[R-P] 17 de octubre

C J Lazor clazor en ciudad.com.ar
Mie Oct 17 10:56:19 MDT 2007


[N° 20 - 17 de Octubre-Agenda de Reflexión]

Al 17 de Octubre
(Un soneto de Leopoldo Marechal)

Era el pueblo de Mayo quien sufría
no ya el rigor de un odio forastero,
sino la vergonzosa tiranía
del olvido, la incuria y el dinero.
El mismo pueblo que ganara un día
su libertad al filo del acero
tanteaba el porvenir; en su agonía
le hablaba sólo el Río y el Pampero.
De pronto alzó la frente y se hizo rayo
(¡era en octubre y parecía Mayo!)
y conquistó sus nuevas primaveras.
El mismo pueblo fue y otra victoria
y, como ayer, enamoró a la Gloria.
¡Y Juan y Eva Perón fueron bandera!

Leopoldo Marechal


Antonio Berni: Manifestación, 1934, óleo sobre arpillera, 180 cm x 249,5 cm.
De la Colección Constantini, está exhibido en el Museo de Arte Latinoamericano 
de Buenos Aires
Manifestación es una obra clave de Antonio Berni en términos de la definición de 
su praxis artística y política. El marxista rosarino estaba discutiendo por 
entonces con el muralista mejicano David Alfaro Siqueiros los alcances del arte 
mural y de los equipos colectivos. Sus dos arpilleras monumentales pintadas en 
1934, Manifestación y Desocupación, deben leerse en este contexto específico, 
como la respuesta desde el Río de la Plata al programa del muralismo 
revolucionario mejicano. Berni buscaba dentro del terreno de la pintura de 
caballete una modalidad intermedia, seguro de la imposibilidad de acceder a 
espacios murales en edificios públicos. Se trata de pintura sobre telas de gran 
tamaño utilizando como soporte la arpillera de trama gruesa y rugosa y el temple 
como medio, con sus colores secos y sus gamas cercanas al fresco. En la 
construcción de la imagen utiliza como base documentación fotográfica y material 
gráfico extraído de la prensa de la época, combinando la presencia anónima de la 
masa con retratos o rostros individualizados. Encuadres y cortes, perspectivas 
aceleradas y vistas altas muestran el interés de Berni por el cine y la 
fotografía de vanguardias de los años 20. La pancarta y su leyenda 'Pan y 
trabajo' incorpora como clave de lectura y como fondo textual el cuadro emblema 
del realismo social argentino: Sin pan y sin trabajo de Ernesto de la Cárcova 
pintado entre 1892 y 1893.

17 de Octubre: pasado, presente y futuro



En la misma ciudad que hace cincuenta y siete años protagonizó el 17 de Octubre, 
un ejército de cartoneros noche a noche hurga en bolsas buscando su cena, 
convirtiendo a la calle en un fast food de la indigencia.
Según las cifras oficiales, los desocupados y subocupados ya son seis millones, 
la misma cifra de judíos asesinados por los nazis. Una nueva variante de 
genocidio silencioso ejecutado con formas democráticas. Claro, aquí no hay 
cámaras de gas ni se toman el trabajo de eliminarlos, por lo que ni siquiera se 
puede hablar de "la solución final". Simplemente se los condena a la 
desocupación eterna, a la degradación, a la humillación.

