[R-P] (6) Universidad y colonialismo [Capítulo III] Peronismo y Socialismo - JJHA - 1972

Marcelo Felipe Gil mfelipegil en yahoo.es
Vie Oct 12 21:20:28 MDT 2007


UNIVERSIDAD Y COLONIALISMO

En la crisis del colonialismo, al igual que el resto
de las instituciones, la Universidad es precipitada al
caos general. La Universidad, en los períodos de
alteración histórica, es la manifestación más
revol­tosa del descontento social. Jamás la Argentina
ha conocido una conmoción universitaria tan profunda
como la actual. Huelgas estudiantiles, tomas de
Fa­cultades, rectores, decanos y profesores mediocres
desautorizados por los estudiantes, planes
ministe­riales inaplicables, restricciones con
criterio excluyente de clase al ingreso de
estudiantes, revueltas en los claustros, revolución
ideológica de la juventud, cátedras dictadas en las
calles, repudio al sistema de enseñanza oficial,
conferencistas como Alsogaray, Frondizi, Frigerio,
Borda, agredidos de palabra y de hecho,
desjerarquización de la enseñanza superior, asambleas
de padres, barricadas, bombas, hacen de las
Universidades estatales y privadas verdaderos campos
de batalla, de anatemas y rupturas gene­racionales
entre profesores y alumnos, entre padres e hijos. El
colonialismo ha alborotado la Universidad reducto
sagrado de la clase media. Y prendido otro foco de la
resistencia nacional.

Ya se ha explicado este proceso de nacionalización de
la clase media. En la Argentina el imperialismo,
después de 1955, le ha clausurado a la clase media
toda perspectiva económica. Dañada en su precario pero
orgulloso "status social", desinflados sus mitos
culturales, sin oportunidades de ascenso material,
desencantada y sin oportunidades, la clase media que
siempre ha jugado en la Argentina un papel
estabilizador, se ha visto forzada a la defensa de sus
intereses sociales. Uno de los baluartes -y de los más
estrepitosos- de la oposición a Perón, fue la
Universidad. Desde 1945, y aun antes, pero sobre todo
a raíz del 17 de octubre de 1945, los estudiantes
combatieron sin tregua al gobierno nacionalista,
de­mocrático y de masas, que rompió con el
imperialis­mo. La clase media nada vio. Y lo que es
peor, imaginó fantasmas: fascismo, tiranía,
plebeyismo, odio a la cultura. Endiosó a los
catedráticos de la entrega, a los profesores
"democráticos", desenterró el gorro frigio. Para
aquella generación estudiantil la cultura había sido
profanada por la negritud provinciana, por la
"barbarie" sarmientina resucitada. Nunca es­tuvieron
tan unidas las capas medias universitarias como contra
Perón. Aún más que contra Yrigoyen. Y este paralelismo
no es fortuito. En ambos casos, la libertad aparecía
ante la clase media, ultrajada por el ascenso del
pueblo. Millares de estudiantes, utilizados como un
rebaño, al caer Perón ondearon banderas argentinas en
la Plaza de Mayo. Aquella tarde luctuosa para el
pueblo fue un día de gloria para la antipatria. El
estudiantado, brigada de cho­que generacional movida
por la antinación fue anti­peronista en su casi
totalidad. Educado en las fá­bulas europeas del
colonialismo, en la veneración de la Constitución de
1853, en la adoración a lo extran­jero, en el odio
religioso al nazismo, en el rastacuerismo de los
padres, militó con las grandes mentiras a cuestas
contra el pueblo. Un pueblo que no admi­raba a Europa
ni era nazi y que, simplemente, en su ostracismo
colectivo de décadas, pedía una Argen­tina para los
argentinos.

