[R-P] [Juan Manuel Avellaneda] El Gran Buenos Aires

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Mar Oct 16 10:11:47 MDT 2007


[Pequeña aclaración para no argentinos.

Llamarse Juan Manuel y haberse criado en La Matanza, en los deslindes
del Suroeste de la Ciudad de Buenos Aires, era por los años 50 y 60
una definitiva marca identitaria.

Apuntaba elípticamente -todo debía ser elíptico para los nacionales en
esos tiempos de "democracia" vigilanteada- a una concepción general de
la política que entroncaba al entonces depuesto e interdicto peronismo
con el Brigadier General Juan Manuel de Rosas. Rosas era un despótico
-pero patriótico en tanto no se afectaran intereses cruciales de la
Provincia bajo su comando- gobernador de la Provincia de Buenos Aires.
Su mérito fundamental, desde el punto de vista de las clases
dominantes de la ciudad balcanizadora y su entorno rural, estuvo en
saber desvirtuar por largas décadas el mensaje del federalismo
artiguista e interior en beneficio de los intereses portuarios y de
los exportadores de tasajo.

Un respiro después de las sangrientas mandonerías unitarias crudas,
resultado final del hartazgo bonaerense con quienes ordenaron el
asesinato de Manuel Dorrego (mucho más federal que el propio Rosas: su
raigal defensa de la democracia de masas, típicamente artiguista, lo
demuestra), su gobierno se caracterizó por mantener al país
inconstituido pese a los constantes reclamos del Interior para
convocar un Congreso Constituyente.  Y a la Provincia sometida a un
duro autoritarismo, que le permitía mantener vivos a los unitarios,
aunque temblando de terror ante sus fríos y calculados raptos de
furia.

El rosismo se transformó así, por obra y gracia de las necesidades del
régimen burocrático peronista y de la monstruosa administración que
siguió, con altibajos, por casi veinte años, a la caída de 1955, en
una especie de forma tolerada -mínimamente tolerada- de declaración de
pertenencia al campo nacional. Especialmente, en la Provincia de
Buenos Aires y los deslindes del Sud Oeste y Oeste de la Capital
Federal, tan vinculados a la actividad ganadera (una actividad
típicamente bonaerense, a su vez).

Esta corriente histórico-política, que sabe curtir refinadas formas de
brutalidad para hacerlas pasar por cuero bueno, entronca a Rosas, a su
vez, con un General San Martín transformado en Kani Kama de su propia
verdad. Despojado de todo rasgo liberal, iluminista y revolucionario
(es decir de sí mismo), después intentan explicarlo como "el noble en
el seminario de nobles", y no siempre les sale mal porque en general
se trata de gente de mucha labia.  Para decirlo con palabras de uno de
los suyos, el padre Castellani, "qué gente que sabe cosas la gente de
este albardón, qué gente que sabe cosas, pero cosas que no son".

Como bien hace notar Alfredo Terzaga en alguna nota, rosismo y
mitrismo eran dos alas de un mismo partido. Y Jorge Abelardo Ramos, en
su fundamental "Revolución y Contrarrevolución en la Argentina",
plantea que la historiografía oficial y oficiosa de la Argentina
oligárquica (es decir, el mitrismo y el rosismo historiográficos) se
compensan mutuamente en que ambos ensalzan como personaje creador y
fundacional de la argentinidad a sendos porteños, con lo cual el
Interior es aniquilado en tanto fuente explicativa de nuestra
peripecia.

Esto, esta parcial coincidencia con el mitrismo, no significa que en
el momento crucial algunos rosistas, los más permeables a los vientos
que llegan desde bien hondo en la sociead, no puedan sumarse a las
filas de las masas populares, así como en su momento Rosas supo en
Obligado ponerse del lado del país. Muchos no lo han logrado nunca,
pero otros sí, y han pagado caro esa osadía. El peronismo, que a su
vez necesitaba una justificación ideológica de sus evidentes rasgos
burocráticos y autoritarios, la encontró en el rosismo bonaerense y
por eso muchísimos peronistas (la inmensa mayoría) tienen de Rosas una
visión mucho más benévola que la que tenemos los integrantes de la
Izquierda Nacional.

