[R-P] [redial_s_bolivar] EL MAL EJEMPLO DE VENEZUELA

Patricia desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Lun Nov 26 05:33:27 MST 2007


El mal ejemplo de Venezuela 

Alberto Cruz
Ceprid

El proceso venezolano, que ellos llaman bolivariano,
es sistemáticamente satanizado no sólo por los medios
burgueses sino desde sectores de un pretendido
progresismo, más centrados en la figura de Chávez que
interesados en profundizar en lo que representa de
transformación social para las grandes masas,
relegadas y oprimidas desde la independencia de la
metrópoli española a mayor gloria de la élite
política, económica y… blanca. El mundo está lleno de
situaciones en las que hay liderazgos cuestionables
–no es el caso de Chávez, sistemáticamente elegido,
reelegido y apoyado por una amplia mayoría del pueblo
venezolano- y la gran potencia imperialista y sus
acólitos no se molestan como lo hacen tonel presidente
venezolano. ¿Qué pasa entonces? Pues que lo que hay en
Venezuela es, ni más ni menos, que una dura expresión
de la lucha de clases donde la correlación de fuerzas
si, por ahora, no es abiertamente favorable al pueblo
sí existe al menos un claro equilibrio con la
oligarquía. Y es una lucha que trasciende al propio
país, tal y como lo han entendido los capitalistas de
todas las partes del mundo y, de forma especial, los
formadores de opinión, esos que escriben y opinan en
base a prejuicios y estereotipos impregnados, en no
pocas ocasiones, de un claro concepto de clase y con
una base neocolonial.

Nadie se plantea si el proceso venezolano está dando
la vuelta al sistema económico mundial, si su triunfo
cuestiona la globalización neoliberal y si –como
consideran destacados analistas estadounidenses de la
talla de Alexander Cockburn, editor de la página
alternativa Counterpunch, por ejemplo- está ayudando
como nadie a socavar la hegemonía mundial de EEUU. Un
ejemplo se ha tenido estos días pasados en la reunión
que la OPEP celebró en Riad (capital de Arabia Saudí).
La sola sugerencia venezolana de que el cártel
petrolífero comenzase a estudiar si el dólar debía ser
la moneda de transacción comercial ante su cada vez
mayor debilidad desató todas las alarmas.

Y es que desde que desde la llegada de Chávez a la
presidencia, allá por 1998, la OPEP se ha convertido
en uno de los grandes ejes de la política exterior de
Venezuela. En primer lugar, revitalizando una
organización en decadencia y normalizando la
producción conjunta para controlar el precio del
barril de petróleo. Para EEUU y occidente en general,
el precio considerado correcto del barril es de 30
dólares, sin tener en cuenta que los costes de
extracción son diferentes en los países: desde el más
barato en Arabia Saudí hasta el más caro en Irán.
Venezuela está entre medias de ambos, pero consideró
que un precio justo para equilibrar a unos y otros se
situaría sobre los 50 dólares. En segundo lugar,
lanzando una batalla interna dentro de la OPEP para
democratizar el Fondo de Desarrollo y Cooperación (con
un montante de 40.000 millones de dólares) y que la
gestión de ese fondo no dependiese en exclusiva de
Arabia Saudí, que sistemáticamente ponía en manos de
empresas estadounidenses y europeas la gestión de
dicho fondo. Venezuela ganó esta batalla y ahora ya no
son sólo las empresas occidentales las que lo
gestionan, sino de los propios países de la OPEP y
otros no occidentales ajenos al cártel petrolífero. Y
uno de los proyectos estrella de esta nueva forma de
gestión es que ahora se hace hincapié en cuestiones
sociales que afectan a los países de la OPEP, como
evitar la desertificación de la cuenca del río Níger.
Gestos como éste han hecho que Venezuela haya sido
aceptado como país observador en la Organización para
la Unidad Africana.

Pero hay más. Venezuela está dando la vuelta al
sistema tradicional de intercambio comercial al poner
en marcha instituciones como Petrocaribe o fomentar el
trueque entre estados. Como dicen analistas
latinoamericanos, de no haberse creado Petrocaribe las
16 naciones que lo forman -pobres, carentes de
infraestructura y dependientes de la ayuda
internacional- enfrentarían hoy, con excepción de
Venezuela y Cuba, un futuro trágico y sin salida ante
los astronómicos precios del petróleo y sus derivados,
unido al encarecimiento mundial de los alimentos a
consecuencia de la producción de agrocombustibles. Es
más, el ahorro de la factura petrolera para estos
países supone ya 450 millones de dólares al haberse
liberado de los intermediarios y especuladores que
intervienen en el mercado del petróleo.
Con el trueque (petróleo por médicos cubanos, por
carne y barcos argentinos, por leche y queso uruguayo,
etc.) Venezuela ha puesto en marcha un intercambio
directo de mercancías que rompe las normas de la
Organización Mundial del Comercio y otorga a los
países más débiles un mayor papel a la hora de
negociar sus productos y materias primas. Con las
reglas de mercado, los países pobres, productores de
materias primas, ven siempre sus exportaciones sujetas
a las fluctuaciones de unos precios que se establecen
no tanto en función de la demanda como de los
intereses políticos de las grandes corporaciones
político-financieras. Sólo así hay que entender la
reciente rebelión de los países del sur en las
negociaciones que se mantienen en la OMC sobre
cuestiones agrícolas, demandando a los países
desarrollados menos exigencias y un trato justo no
sólo en los precios, sino por los perjuicios que les
ocasionan las subvenciones que, como es el caso de
EEUU, otorgan a determinados productos de su
producción agrícola mientras abogan por una absoluta
libertad de mercado con el resto.