El estudiantado se alzó airado contra ese
nacio­nalismo de las masas. Poco duró el idilio
"democrá­tico". A partir de 1955, la acometida
imperialista derribó las ilusiones estudiantiles,
arrancó a esa ju­ventud del sueño democrático. Desde
1956 en ade­lante, la Universidad ha sido testimonio
de frago­rosas batallas en Buenos Aires, Córdoba,
Corrientes, Tucumán, Mendoza, Chaco. En todo el país.
Se trata de una rebelión nacional de la juventud.
Aquella clase media de 1955, hoy lanza a todos los
vientos, consignas que trágica e irónicamente, son las
mismas que combatió: unión con los obreros y retorno
de Perón. Con este añadido: el peronismo, que jamás
pudo hacer pie en la Universidad, desde hace pocos
años, en un repunte sorprendente, ha irrumpido en las
casas de estudios, e incluso, centros de estudian­tes
que no se declaran partidarios de Perón, en es­pecial
los comunistas, marchan junto con el peronis­mo y
contra el imperialismo.

La actual generación estudiantil ha dado un paso
resuelto hacia la toma de la conciencia nacional. Los
jóvenes, junto a su transformación política, que es la
negación más agresiva de las posiciones asumidas por
las promociones anteriores de 1945-1955, han abjurado
de sus padres, en gran parte, por desen­cuentros que
giran alrededor de Perón. Del "tirano sangriento" de
ayer transfigurado en el patriota de hoy. Educados de
niños en ambientes adversos al peronismo, al entrar en
la edad juvenil, aquellas en­señanza de los padres,
aquellas vanidades estúpi­das de la clase media,
aquellas metáforas "libertad", "demagogia", "chusmas",
"cabecitas negras", han demostrado, como sucede en los
países coloniales, que debían deletrearse al revés. O
sea que "libertad" era opresión imperialista;
"democracia" fusilamientos y proscripciones;
"totalitarismo peronista" un experi­mento sin par de
independencia nacional; "chusmas" las masas obreras;
"cabecitas negras" nuestros pro­vincianos montoneros
de ayer; "demagogia" partici­pación de los
trabajadores en la historia del país y nacionalismo
contra la oligarquía sin nacionalidad, sin patria. En
suma, liberación nacional.

Conviene recordar estas desventuras. De cualquier
modo, si la Universidad se resquebraja es porque la
clase media se nacionaliza. De esa clase media
pro­ceden mártires del pueblo, torturados o muertos
por la patria. La Universidad representa todavía "al
colonialismo, pero ya el estudiantado pertenece al
país. Ha sido, sin duda, una experiencia
escarmentadora. Esa clase media, vive ahora lo que el
peronismo de­nunció y combatió mucho antes: la
ferocidad repre­siva del colonialismo. Hora era ya que
el estudiantado argentino se afirmase en el país. Que
renegase de una historia falsificada, de una enseñanza
falsifi­cada, de una Universidad falsificada. De la
violencia imperialista ha nacido la joven generación
argentina. El símbolo de la Universidad sacramentada
se ha partido como una estatua de yeso. No hay
Univer­sidad Nacional en un país colonial. Tampoco
Uni­versidad autónoma en país alguno. Ni en los
capita­listas o socialistas. La cuestión debe
plantearse en términos rigurosos. Sólo la abolición
revolucionaria del colonialismo devolverá a la
Universidad no su autonomía sino su misión nacional.
Es decir, su au­tonomía real frente a la servidumbre
extranjera. Esa es la única autonomía por la que hay
que luchar. La autonomía del país. La Universidad, en
los países coloniales, no es autónoma. Es una
repartición administrativa sostenida por el Estado,
con profesores pagados por el Estado, con planes de
estudio ema­nados del Estado. La Universidad es un
disfraz del imperialismo cultural. Desarraigar al
estudiante ame­ricano de la tierra, transformarlo en
europeo o nor­teamericano, esa ha sido la tarea no
autónoma, sino servil, de la Universidad. La
Universidad es el manto espiritual de la factoría. Esa
Universidad formó a millares de argentinos en el
consentimiento de la incapacidad de nuestros pueblos.
Y por tanto de los iberoamericanos y del hombre
argentino. Durante décadas, esa política de desplante
cultural, se afincó como parte indivisa del esplendor
oligárquico. El resultado fue una clase media
intelectual sin fe en el país. La Argentina prefirió
lo europeo universal que no existe a lo argentino
singular que existe. Una cultura europea que fue un
traumatismo espiri­tual, que miró a Europa, admiró lo
extranjero, fue obsequiosa con lo extraño y
avergonzada de lo au­tóctono. Una Universidad
colonizada. Como la clase social que la fundó. Y una
Argentina sometida sólo podía prohijar argentinos
sometidos. La Universidad, en un país colonial, no
tiene por norte la cultura nacional sino su
enroscamiento a la filosofía de los colonizadores.
Cuyos pregoneros nativos, aún hoy, alegan las tesis de
Sarmiento "civilización y barba­rie". Y en esta trampa
cayó la clase media argentina.

