[R-P] Rv: [redial_s_bolivar] Fidel Castro: La coincidencia de ideas fue uno de los factores que más ayudó a mi afinidad con el Che .?=

Patricia desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Lun Oct 1 10:34:58 MDT 2007


Fidel habla sobre Ernesto Che Guevara (I) 

La coincidencia de ideas fue uno de los factores que
más ayudó a mi afinidad con el Che


(Tomado del Capítulo 7 del libro Cien horas con Fidel)
http://www.granma. cubaweb.cu/ 2007/10/01/ nacional/
artic01.html
1º de Octubre de 2007.


MÉXICO - EL ENCUENTRO CON EL CHE - COMPLICIDAD
INTELECTUAL - PERSONALIDAD y VOLUNTAD - PREPARANDO LA
GUERRILLA - ENTRENAMIENTOS - EL GRANMA


Después de pasar dos años en la cárcel, en la Isla de
Pinos, usted se marcha al exilio a México, y cuando
llega allí se encuentra por primera vez con Ernesto
Che Guevara. Me gustaría que me dijese en qué
circunstancias lo conoció.

A mí me place hablar del Che, realmente. Es conocido
el recorrido del Che cuando estaba en Argentina
estudiando; sus viajes en motocicleta por el interior
de su país, luego por varios países latinoamericanos,
Chile, Perú, Bolivia y otros lugares. No olvidar que,
en Bolivia, se produjo en el año 1952, después del
golpe de Estado militar de 1951, un fuerte movimiento
de obreros y campesinos, que dieron allí la batalla y
tuvo mucha influencia.

Es conocido el recorrido del Che a punto de graduarse
como médico, con su amigo Alberto Granado, durante el
que visitaron distintos hospitales y terminaron en un
leprosorio allá por el Amazonas trabajando como
médicos. Él visitó muchos lugares de América Latina;
estuvo en las minas de cobre de Chuquicamata, en
Chile, donde el trabajo es muy duro; atravesó el
desierto de Atacama; visitó las ruinas de Machu Picchu
en Perú; navegó por el lago Titicaca, siempre
conociendo e interesándose mucho por los indígenas.
Estuvo también en Colombia, en Venezuela. Tenía mucho
interés por todos aquellos temas. Desde su época de
estudiante se había interesado por el marxismo y el
leninismo. De ahí, es sabido que él se traslada a
Guatemala, cuando lo de Árbenz.

El presidente Jacobo Árbenz estaba haciendo, en ese
momento, reformas muy progresistas en Guatemala.

Sí. Allí tenía lugar un proceso importante de reforma
agraria, en que resultaron distribuidas entre los
campesinos grandes plantaciones de plátano explotadas
por una importante transnacional norteamericana. Dan
un golpe los militares con el apoyo de Estados Unidos,
y aquella reforma agraria fue frustrada de inmediato.
En aquella época hablar de reforma agraria era cosa de
comunistas, era ser identificado, de manera
automática, como un comunista.

En Guatemala habían hecho una y, como en todas partes,
los poderosos comenzaron enseguida a oponerse. También
los vecinos del Norte y sus instituciones
especializadas organizaron de inmediato acciones
contrarrevolucionar ias para derrocar al presidente
electo, Jacobo Árbenz, con una expedición desde la
frontera y la complicidad de jefes militares del viejo
ejército.

Cuando nuestro movimiento ataca el cuartel Moncada el
26 de julio de 1953, un número de compañeros consigue
escapar del país. Antonio "Ñico" López y otros van a
Guatemala. Che ya estaba allí, y sufre la amarga
experiencia del derrocamiento de Jacobo Árbenz, conoce
a nuestros compañeros y con ellos se va para México.

¿Su hermano Raúl lo conoció antes que usted?