Exponentes de esa visión de las cosas en esta lista son los
suscriptores Piccotto, Smith, Lazor, etc.]

Gentileza de RecuPerón

EL GRAN BUENOS AIRES



para MI VIEJO, ni falta que hace decirlo

Juan Manuel Avellaneda



Hace tiempo que me debo fijar en papel dos experiencias infantiles
cuyo tiempo la historia me permite ubicar con más o menos precisión
durante la presidencia del Dr. Frondizi, aunque la primera de las
anécdotas, que gustaba narrar mi padre en alguna de sus charlas
radiales, pudo haber ocurrido, quizá, en 1957.

Entonces, mis tres años de edad desmesuraban sus ojos de asombro por
la calle Chilavert, una columna vertebral que unía la Av. Gral. Paz
con el extremo oeste de mi Villa Celina natal, fleco colgado entre la
avenida y el Riachuelo, limitando con los Tapiales donde hoy se erige
el Mercado Central.

De hecho, Chilavert es el límite de mi barrio, pero a unas cuadras le
tendieron la Autopista a Ezeiza, que hizo que los habitantes de la
vecina Ciudad Madero olvidasen, por practicidad, la franja que la
ruidosa y veloz autovía les había cercenado.

Salir a pasear con mis padres al atardecer era una renovada e
importante experiencia a mis tres años: los saltitos a los charcos,
seguro entre sus cuidadosas manos, los mundos abiertos con la llave de
la imaginación de los viejos, el asombro de ver una flor de burucuyá
minuciosamente descrita, algún insecto llamado "tata dios" por su acto
reflejo de levantar una pata delantera hacia arriba (mamboretá) y una
gran sorpresa que, siempre, era como un fin de fiesta.

Y esa sorpresa aguardaba, esta vez, en un baldío en el que se había
instalado un parque de diversiones, porque yo en ese momento ignoraba
que, tras la emoción de los juegos y el espectáculo de "motociclistas
suicidas" y otros artistas de variedades, papá había intentado, con
suerte, el reencuentro especial con un viejo amigo.

Su nombre era Piero, su apelativo cariñoso "Pierrot" y se trataba de
uno de los más íntegros artistas que llegué a conocer. Porque había
filmado, mucho y bueno, hasta el punto de pelearse con un censor
alcahuete del peronismo y no quiso ir con el chisme a Perón...  Además
porque era uno de los cantantes y actores argentinos idolatrado por
toda América y porque mi viejo me había contado que sufrió cárcel
después de la "Revolución Libertadora" de 1955 en un penal donde Dios
le dio la dicha de retemplar y consolar a sus compañeros de presidio
político. Al salir de prisión más censura: cerradas las radios, los
teatros y los cines a su persona, no tuvo más remedio que girar por
las carpas barriales que abrigarían, años después, ante otros
militares de mesiánicas mordazas, el drama gaucho devenido
radioteatro, restituyéndolo, sin querer, a sus orígenes.

Volvamos a las censuras de 1957, un artista reconocido en todo el
mundo cantaba en un parque de diversiones en el baldío de un barrio de
pocos habitantes...

Su seudónimo: Hugo del Carril, hasta hoy no he encontrado peronista ni
antiperonista de buena laya que no reconozca su integridad.

La dueña del Parque de diversiones nos reservó una privilegiada
primera fila desde donde mis ojos admiraban a un señor del que papá
hablaba con respeto cariñoso.  Y Hugo llega al límite de la arena y me
levanta en sus brazos para continuar actuando de esa manera y me
acerca un viejo micrófono, artefacto que en mi más tierna infancia no
era desconocido en absoluto.

¿Qué pudo pedirle este mocoso malcriado?

-¡Cante la Marcha Peronista, Hugo!-

Quisiera congelar el relato en la sonrisa y el beso que me dio, no
puedo recordarlo, pero seguro que con los ojos humedecidos. Porque esa
marcha era la persecución, la cárcel en cuyo calabozo la entonaba a
voz en cuello para sus compañeros enjaulados por idealistas.  No en
vano otros que la habían grabado también para congraciarse con el
gobierno luego denunciarían improbables presiones para "zafar" ante el
nuevo régimen

Y HUGO DEL CARRIL CANTÓ "LA MARCHITA" con riesgo de fastidiar a los
presentes, o tal vez a algún "milico" que con uniforme policial nos
cuidaban a todas horas. De muchas cosas.