LA REFORMA DEL 18

La Reforma Universitaria, nacida en Córdoba en 1918,
significó un progreso contra el dogmatismo
eclesiástico que enrarecía la Universidad oligárquica.
O como dijeran los hombres del 18, la aprisionaban en
una "inmovilidad senil". La concepción teológica de la
Iglesia concordaba con el conservadorismo li­beral de
la oligarquía. Esto no es una paradoja. Li­beralismo y
conservatismo, en un país colonial, son la misma cosa.
La Reforma del 18 proclamó la ver­dad americana pero
fue europeísta y olvidó lo prin­cipal, que la Reforma
fue posible por el triunfo de H. Yrigoyen, un
gobernante de raigambre nacional, y dentro de las
restricciones de su tiempo y los in­tereses sociales
que representaba, antioligárquico y antiliberal. La
Reforma del 18 intuyó el hecho ame­ricano pero no tuvo
conciencia del hecho nacional. Terminó como enemiga de
Yrigoyen. Un gobernante americano. La Reforma del 18
fue un impulso renovador a medias. Habló a los
obreros. Pero no en­tendió al pueblo, a las masas
rurales y urbanas que seguían al esfumado pero
auténtico caudillo federal. Tampoco, la generación del
18, entendió a ese pueblo provinciano que, junto a la
primera generación in­migrante -que por otra parte
reivindicaba otros derechos-, yacía aplastado bajo las
ruinas de las guerras intestinas del federalismo y las
montoneras, de la resistencia vencida del interior
contra Buenos Aires. La Reforma expresó su justificado
repudio al orden eclesiástico, pero cayó en otro
dogmatismo, la cultura europea de corteza. Aplaudió a
la Revo­lución Rusa de 1917. Pero no entendió, no
miró, no creyó en lo argentino. Esta manera de pensar
pro­gresista en la forma, antinacional en los hechos,
no libró de sus ataduras espirituales a los
estudiantes. Fue universal cuando hacía falta un
ideario nacio­nalista. Y en tanto clase social oriunda
de una inmigración reciente, siguió identificada con
Europa y no con el país. Tuvo, la Reforma del 18,
concien­cia de la prepotencia imperialista. Pero sólo
vio a EE.UU. Y no a Inglaterra. De este modo
permaneció congelada en el esquema político y cultural
de la oli­garquía. El Manifiesto de 1918 no alude una
sola vez a Gran Bretaña. Con ideas de vanguardia, como
la misma inmigración de la que provenía, no fue más
allá, aquella generación del 18, de las libertades
abstractas de la Constitución de 1853 de la
oligar­quía, o de los partidos políticos de izquierda
que esa misma oligarquía tuvo siempre a su vera como
bas­tardos consentidos y a un mismo tiempo
desestima­dos. Al atacar a la Iglesia, la factoría
británica, fue desde Roca, formalmente anticlerical
pero conser­vadora en materia religiosa.

