, por último, la defección de ciertos de clérigos
ante las presiones de los reformados emisarios de
Eduardo VII. Pero, ante las primeras noticias de que
la Iglesia corría peligro, un verdadero enjambre de
clérigos irlandeses partió hacia la costa de Europa,
donde se esforzaron en suscitar un fuerte movimiento
general entre los católicos, a fin de enfrentarse con
los herejes.

  (...) Ahora bien , ¿qué ha ganado Irlanda con su
fidelidad al papado y con su infidelidad a la corona
inglesa? Ha ganado mucho, pero no para sí misma. Entre
los escritores irlandeses que adoraron el idioma
inglés en los siglo XVII y XVIII, y casi olvidaron su
tierra natal, encontramos el nombre de Berkeley, el
filósofo idealista; de Oliver Goldsmith, autor de The
Vicar of Wakefield; dos famosos comediógrafos, Richard
Brinsley Sheridan y William Congreve, cuyas
magistrales obras cómicas se admiran todavía hoy en
los estériles escenarios de la moderna Inglaterra;
Jonathan Swift, autor de Gulliver's Travels, que
comparte con Rabelais el más alto puesto satírico en
la literatura mundial, y Edmund Burke, a quien incluso
los ingleses calificaron de moderno Demóstenes y
consideraron como el más profundo orador que jamás
haya hablado en la Cámara de los Comunes.

Incluso hoy, pese a los grandes obstáculos, Irlanda
contribuye al pensamiento y al arte ingleses. En
realidad, los irlandeses no son esos desequilibrados e
irremediables del Standard y del Morning Post, como lo
demuestran los nombres de los tres más grandes
traductores de la literatura nglesa: FitzGerald,
traductor del Rubaiyat, del poeta persa Omar Khayyam;
Burton, traductor de las obras maestras árabes, y
Cary, el traductor de la Divina Comedia. También
podría alegar los nombres de otros irlandeses, cual
Arthur Sullivan, el decano de la música inglesa
moderna; Edward O'Conor, fundador del cartismo; el
novelista George Moore, un oasis intelectual en el
Sahara de los falsos escritores espiritualistas,
mesiánicos y detectivescos que infestan Inglaterra; y
los nombres de los dos dublineses, el paradójico e
iconoclasta comediógrafo George Bernad Shaw, y el
sobradamente conocido como Oscar Wilde, hijo de una
poetisa revolucionaria.

Por último, y en cuanto concierne a los asuntos
prácticos, esta concepción peyorativa de Irlanda queda
desmentida por el hecho de que los irlandeses, cuando
se encuentran fuera de su país, en otro ambiente, se
convierten muy a menudo en hombres respetables. Las
circunstancias económicas e intelectuales dominantes
en Irlanda no permiten el desarrollo de la propia
individualidad. El espíritu del país está debilitado
por siglos de luchas estériles y tratados incumplidos,
y la iniciativa individual está paralizada por la
influencia y exhortaciones de la Iglesia, mientras que
su cuerpo está esposado por la policía, los impuestos
y el cuartel. Ningún irlandés que se respete a sí
mismo permanece en Irlanda, sino que huye de un país
que ha recibido la visita de un airado Júpiter.

4. El incierto renacimiento celta

 (...) ¿Está este país destinado a recuperar algún día
su antiguo rango de Grecia del Norte? ¿Esta la
mentalidad celta, lo mismo que la eslava, a la que en
tantos aspectos se parece, destinada a enriquecer lo
conciencia civil con nuevos descubrimientos y
hallazgos? ¿O acaso el mundo celta, las cinco naciones
celtas a las que naciones más fuertes han confirmado a
las orillas occidentales del continente, a las islas
más alejadas de Europa, será al fin arrojadas al
océano, tras largos siglos de lucha? Somos sólo
sociólogos aficionados, y, por lo tanto augures de
tercera clase. Miramos fijamente las entrañas del
animal humano, y, después, confesamos que nada vemos
de ellos. Únicamente nuestros superhombres pueden
escribir la historia del futuro.