Un pibe de tres años, que no guardaba más recuerdo del peronismo que
los "libertadores" bombardeos fratricidas a la Plaza de Mayo sirvió de
escudo para que todo terminase felizmente esa noche.

Años más tarde, aprendí que "si se calla el cantor" puede conseguir
nuevos contratos, manejar autos lujosos, lucir caras residencias y
saltar como mono en algún estadio de la mano con los traidores al
pueblo. Pero entonces ya era adulto y prometí dos recuerdos de niñez.





El otro, también tiene que ver con la infantil confianza que mencioné
antes con los micrófonos.

De la mano de papá, debuté recitando en los festivales del vecinal
club El Triunfo un 25 de mayo de 1958, a punto de cumplir cuatro años
de edad... entonces como parte de un conjunto de arte nativo, para
después –ya solista- recibir el bautizo artístico de "prodigio" como
tributo a mi niñez.

Los festivales de los nuestro club se llevaban a cabo también para las
noches de carnaval, con la participación y la creatividad de nuestros
vecinos artistas, certamen de disfraces y las murgas de la zona que
alternaban los corsos callejeros con aquellos humildes escenarios.

Mi padre solía animar todos los festivales, de cuya organización
participaba en forma protagónica, cincuenta años después las
amarillentas fotos, las fotos en sepia lo muestran luciendo sus
mejores trajes y alguna de ella me recuerda su compañía en el
escenario para sostener el plateado micrófono a mi niña estatura.

La noche que quiero memorar comienza como todas las de carnaval, con
sus entretenimientos hasta la hora en que llegaran las murgas a
colaborar con su cuota de picardía y doble intención con la fiesta
familiar.

Aunque no todo eran las coplillas de doble sentido.  El uso de letras
satíricas en melodías populares era también un refugio para que la
cultura popular expresara políticamente lo que estaba prohibido opinar
en los medios de difusión.  Y transgredir con el nombre de los íconos
depuestos por las leyes que pretendían borrarlos.

Mi padre anunciaba los distintos números y sorteos, aunque él y el
resto de la gente tenían un oído atento a los ecos de un corso a menos
de un Kilómetro.  La dirección del viento en el descampado permitía
controlar cuándo la murga finalizaba su presentación allí, anticipando
su próxima escala en nuestro club.

Y un viento del sur nos trajo la secuencia cuya duración fue más breve
que esta puesta en palabras:

La algarabía de los asistentes al corso vecino, el coro de las
canciones murgueras.

Y, sin solución de continuidad un frío silencio de muerte, que segó la
alegría popular.

Creo que no escuchamos el disparo.

Creo que alguien llegó corriendo a avisar que la murga no vendría a El Triunfo.

Demudado, contó que el solista había cantado al General Perón y a Evita.

Y fue su último canto.

Por decreto, ya lo dije, no se los podía nombrar.  Aunque los decretos
eran de elástica aplicación en un barrio, si bien vecino a la capital,
de escasa o nula conexión con los centros de poder, en Ciudad de
Buenos Aires o La Plata.

Un uniformado de La Bonaerense, desenfundó y disparó a quemarropa
contra el anónimo cantor.

No lo envalentonaron sus convicciones libertadoras.  Ni su odio al
tirano prófugo.  Si no él –arriesgo- la mayoría de su familia sería
peronista.*

Simplemente el dedo que accionó el gatillo estaba nervioso por la
carnavalera ingesta de demasiado alcohol.



Octubre de 2007



*Por aquellos tiempos, por ejemplo en Ciudad Evita, los actos de la
resistencia incluían la exhibición de películas clandestinas.
Solíamos entrar a aquellos grandes tinglados mirando de reojo a los
policías que podrían haber prohibido con cualquier pretexto esas
actividades.

Más de una vez, sorprendimos a los mismos bonaerenses, al abrigo de la
oscuridad de la sala, musitando la Marcha Peronista, visiblemente
emocionados.


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