Por si todo esto fuese poco, Venezuela ha logrado que
el Fondo Monetario Internacional esté a punto de pasar
a la historia si se consolida la constitución del
Banco del Sur. La reorientación que se anuncia en el
FMI, así como su disposición a no imponer créditos a
cambio de ajustes estructurales sino a ser más
flexible con los estados no habría sido posible sin
Venezuela, convertido en un importante financiador
alternativo y muchísimo menos oneroso que el FMI o el
BM. El éxito económico de Argentina se debe, en gran
parte, a la ayuda económica ofrecida por Venezuela, lo
que permitió al gobierno de Kirchner realizar una
política al margen de las recomendaciones del FMI.

El giro a la izquierda, más o menos radical, que se
está produciendo en América Latina tras el ejemplo
venezolano es consecuencia del fracaso de una
macroeconomía impuesta por el neoliberalismo que ha
incrementado enormemente la desigualdad y la pobreza
en la gran mayoría de la población mientras una
minoría, la de siempre, se ha enriquecido aún más. El
hecho de que ahora se lancen ciertas iniciativas
sociales, como la de la reciente Cumbre
Iberoamericana, se debe a todo lo anterior. Sin el
“mal ejemplo” que da Venezuela ni el gobierno español
ni otros latinoamericanos alabados por los medios de
formación de masas habrían dado pasos en ese sentido. 
Ahora sólo falta que estos gobiernos combatan el “mal
ejemplo” venezolano instaurando la jornada laboral de
6 horas diarias; instauren la propiedad social junto a
la pública y a la privada; establezcan la posibilidad
de que los cargos públicos puedan ser evaluados por
medio de un referéndum popular a mediados de su
gestión, y revocados si es la voluntad popular; pongan
en marcha los consejos comunales, y hagan que los
vecinos de cualquier municipio puedan formular,
ejecutar y evaluar las políticas públicas adoptadas
por la comunidad al margen, o con el apoyo, de las
alcaldías. Algunas de estas cuestiones están recogidas
en la propuesta de reforma constitucional que se
votará el próximo 2 de diciembre. Si es aprobada, se
reforzará la perspectiva de una democratización
política y social de largo alcance, especialmente en
política exterior. 

Y eso es lo que molesta a los gurús de la
globalización, incluidas las empresas españolas tan
ardientemente defendidas estos últimos días. Cuando
estos empresarios tan supuestamente democráticos
hablan de “inseguridad jurídica” en algunos países, y
citan siempre a Venezuela, Bolivia y Ecuador, lo hacen
desde un planteamiento neocolonial, criticando la
aprobación de leyes en esos países mediante las cuales
esos pueblos recuperan el control sobre sus riquezas
energéticas. Los cambios propuestos en la reforma
constitucional reafirman la recuperación de las
riquezas del país, aunque se critique con escasa desde
sectores de la izquierda venezolana, y abren al mismo
tiempo la participación popular en términos
desconocidos en gran parte del mundo, incluida Europa.

En Venezuela no se está efectuando un ataque contra el
capitalismo como tal, pero sí se está construyendo una
alternativa al mismo, en el sentido de crear una
sociedad en la que la meta explícita no es el
crecimiento del capital o de los medios materiales de
producción sino del crecimiento del desarrollo humano.
Mientras el proceso bolivariano no comenzó a construir
esa alternativa no se produjeron deserciones
significativas entre los representantes del ala
derecha de ese proceso. Ahora sí, porque se profundiza
la lucha de clases y cada uno se pone en su lugar.
Petras lo ha dicho de forma muy acertada: “La
coalición opositora de ricos y privilegiados teme las
reformas constitucionales porque con éstas deberá
otorgar un porcentaje mayor de sus beneficios a la
clase obrera, perderá su monopolio de las
transacciones del mercado -que pasarán a manos de
compañías públicas- y el poder político del que ahora
goza se desplazará hacia concejos comunitarios locales
y hacia el poder ejecutivo. Mientras que los medios
derechistas y liberales de Venezuela, Europa y USA han
inventado acusaciones chocantes contra las reformas
“autoritarias”, lo cierto es que las enmiendas
proponen una democracia social más amplia y profunda”.
Ese es el mal ejemplo que da Venezuela, el mal ejemplo
de la buena izquierda.

Alberto Cruz es periodista, politólogo y escritor
especializado en Relaciones Internacionales.

albercruz (arroba) eresmas.com 




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