Explícase así que el rector propiciado por los
es­tudiantes, perteneciese a una familia cordobesa
aristocrática, unitaria, roquista, liberal y católica.
En efecto, Enrique Martínez Paz, representaba las
ten­dencias liberales de la Iglesia. De la Iglesia de
León XIII. El régimen supo amansar las insurgencias
reformistas y ponerlas a su servicio. Primero contra
Yrigoyen. Después contra Perón. Una vez lanzada contra
Yrigoyen, la FUÁ, acusada de "marxista" poco después
de ser utilizada por la Revolución de 1930, varias
décadas más tarde, fue aprovechada contra Perón por la
Revolución Libertadora. Y otra vez se la vapuleó por
"comunista". Una Federación Universitaria reformista
que fue el impulso juvenil de la Unión Democrática en
1945. De Braden contra Perón. Del mismo modo que
aclamó al ultracatólico Lonardi y a los "libertadores"
Rojas y Aramburu. Defensora de la Universidad moderna,
al desplomar­se Perón, exigió una educación
científica. Y tuvo éxito. Una Universidad científica
norteamericana. Después de Perón, el reformismo
recibió el golpe de gracia por parte de un reformista.
El presidente Frondizi que auspició las universidades
privadas ca­tólicas. Y, al mismo tiempo, la
Universidad estatal, bajo los subsidios
norteamericanos, entró en el círcu­lo de EE.UU., por
decisión del mismo Frondizi.

Pero la FUA, que ya asistía a la crisis de su
ideo­logía de importación, seguía antiperonista. O
sea, antinacional. Había combatido con petardismo
panfletario a EE.UU. y al mismo tiempo a un
gober­nante antiyanqui y antibritánico. A Perón. No
en­tendió al pueblo. Se enardeció cuando ese pueblo,
frente a la traición de los universitarios, de los
rectores, decanos y profesores de la "década infa­me",
opuso la alpargata a la cultura. No por des­pecho
hacia la cultura sino a la oligarquía argentina
vendida al imperialismo. Era un pueblo sin libros pero
enraizado en la tierra. En la Argentina de aquí. No en
la Argentina cultural que nos imponían en préstamo
desde afuera. Y la enseñanza "científica" resultó ser
la Universidad "apolítica" ordenada por el coloniaje.

Este plan ha fracasado. El estudiantado argentino,
desengañado del reformismo, empuña otras bande­ras.
Pero ese estudiantado ha debido transitar pri­mero por
la experiencia de la Comisión Nacional de Apoyo al
Desarrollo Económico (CAFADE). La forma analógica y
gemela del "sindicalismo libre" de la APL-CIO en el
campo gremial. ¿Qué se pro­puso EE.UU. con CAFADE? Los
estudiantes hoy lo saben. CAFADE tuvo por meta la
formación de téc­nicos argentinos para empresas
extranjeras. Técni­cos agrarios, atómicos, militares,
etc. Además, la preparación y difusión de planes
"desarrollistas" norteamericanos. Un buen ejemplo de
esta ciencia "apolítica" fue Gino Germani, campeón de
una so­ciología neutral. Y hoy profesor en EE.UU. Una
sociología subvencionada por la Alianza para el
Pro­greso. La Universidad, pues, no es nacional. Es
una oficina de funcionarios administrativos y técnicos
de las empresas extranjeras. De becados en EE.UU. por
fundaciones privadas. Esto es, por los monopo­lios
norteamericanos. Una enseñanza correlativa a los
planes de EE.UU. Por contraste, el estudiantado se ha
nacionalizado. A la arremetida del imperialis­mo
responde con huelgas y motines populares. En 1966, los
conflictos estudiantiles adquirieron tal vi­rulencia,
que la autonomía universitaria, una come­dia en la que
todavía los estudiantes creen, fue su­primida por la
ley 16.912 que prohibía la actividad política en los
claustros. A raíz de esta medida, la militancia de los
estudiantes se enardeció. La desig­nación de
autoridades y profesores, provenientes de le derecha
liberal, liados a las empresas extranjeras y grupos
económicos afines, ha agravado la situa­ción. Con el
gobierno de Onganía se tornó más nítido el contenido
clasista de la Universidad a través del plan oficial
enfilado a hacer inaccesibles los estu­dios a las
capas de pocos recursos. Estas medidas, asociadas a
otras accesorias, tuvieron un efecto no previsto por
el ministro Borda. Por primera vez, el estudiantado,
desde 1955, miró hacia el peronismo. La clase media
descubrió a los trabajadores argen­tinos. La
penetración imperialista, en resumen, que­bró
económica y mentalmente a la clase media, puso en tela
de juicio los valores culturales en que la nueva
generación había sido educada. Esa genera­ción,
crecida en medio del desencanto de una de­mocracia
prostituida, se afirmó en el país. La com­prensión del
fenómeno colonial se proyectó, ya no como radiofotos
que venían del Asia con sus esca­parates de
hambrientos amarillos, sino como indig­nación ante el
espectáculo de parias más cercanos, niños
provincianos, obreros sin trabajo, militantes
picaneados. La deshuesada verdad de la Universidad,
filial del imperialismo, fusionó al estudiantado con
el pueblo. Y este avizoramiento del país, contra los
prejuicios de los padres y la propaganda, se llamó
peronismo. En lugar de arrancarlos de la política, de
apartarlos de la Argentina, la Universidad los
arremolinó contra la colonización. Nada quedó -y esto
el estudiantado lo vivió en la realidad- de la
iconografía "democrática" de la generación de 1955. La
autonomía universitaria era una ficción. El gobierno
tripartito, la libertad de cátedra, mostraron su
falencia. Y el rostro de una Universidad
reaccio­naria, clasista, antinacional, destiñó aún más
los ajados emblemas de la Reforma del 18. No sólo el
liberalismo colonial, después de Perón, mostró su
esencia de clase, su colaboración y dependencia
hu­millantes. La Universidad apareció en su naturaleza
real a la luz del día.

