[R-P] Magdalena al borde. Cap.III
carola chavez
tongorocho en gmail.com
Mar Oct 2 07:00:28 MDT 2007
Magdalena al borde
Capítulo III
Cucurrucucú, bujubuju, ¡bummm!
Dicen que por las noches
nomas se le iba en puro llorar,
dicen que no comía,
nomas se le iba en puro tomar,
juran que el mismo cielo
se estremecía al oír su llanto…
Del borde de la barra se aferraba Magdalena para sostenerse en pié.
Escuchaba bañada en lágrimas al mariachi colombiano, porque siempre
eran colombianos los mariachis del Guanajuato y siempre cantaban
aquella canción que, por ser tan como ella, la desgarraba.
Escuchaba a La Paloma de pié como quien escucha un himno. Cada vez que
aquel forzado Jorge Negrete de Bucaramanga lanzaba aquel terrible
cucurrucucú de pichón herido, a ella se le ponía la piel de gallina, o
de paloma en este caso.
La desesperación actuaba en su contra repeliendo a los imposibles
aspirantes a marido, que acudían en peregrinación cada viernes a su
barra favorita para olvidar la semana que terminaba y para no pensar
en la semana que se les venía encima.
Nadie quiere a una Paloma si hay Adelitas, Marías Bonitas, y un
catálogo completo de mujeres solas en un mundo donde, según ellas, ya
no quedan hombres.
Los mariachis callaron para dar paso al sonido de copas sucias y de
una escoba que barría las colillas de los mil cigarros que hicieron
del aire del Guanajuato una masa turbia e irrespirable. Nadie
escuchaba el sollozo de nuestra abatida heroína, los pocos empleados
que quedaban en el bar solo querían dar la noche por terminada, no
iban a alargarla por culpa de aquella sombra que se había vuelto tan
habitual, que le barrían los zapatos de tacón, le trapeaban sus manos
engarrotadas en la barra y, alguna vez, le pasaron el plumero por la
cabeza confundiéndola con alguno de los objetos decorativos que daban
al bar aquel aire de despecho que tanto gustaba a la clientela.
Solo Alejandra se detuvo esa noche a mirarla, solo ella desde su
fracaso pudo comprender a Magdalena. También le habían barrido los
pies en algún bar, también había sido un espectro solitario, por lo
que el llanto bajito de Magdalena lo sonó como propio.
¿Tienes cómo irte a tu casa?- preguntó a Magdalena, pero las sombras
no hablan, y menos si están llorando, así que la rodeó con sus brazos
y lloró un rato con ella para luego llevársela pasito a pasito hasta
donde la vida las llevara.
La vida las llevo al apartamento de Alejandra ya que La Paloma se
había quedado dormida en el carro y ella no quiso interrumpirle
aquellos minutos que parecían ser de paz.
Al llegar a la casa no tuvo mas remedio que interrumpir la aparente
placidez de la pobre quien, medio dormida, cruzó el umbral para
despertar abruptamente ante un altar lleno velas de colores, frutas,
flores, amuletos, imágenes, caramelos, piedras, figuras de animales,
plumas, ramas, caracoles, vasijas de barro, bombillitos intermitentes,
collares, tabaco, todo aquello frente a sus ojos que no entendían lo
que estaban mirando, que se sintieron mas borrachos que nunca, que
prefirieron cerrarse y desmayarse un rato a ver si al despertar se
encontraban otra vez con la imagen estéril de la lámpara del techo del
cuarto de su Magdalena.
Despertó una y otra vez solo para convencerse de que había muerto y
que el cielo no era el cielo de su catecismo. Que Dios era caribeño
porque olía a guayabas y la música de las liras sonaba como tambores.
Que San Pedro era Santa Petronila y vestía una bata de cayenas, fumaba
un tabaco demasiado grueso para sus finos dedos y, borracha como ella,
le sonreía encantada de verla allí muertita.
Así que el alma de Magdalena decidió descansar en paz y pasar la
borrachera en ese cielo tropical hasta que saliera el sol, si es que
el sol sale en el cielo.
Se despertó con un el penetrante y sabroso aroma de un café bien
colado que le trajo Santa Petronila a la cama. Después de dar tantos
tumbos por la vida, no le extrañó que la muerte fuera tan viva, con
café, tostadas y unas florecitas en la bandeja.
Pero la vida y la muerte están llenas de decepciones. Alejandra no
tardó en aclararle que el cielo no era el cielo, que solo era su casa,
que si, que ella tenía altares en todos lados, el de Yemanyá, el de
Buda, el de Ganesha, el de Santa Rita de Casia, de todo un poco
porque, según ella, más es mejor.