Los burgueses hastiados, los que viven agachados, los que tienen algo que 
perder, los que aceptan la injusticia ajena como una fatalidad donada por el 
destino en el altar de las propias comodidades y beneficios, los analfabetos 
ilustrados de nuestra época, los anormales y los demasiado normales, todas estas 
categorías fluctuantes e inseguras que constituyen el jardín zoológico de la 
clientela política contemporánea, no se han enterado de lo que verdaderamente 
sucede en la Argentina. Todos estos cerebros sin neuronas se tapan los oídos con 
unos celulares que enarbolan con orgullo. O encuentran la falsa contrapartida 
que justifique el costo de vidas inmoladas en su presunta "vida protegida". 
Hasta el ciudadano común mira a esta Armada Brancaleone del hambre con una 
mezcla de incredulidad y culpa.
Estas personas que se alimentan de la basura, que viven de los residuos, que 
vuelven útil y apetecible lo que en el séptimo B era inútil y desechable, no son 
una fuerza exterior invasora, sino una de las expresiones más rotundas y 
expresivas de la crisis argentina. Son los excluidos del mercado, las 
estadísticas de pobreza y marginación hechas personas de carne y hueso, con 
sueños y pasado, con pelos y señales. Esta patética fotografía tiene millones de 
protagonistas que no estuvieron ni están invitados a la fiesta de banqueros, 
privatizadas y acreedores.
Haber insertado escenas africanas en el otrora país más desarrollado de América 
Latina ha demandado un cuarto de siglo. Pero cuidado porque parece que no ha 
sido suficiente. Y vienen por otros veinticinco años.
Aún en esta Argentina disminuida, tener desnutrición y anemia, chicos con panzas 
hinchadas por la consuetudinaria falta de ingestión de comida en el primer país 
productor de alimentos por habitante no es una hazaña menor. Aún esta Argentina 
disminuida es el quinto productor mundial de trigo y de harina de trigo, primer 
productor y exportador de aceite de girasol, primer exportador de aceite y 
harina de soja, primer exportador mundial de peras, primer productor de limones, 
segundo exportador mundial de maíz y primero de miel, tercer productor de jugos 
concentrados de pomelo y manzana, cuarto exportador de carne bovina, segundo 
exportador de sorgo granífero, cuarto productor de vinos, tercer productor de 
miel.
En fin, lo cierto es que Argentina transformó un sueño mayoritario en una 
pesadilla alucinada. Gobiernos genocidas y una democracia vacía han reducido al 
nuestro en un país irreconocible, un verdadero modelo de rapiña, saqueo y 
concentración desusada.
Todos los protagonistas nacionales parecen pequeñas figuras de reparto ante la 
potencia del libreto que bosqueja la crisis, que diseña la usura apátrida y que 
supervisa el Fondo Monetario Internacional. La diferencia de peso y envergadura 
de los contendientes y la magnitud del escenario convierte a los protagonistas 
locales en liliputienses personajes que se achican indefinidamente.

Y son tan imbéciles que no distinguen el discurso externo del interno del 
Imperio. Ninguno de estos enanitos aprendices de Gunga Din -el perfecto cipayo- 
dicen que en sus admiradísimos Estados Unidos, en los últimos dieciocho meses la 
emisión realizada equivale al cincuenta por ciento de la masa monetaria total, 
que el déficit del Presupuesto nacional es de ciento sesenta y cinco mil 
millones de dólares -mucho más que toda la deuda pública argentina- que el 
correo estatal tiene un déficit de mil setecientos millones pero que no hay 
propuestas privatizadoras, que los ferrocarriles estatales arrojan un déficit de 
más de mil millones de dólares pero que los legisladores provenientes de las 
regiones de los ramales que dan pérdida defienden el carácter social de los 
mismos, que se protege desmesuradamente todo aquello que los de afuera producen 
a menor costo y que los escandalosos subsidios agrícolas se incrementaron para 
el próximo lustro.
No. Haciendo referencia a estos babosos chupamedias de todos los tiempos y 
lugares, Pedro Albizú Campos, el patriota portorriqueño que luchó contra la idea 
del Estado asociado que aquí proponen algunos, sostenía con precisión: "Aquel 
que no está orgulloso de su origen no valdrá nunca nada, porque empieza por 
despreciarse a sí mismo".
Como Julio César, en la Argentina hemos pasado el Rubicón. Sólo que en nuestro 
caso es el de la degradación y de la decadencia. Nunca hay un piso en la caída 
histórica.
Hay quienes ante este festín macabro de la decadencia sólo atinan a disputar los 
desabridos restos del banquete sucio de una noche crapulosa en medio de la 
atmósfera turbia y estéril del fin de fiesta de un régimen en agonía terminal.
Este régimen oprobioso, esta no-sociedad, está destinado a hundirse 
irremediablemente, y por todas las grietas y rendijas del disgregado entorno 
está filtrándose ya el soplo de tal hundimiento. El que el proceso de 
hundimiento se efectúe de a poco y sin ruido o el que se produzca a la manera de 
una catástrofe es una diferencia que afecta a la forma, no a la sustancia.
Debemos curarnos de la misteriosa enfermedad de los ojos que nos empaña la 
visión y el horizonte, y con unos ojos nuevos, ver las mismas cosas de siempre 
pero bajo una luz nueva. Debemos reconocer que esa enfermedad de los ojos es en 
realidad la misma enfermedad de la sociedad argentina, una enfermedad del alma 
que consiste en la pérdi­da del sentido de la vida. Con esa nueva luz y los ojos 
curados podremos apreciar distinto las mismas cosas de siempre, encontrándoles 
un sentido nuevo.
Así fue con la Redención del 45.
El 17 de Octubre de 1945, el General Perón no sólo pudo captar los 
acontecimientos en su forma plural y antitética, sino también saludarlos, no 
obstante su peligrosidad, descubriendo la fuente ígnea de un sentimiento vital 
nuevo. Vislumbró bajo el caos de la situación esencial la anatomía secreta del 
instante, el perfil de la realidad sustantiva en un momento de confusión 
pavorosa.
Hoy, igual que en la Década Infame, Argentina necesita una revolución. Digamos 
que, más que una revolución, lo que los argentinos en realidad necesitamos es 
una "devolución": una devolución de nuestro patrimonio, de nuestra riqueza, de 
nuestra justicia, de nuestra esperanza, de nuestro presente y también de nuestro 
futuro. Igual que en la Década Infame, los argenti­nos necesitamos la devolución 
de todo cuanto nos han quitado.