El año 1966 fue culminante. El gobierno demostró que
su finalidad era integrar la Universidad dentro del
diagrama extranjero. Y el despotismo de los mi­litares
en el poder no fue otra cosa que la presencia y
dominación de EE.UU. El fruto de esta confirma­ción
fue el reencuentro obrero estudiantil. La libe­ración
nacional convirtió a la Universidad neutral en
beligerante. Este oleaje puso también al desnudo a la
Iglesia. Las Universidades privadas aparecieron como
lo que eran, otro de los medios utilizados por el
imperialismo para dividir a los estudiantes. Mu­chos
jóvenes católicos viraron decepcionados de las
Universidades privadas a la estatal. Y de la
Universidad oficial a las barricadas. La mejor
juventud argentina ha recobrado, por estas vías
entrecruza­das, no la autonomía universitaria, sino la
autono­mía frente a sus padres y las instituciones
oficiales o privadas de la Argentina muerta. No se
trata de una rebeldía "comunista" sino de la quiebra
del colonialismo en el campo de la educación. Es una
subversión nacionalista con orientación de izquierda.
Incierta sin duda. Pero ya argentina y america­na. La
misma FUÁ se ha fraccionado rebalsada por las
tendencias nacionalistas del estudiantado. En el
Congreso Extraordinario realizado en el año 1970,
predominaron las corrientes internas nacionales, que
demuestran, asimismo, una nacionalización de las
izquierdas universitarias, ligadas desde hace déca­das
al P. Comunista, cuya férrea disciplina no logra ya
imponer sus consignas vacías de contenido na­cional.
Es una juventud que resiste al Ejército, se acerca al
pueblo. Si en 1918, la juventud combatió al
escolasticismo universitario, ahora desarticula al
oscurantismo colonial presentado como cientifismo puro
o humanismo cristiano. Esa juventud no cree en sus
profesores. Los denuncia como cómplices del sistema y
enemigos del país. El profesorado uni­versitario ha
vuelto a ser lo que siempre fue. Una casta gris. Una
inteligencia donde el colonialismo puro se une a la
más pura indignidad de la cátedra. El estado colonial
determina a la Universidad, la refrigera en la
mentalidad de la factoría, la seg­menta de la realidad
en fermentación. Sólo la trans­formación del Estado
puede reformar la Universi­dad e incorporarla a la
proeza de la independencia nacional. No es posible
concertar la autoridad del magisterio con su
culpabilidad política. Por el solo hecho de acercarse
al peronismo el estudiantado hoy comprende al país. En
el profesorado se encofra la desnacionalización de la
inteligencia argentina. Aho­ra el estudiante aprende
lo que el obrero sabe de memoria. Que ellos como
estudiantes, como media­dores intelectuales del
sistema, como futuros egre­sados, están también
condenados a la explotación, a la competencia en el
mercado intelectual, a la su­misión al gerente
extranjero, a la aceptación del país derrotado.

