[R-P] "La inseguridad social será el tema del futuro" - Loic Wacquant
Patricia
desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Mie Nov 28 09:50:34 MST 2007
"La inseguridad social será el tema del futuro"
Lo dice el sociólogo francés Loic Wacquant
28 de noviembre de 2007
Lejos de ser un sociólogo de laboratorio, al francés
Loic Wacquant le gusta meter los pies en el barro: no
dudó en hacerse boxeador, en Chicago, para llegar a
comprender, en su propia piel, las claves de la nueva
marginalidad urbana, el área de su especialidad.
La tesis central de sus trabajos sobre los guetos
urbanos resulta inquietante: “Al contrario de lo que
se supone, el crecimiento económico fabricará más y
más pobres. La solución a la desigualdad ya no pasará
exclusivamente por generar más empleos y que la gente
pueda vivir de su trabajo. Eso ya no será posible,
porque la supervivencia no podrá garantizarse sólo a
través del mercado laboral. Se deberá pensar en nuevas
maneras de distribuir los derechos sociales y
económicos, porque la inseguridad social será el gran
tema del siglo XXI”.
Wacquant, de 47 años, es el principal discípulo del
sociólogo francés Pierre Bourdieu, uno de los más
influyentes y conocidos del siglo XX. Con él escribió
Una invitación a la sociología reflexiva.
Durante una entrevista con LA NACION, afirmó que el
rechazo de buena parte de la clase media a las
protestas piqueteras encubre un profundo miedo
colectivo a caer en la marginalidad. "La incertidumbre
de las personas de clase media de no tener seguridad
en su trabajo les genera una gran ansiedad, porque
temen no poder transmitirles a sus hijos su estatus
social. Ese pánico se transforma en hostilidad. «Ese
podría ser yo», piensan cuando se topan con un
piquetero", dice, agudo, Wacquant, que también es
antropólogo.
Loic Wacquant vive actualmente en Estados Unidos,
donde dicta clases en la Universidad de California, en
Berkeley.
De paso por la Argentina, invitado por la UBA, en el
marco del 50° aniversario de la carrera de Sociología,
dio una conferencia y visitó la cárcel de Devoto,
donde habló con los presos.
Aprovechó también la visita para presentar su último
libro, Los condenados de la ciudad. Guetos, periferias
y Estado , editado por Siglo XXI.
-Usted debe de ser una especie de bicho raro en
Estados Unidos, ¿no?
-[Se ríe a carcajadas] Bueno, en realidad todos los
intelectuales en Estados Unidos lo somos, de algún
modo. Los grandes diarios no nos entrevistan. Somos
ignorados y estamos marginados del debate público.
-Algo así como piqueteros intelectuales en su propio
gueto...
-Sí; de allí que me resulta muy gratificante viajar
por América latina y por Europa, donde realmente
considero que hay discusión intelectual.
-¿Cuando fue boxeador tampoco lo entrevistaban?
-¡Ah, sí, ahí sí! Me entrevistó el Chicago Tribune
porque, al parecer, les parecía muy exótico y
simpático que fuera intelectual y a la vez boxeador.
Una nota de color, en fin... Pero nunca me preguntaron
por mis conclusiones sobre la vida en la prisión, por
ejemplo. A propósito: estuve en Devoto hablando con
los prisioneros y me quedé muy conmovido por los
cursos universitarios que se dictan en las cárceles
argentinas. Es un avance enorme con respecto a Estados
Unidos, donde se eliminaron esos programas. El trabajo
de los docentes argentinos al conectarse con la gente
en la prisión no sólo me resulta muy conmovedor, sino
que además demuestra que la cárcel es parte de la
sociedad, no algo de otro planeta.
-Usted dice que el crecimiento económico no sólo
traerá bienestar, sino también más marginalidad. Pero
la verdad es que no me imagino a los políticos
argentinos proponiendo un retroceso. ¿Qué solución
potable sugiere?
-La solución no pasa por frenar el crecimiento, sino
por dejar de ilusionarse con que remediará la
marginalidad, porque es al revés: traerá más pobres si
nos quedamos esperando que el mercado laboral mejore y
que la gente consiga trabajo. La expansión del trabajo
precario asalariado, con baja remuneración, hecho que
ya estamos viendo en los países más desarrollados,
generaliza la inseguridad social. Es necesario buscar
políticas públicas que ataquen la marginalidad en
forma más directa.
-¿Cómo es eso? Si no es del trabajo, ¿de qué vamos a
vivir?
-La principal fuente de marginalidad es el desempleo y
la proliferación del trabajo part time y en negro, y
eso no se resolverá con el crecimiento económico. La
precariedad no es un fenómeno pasajero ni del pasado:
está en nuestro futuro. En adelante, ya no podremos
depender del salario para garantizar lo básico. Se
requerirá un mayor compromiso del Estado para
distribuir los principales bienes sociales: tener un
techo sobre la cabeza, no morir de una enfermedad
curable, poder trasladarse, tener acceso al
entrenamiento laboral...
-¿Propone algo así como un piso mínimo de derechos
básicos, garantizado por el Estado?
