[R-P] (5) El ejército y la Iglesia [Capítulo III] Peronismo y Socialismo - JJHA - 1972

Marcelo Felipe Gil mfelipegil en yahoo.es
Vie Oct 12 21:19:04 MDT 2007


EL EJÉRCITO Y LA IGLESIA

Debe mencionarse, en forma rápida, la influencia de la
Iglesia en la formación de los militares argen­tinos.
El Ejército es formalmente católico. Pero a su vez, la
Iglesia soporta una crisis histórica mun­dial que se
expresa en las encíclicas papales, poco coherentes en
su ideología, intermedias casuística­mente entre el
conservatismo y el cambio, y con variantes que van
desde el liberalismo de la más alta jerarquía
eclesiástica, caro a la oligarquía, hasta el
reformismo de los sacerdotes tercermundistas, que
buscan, en la ciudad y el campo, acercarse al
mo­vimiento obrero. Esta escisión de la Iglesia, con
to­das las escalas ideológicas intermedias, es
aparente, y refleja la política pluralista del
Vaticano que la lleva a la gradual adaptación a un
mundo que mar­cha hacia el socialismo. La Iglesia, por
definición conservadora, representa bajo ropaje
espiritual, los intereses del capitalismo, y por
tanto, en estos países, al neocolonialismo. Pero la
Iglesia percibe la crisis histórica. No hay, pues, una
división de la Iglesia, sino una política eclesiástica
múltiple -pluralista como se acaba de decir- abierta
hacia todas las clases sociales. Esta política de la
Iglesia se proyecta también al Ejército.

La oligarquía ha educado a la oficialidad dentro de
los esquemas del liberalismo colonial durante lar­gas
décadas de predominio conservador, que aún pesa en los
cuadros superiores del Ejército, cuya bandera es el
"constitucionalismo" puramente verbal de la
oligarquía. Un ejemplo de este tipo de milita­res,
sobre el antecedente de Mitre y Roca, puede
encontrarse en el pasado anterior a Perón, en Agus­tín
P. Justo. Y en el período posterior a 1955, en Pedro
E. Aramburu, o en otro general de origen
aristocrático, Alejandro Lanusse. Pero la Iglesia
in­fluye también, cubriendo todas las gamas políticas
posibles, en otro tipo de militares autoritarios. En
el pasado, por ejemplo en el general J. F. Uriburu que
derrocó en 1930 al presidene popular H. Yrigoyen sobre
moldes anacrónicos calcados del fascismo europeo, o en
Juan Carlos Onganía, más reciente­mente, con el
antecedente de otro general, Eduardo Lonardi, que
derribó a Perón. La Iglesia, según los hitos
históricos, ha apelado a uno u otro tipo de militares
"democráticos" o "ultramontanos", pero en ambos casos,
sobre la tesis de una "élite" militar in­transigente,
capaz de revitalizar la anemia política de la
oligarquía terrateniente.

El Ejército ha sido, salvo con Perón, una carta
supletoria de la oligarquía. Cuando la clase
terrate­niente, mediante el "fraude patriótico", se
sintió fuerte todavía para gobernar el país, ya caído
Yrigoyen, el Ejército se refugió en los cuarteles bajo
la neutralidad de los militares "constitucionalistas",
apartados de la política. Pero la extrema derecha
militar siempre se mantuvo a la expectativa en
apa­rente oposición con el "constitucionalismo"
liberal, apoyada en posiciones católicas dogmáticas.