Sí, porque Raúl es uno de los primeros que sale de
Cuba hacia México. Estaban ya acusándolo hasta de
poner bombas, y yo mismo le indico: "Tienes que
salir". La idea de organizar en México el regreso
armado la habíamos concebido en la prisión. Era una
tradición en Cuba. Raúl va para México y allí conoce
al Che por intermedio de nuestros compañeros que ya
estaban allí. Bueno, aún no era el Che, era Ernesto
Guevara, pero como los argentinos les dicen a los
demás "iChe!", los cubanos comenzaron a llamarlo
"Che", y así se le fue conociendo.

Yo pude retardarme un poco en salir porque no estaba
en inminente peligro; pero no podía seguir agitando en
Cuba y llegó el momento en que también tuve que partir
para México. Entre otras cosas, había que preparar
rápidamente el regreso. En las semanas posteriores a
nuestra salida de prisión, habíamos desarrollado una
intensa campaña de divulgación de ideas y formación de
conciencia, habíamos estructurado nuestra propia
organización revolucionaria —el Movimiento 26 de
Julio— y habíamos demostrado la imposibilidad de
proseguir la lucha por vías pacíficas y legales.

¿El Che simpatizaba ya con las ideas de ustedes?


Él era ya marxista. Aunque no militaba en ningún
partido, era en esa época un marxista de convicción.
Allí, en México, estaba en contacto con Ñico López,
uno de los dirigentes del Movimiento, buen compañero,
modesto, del Partido Ortodoxo, muy radical y valiente,
a quien yo le había hablado mucho de marxismo, era ya
un convencido. Participó en el ataque al cuartel de
Bayamo. La coincidencia de ideas fue uno de los
factores que más ayudó a mi afinidad con el Che.

¿Usted se da cuenta, cuando lo encuentra por primera
vez, que el Che es diferente?

Él cuenta con la simpatía de la gente. Era de esas
personas a quien todos le toman afecto inmediatamente,
por su naturalidad, su sencillez, su compañerismo y
sus virtudes. Era médico, estaba trabajando en un
centro del Instituto del Seguro Social haciendo unas
investigaciones, no sé si sobre cosas cardíacas, o
sobre alergia, porque él era alérgico.

Padecía asma.

Al grupito nuestro que estaba en México le caía bien.
Ya Raúl había trabado amistad con él. Lo conozco
cuando llego a México. Él tenía 27 años.

Él mismo cuenta que nuestro encuentro tuvo lugar una
noche, en julio de 1955, en la calle Emparan de la
capital de México, en la casa de una cubana, María
Antonia González. Nada tiene de extraño su simpatía,
si él ha viajado por América del Sur, ha visto lo de
Guatemala, ha sido testigo de la intervención
norteamericana, sabe de nuestra lucha en Cuba, sabe
cómo pensamos. Llegamos, conversé con él, y allí mismo
se unió a nosotros.

Él sabía que en nuestro movimiento también había
pequeña burguesía; que íbamos a una revolución de
liberación nacional, una revolución antimperialista,
no se vislumbraba todavía una revolución socialista;
pero esto no fue obstáculo, se suma rápido, se enrola
de inmediato.

Él se alista en la aventura.

Una sola cosa me dice: "Yo lo único que quiero es que
cuando triunfe la Revolución en Cuba, por razones de
Estado ustedes no me prohíban ir a la Argentina para
luchar por la revolución".

¿En su país?

Sí, en su país. Es lo que me dice. Ya nosotros
practicábamos una incipiente pero fuerte política
internacionalista. ¿Qué era nuestra conducta en
Bogotá, la lucha contra Trujillo, la defensa de la
independencia de Puerto Rico, la devolución del Canal
a Panamá, los derechos de Argentina sobre las Malvinas
y la independencia de las colonias europeas en el
Caribe? No éramos unos simples aprendices. El Che
confió plenamente en nosotros. Le respondí: "De
acuerdo", y no hizo falta hablar más de eso.

¿Él empezó a entrenarse militarmente con ustedes? 