Le rogó que no llorara, que bebiera el café despacio, que la
escuchara, que la esperanza es lo último que se pierde, que te leo la
borra y el tabaco y te digo, que estoy aprendiendo, que además tengo
una bruja buenísima que lee las cartas, vístete que te llevo ya, que
desde que la visito mi vida ha cambiado, que yo te entiendo mujer,
estuve en ese mismo infierno y mírame ahora.
Magdalena la miraba y no veía nada mas que una mujer en technicolor
que vivía en un templo atiborrado de templitos recargados y, que
suponía, eran muy tediosos de mantener limpios y ordenados. No había
un hombre de carne y hueso besando a esa loca esta mañana, no había un
perro que le ladrara, pero había esperanza en sus ojos hinchados por
la resaca, y fue justamente esa esperanza lo que contagió a nuestra
Magdalena.
La guía espiritual, supo mientras iban a verla, era una señora
ricachona que descubrió su don adivinatorio, como pasa a menudo en
estos casos, después de rodar por las suntuosas escaleras de su casa y
golpearse la cabeza una y mil veces contra los escalones de mármol
hasta perder el conocimiento. Según ella misma cuenta, cuando abrió
sus ojos descubrió que no tenía dos sino tres. Con el tercer ojos veía
de maravilla, mientras que los otros dos, por tanto uso, necesitaban
lentes de contacto que, además de ayudarla a ver mejor, convertían a
unos corrientes ojos pardos en profundos ojazos azules como el cielo.
Desde entonces se dedicó a iluminar los caminos de cuanto ser sufrido
acudía a ella. No lo hacía por dinero, decía, porque ya la vida había
sido muy generosa con ella, pero cobraba porque así se lo habían
ordenado desde arriba. No sabían nuestras nuevas amigas que la orden
no venía desde ese arriba que ellas pensaban, venía de una salita que
quedaba el piso superior de la casa, donde el marido de la vidente
pasaba el día cosechando el fruto de la desesperación ajena.
En un saloncito que pretendía ser acogedor sin lograrlo. Sentada en un
sofá lleno de cojines tiesos, dorados y con forma de corazones,
Magdalena sintió un estremecimiento al ver entrar a la iluminada
envuelta en una bata llena de madroños que parecía una cortina del
palacio de Versalles. Era gorda, muy gorda y jadeaba al caminar
mientras, con un diminuto pañuelo bordado, secaba el sudor que bajaba
a chorros desde su papada hacia su profundo y arrugado escote.
-Sufres, veo que sufres amada criaturita.- Dijo mientras encendía un
tabaco, evidente culpable de tan ronca y carrasposa voz. Claro que
sufría, y no lo ocultaba, lloraba como una Magdalena. ¿Acaso no era
ese su nombre?. Se sentaron una en frente de la otra, mesita rococó de
por medio, un mazo de cartas sobadas por mil videntes de todos los
tiempos, una vela de canela, un corazón de cuarzo rosa y el destino de
Magdalena a punto de ser esparcido sobre aquella horrorosa mesita.
Corta aquí, en tres y con la mano izquierda, umjú, umjú, umjú… Echaba
las cartas sobre la mesa y sus ojos artificiales parecían salirse de
sus órbitas. El tercer ojo como que le explotó, y eso debe doler mucho
porque dio un alarido imposiblemente agudo, se santiguó al derecho y
al revés tres veces, y, llorando a moco tendido, echó a correr
escalera arriba olvidando en su desesperación el pañuelito, el tabaco
y el rollito de billetes que Magdalena le había entregado antes de
comenzar.
Magdalena se quedó petrificada, las lágrimas se le esfumaron y solo el
chirrido de sus dientes daban una señal de vida. No quería imaginar lo
que había visto aquel ojo esotérico, suponía que sería algo espantoso
ya que todavía escuchaba los alaridos de la gorda que ahogada en
llanto suplicaba que sacaran a esa muerta en vida de su casa.
Muerta en vida se la llevo Alejandra. Su recién estrenada amiga
parecía catatónica. No parpadeaba, respiraba muy de vez en cuando con
suspiros profundos y quejumbrosos y ya ni siquiera lloraba.
Alejandra, una curiosa de oficio, se moría por saber que cosas había
visto su maestra antes de enloquecer. Además tenía que recurrir a
otros videntes porque el tercer ojo de su guía no había logrado ver
aún a un hombre en su futuro y eso no se podía quedar así.