-Sí, pero cuando hablo de una política pública
igualadora no es porque ame el Estado. No debe ser
entendido el Estado como la teología de la izquierda.
Precisamente a mí me parece que el desafío del siglo
XXI es salir de la discusión de Estado versus mercado,
como si fuera un debate religioso. El punto es que
hasta ahora no se ha inventado un instrumento mejor
para reducir la desigualdad. Mientras los pobres
afrontan una inseguridad objetiva, la clase media
sufre otro tipo de inseguridad social. Se trata de la
inseguridad subjetiva, porque los trabajos son cada
vez menos seguros. Entonces se comienza a sentir
incertidumbre por el futuro, la ansiedad de no saber
si se podrá transmitir a los hijos el propio estatus
social. Eso lleva a la clase media a sentir hostilidad
por los marginales, que aquí pueden ser los
piqueteros. El rechazo esconde un temor profundo, que
dice: "Ese podría ser yo". El piquetero es una amenaza
concreta.
-O sea que la hostilidad de buena parte de la clase
media argentina hacia los métodos piqueteros, los
palos y los cortes de calle encubre, según usted, el
miedo a la marginalidad propia...
-Sí, pero en el caso de los piqueteros el miedo es
doble, porque con los palos evocan y agitan una
violencia ancestral. Los piqueteros son una
manifestación extrema de esa sensación de no tener un
futuro, en la que tenés que hacer algo desesperado,
como es irrumpir en la vida pública, para intentar
resolver tu situación. Pero, pienso yo, su situación
no puede aislarse de la del resto de los asalariados.
-Algunos dicen que a ciertos sectores del poder,
incluso a cierta dirigencia política, les conviene que
haya pobres, porque son manejables.
-Yo diría, más bien, que no les importa. Hay un enorme
egoísmo social que hace que los que más tienen digan:
a mí me va bien, yo estoy haciendo plata. Es tu
problema... Hay un individualismo que lleva, incluso,
a echarles la culpa a los pobres por su condición.
-Muchas veces el poder político ha usado los planes
sociales para generar redes de clientelismo y atacar
la dignidad de las personas, en lugar de
fortalecerlas.
-Yo creo, sin embargo, que este tema de la dependencia
es un prejuicio contra los pobres. Se cree que si a
los pobres se los ayuda con subsidios no van a
trabajar, pero no se piensa lo mismo de quienes tienen
bonos y participan en la Bolsa. Nadie dice que a
quienes viven de rentas no les gusta trabajar. El
trabajo implica participar en la corriente de la vida,
hace a la identidad de las personas. Que se reciba un
subsidio en forma de ayuda social no implica que la
gente deje de trabajar. Ese es un mito.
-Mi pregunta apuntaba al uso del clientelismo
político. En la Argentina, al menos, hay una fuerte
conexión entre las políticas sociales y los aparatos
políticos tradicionales que buscan perpetuarse en el
poder a cualquier precio.
-El tema es complejo, porque el discurso de la
dependencia es dual. Hay una larga tradición
latinoamericana según la cual las grandes firmas
reciben grandes subsidios del gobierno o ventajas
fiscales. ¿Nadie piensa que esas empresas son
dependientes?
-Claro que sí. También se habla de empresarios
cercanos al gobierno de turno, o distantes de él, y se
evalúan sus privilegios en virtud de los beneficios
que obtienen. Ahora, ¿cómo se construye ciudadanía en
el marco de una marginalidad creciente?
-Me pone contento que haya sacado el tema de la
ciudadanía, porque me parece otro debate central de
las nuevas sociedades. El incremento de la nueva
marginalidad urbana es una gran amenaza para la
construcción de ciudadanía, porque fragmenta y
erosiona los derechos fundamentales. La pregunta que
deberíamos hacernos, lejos de paradigmas
fundamentalistas que se reducen a Estado versus
mercado, es cómo vamos a extender los derechos
sociales y económicos a todos los ciudadanos. ¿Cómo
vamos a poner la institucionalidad al servicio de la
construcción de ciudadanía? Y en ese marco no veo otra
solución que organizar las instituciones públicas para
distribuir esos derechos. Porque si esperamos que lo
haga el mercado, esperaremos de por vida y la pobreza
se hará endémica.
-¿Corre peligro la Argentina de tener el nivel de
marginalidad de Brasil? ¿Podrán convertirse nuestras
villas en favelas, así de violentas y penetradas por
los narcos? Sabrá que en los últimos años se
cuadruplicó la población de las 14 villas que existen
en Buenos Aires, por darle sólo un ejemplo.
-Justamente por eso no hay que dejar que la
marginalidad urbana se convierta en algo natural. Yo
no compararía, por ahora, las villas miseria con las
favelas, pero sí digo que Brasil representa una
llamada de atención para la Argentina. Porque cuando
los marginados sienten que el único futuro al que
pueden acceder pasa por la economía ilegal y a la
criminalidad se le responde con represión se llega
prácticamente a un conflicto militar entre el Estado y
los lores criminales que rigen en los Estados pobres.
Por Laura Di Marco
Para LA NACION
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