[R-P] (4) Ejército y colonialismo [Capítulo III] Peronismo y Socialismo - JJHA - 1972

Marcelo Felipe Gil mfelipegil en yahoo.es
Vie Oct 12 21:17:47 MDT 2007


EJÉRCITO Y COLONIALISMO

La política del Ejército es compleja. En los países
coloniales no responde a reglas uniformes. Por eso es
arriesgada una posición antimilitarista excluyente. De
un lado, negar el papel reaccionario de los mili­tares
es una inconsecuencia. Bastan los ejemplos de
Argentina, Brasil, Bolivia, etc. Pero descartar el
anticolonialismo de los ejércitos, en determinadas
coyunturas, es igualmente dogmático. Al respecto, es
suficiente la mención de Egipto, Argelia, Siria,
Li­bia, ciertos países del África, etc. surgidos a la
vida independiente con la participación decisiva del
ejér­cito. La posición de los militares argentinos se
presta a interpretaciones adversas, por la actitud
decidida­mente colonialista y antiobrera que desde
1955 han asumido las fuerzas armadas. Empero, de ese
mismo Ejército -junto a la visión patriótica de
soldados como Baldrich, Mosconi, Savio y otros- han
procedi­do conductores nacionales de la talla de
Perón.

La ideología de los militares es confusa, con
ten­siones políticas y mentales peculiares, y que
según las coacciones internas y externas
condicionantes puede orientarse en diversas
direcciones. Este inestable comportamiento de los
militares argentinos debe ex­plicarse mediante el
análisis del colonialismo. Las naciones imperiales, en
efecto, no pueden prever con exactitud la disposición
de los ejércitos coloniales. En la última década, en
Iberoamérica, han apareci­do regímenes militares
antinacionales. Pero otras variantes preocupan por su
significado inverso a las grandes metrópolis. En
ciertos países, los militares son hostiles al
imperialismo. En otros, sus aliados. Así se comprende
que en EE.UU. -a medida que se debilita su hegemonía
mundial- se alcen voces que, indistintamente, apoyan o
temen el rol de los ejércitos nativos en las áreas
coloniales. Tal el juicio del sena­dor norteamericano
Frank Church. Para Church, EE.UU. debe precaverse de
todo nacionalismo liderado por los militares de la
América latina. Church, reconoce que el sentimiento
antiyanqui de estos pueblos -lo que es mentar la
cuerda en casa del ahor­cado- tiene sus causas en los
procedimientos de EE.UU. No serían las izquierdas,
según Church, las verdaderas opositoras al yanquismo,
sino los ejér­citos: "Nosotros mismos -dice Church-
nos desorientaríamos gravemente si las atribuyéramos a
la propaganda comunista o a la propaganda del
castrismo". A continuación reactualiza como propia la
tesis del "nasserismo" -debida al ensayista polí­tico
argentino Rogelio García Lupo- como un mol­de nuevo,
en América latina, del pensamiento de los militares.
Cabe acotar, contra lo que supone Church, que el
"nasserismo" no es reciente en Ibe­roamérica, si por
tal se entiende la resistencia a la penetración
extranjera en los países del hemisfe­rio. Son muestras
Lázaro Cárdenas, Getulio Vargas, Villarroel en
Bolivia, Velasco Alvarado, Perón en la Argentina. Pero
interesa la observación de Church, especialista en
asuntos continentales, sobre la misión que en
determinados países los gobiernos han cum­plido en
defensa de la soberanía y de las fuentes de riqueza,
en particular del petróleo. Al referirse a esta
cuestión comenta: "seguramente esto debería revelarnos
algo sobre la política del pasado. El ver­dadero
peligro para nuestros intereses nacionales en la
América latina no viene de La Habana, ni tampoco de
Moscú, y tampoco, como debería ser absoluta­mente
claro, son los militares latinoamericanos un
instrumento digno de fiar para proteger o preservar
nuestros intereses". Esta fórmula cínica encuadra la
cuestión de los militares y el colonialismo.