Asistía a un curso de táctica que nos daba un general
español, Alberto Bayo, nacido en Camagüey, Cuba, en el
año 1892, antes de la independencia. En los años 20
había luchado en Marruecos en el Ejército del Aire y
después, como oficial republicano, combatió en la
Guerra Civil española y se exilió en México. Che
asistía a todas aquellas clases tácticas. Bayo decía
que era su "mejor alumno". Los dos eran ajedrecistas,
y allí en el campamento donde estaban antes del
arresto, jugaban ajedrez todas las noches.

Bayo no rebasaba las enseñanzas de cómo debe actuar
una guerrilla para romper un cerco, a partir de la
experiencia de las veces que los guerrilleros
marroquíes de Abdelkrim, en la guerra del Rif,
rompieron los cercos españoles. Ahora, no elaboraba
una estrategia, no le pasaba por la mente la idea de
que una guerrilla se convirtiera en ejército, y que
ese ejército pudiera derrotar al otro, que era nuestra
idea esencial.

¿Eso era lo que ustedes querían hacer?

Cuando hablo de ejército, hablo de desarrollar una
fuerza que derrotara a otro ejército. Era nuestra idea
esencial cuando partimos hacia México. Las proezas de
nuestra pequeña fuerza en los meses iniciales de la
lucha en la Sierra Maestra fortalecieron esa idea.

¿Su idea era transformar una guerrilla en ejército y
hacer una forma de guerra de nuevo tipo?

Hay dos tipos de guerra: una guerra irregular y una
guerra regular convencional. Nosotros elaboramos una
fórmula para enfrentarnos al ejército de Batista, que
poseía aviones, tanques, cañones, comunicaciones.
Nosotros no teníamos ni dinero ni armas. Tuvimos que
buscar y encontrar la forma de derrocar la tiranía y
hacer la Revolución en Cuba. El éxito coronó nuestra
idea. No voy a decir que todo fueron méritos; el azar
desempeñó importantes papeles. Uno puede cometer
errores o puede hacer las cosas lo más perfectamente
posible y siempre hay cosas que no pueden preverse;
perecer o sobrevivir por una simple cuestión de
detalles, por recibir o no una información oportuna.
Recuerde el dolor con que hablé de factores casuales
que determinaron la frustración de nuestros planes de
tomar el cuartel Moncada después de tanto esfuerzo
organizativo. Ya hablaremos también de la sorpresa
tonta de que fuimos víctimas después del desembarco
del "Granma". ¿Cuántas vidas valiosas no habrían
podido preservarse en uno u otro caso?

En México, con Bayo se entrenaron numerosos
compañeros. Yo tenía que atender las tareas de
organización y adquisición de armas, y entrenaba el
personal en los campos de tiro. Tenía que moverme
mucho. Era muy difícil para mí participar en los
cursos de Bayo.

¿El Che seguía los cursos asiduamente?

Sí, los cursos teóricos, también las prácticas de tiro
y era muy buen tirador. Allí, en México, nosotros
practicábamos tiro en un campo próximo a la ciudad de
México. Era propiedad de un antiguo compañero de
Pancho Villa, y se lo habíamos alquilado. Disponíamos
al desembarcar de 55 fusiles con mirilla telescópica.
Practicábamos con esos fusiles el tiro a pulso sobre
ovejos en movimiento que soltaban de un punto a otro a
200 metros del tirador. Podíamos romper un plato a 600
metros. Nuestra gente tiraba muy bien. Poníamos a un
hombre a 200 metros, y a su lado una botella;
apuntábamos con la mira telescópica; la mirilla te
proporciona una gran precisión. Hacíamos cientos de
disparos. Uno de los voluntarios era El Coreano.
Poníamos la botella a un pie de distancia; tuve que
hacer ese disparo muchas veces, y nunca un disparo
cayó entre la botella y la persona, el fusil bien
apoyado, desde luego; no se puede hacer eso a pulso,
porque con la más leve variación hieres al compañero.
Tales prácticas proporcionaban una confianza total en
lo que puede hacerse con una de esas armas.