Con unos nuevos ojos, podremos ver que la marcha de los argentinos, y también de 
toda la humanidad, nos está haciendo atravesar unas zonas en que la patria, los 
valores y la noción de la grandeza están en penumbra, y las ruinas de la 
sociedad burguesa aparecen dotadas de más significado que el albergue fugaz que 
se abandona cada mañana.
Los valores y creencias, y también la grandeza, están recluidos en la estricta 
intimidad de cada uno y se borran todas las expresiones públicas en que éstos se 
manifiestan, creando un cuerpo histórico. Brota enton­ces una sociedad sin alma 
y sin normas, con miembros fragmentados en islas sin un agua común que las 
religue y fecunde sus raíces.
Se cae así en el servilismo alienador o en el maquiavelismo inmisericorde, 
impera el trabajo sin alegría, el placer sin risa, la virtud sin gracia, la 
niñez sin privilegio, la juventud sin mística, el amor sin misterio, el arte sin 
irradiación.
Todos andamos como hombres aturdidos que no saben lo que pasa en la ciudad, o 
como ovejas sin pastor que no saben dónde están los pastos que de veras 
apacientan; las generaciones vivientes se hablan en lenguas extrañas y se miran 
con ojos extraños; los adultos creemos tener que aprender fuera lo que bien 
sabíamos en nuestro fuero interior pero lo hemos olvida­do y ahora deformamos; 
las conciencias parecen oscurecerse volcadas exclusivamente a un plato de 
lentejas.
Todo es cultura sin culto, obras sin fe, medios sin fin, acción sin 
contemplación, es decir, cuerpo sin alma.
Cada día se nos quiebran las evidencias que tras larga búsqueda habíamos 
acumulado y necesitamos salir de nuevo como don Quijote a la conquista de 
nuestra humanidad verdadera, si no queremos quedar anegados en el aturdimiento, 
la insensatez o la desesperación de nuestra aldea. Proliferan los 
psicoterapeutas, los gurúes y los políticos frívolos; las gentes vagan 
desorientadas en medio de terapias en competencia, se sumen en cualquier 
aquelarre, o alternativamente, se refugian en un aislamiento patológico, 
convencidas de que la realidad es absurda, demente o insensata.
Y sobre el trasfondo de conmoción profunda de las conciencias, se levantan en 
oleaje, a veces calmo y a veces violento, las cuestiones primordiales de la 
existencia humana, la relación entre los valores últimos y las tareas inmediatas 
de cada día, entre el pensamiento y la acción, entre persona y comunidad, entre 
mística y política.
Corre el "runrún" de que ya no rigen los mandamientos de la ley de Dios, ni los 
del hombre civilizado, ni las lecciones de la historia, que ningún imperativo 
mantiene vigencia, que las gentes ya no deben estar metidas en su destino y en 
su quicio, sino en su mera extravagancia; que suele ser vagancia, vida vacía, 
desolación.
Ahora bien, hay instantes en la vida de los pueblos, como en la de las 
perso­nas, en que logran levantarse por encima de sí mismos, instantes 
absolutos, casi divinos, instantes de éxtasis, cuando la esperanza se actualiza 
y se desata. No a todas las personas les es dado vivir uno de ellos, de la misma 
forma que en la vida de los pueblos tampoco le es dado a todas las generaciones 
vivirlos. Los pueblos son la realidad humana anónima que en general padecen, más 
que hacen la histo­ria, pero que intervienen radicalmente en esos momentos 
extraordinarios -durante esa especie de éxtasis histórico-, que luego resultan 
ser, ¡oh paradoja!, los momentos más "históricos". Sin duda, el 17 de Octubre de 
1945 fue uno de esos "momentos históricos".