LAS GUERRAS DE LIBERACIÓN

Es necesario, antes de seguir, una caracterización
genérica de las guerras de liberación en las colonias.
Estas guerras son típicas de nuestra época. Las
gue­rras de liberación son justas. Las guerras de
con­quista injustas. Unas, las guerras de las
metrópolis, se apoyan en un impresionante material
bélico. Las guerras de liberación en un potencial
colectivo aún más formidable. Pero no tecnológico sino
patriótico. Las guerras del imperialismo son
profesionales y las tropas invasoras no tienen fe en
su lucha. Las gue­rras anticolonialistas, a la
inversa, conglomeran a todo un pueblo y las guía la
resistencia heroica al invasor. Los ejércitos
agresores carecen de moral. Los ejércitos coloniales,
profesionales o milicianos, pelean por la patria. Esto
es sencillo. Los ejércitos imperiales, a pesar de su
gigantismo técnico, son dé­biles. Los pueblos
coloniales, compelidos a la guerra, son fuertes,
capaces de milagros de abnegación y sacrificio. No
debe olvidarse que, aunque en las gue­rras de
liberación puede darse una conjunción cir­cunstancial
de todas las clases, la columna de esta resistencia
nacional son las masas más explotadas. A medida que
crece la conciencia antiimperialista, el odio
patriótico, la cruzada difamatoria del impe­rialismo
contra el nacionalismo de las colonias, an­tecede a la
intervención militar, ya sea a través de los ejércitos
metropolitanos, o bien nativos que asu­men la defensa
del colonialismo contra su propio pueblo. Empero, los
ejércitos de las colonias pueden cumplir un papel
liberador. En el primer caso, la propaganda tiende a
presentar la resistencia popu­lar como subversiva. Y
en nombre de las "libertades democráticas" se oprimen
ferozmente los anhelos de libertad del pueblo.

Pero la decadencia del imperialismo corroe tam­bién a
los ejércitos nativos.

Cuando un ejército, en un país dependiente, ocupa el
sitio de asociado del imperialismo está rodeado por un
cerco invisible que lo aisla y trastorna, en
determinadas circunstancias, los principios clásicos
de la guerra, con la aparición de organizaciones
po­pulares armadas que, con su retaguardia en la
po­blación, son formas iniciales de la guerra
patriótica. Un ejército de espaldas a su propio pueblo
está mi­nado por el país. El asesor militar yanqui H.
Kissinger, ya en 1957, planteó la cuestión en términos
estrictos: "Las revoluciones en las colonias no
pue­den aplastarse con los medios y métodos
anteriores". La función de los ejércitos en las
colonias debe exa­minarse, pues, sin preconceptos,
vale decir, de acuer­do al contexto de cada país. Hay
casos en que el ejército cumple una misión
nacionalizadora. En otros desnacionalizadora. Todo
ejército colonial, en rigor, contiene ambas tendencias
en su seno. Y el predo­minio de una sobre otra es
inevitable al vaivén del agravamiento de la cuestión
colonial y las oposicio­nes de las clases sociales
enfrentadas en pro o en contra de la liberación
nacional. O sea, los militares entran a deliberar. Y
de hecho se dividen. Unos pro­ponen endurecer el orden
tradicional. Otros, ante el vasallaje colonialista,
oscilan entre un nacionalismo defensista y el temor a
las masas. Debe señalarse aquí un hecho significativo.
En aquellos países don­de los militares han abrazado
la alternativa nacional, las tendencias conservadoras
han sido desplazadas y el Ejército, al radicalizarse,
ha ampliado su base social y reconquistado la adhesión
del pueblo. A la recíproca, en aquellos otros en los
que los ejércitos se han segregado de la liberación
nacional, el resul­tado ha sido la descomposición de
los cuadros de oficiales, asociada a una ruptura
generacional ape­nas disimulada por la disciplina y
las normas jerár­quicas cristalizadas, con el
subsecuente ablandamien­to del espíritu de cuerpo.
Esta inestabilidad del Ejér­cito, pese a su relativo
apartamiento de la sociedad civil, responde al influjo
del país entero sobre la institución. El ejército no
es un compartimiento es­tanco, y aunque poco elástico,
es la caja de resonan­cia con ecos retardados de la
crisis del colonialismo. La situación nacional
envolvente se expresa, enton­ces, en un quebradizo
estado interno donde los man­dos más antiguos se
abroquelan en los valores y la defensa de la sociedad
tradicional, y los más jóvenes, con conciencia un
tanto ambivalente del problema, dados los mitos
consagrados por la oligarquía colo­nial educadora,
muestran síntomas de descontento y una mejor
predisposición para interpretar la situa­ción general.
No es de extrañar que los movimientos militares de
nuestro tiempo contra el colonialismo hayan sido
acaudillados por oficiales jóvenes en opo­sición a los
viejos. En estos períodos críticos, la mentalidad
conservadora rayana en la ultraderecha de los jefes
más antiguos los mueve a la violencia
institucionalizada bajo la mediación oculta de la
clase alta.

