[R-P] 12 de octubre día del Naufragio

Leonardo Killian elgatocanoso en yahoo.com.ar
Jue Oct 11 15:31:14 MDT 2007


EL VIAJE

Las velas se hincharon con una brisa que, al tiempo se
transformó en un viento de popa y que, a los hombres
le sugirió un buen augurio.
Iban a aventurarse en el Mar Desconocido, hacia
Cipango, hacia las Indias, hacia la Especieria de la
que volverían ricos, tal vez , hasta con fama. Quien
como ellos , se preguntaban, habría navegado alguna
vez hacia el poniente para volver por Levante.
La idea de los techos dorados de la China o la misma
ropa de tela de oro del Gran Kan y las mil maravillas
tantas veces escuchadas sobre el oriente eran el
acicate y a la vez, el contrapeso del miedo; el terror
que infundía el inmenso océano que nadie jamás, había
atravesado.
En esas cosas pensaban los hombres mientras desataban
nudos y  se ataban otros, mientras aseguraban una y
otra vez que todo estuviera seguro y en su sitio. Así
se daban ánimos con bromas y con gritos, mientras
miraban como la costa de La Gomera comenzaba 
lentamente a alejarse.
Desde el castillo de La María Galante, el capitán
también se mostraba ansioso.
Sus pensamientos iban mas rápido que las tres naves
¿serían suficientes las provisiones? y las armas
¿tendrían necesidad de usarlas?. El título de
Almirante, las espuelas de oro, prometidas, la gloria
lo esperaban. No era en las sedas ni en la plata en lo
que pensaba.
Hombre práctico, había cargado agua y comida como para
seis meses y, confiado y seguro, había embarcado a un
tal Luis de Torres, que había sido judío y que, le
aseguraba conocer hebreo, caldeo y arábigo.
La corona le había adelantado un millón de maravedies
que en propia mano le entregó Santangel, medio millón
le había sido prestado por Martín Alonso mas lo que
restaba y que habían aportado los Pinzones, no estaba
mal para seis años de espera y de frustración.
Años en los que debió humillarse como un mendigo,
soportando burlas y hasta el escarnio, teniendo que
explicar una y otra vez un proyecto que se había
transformado en su obsesión.
Pero allí estaba y allí navegaba. Al alba del 9 de
septiembre, a nueve leguas de la isla de Hierro se
dejó de ver tierra , la última que verían.
Muchos fueron los que sintieron miedo en ese momento
pero no él, el capitán conocía de memoria a Esdras, a
Toscanelli, había repasado una y mil veces en esos
años las longitudes descritas por Marco Polo y estaba
tan seguro de lo correcto de sus mediciones que le
había prometido al mas joven de los Pinzón que no
navegarían mas de setecientas leguas sin encontrar
tierra firme. Los reyes habían prometido una pensión
vitalicia de diez mil maravedies al primero que
distinguiese las Indias, y esto en parte, solo en
parte, hacía olvidar la angustia que provocaba ese mar
desconocido.
Pero los días pasaban y la tensión aumentaba. Los
comentarios a espaldas del capitán, las dudas que
corroían el corazón  y que se convertían en odio
desconfiado: Que estaba loco, que estaba poseído, que
los había engañado, que los llevaría a la muerte
segura.
El océano tenebroso enloquecía las brújulas y a los
hombres que, convertidos en una jauria aterrorizada ya
hablaban de regresar a Palos como sea.
Sus espías le informaron de las habladurías pero el no
se alteró. Había comandado hombres durante años, y,
consultando con Martín Alonso, éste lo apoyó resuelto.
En voz alta y ante la marinería reunida a pleno, le
aconsejó al Almirante (así lo llamo) ahorcar o tirar
por la borda a media docena de los mas revoltosos, con
lo que terminó con el principio de motín que lo
amenazaba.
Por la noche, y por primera vez, ya que nunca se unía
a los demás, bajo del castillo para cantar  la Salve
