[R-P] Der Sipegel : con objetividad./ [E. Lacolla] Autocrítica o masoquismo?

Lizardo Sánchez lizardosanchezcordoba en yahoo.com.ar
Vie Oct 19 10:22:07 MDT 2007


Ha dicho Picotto:
Pero lo más curioso de los «honestos» argentinos
es que si entraran al país toda la mosca que
tienen laburando afuera, podríamos pagar la deuda
externa de un solo saque.

Pero claro: la culpa es de los «conglomerados
internacionales» y de Magoya, pero jamás
«nuestra».


PS: El capital no tiene patria, menos todavía el
capital argentino. Seamos sinceros de una buena
vez y llamemos las cosas por su nombre. Esto de
echarle siempre la culpa a alguien que no
fuéramos «nosotros» es parte de nuestra
estrategia, de nuestro modus vivendi para poder
explicarnos el MEGOMBO que tuvimos siempre y
seguir tirando: las cosas van mal, pero la culpa
no es «nuestra». Son los políticos, los bancos
extranjeros, el capital internacional, los
zurdos,
y si no son los zurdos, son los gorilas,
etcétera, etcétera, pero jamás «los argentinos».
¿Qué hacen los «argentinos», entonces...?

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Digo:

No voy a responder yo, repetiré palabras que
antiyer se publicaron aquí mismo, de Enrique
Lacolla.

Un ejemplo vale mas que mil palabras.

Lizardo Sánchez.
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Ha dicho Enrique Lacolla:

Cierta mirada escéptica sobre la Argentina, que
critica sus taras pero que no escarba en sus
causas, contribuye a la decadencia que ella
misma condena.

Cierta línea analítica de la realidad argentina,
esgrimida por comentadores que se duelen de
nuestra decadencia, elige para expresar
su desazón un tono irónico y acre, o bien
resignado y escéptico, cuando no ampuloso y
dulzón, que redondea –o remacha, mejor
dicho– su
crítica con la observación de que en fin de
cuentas, "la culpa es nuestra".

Es decir, que la responsabilidad del estropicio
que nos rodea recae en lo esencial sobre nuestras
espaldas. Pues, ¿quiénes sino nosotros
habríamos consentido que nos manejen quienes nos
manejan? ¿De dónde saldría nuestra clase
dirigente si no es de nuestras entrañas?

El correlato obligado de estas interrogaciones
es, en definitiva: ¿cuándo vamos a aprender a ser
adultos y a no echar la culpa de lo que
nos pasa en una entelequia llamada los Otros?

Como reclamo al orden y a la asunción de nuestros
deberes, esta exigencia es válida. Pero, con
perdón de quienes exhiben este saber
superior y un tanto desdeñoso, nos parece que
aposentarse sólo en este tipo de evaluación
implica una renuncia a examinar la naturaleza del
decurso histórico de nuestra nación y una
incapacidad para tomar en cuenta sus
contradicciones. Es decir, la naturaleza de su
formación orgánica, que estuvo lejos de ser
idílica y se encontró sometida a presiones
brutales, tanto internas como externas, las
cuales tuvieron una importancia decisiva en la
conformación del país contrahecho que tenemos. Y
en el desconcierto psicológico que se nos
atribuye.

Achacar la culpa de todo lo que nos pasa a cierta
irresponsabilidad, a la indisciplina social y a
la sensualidad fácilmente tentable con la
corruptela en razón de una suerte de fatalidad
orgánica, es un poco demasiado simple.

Sí, desde luego esos factores existen y gravan
con pesadez nuestro espíritu, aflojando o
haciendo imposible esa tonicidad muscular que
cabe percibir en las sociedades que están "en
forma". Pero atribuir tan sólo a estos rasgos,
forzando su definición como "atributos
nacionales", la culpa de una decadencia que viene
pronunciándose desde hace medio siglo es
incurrir, por lo menos, en un abuso de confianza.
Y en una falta de respeto para quienes componen
la inmensa mayoría de la población y que no se
manchan las manos con operaciones sucias, se
esfuerzan por efectuar su aporte cotidiano y
conservan una fe de carretero en la grandeza,
latente, de su patria.

El escepticismo crítico (para llamarlo de alguna
manera) al que nos referimos, tiende a ignorar o
a no mencionar un par de palabras que,
sin embargo, están en la base de la deformación
argentina: oligarquía y dependencia. Dependencia
del imperialismo, para ser directos.

La primera, oligarquía, alude a la casta que
conformó al país de acuerdo a una concepción
limitada de este, usándolo para ponerlo al
servicio de un núcleo de intereses que se
asentaba en el litoral de la República y miraba
hacia afuera de esta.