Este conservadurismo ha sido modelado por la
oli­garquía educadora, cuyo resplandor mortecino, pese
a la pérdida del poder político, aún encandila a los
militares. Por su origen social, en la Argentina, la
oficialidad no pertenece a la clase encumbrada sino a
la clase media. No obstante, como grupo profesio­nal
no aristocrático, pero con cierto "status" de cas­ta,
la oficialidad, por falta de brillo social propio, se
siente atraída por los formulismos sociales y có­digos
de etiqueta de la oligarquía que, por su parte, sabe
atraerse con diversos procedimientos a los oficiales,
aunque sin admitirlos en la alta sociedad. Ha­lagados
de esta manera distante, cortés y calculada por la
aristocracia colonial, dueños de ciertos pri­vilegios
de grupo y un vago prestigio mundano pres­tado por la
propia oligarquía, los militares fluctúan entre el
pueblo, de cuyas capas medias provienen, y la clase
alta que los deslumhra por sus formas de vida, y a las
que, aunque no tienen acceso perma­nente, imitan en
las recepciones, tertulias y compor­tamientos sociales
estereotipados de estilo castrense. Sin embargo, esta
caparazón artificial, esta distin­ción un tanto
acartonada que confiere el uniforme, no es rígida, o
al menos, no tanto como aparenta serlo, y la
homogeneidad de la vida militar, con la crisis del
país y sus antagonismos sociales, se revela bastante
amorfa. Lo que en épocas normales era aceptado como
una pirámide monolítica de grados, títulos y
conductas, ahora es enjuiciado como un
encastillamiento reaccionario de los altos mandos.
Esta situación -en parte condicionada por las
rup­turas generacionales comunes a todo grupo social
institucionalizado- hace que la joven oficialidad se
torne permeable a la penetración de las ideologías.
Ahora, la joven oficialidad, al escalar los peldaños
de la conciencia crítica, se formula interrogantes, y
el ejército es experimentado no como una institución
sólida e inexpugnable, sino como una profesión
ce­rrada, con estrechos horizontes mentales, y que
desde afuera es vista con antipatía por el pueblo.
Educa­dos, como se ha dicho, los oficiales, en los
valores decrépitos de la oligarquía, es decir, del
colonialis­mo, los mismos conocimientos adquiridos,
sobre todo con relación a la historia nacional, dejan
de ser sagrados. Al militar la oligarquía le ha
agregado, como una segunda naturaleza, una formación
his­tórica falsificada. Esta imagen congelada del
antiguo país también es enjuiciada. O sea, el mitrismo
ideológico es confrontado con el revisionismo
his­tórico, que no alcanza, sin embargo, a definirse
como ideología revolucionaria, por las extorsiones
invisi­bles que la oligarquía y los grupos dirigentes
siguen ejerciendo mediante conferencistas, ministros,
eco­nomistas, etc., y que en realidad son los
recaderos encubiertos del coloniaje encargados de
enredar a los militares.

DESARROLLISMO Y EJÉRCITO

Estas presiones externas de los civiles crean en los
militares ilusiones profesionales sustitutivas que
pueden expresarse así: por una parte, los militares se
inclinan hacia un programa progresista de desa­rrollo
nacional con la creación de la industria pe­sada. Un
nacionalismo sin bases teóricas y el senti­miento de
la grandeza de la Argentina se unen, pues, en la
conciencia de los militares. Por otra parte, una hábil
propaganda organizada por los grupos econó­micos
dominantes ligados a potestades extranjeras les hace
razonar de una manera primaria y falsa, aunque lógica
a su manera, que puede reseñarse así: 1º) Desarrollar
el país es nacionalismo. 2º) Para desarrollar al país
hay que recurrir a la ayuda ex­terior. 3º) Esta ayuda
la ofrece EE.UU. 4º) EE.UU. es una potencia
democrática y anticomunista. Por tanto,
"nacionalismo", "desarrollismo" y "anticomu­nismo" -en
una terrible esquematización- se iden­tifican en el
pensamiento de los militares a través de un sofisma
sin crítica que los lleva a una posición antinacional
experimentada como "nacionalista", es decir, a un
"desarrollismo" que es la negación de una verdadera
política nacional, pues depende de planes financieros
y estrategias militares internacionales, que implican,
de hecho, el sojuzgamiento del país, con su secuela de
desarreglos sociales, brotes revo­lucionarios, etc. El
"desarrollismo" debe interpre­tarse como un estado
oscuro, fluido y transitorio de la ideología de los
militares.

Tal desorientación estimula la pugna de tenden­cias,
el enquistamiento clasista obsesivo de los mi­litares
conservadores, y en contraposición, la crítica de
camadas de oficiales que, no sin reservas, intentan
ligarse a las masas. En verdad, son las masas las que
desatan estas incertidumbres del ejército y el
sentimiento, en los militares, de su desconexión con
el país. De este modo, el ejército está desgarrado por
dentro como el colonialismo mismo, y los militares, en
tales momentos críticos, se abocan irresolutos a
proyectos políticos que apuntan a regímenes de fuerza
conservadores, o bien, con más realismo, apo­yados en
las masas.