Fue de esa forma como comenzó el peregrinaje esotérico de Magdalena.
De la opulenta casona de la bruja histérica, después de una noche de
malos sueños, viajaron a un ranchito perdido en un pueblo de la costa,
donde un negro macizo, le fumaría un tabaco hediondo en la cara, la
caería a ramazos de ruda y para finalizar, en pleno trance, la bañaría
de aguardiente y saliva a fuerza de escupitajos. Todo esto mientras
hablaba una lengua desconocida, antigua, lejana.
-Ya está- Dijo en perfecto castellano el negrote con una sonrisa
extenuada. Se acostó en su catre, bebió los últimos tragos de
aguardiente que quedaban en la botella, Magdalena cerró los ojos
esperando ser escupida de nuevo, pero no, en lugar de rociarle la
cara, dejó escapar un eructo estruendoso y dijo: fuera Satanás y se
quedó dormido.
Empegostada, hedionda y y confundida regresaron a la casa de
Alejandra, a quien el negrote le había pintado la cara con sangre de
una gallina degollada in situ y le había cortado dos mechones de su
melena dejándola bastante trasquilada.
Así subieron al ascensor que siempre iba vacío, siempre que estaban
arregladitas y maquilladas, pero ese día, tres hermosos nuevos
inquilinos se vieron obligados a compartir el aire denso de ese
pequeño y claustrofóbico espacio con un par de locas apestosas.
Cinco pisos maldiciendo entre dientes, suplicándole a la tierra que se
las tragara, disimulando su indisimulable facha. Cinco pisos que
podían haber cambiado sus vidas, una puerta que no había terminado de
abrir y tres guapos príncipes que huían llenos de dudas acerca del
contrato de arrendamiento a largo plazo que acababan de firmar.
Otro día, otra consulta, y otra y otra y otra y otra y nada.
Habían perdido mucho tiempo y dinero, Magdalena había recuperado su
certeza que estaba condenada a la soledad, pero la esperanza de
Alejandra estaba intacta y tenía tanta que alcanzaría para las dos,
además que su curiosidad por conocer el destino de su amiga era mas
fuerte que su deseo de resolver su futuro. Por eso arrastró a nuestra
atribulada heroína hasta la cocina de Zoila.
Zoila era una bruja tan bruja que no se tenía que adornar con
escenografías, ni amuletos, o ningún tipo de utilería barata que, a su
entender, solo servían para distinguir a los charlatanes. Ella hacía
sus consultas en su cocina, entre frutas frescas, un marido, tres
niños y un perro. Era una bruja tan maravillosa que podía darse el
lujo de vivir una vida normal mientras descifraba el futuro, recetaba
baños y hacía despojos.
Fue en ese ambiente tan hogareño, tan deseado, donde Magdalena y
Alejandra obtuvieron respuestas. En la borra del café de Ale había un
hombre alto, canoso y viudo, un matrimonio relámpago y una luna de
miel eterna. Fue el café más sabroso de su vida.
Para Magdalena el tarot. En las cartas de Magda había tantas
situaciones terribles y confusas que Zoila tuvo buscar y rebuscar
entre un sin fin de calamidades, con una determinación casi heroica,
hasta encontrar a un hombre. -Mira Magda ¡aquí está!.- exclamó
victoriosa y aliviada. Es un viajero, con muchos kilómetros a cuestas,
es guapo, es alto, delgado, y vestido de azul. No Magda, las cartas
nunca dicen el número de teléfono, no. Está aquí, en tu futuro, lo veo
contigo, llevándote y tu dejándote llevar. Va cantando tu amor, las
cartas no mienten…
Magdalena buscaba a un viajero y ¿Que mejor lugar para buscarlo que en
el aeropuerto? Pasó sus días caminando el terminal de arriba a abajo
rastreando a su amor alto, delgado y vestido de azul. Seguro que era
un piloto. Siempre le gustaron los hombres en uniforme…
Piloto que encontraba, piloto que tenía que darle primeros auxilios a
causa de sus premeditados desmayos. Piloto que encontraba, piloto que
huía despavorido al ser besado por la víctima mientras este le
administraba la respiración boca a boca.
Se convirtió nuestra sufrida en una leyenda urbana: la loca del boca a
boca. Su fama llegó mas allá de las fronteras aeroportuarias de tal
modo, que se creo una especie de histeria colectiva que fue causante
de algunos episodios muy confusos: Si alguna viejita se desvanecía en
la calle, no había quien la socorriera por temor recibir un beso senil
de labios arrugados. Si, en cambio, la accidentada era joven y
atractiva, entonces sería aplastada por una horda de héroes al rescate
que insistían en darle el boca a boca muy a pesar de que solo se le
había torcido un tobillo.
