[R-P] ESR [2]: Memorias de un ex-rugbier
Boletín Bambú
bambuprensa en yahoo.com.mx
Mar Oct 9 20:16:39 MDT 2007
Memorias de un ex-rugbier
Hernán Casciari (*)
Cuando cumplí ocho años, Roberto Casciari me lo puso bien
claro: "O tomás la Comunión o vas a Rugby", me dijo, "pero
no te quiero los fines de semana durmiendo hasta las doce".
Para la Comunión había que hacer un curso los sábados a las
10. Para ir a rugby, también. Las dos cosas eran con
pantalón corto y no había que usar el cerebro, por lo que
me costó decidir. Hoy hubiera optado por ser católico, pero
en la infancia uno siempre se equivoca: elegí ser rugbier.
Me acuerdo que llegué al Club Mercedes medio dormido, un
día espantoso de sol radiante. Me llevaba mi papá de la
mano, no por cariño sino por temor a que me escapara
corriendo.
El profesor de rugby era amigo de Roberto (mi padre es
amigo de toda la gente que transpira por placer). Se
llamaba Carlos López Escriva, llevaba un silbato colgado al
cuello, una camiseta con las rayas horizontales y en la
cara un gesto de militar destituido.
—Acá te traigo el paquete —dijo Roberto, como si yo fuera
10 gramos de cocaína—. A ver si te sirve.
El profesor de rugby me miró la espalda, me arqueó los
hombros, me palpó los tobillos y me clavó los ojos.
—¿Cómo te llamás?
Yo parpadeé cuatro veces. En esa época se me había dado por
putear a la gente en clave morse, para que nadie se diera
cuenta. La clave morse era inventada por mí: tres parpadeos
cortos era 'la puta' y uno largo 'que te recontra mil
parió'.
—Se llama Hernán y está dormido —dijo Roberto Casciari—
¿Cómo lo ves?
El entrenador me sopesó de arriba a abajo:
—Tiene cuerpo de pivote —sentenció.
Por falta de experiencia en deportes y en zoología, imaginé
que pivote era un animal patagónico. "Debe ser una especie
de foca gorda que come algas", deduje. Por lo tanto, la
frase "tiene cuerpo de pivote" me sonó ofensiva, y parpadeé
ocho veces con muchísima rabia.
Roberto se fue y López Escriva me presentó al grupo. Eran
veinte o treinta chicos, casi todos con cuerpo de pivote.
Siempre me resultó horrible llegar a un lugar donde todos
se conocen entre sí. Por suerte había algunos nuevos, y el
entrenador nos explicó las reglas del rugby.
En esa época (yo pensaba en esto en lugar de prestar
atención al reglamento) en casa había una guerra secreta
entre mis padres, y yo era el botín. Todas las actividades
extraescolares a las que me mandaba Chichita, para mi papá
eran cosa de putos. Entonces él intentaba equlibrarme las
hormonas mandándome a prácticas que fuesen cosa de machos.
Por parte de padre yo ya iba a voley, a basquet y a fútbol.
Mientras que por parte de madre iba a dibujo, a
dactilografía y a piano. Hasta ese sábado mis padres iban
tres a tres. Rugby o la Comunión, entonces, debe haber sido
una especie de desempate por penales: por eso me hicieron
elegir a mí.
Esos eran, más o menos, mis pensamientos, cuando de repente
alguien me puso en las manos una pelota ovalada y sonó un
silbato. Entonces quince chicos de mi edad, pero mucho más
enojados que yo, se me abalanzaron corriendo para matarme.
Y yo no tuve otra opción más que salir disparando.
Corrí como un loco, no me acuerdo para dónde ni cuánto.
Algunos me querían hacer la traba mortal, otros se habían
encaprichado en empujarme con el hombro y morderme. Yo los
parpadeaba y corría.
En un momento me dejaron de perseguir. El entrenador,
entonces, se acercó con una sonrisa enorme y me dijo:
—Impresionante, Casciari. Pero cuando llegás acá, poné la
pelota en el pasto. Sinó no es válido.
"No es válido el qué?", pensé "¿El susto?"
Los demás chicos, los mismos que me habían querido violar
un minuto antes, ahora me aplaudían y me palmeaban.
—A ver, vamos de nuevo —dijo López Escriva; yo temblé.
Me pusieron más lejos y me dieron la pelota otra vez. Como
es lógico, me asusté mil veces más que antes y salí
cortando campo. Esquivé dientes y uñas, botinazos y puños,
insultos y envidias, hasta que dejaron de perseguirme. Otra
vez me aplaudían y me decían cosas lindas.