Este desconcierto de los militares se origina tanto en
la necesidad de la industrialización del país, como en
los efectos que la industrialización desata al
for­talecer a un proletariado industrial avanzado. El
Ejército, al declararse partidario de la
industriali­zación pone los basamentos de una economía
moder­na, no tradicional. En tal sentido, toda
industriali­zación, apareja cambios contrarios a la
educación política conservadora recibida por los
militares. La industria pesada, necesita obreros,
modifica las relaciones entre las clases sociales, y
el antiguo país agropecuario entra en contradicción
con la trans­formación industrial, con la nueva
Argentina. Así, en la mentalidad de los militares, las
necesidades industriales, en sí mismas progresistas,
no logran separarse del pensamiento conservador
adquirido. A pesar de todo, la industrialización
produce cambios psicológicos en los militares. Los
oficiales jóvenes por ejemplo, están en contacto con
los soldados, que en buena proporción, pertenecen al
proletariado, y cuyo material humano alimenta al
Ejército tanto como al desarrollo industrial, y por
ende, condiciona toda la política del país. Esta
disyuntiva, entre otras causas, aclara, en parte, las
vacilaciones del Ejército ante la represión armada.
Los militares comprueban la reacción antimilitarista
del pueblo, e incluso, no están seguros de las tropas
desde el punto de vista disciplinario y político.

En tales períodos, rayanos en el desorden, el
Ejér­cito intenta volver al "apoliticismo" controlado
por los propios militares. Esto confirma que no hay
Ejér­cito "apolítico", del mismo modo que no hay
sindi­calismo apolítico. El Ejército, o se alista en
defensa del orden "constitucional" que representa la
codifi­cación de los intereses de la clase dirigente y
los inversores extranjeros, o se pone al lado de las
cla­ses sociales opuestas al imperialismo. En el
primer caso, és el partido armado del viejo país. En
el otro, el instrumento de la liberación nacional.
Esta última opción, es siempre antecedida por un
trastorno ge­neral del Ejército, ya analizado y
comprobable en la Argentina actual.

La resolución final depende de la correlación de
fuerzas dentro y fuera del propio Ejército. Un po­der
militar reaccionario, no es más que la expresión de
intereses antinacionales invisibles que manejan el
país. Un poder militar revolucionario, es el pro­ducto
del peso y empuje nacionalista de las masas. El paso
del Ejército de la concepción conservadora de
ultraderecha, o "constitucionalista" no menos
con­servadora, a otra anticolonialista, de su adhesión
a la clase alta o su identificación con el pueblo, no
es fácil. Las presiones externas sobre los militares
son tenaces y unilaterales. El resultado, a menudo,
cuan­do el descontento nacional madura, es la
aparición de líderes que cambian la ideología del
mismo Ejér­cito: Perón, Nasser, Boumedienne, etc.,
ejemplifican esta revolución interna del Ejército, con
jefes pro­fesionales, pero normalmente sin líderes
políticos. Los cambios mentales de los militares, no
exterio­rizados, dada la estructura del Ejército, en
circuns­tancias propicias afloran con decisión
inusitada. Ta­les reacciones del Ejército, por lo
general, toman desprevenidos a los partidos políticos,
que por una parte adulan y por el otro desprecian a
los militares. Es entonces cuando irrumpe un estado de
conciencia hasta entonces más o menos oculto, en la
vida del cuartel y los casinos de oficiales. La
oficialidad jo­ven, que siente también, como clase
media, el em­pobrecimiento del país colonizado, de la
protesta subjetiva pasa a la comprensión de la
sociedad glo­bal. La configuración del Ejército, por
más mecánica que parezca, no suprime las desigualdades
sociales entre los oficiales, muy similares a las
existentes en la clase media en sus diversos niveles
económi­cos. El sentimiento, muy arraigado en el
Ejército, de pertenecer sus miembros a una casta
privilegia­da, sufre fracturas. Estos desacomodos
equiparan al Ejército, a un espejo que reproduce en
imagen par­ticular, pero no esencialmente distinta,
las desar­monías de la sociedad entera. La desconexión
del pueblo de parte de los jefes de alta graduación,
muestra un paralelismo con la diferenciación y
re­pulsa social de la clase dirigente hacia el pueblo,
del mismo modo que la crítica de los cuadros jóvenes a
los más antiguos, se asemeja a los acercamientos
indecisos de la clase media al movimiento obrero.

El Ejército, en tales períodos críticos, se mueve
entre las contrapuestas corrientes conservadoras y
revolucionarias que dividen al país, en la exacta
me­dida que el Ejército, con rasgos propios, es parte
de ese país.


       
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