Pero en el mientras tanto en los pueblos hay una especie de padecer el tiempo 
que pasa lentamente, pudiendo incluso soportar el no existir, recogidos en sí 
mismos. En la intimidad de sus entrañas prosigue su vida con el ritmo del 
corazón que no cesa, ni aun en sueños. Y como en sueños, trabaja, padece como 
envuelto en sí mismo, llevado en una órbita, en un dormir-velar entre la 
esperanza y la resignación. Pues sólo los individuos aislados, las clases 
privilegiadas o las minorías selectas se libran a la esperanza extrema -lo que 
les lleva a la desespe­ración cuando aquélla queda abolida- o se hunden en la 
resignación extrema, que es el anonadamiento. Y en el mientras tanto son 
esclavos de la angustia. Por el contrario los pueblos viven en una mezcla, en un 
ritmo, en una especie de vaivén entre esperanza y desesperación que raramente 
llega al extremo.
La esperanza de los pueblos es también hambre de siglos y hambre de todo, de 
pan -en casi todos los pueblos del planeta- pero también de vivir en forma más 
activa, plena y personal; hambre de toda clase de bienes. Y el hambre y la 
esperanza son los motores más activos de la vida humana. Sin embargo, las 
multitudes, si son empujadas al punto máximo de la desesperación por la miseria 
y el hambre, dejan de percibir la Providencia y pueden ser arrastradas a las 
peores negaciones y anarquías. Por eso enseña el Evangelio (Mt 24, 12): "...Y 
por la extensión de la iniquidad, desaparecerá la caridad de muchos".
Pero cada tanto, llegando de remotas lejanías, el sonido de aquellos tiempos de 
éxtasis histórico parece penetrar de algún modo misterioso en el silencio que 
rodea sus derribados símbolos, de la misma manera en que el rumor del mar se 
conserva en los caracoles arrojados por las olas a las playas. Y entonces esos 
momentos vuelven a manifestarse en plenitud.
Digamos también que para los que hemos sido las víctimas y no los beneficiarios 
de este régimen que se acaba, se abre una perspectiva particularmen­te grave 
pero esperanzadora.
Como decíamos, en realidad, la diferencia entre el ocaso y la aurora es 
únicamente una diferencia de perspectiva: todo ha estado ahí desde siempre y 
todo es nuevo desde una manera decisiva, pero es menester disponer de unos ojos 
nuevos. ¿Quién será capaz de vivir los dolores de la agonía como dolores de 
parto?
El primer presupuesto de cualquier construcción orgánica popular, el primer 
presupuesto de cualquier intento de refundación del movimiento nacional es que 
terminen de ser consumidos por el fuego los conceptos, las reglas de juego, el 
orden, las instituciones de este injusto mundo burgués agónico. Otros períodos 
similares de la historia argentina, como la Década Infame que pintó Berni, 
anidaban las vísperas de sus horas más gloriosas. Saludemos entonces también 
nosotros esta muerte, aunque reconociendo los peligros.