Cada vez que yo me asustaba, eran seis puntos para mi
equipo. (Es el día de hoy que no entiendo el sistema.) Al
final de aquella primera práctica el entrenador me dijo que
yo era un crack, que había nacido para ese deporte, y me
llevó a casa en auto.
A la semana siguiente pasó lo mismo. Pelota y susto,
carrera y puntos. Me decían El Gordito Veloz y me invitaban
con cocacola en los entretiempos. Pero yo, la verdad, no
disfrutaba las mieles de la gloria porque tenía miedo de
morirme de un síncope o de una patada.
Esa fue la primera vez que me pasó, pero desde entonces me
ocurrió toda la vida: las cosas que mejor hago son las que
me asustan y las que no entiendo. En las actividades donde
realmente disfruto soy bastante mediocre, nunca un crack,
nunca nadie me regala cocacolas por hacer lo que me gusta.
Fui seis sábados seguidos a rugby, hasta que una mañana un
chico de apellido Moavro me partió el brazo izquierdo. No
fue durante los entrenamientos, porque además me arrebató
el reloj y la billetera. Fue a la salida del club, en lo
que se podría llamar un robo con linchamiento. Pero yo dije
en casa que había sido "en el segundo tiempo de un match
muy trabado". Utilicé la fractura ósea para convencer a mi
papá de que no quería ir más a rugby porque era un deporte
brusco de reglas ambiguas. Mi mamá estuvo de acuerdo.
—Me la van a matar a la criatura —dijo con sabiduría.
Los primeros días que estuve con el yeso no pude ir a
ningún lado. Ni a piano, ni a dactilografía, ni a dibujo ni
a los otros tres deportes. Me la pasé rascándome el higo
con la mano derecha, mirando Patolandia y mojando pan
lactal en la leche con Nesquick.
Una tarde preciosa que lloviznaba, aburrido de cargar con
el yeso, me puse a escribir por primera vez. Descubrí que
escribir era muy parecido a parpadear: podías decir lo que
se te ocurriera, también cosas que no eran ciertas o
insultos, sin que nadie se diera cuenta de nada. No me
salía mal escribir, incluso hubiera sido bastante bueno
contando cuentos.
Pero entonces vino mi mamá, me dijo que para ser católico
no me hacían falta todos los brazos, y me mandó a hacer la
Comunión.
(*) Hernán Casciari nació en Mercedes, Buenos Aires, en
marzo de 1971. Es escritor y periodista. En Argentina fue
jefe de redacción de la revista La Ventana, columnista de
opinión del Semanario Protagonistas y director del
periódico El Domingo. En su faceta literaria, ha recibido
el 1º Premio de Novela en la Bienal de Arte de Buenos Aires
(1991), con la obra 'Subir de espaldas la vida', y el
premio Juan Rulfo (París, 1998), con 'Nosotros lavamos
nuestra ropa sucia'.
Desde el año 2000 está radicado en Barcelona. Allí le ha
puesto voz a Mirta Bertotti, un ama de casa argentina; a
Letizia, una falsa princesa española; a Juan Dámaso,
vidente vasco con mucha mala entraña; y a Xavi L., un
esquizofrénico catalán. Estas cuatro blogonovelas han sido
pioneras en la literatura por Internet.
En febrero de 2004 comienza a escribir artículos, ensayos y
piezas cortas de ficción en 'Orsai'. Desde 2005 encarna,
desde la Red, al protagonista de la serie de TV 'Mi querido
Klikowsky', que lleva ya cuatro temporadas al aire en la
televisión de Euskadi.
Ha publicado las novelas 'Más respeto que soy tu madre'
(Plaza & Janés), recopilación de la historia virtual 'Los
Bertotti', bitácora elegida como la mejor del mundo por la
cadena alemana Deutsche Welle; y el "Diario de una mujer
Gorda" (Editorial Sudamericana), que será llevada al teatro
y al cine en 2008.
Sus cuentos y relatos aparecen en diversas revistas (La
Mujer de mi vida, Brando, NewsWeek, First). Colabora, como
periodista, en el Diario El País y la Cadena Ser. Acaba de
publicar su último libro de relatos, 'España, perdiste',
que ha editado Plaza & Janés en septiembre de 2007.
Roberto Bardini
http://bambupress.wordpress.com/
http://boletinbambu.wordpress.com/
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