Le prohibieron la entrada el aeropuerto a menos que presentara un
boleto de avión y su pasaporte. Aquello fue un acto despiadado que
acabo con la pequeña luz de esperanza que abrigaba en su magullado
corazón.
Ignorando los consejos de Zoila Bruja y de su amiga Alejandra, quien
cada día parecía estar mas feliz y distante, se recluyó en su atea
habitación sin tener siquiera el consuelo de los santos milagrosos, ya
que estaba convencida que los milagros no existen y los santos
tampoco.
Un día cualquiera, creo que era un catorce de febrero, llamó Alejandra
a su amiga del alma: Magda, me casé y me voy a Europa. Un silencio
espeso seguido de un tartamudeante y atribulado ¿Si? Que bueno, me
alegro mucho por ti y por quien quiera que sea tu marido, y luego un
profundo gemido, dieron por zanjada una amistad intensa que había
durado solo cuatro meses cuando se suponía que duraría toda la vida.
Esperó un tiempo. Esperó esperando que lo que esperaba no se hiciera
esperar mas. Esperó hasta desesperar y, desesperada, por poco derribó
a puñetazos la puerta de Zoila bruja. Exigía una explicación, una
compensación, una consulta gratis con resultados instantáneos, quería
a su vaticinado viajero, quería ser Alejandra, estar en Europa,
caminando entre cagadas de palomas en cualquier placita de París,
quería estar muerta, quería matar a alguien, no sabía lo que quería,
quería si, quería a un hombre que no se fuera.
-Ya veo lo que pasa,- dijo Zoila, con la tranquilidad que caracteriza
a quien ve un futuro brillante ante sus ojos; el suyo. -Alguien te ha
montado un trabajo, una cosa muy fuerte y dañina, un trabajo hecho con
mucho odio y envidia, veo sangre, veo excrementos, veo una mujer
blanca muy mala y un hombre negro que está bien bueno. Perdón sigo, un
negro hechicero que sabe mucho. Te han dañado mi amiga pero esto no se
queda así. Al fuego agua, a los bichos palo y a este trabajo dinamita.
Si mi estimado lector, dinamita. Enterose Magdalena que para romper un
hechizo de tal magnitud hay que tomar medidas explosivas. La receta es
sencilla, por complicada que parezca: un cartucho de dinamita, una
orilla de río, un hoyo en la tierra, un puñado de pelos de cola de
rabipelao, una botella de aguardiente para encender el animo, y
fósforos para encender la mecha.
Vestidas de blanco pureza, con los pies descalzos enterrados en el
fango, cavaron el hoyo mientras Zoila, con los ojos en blanco,
invocaba a cuanto espíritu bueno quisiera sumarse a tan compleja
misión. Magdalena, siguiendo las instrucciones de Zoila, introdujo el
cartucho en el hoyo, dibujó un circulo de aguardiente en la tierra y
colocó el puñado de pelos de cola de rabipelao en el centro del mismo,
luego se arrodilló y encendió un fósforo, con tan mala suerte que el
aguardiente prendió fuego y este alcanzó la mecha y ¡bum!.
Una lluvia de piedras y lodo las aplastó contra el suelo. Zoila perdió
el conocimiento y con él sus ancestrales poderes, como sucede a menudo
en estos casos. Magdalena quedó tapada hasta el cuello, inmovilizada
por el miedo y por varios kilos de tierra mojada y hedionda a
vegetación podrida.
Cuando Zoila volvió en si, pidió ayuda a Yemanyá, pero no obtuvo
respuesta, invocó a María Lionza y nada, llamó a su marido por el
celular y tampoco. Sintió tanto odio por Magdalena que le lanzó una
maldición estéril. Se sacudió la tierra, se limpió un poco de sangre
que brotaba de su cabeza y, a modo de despedida definitiva le dijo:
¡Púdrete pavosa!
Enterrada hasta el pescuezo, a merced de los elementos y, peor aún, de
los insectos a los cuales les tenía tanta grima. Impotente,
inmovilizada, rodeada de vegetación y silencio, ¿Pedirá ayuda nuestra
enlodada heroína? ¿Valdrá la pena hacerlo?
El zumbido en sus oídos, ¿es un zumbido en sus oídos?
No se pierda el próximo capítulo de este interminable suplicio hecho mujer:
Magdalena al borde
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