La segunda, la dependencia, representa el
principio conductor de la anterior, el referente
necesario para que la sociedad fuera articulada
de acuerdo a una visión excéntrica que la
convertiría en un organismo alienado, coartado en
sus posibilidades de progreso y empujado a una
dicotomía ideológica y psicológica que
encontraría su fórmula mágica en la
contraposición entre la Civilización y la
Barbarie.

La negación de la realidad mezclada que era el
país, a partir de ese apotegma maniqueo
propulsado por el estamento "ilustrado", costó
horrores, pues implicó negar un componente que
era consubstancial a nuestra sociedad, el pueblo
llano del interior.

Este concepto sigue pesando y manifestándose hoy,
de una manera solapadamente racista; por ejemplo
en esa atribución de nuestras desdichas a una
suerte de perversidad o de dejadez genética
"propia de los argentinos", que sería
determinante de nuestra incapacidad para
elegir a nuestros gobiernos...

La guillotina

Vamos a ver. ¿Cuántas oportunidades han tenido
los argentinos de elegir con libertad a sus
gobernantes? ¿Y en cuántas de las contadas
ocasiones en que lo hicieron esa tentativa no fue
cortada de un tajo por pronunciamientos militares
o económicos, o ambos a la vez?

Uno de los atributos de la democracia es el
reconocimiento del derecho a equivocarse. A
través del error se puede arribar al
conocimiento, si el ser que yerra tiene la
posibilidad de reconocer su falta y
enmendarla.

Esa posibilidad le ha sido negada de forma
sistemática al pueblo argentino. Sin decir que
muchas veces esos errores sólo fueron
parciales y que, en cualquier caso, la tendencia
general de esas experiencias populares (que iban
a ser rebatidas y destruidas invocando esas
faltas de detalle) era positiva y presumía un
progreso capaz de autoenmienda...

La tentativa de edificar una sociedad más
democrática que de alguna manera expresaba el
yrigoyenismo, y el ensayo socialmente más
profundo
y abierto a una reformulación geopolítica del
vínculo con América latina, supuesto por el
primer peronismo, fueron hachados por las
contrarrevoluciones de Septiembre de 1930 y del
mismo mes de 1955. Los golpes económicos
efectuados contra los restos del Estado de
Bienestar en 1975, 1989 y 1990 por el
establishment empresario y financiero, en
connivencia con las políticas neoliberales
fogoneadas por el sistema capitalista global, con
sede en el Primer Mundo, acabaron con lo que
quedaba de lo logrado durante las experiencias de
las décadas anteriores.

Terapia de choque

La "doctrina del choque" como denomina Naomi
Klein a los procedimientos que el imperialismo y
sus socios locales aplican para conseguir sus
fines, tiene total vigencia en el mundo y va
desde las emboscadas económicas a las
provocaciones sistemáticas, capaces de generar
reacciones desmedidas que a su vez sirven para
aplicar con multiplicado rigor las premisas que
sirven al Imperio.

Los argentinos sufrieron una procesión de
experiencias de este tipo. 

Desde la brutal represión de las resistencias
interiores en la época de una organización
nacional –que configuró al país como una
dependencia del Puerto y por consiguiente de una
casta inmovilista vinculada a los poderes
externos–, a la vacuna antisubversiva
aplicada
con salvajismo en la década de 1970. Este
escarmiento paralizó por un buen rato las
resistencias populares y dejó indefenso al país
frente a la penetración de las políticas
neoliberales que en un par de décadas
lo someterían a una operación equivalente a un
verdadero genocidio social, quizá peor que el
consumado durante la guerra sucia, pues
afectó no ya a miles sino a millones de
argentinos.

¿De qué forma se supone que esa masa de gente
víctima de una agresión permanente puede tener
una conciencia clara de sus objetivos? ¿Y cómo
puede recomponer sus opciones de progreso cuando
estas desaparecen en una oferta política vacía,
que promete más de lo mismo o que, en el mejor de
los casos, apunta a paliar el estropicio pero sin
señalar con precisión sus causas y, por
consiguiente, delata su poca o ninguna voluntad
para combatirlas?

La crítica a que nos referíamos al principio, que
dispara en rededor de manera genérica e
indistinta y que no se ocupa de poner las
responsabilidades donde de veras están, no sólo
es el fondo acomodaticia, detrás de su aparente
intransigencia, sino que también es cómplice,
pues se inscribe como instrumento de una erosión
mental que apunta a mantener las cosas tal como
están, autoamnistiándose por su impotencia
atribuyendo esa misma impotencia a los demás.

Por suerte en el pueblo de nuestro país hay
reservas no exploradas. Hay muchos que lo saben y
temen que se las descubra. Y por eso se
esfuerzan en propagar el derrotismo o el
escepticismo como expedientes para desalentar su
búsqueda.



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