junto a todos. Les recordó la promesa de los reyes y
el ánimo pareció retornar a esas almas que, alumbradas
por las farolas marineras, buscaban en esas estrellas
desconocidas alguna señal, algo mas que palabras de
aliento y promesas.
El 25 de septiembre Pinzón creyó ver tierra y lo voceó
reciamente produciendo un enorme revuelo; los mas
resueltos se subían a los mástiles, se gritaba, se
reía y se rezaba pero, al llegar el alba la pena de la
decepción  amenazó convertirse en cólera.
Pocos días después fue desde La Niña que se escuchó el
tiro de lombarda y se izó la banderola pero, al
hacerse noche, los ojos que querían taladrar el
horizonte se derrumbaban.
El 7 de octubre anotó en su diario "toda la noche
oyeron pasar pájaros", y por la tarde fue que se
empezó a escuchar.
Era un zumbido sordo y lejano.
Uno de sus hombres mas fieles subió alarmado. El mar
se movía.
El viento había dejado de soplar hacía horas pero
igual se mandó amañar todas  las velas quedando solo
el treo, que es la grande sin bonetas. Viendo que
tampoco resultaba hizo retirar esta última para
comprobar, asombrado, que la nao seguía su curso como
en un río.
Las otras dos la seguían sin perder distancia pese a
que también habían recogido el velamen completo. En el
horizonte una espesa línea de nubes se confundía con
el océano.
Decidido, subió al castillo de proa y arengó a los
hombres con fiereza. El había visto muchas veces esos
ríos que surcan el mar, la falta de viento, y el
zumbido eran señales, como lo habían sido las agujas
imantadas que enloquecían o las sirenas que algunos
decían haber visto en la noche. La espesa nube del
horizonte señalaba el fin del viaje, Cipango, Catay,
el Gran Kan, las sedas el oro, no había porque
desanimar.
Los hombres lo escuchaban enmudecidos; el zumbido era
ahora tan fuerte que las últimas palabras ya no se
oían. Las órdenes de alejarse de la borda fueron
inútiles ya que como hipnotizados no podían dejar de
mirar ese mar sin olas, sin viento, sin color, que los
llevaba.
Nadie durmió esa noche, que se había quedado sin
estrellas aunque el aire fuera limpio y no amenazara
con llover.
Encerrado, el Almirante se prometía una jornada de
gloria; sería el Libertador de Jerusalén, el Príncipe
del Oeste, Liberador de la Casa de Sion, Almirante de
la Mar Océano, tal vez Virrey. El trato de Don , para
el y sus hijos, las espuelas de oro. Los golpes en la
puerta no lo alarmaron.
Rodrigo, Sanchez y los otros prácticamente lo
arrastraron hacia la cubierta donde todo era un
infierno de gentes que corrían sin sentido
gesticulando y seguramente gritando aunque, nada podía
ya oírse salvo ese ruido estremecedor que todo
ensordecía. Ni gritándose en la cara podían ya
escucharse; por otra parte, aunque hacía tiempo que
debía haber amanecido la penumbra dejaba ver poco y
nada. De La Pinta y La Niña ya nada se sabía.

Uno de los marineros se acercó a increparlo y, aunque
debieron desenfundarse las espadas para protegerlo,
algunos golpes y escupitajos le ofendieron el rostro.
No intentó siquiera defenderse. Con el crucifijo
aferrado intentó subir a uno de los mástiles pero ya
La Gallega o La Marigalante como la llamaban los
marineros, pese a que el intentara en vano que la
bautizaran  Santa María comenzó a inclinarse hacia la
proa
Hombres, maderas y fierros, sogas y velas, todo se
desplomaba y rodaba mientras la nao, con la popa
despegada del mar que la llevaba, se inclinaba hacia
el abismo donde terminaban las aguas y  la luz, que se
devoraba los barcos, los hombres y sus sueños.




   Leonardo Luis Killian



      Seguí de cerca a la Selección Argentina de Rugby en el Mundial de Francia 2007.
http://ar.sports.yahoo.com/mundialderugby



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