En la Universidad la libertad de la cultura es un
fraude. La enseñanza impartida desde la Universi­dad
choca con la dependencia al imperialismo. Todo
estudiante sabe, de algún modo, que la educación que
recibe no coincide con el país. Con sus exigencias
históricas. Le han puesto como ideal la Universidad
norteamericana. Y en los hechos comprueba la falta de
libertad frente a EE.UU. Le hablan del "apoliticismo"
de la enseñanza académica, pero se encuen­tra con un
país removido por la violencia política.

La Universidad -como el Ejército- es parte del país. Y
el colonialismo a todos descentra y afecta. El
estudiante se ve ante el dilema de elegir entre el
trabajo sin título y el título sin trabajo o mal
remunerado. Sólo la clase alta y las capas medias
acomodadas defienden esa Universidad. Una carrera
universitaria es un lujo económico y una distinción
social. El estudiante lo verifica todos los días. La
deserción estudiantil tiene por principal causa el
empobrecimiento de la clase media. Los que termi­nan
sus carreras, si tienen suerte, son contratados como
tecnócratas en compañías extranjeras que les imponen
una disciplina de autómatas bajo el espí­ritu
capitalista de empresa. Empresas en las que, por lo
general, los egresados argentinos desempeñan a bajo
costo tareas inferiores a los conocimientos
adquiridos. Si tienen talento son contratados en el
extranjero. Por EE.UU., en particular. El
imperia­lismo no sólo succiona las riquezas del país
colonial sino que expropia sus mejores inteligencias.
Que es otra manera de extenuar al país. De hacer
extran­jeros a los técnicos argentinos obligados a
emigrar. Pero el sentido verdadero de la Universidad
está en que la enseñanza no la recibe el más apto sino
el más pudiente. El sistema educativo tiende a que la
mayoría de los argentinos no traspase la escuela
primaria o estudios medios elementales. La
Univer­sidad, por eso, exige una reforma total, que no
es tarea, como ya se ha dicho, de la Universidad sino
del Estado-Nación libre de las ataduras coloniales, o
sea de los préstamos internacionales que afloran en
los planes de estudios.

Un diario de Buenos Aires, en 1972, publicó el
si­guiente comentario acompañado de cifras
estadís­ticas:

    LA DISTRIBUCIÓN DEL CRÉDITO DEL BID EN LOS CENTROS
DE EDUCACIÓN SUPERIOR

    Un crédito del Banco Interamericano de Desarrollo
(BID) por 40 millones de dólares, será el tema central
de la reunión del Consejo de Rectores de Universidades
Nacionales, que comenzará el jueves próximo.
    El crédito comprende a nuevas casas de altos
estu­dios. No interviene la Universidad de Buenos
Aires, pues gestiona ante el organismo internacional
un prés­tamo exclusivo.
    Las asignaciones del BID han sido cuestionadas en
lo que se refiere a intereses y áreas de equipamiento,
por varios rectores. El contrato definitivo se firmará
en octubre.
    Los créditos del BID han sido también atacados por
el estudiantado. La crítica se centra en el hecho de
que el gobierno argentino tiene que destinar -según el
régimen crediticio- una suma idéntica a la entre­gada
por el organismo internacional.
    Según algunos sectores estudiantiles, los
programas universitarios que se favorecen son los que
aprueba el Banco y no los que sirven al desarrollo
nacional.