¿El Che no tenía ninguna experiencia militar cuando
llega allí? 

No, ninguna. No tenía.

¿Allí aprende?

Estudia y practica, pero él está con nosotros como
médico de la tropa, y resultó ser un médico destacado,
atendía a los compañeros. Puedo referirme a una
cualidad que lo retrata, una de las que yo más
apreciaba, entre las muchas que observé en él. El Che
padecía de asma. En las inmediaciones de la capital
mexicana se yergue un volcán, el Po-pocatépetl, y él
todos los fines de semana trataba de subir el
Popocatépetl. Preparaba su equipo —es alta la montaña,
más de 5 mil metros, con nieves perpetuas—, iniciaba
el ascenso, hacía un enorme esfuerzo y no llegaba a la
cima. El asma obstaculizaba sus intentos. A la semana
siguiente intentaba de nuevo alcanzar la cumbre del
"Popo" —como él le llamaba— y no llegaba. Nunca
alcanzó la cima del Popocatépetl. Pero volvía a subir,
para intentarlo de nuevo, y se habría pasado toda la
vida en el afán de escalar el Popocatépetl. Realizaba
un esfuerzo heroico, aunque nunca alcanzara aquella
cumbre. Usted aprecia ahí el carácter. Aporta una idea
de su fortaleza espiritual y su constancia.

Una voluntad...

Cuando éramos todavía un grupo muy reducido, cada vez
que se necesitaba un voluntario para una tarea
determinada, el primero que siempre se ofrecía era el
Che.

Otra característica de él, sin duda, era esa previsión
profética que demuestra cuando me pide que por razones
de Estado no se le prohíba marchar después a su tierra
natal para luchar por la revolución.

¿De que quería ir a Argentina?

Sí. Y después, en nuestra guerra, yo tuve que hacer un
esfuerzo para preservarlo, porque si le hubiese dejado
hacer todo lo que quería hacer, no habría sobrevivido.
Desde los primeros momentos se fue destacando. Cada
vez que hacía falta un voluntario para una misión
difícil, lograr una sorpresa, recuperar unas armas que
debían rescatarse a fin de que no las ocupara el
enemigo, el primer voluntario era el Che.

¿Era voluntario para ir a las misiones más peligrosas?

Era el primer voluntario para cualquier misión
difícil; se caracterizaba por un extraordinario
arrojo, un absoluto desprecio del peligro, pero,
además, a veces proponía hacer cosas muy difíciles y
riesgosas. Yo le decía: "No".

¿Porque corría demasiados riesgos?

Mire, usted manda a un hombre a una primera emboscada,
a una segunda, a una tercera, y a la cuarta, a la
quinta o a la sexta, seguro, es como cara o cruz: en
un combate muy de cerca, a nivel de escuadra o
pelotón, muere como mueren los que practican la
aventura de la ruleta rusa.

¿No había problema de que él no fuese cubano?

Sí, en México lo habíamos puesto al frente de un
campamento y hubo algunos que empezaron a quejarse de
que era argentino, y se buscaron la gran bronca
conmigo. No voy a mencionar nombres ahora, porque
después cumplieron. Sí, allá en un campamento de
México. Aquí en la guerra era el médico, pero por su
valentía, sus condiciones, lo hicimos jefe de una
columna en la que se destacó por sus muchas
cualidades. Nadie lo cuestionó.

¿Humanas, políticas, militares?

Humanas y políticas. Como hombre, como ser humano
extraordinario. Era, además, una persona de elevada
cultura y de gran inteligencia. Y también con
cualidades militares. El Che fue un médico que se
convirtió en soldado sin dejar de ser médico un solo
minuto. Hubo muchos combates en los que estuvimos
juntos. En ocasiones yo reunía las tropas de las dos
columnas y hacíamos una operación de mayor o menor
complejidad, con emboscadas y previsibles movimientos
de fuerzas enemigas.