En ambos casos, la Iglesia ha maniobrado como
mediadora de la oligarquía en el pensamiento de los
militares. La Iglesia se volcó, en los inicios, junto
al general Perón, en la esperanza de consolidar las
tradiciones conservadoras con un control militar
so­bre las masas, sin caer empero, en los excesos
cla­sistas de la oligarquía política. Pero cuando
Perón aceleró la participación obrera en el poder, la
Igle­sia arracimó, con plena conciencia conservadora
de los intereses de clase que representaba, la
oposición "democrática" contra Perón, rodeando a un
jefe mi­litar católico puramente decorativo, el
general Lonardi, que pronto se derrumbó, con su elenco
de nacionalistas de derecha, desplazado por el ala
liberal, proimperialista y por igual probritánica del
Ejército. Fue un fenómeno similar a lo acontecido con
Yrigoyen, que desplazado por el "fascista" Uriburu,
fue suplido por el "liberal" Justo. La Iglesia, al ser
defenestrado Lonardi, sostuvo sin vacilaciones a P. E.
Aramburu, que era el lado "justista" del país, de la
oligarquía y Gran Bretaña. Más tarde, ante el fra­caso
de esa política tardía, a contrapelo de la His­toria,
pues la Argentina había entrado en el proceso de la
industrialización, prestó su anuencia a otro general
católico antiobrero de ultraderecha, Juan Carlos
Onganía, quien a su vez, buscó ampliar su escasa base
política, recostándose en la Iglesia. Pero la Iglesia
tiene la virtud de no ser beata. Pronto comprendió la
debilidad política de Onganía. Los cambios operados en
la estrategia mundial del Va­ticano, hacían inútil un
entendimiento con Onganía, un militar sin visión
histórica, en momentos de des­arreglos sociales
inadecuados para una política cle­rical. Las ideas
post-conciliares de la Iglesia, pene­traron en el
Ejército, y reclutaron simpatizantes, bastante tibios
por lo demás, sobre todo en la ofi­cialidad joven.
Tales hechos, aparentemente casua­les, aclaran tanto
el ascendiente de la Iglesia en el Ejército, como las
mutaciones, en la escena mundial, de la Iglesia misma,
que acomoda su acción, en una Argentina convulsionada,
en tres direcciones posibles con militares de recambio
para cualesquiera de es­tos eventos: 1º) Una tendencia
católica liberal y "constitucionalista". 2º) Una
tendencia católica "tradicionalista" -en el sentido
teológico- de extrema derecha en sus fines políticos.
3º) Una tendencia post-conciliar, cuyo peso real es
difícil de evaluar, y que más bien se mantiene a la
expectativa, inspi­rada en el reformismo moderado de
las encíclicas y que puede derivar, en un ensayo
social cristiano a fin de frenar el avance de las
masas.

En suma, el fracaso de los militares frente al
co­lonialismo, no sólo deteriora la imagen del
Ejército sino que centra en su contra a todo el
pueblo. No debe olvidarse que la patria es el factor
más poderoso en la lucha de las masas trabajadoras.
Los militares se encuentran aislados en una sociedad
que hierve a su alrededor. Tienen las armas pero no la
razón para matar compatriotas. En tanto, las masas
mues­tran una voluntad cada vez más organizada, ante
la cual el Ejército organizado se siente moralmente
im­potente, es decir, desorganizado. Esta situación
di­lucida por qué el Ejército carece de una ideología
propia, salvo la creencia fanática y aberrante en los
militares de ser los defensores del orden contra el
comunismo, en el cual engloban al peronismo, esto es,
a las masas argentinas. El fracaso del Ejército como
poder político muestra la contradicción des­nuda entre
el colonialismo y el Estado-Nación a cons­truir. Hasta
hoy, el Ejército ha aceptado la política dictada por
EE.UU. De ahí su crisis.

DICTADURA Y REVOLUCIÓN

Ante esta realidad, muy compleja y variable, el
Ejército deberá elegir entre una dictadura san­grienta
contra la clase obrera, una farsa electoral
"constitucionalista", o un acuerdo con las masas
tra­bajadoras. El primer ensayo desataría
contradiccio­nes dentro del propio Ejército y la
posibilidad cierta de una insurrección nacional del
pueblo argentino. La salida electoral, no haría más
que postergar, y a la postre, agravar el problema. Un
régimen dic­tatorial -a diferencia del Brasil-, dada
la politi­zación de las masas argentinas, torna la
empresa muy riesgosa. Frente a esta disyuntiva, el
Ejército tiene sólo una opción: el pacto con Perón, es
decir, con la clase obrera, y la iniciación de una
política nacionalista de masas con la defensa de la
soberanía en el plano internacional, contra los
monopolios ex­tranjeros, y por la organización
socialista de la eco­nomía y la industria nacionales.
De lo contrario, a la larga o a la corta, si el
Ejército sigue enfrentado a los trabajadores y los
sectores populares, puede anticiparse que no
sobrevivirá como institución bajo su forma actual. Al
Ejército mismo le corresponde resolver este problema,
que en última instancia, es el de la Argentina.


       
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