    EL CRÉDITO ANTERIOR

    Este es el segundo crédito del BID. El anterior
fue otorgado en 1962. La Universidad más beneficiada
re­sultó la de Buenos Aires, a la que correspondió
enton­ces, un total de 1.810.000 dólares, que fueron
acom­pañados por una contrapartida del Gobierno
Nacional.
    Las inversiones realizadas en este rubro, en los
tres últimos años son las siguientes:
    1967: 3.681.500; 1968: 3.564.800; 1969: 4.508.400
pe­sos ley 18.188; lo que equivale al 3,4 %, 2,9 % y
3,4 % del presupuesto total de la Universidad.
    Hasta el 31 de julio de 1970 se había invertido
to­talmente la asignación correspondiente al BID,
inte­grando el Gobierno Nacional, hasta esa fecha, la
suma de 3.499.079 pesos ley 18.188. Este monto se ha
utili­zado desde 1962 a 1970, cargándose en el
presupuesto de los años respectivos.
    La Universidad Nacional de Buenos Aires ha
pre­parado, para obtener un nuevo préstamo, un
relevamiento total de los recursos humanos y físicos.
Ese tra­bajo provocó la objeción de algunos organismos
de se­guridad que, considerando a la educación como
reserva estratégica, opinaban no era conveniente que
esos da­tos fueran conocidos por un organismo
internacional.
    El equipo de planeamiento de la Universidad, que
preparó los antecedentes para obtener el nuevo
prés­tamo del Banco, propuso -de ser éste otorgado-
dis­tribuir las asignaciones de la siguiente forma: 53
% para edificios; 16 % para proyectos del rectorado,
ad­ministración y bibliotecas; 26 % para equipamiento
y 5 % para ayuda externa.

    Inversiones efectuadas en equipamiento con el
préstamo BID y con contrapartida del Gobierno Nacional
al 31/7/70
    Facultades 	B.I.D. 	Gobierno Nacional
    	(u$s) 	(Pesos Ley 18.188)
    Agronomía y Veter. 	194.454.51 	268.876
    Arquit. y Urbanismo 	— 	19.400
    Ciencias Económicas 	11.010.50 	13.069
    Cieñe. Exact. y Nat. 	657.238.46 	820.362
    Derecho y C. Social. 	— 	9.215
    Farmacia y Bioquím. 	77.494.57 	503.110
    Filosofía y Letras 	17.999.04 	21.301
    Ingeniería 	823.143.94 	889.802
    Inst. Biolog. Marina 	28.743.53 	39.415
    Inst. Invest. Medie. 	— 	122.849
    Medicina 	— 	723.178
    Odontología 	— 	68.502
    Total 	1.810.084.45 	3.499.079
    ("La Opinión")

Una de las negaciones de la Universidad es la ausencia
de estudios sistemáticos sobre las potencia­lidades
del país. Este potencial geográfico, es mejor conocido
por naciones extranjeras que por los argentinos. Y no
por falta de capacidad de los técnicos nativos sino
por la orientación de la enseñanza su­perior. Los
planificadores y asesores científicos de la
Universidad, después de 1955, han sido extran­jeros.
Los profesores argentinos, o bien medran en empresas
foráneas, en estudios jurídicos y contables conexos a
monopolios extranjeros, o bien reciben las migajas de
viajes al exterior, con lo cual se los ads­cribe al
orden colonial. De este modo, la Universidad es un
mercado de intelectuales del área periférica del
imperialismo. Los planes educativos lo son para toda
la América latina e interesan más que al país, a las
naciones imperiales que ejercen su supervisión
mediante expertos y conferencistas extranjeros,
"desarrollistas", "libreempresistas", o en la esfera
de la cultura "humanista", como la llaman, a través de
filósofos como Julián Marías, un visitante son­riente
y parlanchín, filósofo de la vida interior,
intelectual dúplice que predica el refugio de la
"libertad" en la conciencia solitaria, como
resignación estoica frente a un mundo desatinado.
Filósofos que como Julián Marías, vuelven a Diógenes:
"No hay más que una manera de ser libre, esto es, la
de estar siempre dispuesto para la muerte". Para
conocer las ideas de los filósofos y científicos que
nos visitan hay que saber quién los paga. A Julián
Marías la Universidad norteamericana en que dicta
cátedras y conferencias. Para este tipo de
intelectuales, como Julián Marías, especialista en
autógrafos para da­mas, "hay que decir la verdad que
se puede, no la que se debe". Son palabras textuales.