Los revolucionarios aprendimos luchando el arte de la
guerra, descubrimos que el enemigo era fuerte en sus
posiciones y débil en sus movimientos. Una columna de
300 hombres tiene la fuerza de una o dos escuadras que
van delante; los demás no disparan en los combates, o
realizan solo disparos al aire para hacer ruido, no
ven ni pueden ver a los que están disparando contra su
vanguardia. Fue un principio elemental que usamos:
atacar al enemigo cuando era más débil y vulnerable.
Si atacábamos sus posiciones, teníamos siempre bajas,
gastábamos balas, y no siempre tomábamos el objetivo;
el enemigo, en cambio, estaba atrincherado, combatía
con más información y seguridad. Fuimos desarrollando
las tácticas. No le voy a hablar de eso, pero fuimos
aprendiendo a combatir contra un adversario fuerte, y
la Columna 1 fue escuela básica.

Ustedes en un momento en México, cuando están
entrenándose, caen presos. ¿Recuerda usted aquello?

Sí. Eso tiene su historia. Caímos presos. Yo soy
arrestado casi por casualidad. Un papelito por aquí u
otro por allá que la policía mexicana fue descubriendo
hasta en los bolsillos de los arrestados, con alguna
dirección o algún teléfono. Ninguno dio ni la más
mínima información.

Tuvimos suerte: habíamos tropezado con la Federal de
Seguridad y no con la Policía Secreta. La dirigía un
oficial del ejército. Ellos creían inicialmente que
éramos contrabandistas o algo así, porque nos hicimos
sospechosos por determinadas medidas de protección
contra planes de secuestro por parte de agentes
batistianos. Les parecieron extraños nuestros
movimientos. De milagro no nos matan en el incidente
posterior que se produjo.

Batista tenía influencia y el apoyo por soborno de la
Policía Secreta, y también planes de secuestrarnos en
México. Nosotros estábamos obligados a tomar medidas,
y un día, ya casi de noche, cuando nos trasladábamos
de una casa para otra, en situación de riesgo, varios
agentes de la Federal, que estaban en otra cosa,
viendo nuestro movimiento, decidieron arrestarnos.
Actuaron con bastante habilidad. Yo me estaba
desplazando a pie —porque también observamos
movimientos extraños de carros—, y ubico a Ramirito a
30 ó 40 metros detrás de mí, caminando por la acera
izquierda. Avanzo por esa misma acera hacia una
esquina próxima. Era un área de pocas viviendas. En
esa esquina había una casa en construcción. De pronto,
viniendo desde atrás por la misma calle, un carro
frena ruidosamente muy próximo a la esquina, y de él
se baja un grupo de hombres. Me parapeto en una
columna de la construcción e intento sacar una pistola
automática española con peine de 25 balas. En ese
instante exacto, alguien me coloca con fuerza el cañón
de una pistola en la nuca. Era un hombre de la
Federal. Habían capturado a Ramiro. Para nosotros
comenzaba una larga odisea en México.

¿Qué había ocurrido? Cuando creo que tengo a Ramirito
y a Universo [Sánchez] a mi retaguardia, los han
capturado, y en el instante en que voy a defenderme de
los que bajan del auto, me inmovilizan por detrás; si
llego a disparar, podrá imaginarse cuántos segundos
duro. En ese mismo momento en que estoy sacando el
arma me arrestan. Creen que han arrestado a
contrabandistas o algo parecido. Casi no existía en
esa época el problema de las drogas, la atención de
las autoridades se centraba más bien en el
contrabando. Nos llevan para la oficina central.

