[R-P] Las mentiras compulsivas de "Kristina"

C J Lazor clazor en ciudad.com.ar
Mar Oct 2 07:03:13 MDT 2007



Las mentiras compulsivas de "Kristina"
Por Ricardo Lafferriere

Para quienes sostienen que Cristina Kirchner no es deudora de lo idiosincrático 
del peronismo histórico, sólo observando su discurso con una mirada objetiva 
debiera alcanzarles para advertir su error.
No se trata ya del populismo autoritario, que, después de todo, hunde sus raíces 
en el pasado histórico hasta el Virreynato y renació en el país naciente con el 
"Restaurador", la mazorca y la persecución salvaje a los "salvajes unitarios" 
inmortalizada por Echeverría en "El matadero", el canónico cuento que describe 
con crudeza el carácter del "debate político" de la Argentina en sus primeras 
décadas.
Se trata de otra cualidad discursiva que puede reclamar como propia: la 
facilidad con que se apropia de éxitos ajenos convertidos en "logros históricos", 
y se despega de fracasos propios, achacados al conjunto.
La primera mentira: apropiarse de méritos ajenos
La Argentina de Kirchner, dijo la candidata consorte, ha protagonizado un 
crecimiento histórico, que va en camino de convertirse en el primer período de 
seis años consecutivos de crecimiento en los doscientos años de vida 
independiente.
¿De dónde sacó eso? ¿Cómo lo midió? ¿Desde cuándo hasta cuando? ¿Por qué seis 
años y no otro lapso cualquiera?
¿Olvida el crecimiento que tuvo el país desde 1890 hasta 1930, más consistente 
que el actual? ¿Olvida que la Argentina es el país de la región que menos 
creció, medida la economía desde que comenzó la recesión, en 1998, hasta ahora? 
¿Es tan mentiroso negar que el método de enfrentar la crisis financiera 
internacional que utilizaron Uruguay y Brasil fue infinitamente menos traumático 
que el camino argentino, de intolerancia política, bloqueo opositor al gobierno 
y connivencia entre oposición política y acreedores internacionales que llevaron 
al derrumbe del 2001?
La Argentina, por responsabilidad de su estructura política escasamente 
responsable, se zambulló hacia el abismo en el 2001 haciendo retroceder la 
economía y sometiendo al país a los dolorosos meses del derrumbe, en el 2002. En 
ese momento, la situación internacional de endeudamiento, altas tasas y bajos 
precios de exportación desató la crisis, y la incapacidad para procesarla nos 
llevó al derrumbe, en el que el país perdió un lustro de su historia.
La crisis uruguaya, similar en sus causas internacionales, llegó por la 
irresponsabilidad financiera de dos bancos privados. La respuesta del poder 
político fue enfrentarla aislando a los bancos en problemas, procesando y 
encarcelando a los banqueros responsables y generando un sólido acuerdo político 
entre el gobierno y la oposición de entonces (recordemos que eran nada menos que 
Jorge Batlle y Tabaré Vázquez) que permitió al presidente uruguayo presentarse 
ante el FMI con el respaldo de todo el Uruguay, requerir y obtener el apoyo 
necesario y sortear la crisis.
En nuestro país, esa misma crisis llegó de la mano del endeudamiento -generado 
por Menem en los últimos años de su gobierno- y del desequilibrio 
presupuestario, generado principalmente por las autoridades de la provincia de 
Buenos Aires, que lo trasladaban a través del Banco de la Provincia al sistema 
financiero nacional.
La respuesta argentina fue un acuerdo entre los causantes de la crisis y el 
sector de conducción del propio partido del gobierno para bloquearle la sanción 
del presupuesto nacional, impedir de esta manera el auxilio del FMI y provocar 
el derrumbe. El derrumbe, entonces, fue responsabilidad -en lo que hace a las 
causas internas- de la estructura política argentina para articular una salida 
que lo evitara.
¿Es inocente el peronismo de esa responsabilidad? Parece ingenuo siquiera 
sugerirlo, cuando era el peronismo el partido que tenía mayoría propia en ambas 
cámaras y gobernaba la provincia que empujó el país hacia el abismo. Eso queda 
en evidencia cuando recordamos que en nuestro país, a diferencia del Uruguay, no 
hubo banqueros presos: uno de los responsables fue designado Presidente de la 
Nación, y el otro Canciller.