Hay un pasado duro en morir, cuya agonía de gigante otorga a nuestro tiempo la 
dramática fisonomía de un ocaso decadente. Un cielo de tormenta se extiende 
sobre nosotros, invisible para los que viven mirando concienzudamente la punta 
de sus zapatos; visible, en cambio, para todos aquellos que saben mirar hacia lo 
alto.
Pero es un cielo de tormenta que encierra un enigma, porque detrás de los 
truenos agónicos de todo un sistema, ya se puede escuchar el soplo jadeante del 
esfuerzo para hacer sobrevivir los valores elementales de la condición humana.
Por detrás de la tormenta está la claridad.
Se está esbozando una nueva categoría de hombre argentino.
Está gestándose, todavía misteriosamente, una nueva expresión del movimiento 
nacional. No tiene nombre aún, pero no es difícil descubrir su figura, su vago 
perfil proyectado sobre el cielo de este crepúsculo dramático.
Desde las profundidades del ser argentino brotarán y se alzarán, cada vez más 
claras y mejor definidas, las antiguas defensas, los mitos originarios, los 
secretos ancestrales que han hecho posible la vida y la evolución de nuestro 
pueblo. Es menester hincar muy hondo las raíces, perforando un suelo reseco, 
para alcanzar los manantiales donde se halla emplazado ese núcleo, el más íntimo 
de todos, que determina el sentido, la riqueza, el poder y la plenitud de la 
vida de un pueblo.
Decía un viejo General que así como no nace el hombre que escape a su destino, 
tampoco debería nacer quien no tenga una causa noble por la cual luchar, 
justificando así su paso por la vida. Por entre la maraña de los porcentajes de 
encuestas electorales y del oportunismo tan idolatrado por la politiquería 
reinante, ¿sabremos ver ahora la oportunidad verdadera ante la que nos puso la 
Providencia?
También digamos que en una trama con sectores populares movilizados, con la 
inseguridad acumulando cansancio para reclamar orden, con los representantes 
políticos desautorizados y repudiados, con los partidos vaciados, con la pobreza 
invadiendo todo, cualquier cosa puede suceder. Cualquier cosa. Desde la 
fragmentación territorial y la disgregación nacional hasta el surgimiento social 
y político de algo nuevo, el futuro tiene muchas puertas y escasas certezas.
Tal vez los argentinos que tomamos conciencia de haber compartido las migajas de 
la fiesta de entrega y enajenación del futuro mientras millones eran lanzados al 
infierno de la miseria, descubramos ahora que cuando la fiesta terminó hay que 
pagar los platos rotos, y que ese precio no lo pagan los que se enriquecieron, 
sino por el contrario lo pagamos todos con más miseria, exclusión, inseguridad, 
pérdida de la dignidad... Tal vez ante lo inexorable de tamaña perversión nos 
rebelemos, digamos basta y terminemos con el síndrome del rehén para poner las 
cosas en su lugar.
Una misión a la que deberemos acudir ligeros de equipaje.
Quien no tiene un yo que vencer y sacrificar no debiera hablar de fidelidad a un 
jefe y a una causa: no hace sino correr detrás de alguien sobre el que ha echado 
la responsabilidad. En todo caso, lo difícil de la hora alejará a los timoratos, 
asustará a los especuladores y anulará a los incapaces. La jornada que se inicia 
nos pone ante la decisión del primer día, nos remite a la antigua fe, a la misma 
entrega, a la mística que nunca debimos olvidar. Llegó la hora que no tiene 
lugar para almas delicadas ni para espíritus endebles.
En un país despoblado y generoso donde está casi todo por hacerse, millones de 
hombres y mujeres dispuestos y decididos, en cuyo seno están libres por doquier 
las fuerzas de la fe y de la voluntad: ¿podremos ver en ellos, como lo hizo 
Perón en 1945, a "lo mejor que tenemos", una riqueza inconmensurable, un enorme 
capital, un gran ejército de reserva?
Este tiempo de miércoles de ceniza, luego de que caiga del cielo la tormenta de 
la pasión, desembocará en una resurrección del movimiento nacional de siempre, 
bajo misteriosas formas nuevas y originales.
Y viviremos entonces un nuevo 17 de Octubre.
Que así sea. 




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