A nosotros lo que nos alivia en lo inmediato es que
comienzan a conversar con nosotros. Era gente dura y
con una actitud bastante enérgica. Fueron realmente
capaces en la acción de captura y en la investigación,
porque ocupaban un papelito cualquiera y seguían el
hilo minuciosamente. ¡Cuánto sufrí yo allí arrestado,
al recordar que Cándido González —uno de los
compañeros que siempre me acompañaba— había puesto en
mi bolsillo el número de teléfono de la casa en que
teníamos un importante lote de las mejores armas, que
solo el otro compañero y yo conocíamos! Ni siquiera me
acordaba de aquel papelito. Y menos mal que a los
agentes, que siguieron todas las pistas, no se les
ocurrió investigar aquel teléfono más minuciosamente
todavía. Hubiera sido el golpe más fuerte. Pero nos
ocuparon de todas maneras una cantidad de armas
siguiendo otras pistas. Uno podía apreciar, sin
embargo, que a medida que nos conocían nos respetaban
más.

¿El Che no está con usted en ese momento, cuando le
arrestan?


No. Al Che lo arrestan cuando está en aquel campamento
donde eran entrenados, el rancho Santa Rosa, en
Chalco, situado en los límites de la ciudad. Ellos
estaban buscando el lugar, tenían indicios y se
empeñaron en dar con él. Un día me dice el jefe: "Ya
sabemos dónde está el lugar de entrenamiento" . Era
como un juego o un desafío. Estuvieron bastante tiempo
buscando y no sé cómo agarraron alguna pista real, la
empataron con la versión de alguien que por Chalco
había hablado de movimientos extraños de cubanos y me
dicen el lugar exacto donde estaba el rancho. Yo sabía
que allí había alrededor de 20 compañeros, y que
tenían armas. Ante el carácter preciso de aquella
información, le digo al jefe de la Federal: "Quiero
pedirle una cosa: permítame ir con ustedes adonde
están ellos, para evitar allí un enfrentamiento" .
Estuvo de acuerdo. Fui, llegué, les pedí a los de la
Federal que me dejaran solo; escalé un portón y me
asomé. Los compañeros, al verme, manifestaron enorme
alegría, creían que yo había sido puesto en libertad.
Les digo: "No, no, ¡quietos, no se muevan!" Y expliqué
lo que ocurría.

Allí es donde arrestan al Che. Hay algunos que estaban
por el campo fuera de la casa o en otras tareas, y se
salvan del arresto. Bayo era uno de ellos. No cae
preso, no estaba allí. Como dato curioso le cuento que
semanas antes había hecho un ayuno de 20 días, solo
para probar el ejercicio de la voluntad. Era
espartano. Había encabezado durante la Guerra Civil
española una expedición a las Baleares. No pudo
liberarlas de los franquistas.

Él siempre, después de cada aventura bélica y su
imparable fracaso, escribía un libro, y ya estaba
elaborando uno mientras estábamos presos: Mi frustrada
expedición a Cuba. Era genio y figura hasta la
sepultura aquel español que había nacido en Cuba y se
había criado en las Canarias.

¿A él no lo detienen?

No. Bayo no cae preso, no está ahí en ese momento;
pero sí ocupan varias decenas de armas, que eran las
que teníamos en ese lugar, con las que los compañeros
hacían allí entrenamiento, y no eran por cierto las
más sofisticadas y precisas. Aquellos fusiles no
tenían mirillas telescópicas. En el rancho había una
producción de leche y queso de chiva, administrada por
unos vecinos amistosos; era lo que camuflaba el centro
de entrenamiento.

Pero la policía, investigando arduamente, como
expliqué, había encontrado algunos indicios, y
finalmente el lugar. Ahí es donde el Che cae preso.

¿Ustedes están en la cárcel juntos?