Una vez en el fondo, obviamente el rebote era natural. Ya se había cumplido el 
objetivo: derrumbar al gobierno de la Alianza, hacerle pagar a los sueldos, 
jubilaciones, pensiones y acreedores del Estado el festival de endeudamiento, y 
adueñarse de "la Caja" del Estado.
A partir de allí, la iniciativa de los propios argentinos hizo lo demás, 
ayudados por la situación internacional que cambió totalmente desde mediados del 
2002, y no paró. El precio de la soja, que en 2001 no alcanzaba a 100 dólares, 
pasó a 250. El girasol, de 150 a los 300 que vale hoy. Pero la deuda externa, 
luego de haberse "reducido" en casi 70.000 millones de dólares que el país dejó 
de pagar a quienes confiaron en él, supera hoy a la que existía antes de la 
"exitosa renegociación". Quedan todavía, además, 20.000 millones en el limbo, de 
los que K se hace el distraído pero sus dueños no olvidan.
El único aporte de Kirchner al crecimiento ha sido su tacañería inicial, 
heredada de la gestión de Lavagna -ministro heredado, a su vez, del "capo 
mafia" -Cristina dixit- que lo entronizó-; y en desatar un irresponsable proceso 
inflacionario por incapacidad para traducir las -hoy- espectaculares condiciones 
externas en un crecimiento integrado, diversificado, moderno, inserto en las 
nuevo paradigma de la economía global. Ahora resulta que "por primera vez en la 
historia" (¡!) estamos creciendo, gracias a la gestión de Kirchner... (¡!)
En este festival de contradicciones, no faltó la "perlita" del presidente, que 
reconoce la mitad de lo ocurrido en el 2001: afirmó el presidente que "no nos 
hemos sentido acompañados por el FMI; si Estados Unidos hubiera ayudado a la 
Argentina en el 2001, no se hubieran ahondado las contradicciones como ocurrió". 
Más claro, agua.
La mitad que olvidó es que la ayuda del FMI no llegó porque el peronismo, 
mayoría absoluta en ambas Cámaras, no quiso aprobar el presupuesto nacional 
2002, sin el cual era imposible que el FMI avanzara con su apoyo, ya 
comprometido. De nuevo el mecanismo pícaro: la culpa del derrumbe fue del FMI -o 
en todo caso, del gobierno incapaz de la Alianza...-. Nada de culpas en su 
partido de entonces, que provocó, detonó e inflamó el estallido.
La segunda mentira: diluir en los demás las culpas propias
La inflación -dijo la candidata consorte en los Estados Unidos- no es un 
problema argentino sino internacional.
Aleluya.
¿Cuántos argentinos no darían su apoyo entusiasta a quien le propusiera adoptar 
la inflación internacional, cuyo promedio es del 4 % anual, en lugar del 25 % 
anual que ha generado la inefable irresponsabilidad del presidente consorte?
La inflación internacional existe, es consustancial con la propia dinámica de la 
economía mundial, en la que la emisión de moneda norteamericana financia el 
crecimiento chino -que, a su vez, arrastra el crecimiento de sus economías 
proveedoras de materias primas, como la nuestra-.
Pero nada tiene que ver con los alegres festivales de subsidios a la corrupción 
de gasoductos y transportes, a la abundancia de sobres y valijas llenas de 
dinero que se abandonan sin sufrimiento alguno en baños, aeropuertos y hasta en 
baúles de automóviles oficiales, o a la inundación de papel pintado en forma de 
"pesos" que son introducidos en la economía para sostener el valor ... ¡del 
dólar!, circunstancia única en el planeta.
Cristina sabe que la inflación internacional no tiene relación con la inflación 
argentina, y que si en algo incide, es en aumentar los saldos exportables del 
campo, sector al que, además, la administración de su marido le expropia más de 
la mitad de sus ingresos para ayudar al alegre festival del despilfarro.
Pero eso no se dice. Las preguntas aclaratorias de los empresarios 
norteamericanos se filtran. Los periodistas argentinos tienen la entrada 
prohibida. El país no debate estas cosas, que en opinión del universo K no 
forman parte de la agenda nacional.
Cristina Kirchner no es tonta. Su error, en todo caso, es creer que los demás lo 
son, y que puede seguir exhibiendo con impudicia, sin que nadie se de cuenta, su 
genética compulsión por la mentira.

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