El fin de la Universidad es formar intelectuales que
hablen español y piensen en inglés. O mejor aún,
moldear universitarios en los valores del "mun­do
libre", en la justificación de la guerra contra el
comunismo, en la discriminación racial. Todo en nombre
de la civilización occidental y cristiana. En tanto,
soldados norteamericanos mueren sin saber por qué
matan y por qué mueren. Ante esta montaña de
desperdicios la revolución mundial acosa a esa
civilización rubia, cretinizada y abyecta. No es de
extrañar que en Iberoamérica, las guerrillas se
recluten entre egresados y estudiantes universitarios.
Por eso, en la Argentina, la rebelión estudiantil
ex­plota en Facultades hasta hace poco anodinas, como
la de Filosofía y Letras, que por la índole de sus
disciplinas -filosóficas, sociológicas, psicológicas,
antropológicas, históricas- ponen en contacto al
es­tudiante de una manera más directa, contradictoria
y real con la cuestión nacional, de la cual esas
disci­plinas, tal cual se imparten en forma oficial,
están vacías.

Las drogas culturales de un país socavado por el
descontento de las masas, genera un efecto inverso al
deseado, vale decir, la farsa de la Universidad
in­flama los elementos teóricos de la liberación
nacional, no los estupefacientes de la sociología
norteameri­cana. No es la Universidad la formadora de
la con­ciencia histórica sino el colonialismo como
historia viva descarnada de lirismo el fundador de la
con­ciencia histórica. Los especialistas del BID, de
la UNESCO, la OEA, de las Fundaciones Ford y
Rockefeller, subsidiarias del F.B.I. y la C.I.A., no
se sien­ten seguros. Tienen ante sí el cadáver de Dan
Mitrione.

Hoy se sabe que las investigaciones científicas,
realizadas en los Departamentos especializados de las
Facultades latinoamericanas, son formas del es­pionaje
internacional, y que tales trabajos, previa­mente
planeados por expertos extranjeros, son pro­cesados en
EE.UU. Así, la Universidad se vuelve contra la
Argentina y ejecuta con investigadores argentinos,
estudios altamente valiosos no para el país sino para
EE.UU., donde los datos son compi­lados e
interpretados en institutos universitarios
nor­teamericanos. Tales los casos, bien conocidos, de
Max Millikan, asesor de la CÍA en Venezuela y director
de un organismo universitario, el Instituto
Tecno­lógico de Massachusetts. En la Argentina, por
medio del Instituto Torcuato Di Telia, o del equipo de
co­laboradores de Gino Germani actualmente en
Har­vard; en Chile con el Plan Camelot. Lo mismo en
México, Brasil, etc. Los estudiantes argentinos
co­nocen hoy estas cosas. La clase educadora que
du­rante más de un siglo se sintió aplomada en su obra
hoy es víctima del pánico. De su engendro cultural
mayor, la Universidad, parte el enjuiciamiento a la
Argentina colonial. Después de Perón, aquella
Uni­versidad europea que parecía sólida y magnífica se
desmorona sin gloria en medio de un estudiantado que
ingresa a la Revolución Nacional bajo el ocaso
ceniciento de la cultura del imperialismo y el rojo
vivo de las barricadas callejeras.


       
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