Sí, estamos juntos casi dos meses en prisión. ¿Cuándo
él nos crea un problema? Cuando al Che lo van a
interrogar, y le preguntan: "¿Usted es comunista?"
"Sí, soy comunista", contesta y los periódicos, allá
en México, hablando de que se trataba de comunistas
que estaban conspirando para "liquidar la democracia"
en el continente, y no se sabe cuántas cosas más. Al
Che lo llevan ante un fiscal, lo están interrogando, y
él hasta se puso a discutir sobre el culto a la
personalidad y la crítica a Stalin. Imagínese al Che
enfrascado en una discusión conceptual con la Policía,
el Fiscal y las autoridades migratorias sobre los
errores de Stalin. Esto ocurría en julio de 1956, y en
febrero de ese mismo año se había producido la crítica
de Jruschov a Stalin. Se acogía, desde luego, a las
versiones oficiales del Congreso del Partido
soviético. Che les dice: "Sí, cometieron errores en
esto y lo otro", defendiendo su teoría y sus ideas
comunistas. ¡Figúrese!, él, que era argentino, en ese
momento tenía más riesgos. Creo sinceramente que en
situaciones como aquella en que todo el proyecto podía
peligrar, lo más conveniente era desinformar al
enemigo. Pero al Che, fuertemente influido por la
épica de la literatura comunista, no se le podía
reprochar por aquel enredo táctico, que no impidió su
viaje con nosotros a Cuba.

Prácticamente los últimos dos que salimos fuimos él y
yo. Incluso, creo que a mí me sacan unos días antes
que a él. En el asunto de los cubanos presos intervino
Lázaro Cárdenas, y la preocupación que mostró
contribuyó mucho a nuestra liberación. Su nombre era
venerado por el pueblo, y su autoridad moral era capaz
de abrir las puertas de aquella prisión.

Se dice que el Che tenía más bien simpatías
trotskistas. ¿Usted lo percibió en aquel momento?

No, no. Déjeme decirle, realmente, cómo era el Che. El
Che ya tenía, como le digo, una cultura política.
Había leído naturalmente un número de libros sobre las
teorías de Marx, de Engels y de Lenin. Él era
marxista. Nunca lo oí hablar de Trotski. Él defendía a
Marx, defendía a Lenin, y criticaba a Stalin. Bueno,
criticaba en aquel entonces el culto a la
personalidad, los errores de Stalin; pero nunca le oí
hablar realmente de Trotski. Él era leninista, y, en
cierta forma hasta reconocía algunos méritos de
Stalin. Es decir, la industrializació n y algunas
otras cosas.

En mi fuero interno, yo era más crítico de Stalin por
algunos de sus errores. Sobre él cae la
responsabilidad, a mi juicio, de que ese país hubiese
sido invadido en 1941 por la poderosa maquinaria
bélica de Hitler, sin que las fuerzas soviéticas hayan
recibido la orden de alarma de combate. Stalin
cometió, además, graves errores. Es conocido su abuso
del poder y otras arbitrariedades. Pero también tuvo
méritos. La industrializació n de la URSS y el
traslado y desarrollo de la industria militar en
Siberia fueron factores decisivos en aquella lucha del
mundo contra el nazismo.

Yo, cuando lo analizo, valoro sus méritos y también
sus grandes errores, y uno de ellos cuando purgó al
Ejército Rojo en virtud de una intriga de los nazis,
con lo que debilitó militarmente a la URSS, en
vísperas del zarpazo fascista.

Él mismo se desarmó.

Se desarmó, se debilitó, y firmó aquel nefasto pacto
germano-sovié tico Ribbentrop-Molotov y las demás
cosas. Ya le he hablado de eso, no voy a añadir más.




"El lado oscuro, busca una víctima, lo sé, se siente, se sabe y se calla. Víctima, o victimario cómo saber de qué lado estamos. El lado oscuro de la luna no brilla pero atrae. En él podría ofrecerme y ser víctima de cada pensamiento impuro, ser poseída, penetrada, obligada, sometida, arrasada, quemada, hundida, destruida, humillada, irreal, o tal vez ganadora, domadora, desgraciada, malvada, perversa, morbosa, oscura, absurda, real. A cuántos amantes he arrancado desde las entrañas los más impuros pensamientos, vaciado el alma, perdido los sentidos, por cuántos yo he sentido eso? Será que soy un infinito vacío que llora desde el lado oscuro de la Luna, será que necesito una víctima, será que necesito un victimario...es como recordar un sueño incontable..."



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