  Sería interesante, aun cuando rebasa los límites que
me he fijado esta noche, averiguar qué efectos
produciría en nuestra civilización el renacimiento de
esta raza. Los efectos económicos de la aparición de
una isla rival cercana a Inglaterra, una isla
bilingüe, republicana, centrada en sí misma y
emprendedora, con su propia flota mercante, y sus
propios cónsules en todos los puertos del mundo. Y los
efectos morales de la aparición de los artistas y
pensadores irlandeses en la vieja Europa, la aparición
de estos espíritus extraños, frígidos entusiastas,
artística y sexualmente inadecuadas, pletóricos de
idealismo e incapaces de dejarse arrastrar por él,
espíritus infantiles, satíricos e ingenuos, los
"irlandeses sin amor", como se les ha llamado. Pero,
mientras esperamos este resurgimiento, confieso que no
veo la utilidad de despotricar contra la tiranía
inglesa, mientras la tiranía romana ocupa el palacio
del alma.

De nada sirven, a mi parecer, las amargas invectivas
contra el expoliador inglés, el desdén hacia la vasta
civilización anglosajona, pese a que es casi
totalmente una civilización materialista, ni las
orgullosas y vacías afirmaciones de que el arte de la
miniatura en los antiguos libros irlandeses, tales
como el Book of Kells, el Yellow Book of Lecan, el
Book of the Dun Cow, que se remontan a los tiempos en
que Inglaterra era un país aún por civilizar, es casi
tan antiguo como el arte chino, que Irlanda fabricó y
exportó a Europa sus tejidos durante varias
generaciones, antes de que a Londres llegara el primer
flamenco que enseñaría a los ingleses a cocer pan. Si
estos recursos al pasado tuvieran validez, el fellahin
de El Cairo tendría pleno derecho a negarse
desdeñosamente a cargar con los equipajes de los
turistas ingleses. La antigua Irlanda está tan muerta
como el antiguo Egipto. Ya se ha entonado su responso,
y ya se ha se colocado la lápida en su tumba. La vieja
alma nacional que durante siglos habló por boca de
fabulosos visionarios, de vagabundos trovadores, de
poetas jacobeos, desapareció del mundo con la muerte
de James Clarence Mangan. Con él terminó la larga
tradición del triple orden de los viejos bardos
celtas; y hoy otros bardos, animados por otros
ideales, tienen la palabra.

  Sólo veo con claridad una cosa. Hace tiempo que
llegó el momento de que Irlanda terminé de una vez con
tanta frustración. Si realmente puede resurgir, que
despierte, o cubramos su cabeza y dejemos que descanse
en paz en su tumba. En cierta ocasión, Oscar Wilde
dijo a un amigo mío: "Nosotros, los irlandeses, no
hemos hecho nada, pero somos lo más grandes habladores
habidos desde el tiempo de los griegos". Pero, aunque
los irlandeses son elocuentes, una revolución no se
hace con el aliento y la negociación. Irlanda ha
cometido ya demasiadas equivocaciones y ha caído en
demasiados malentendidos. Si realmente desea dar el
espectáculo que durante tiempo hemos esperado, que
esta vez sea íntegro, completo y definitivo. Nuestro
consejo a los productores irlandeses es el mismo que
nuestros padres les daban no hace mucho tiempo: ¡Daos
prisa! Pero tengo la seguridad de que al menos yo no
veré alzarse el telón, porque cuando ocurra habré
emprendido ya mi último viaje. (*) 

(*) Fuente: Versión parcial de conferencia de James
Joyce "Irlanda, isla de santos y sabios", en James
Joyce. Escritos críticos, Madrid, Alianza, 1983, pp.
202-26.  











"Cuando maduró y se reconoció en motivos, en guías desconocidas de su propia vida, en su escasa propia libertad, gastó su adolescente madurez en conocerse, trató con analistas y psiquiatras, tarotistas y decidores de la ventura, habló con amigos no sin cierta desconfianza, leyó, preguntó a sus padres y a algún profesor de su exquisito aprecio, abrió una ventana, se recostó, cerró los ojos, acordonó su pasado largo, tachó razones, y recordó un pasaje de un cuento que decía que el hombre tenía motivos desde antes de escribir historia y que por eso, tal vez no era preciso el intentar reconocerlos. Esa noche durmió bien y a la otra noche, después de dar a luz, murió. "



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